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25 de octubre 2016    /   CINE/TV
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Cuando la radio fue el único medio que no cobraba por su contenido

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Confieso que, desde hace aproximadamente dos años, nunca más he vuelto a escuchar la radio (de la televisión me deshice hace aproximadamente el doble de tiempo). Yo, que era un adicto a las ondas hercianas, que las usaba como banda sonora de fondo mientras trabajaba o viajaba, que la usaba para acompañarme en las noches insomnes, apagué el receptor y nunca más lo he vuelto a encender.

Maticemos: escucho decenas de horas de radio a la semana (y de televisión), pero no por los cauces tradicionales. Lo que hago es descargarme podcast (o películas y series), y generalmente ni siquiera son podcast comerciales o procedentes de emisiones de radio, sino podcast producidos por aficionados, por tipos que dedican parte de su tiempo en hacerlos realidad, como ocurre con muchos blogs. O Wikipedia. Por ejemplo, soy un fiel seguidor de La óbita de Endor, y particularmente del coronel Kurtz.

Sonará esto a esnobista insoportable o simplemente a típico Épater le bourgeois que uno pone en un artículo para incentivar la lectura. Pero no es así. Mi declaración de intenciones es verdadera, y se debe única y exclusivamente a una cosa: huir de la publicidad; la cada vez más ubicua, machacona, repetitiva, zombi publicidad (que irónicamente cada vez resulta menos eficaz). Por eso escucho podcast: porque lo hago cuando quiero, sobre temas marginales que no resultan rentables económicamente y, por tanto, sin continuas interrupciones publicitarias.

Pero, ay, hubo un tiempo en que la radio, la tradicional, la de toda la vida, fue como el podcast. Un tiempo donde el negocio herciano estaba mal visto y la publicidad fue considerada anatema. Hace casi un siglo, la radio era lo más parecido a lo que hoy en día es un podcast.

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El miedo a la radio

El primer sistema práctico de comunicación mediante ondas de radio fue diseñado por Guillermo Marconi, emitiendo por primera vez una onda transatlántica en 1901 (aunque en realidad el invento fuera robado a Nikola Tesla). El físico y matemático británico Lord Kelvin, no obstante, dijo que la radio no tenía ningún futuro.

Al principio, en efecto, nadie apostó por la radio. Las empresas fabricaban los receptores de radio, pero sin preocuparse demasiado si más tarde la radio tendría audiencia o si existirían programas interesantes que radiar. De hecho, la única programación disponible en 1919, a través de la Radio Corporation of America (RCA), era tan aburrida que nadie se interesaba por ella.

Sin embargo, poco a poco empezó a explotarse la idea de que se podía radiar una noticia incluso en directo, en el mismo momento que se estaba produciendo, y ello funcionó como gancho para los primeros oyentes.

También se organizó la retransmisión del combate final entre Dempsey y Carpentier, dos boxeadores de la época, el 2 de julio de 1921. Para que el público potencial advirtiera las posibilidades de la radio, se instalaron altavoces en varios puntos estratégicos de las calles. Así, por ejemplo, miles de oyentes se arremolinaron en Times Square, cerca de los altavoces, para disfrutar de aquel combate a distancia y en tiempo real.

Se pasó de que sólo un hogar de cada 500 tuviera radio a un hogar de cada 20. Era la primera vez en la historia que un producto de consumo proliferaba y se aceptaba universalmente a tamaña velocidad.

La radio, en efecto, era como el internet de la época. Y también suscitó reservas muy similares a las que generó la Red en sus inicios: que la radio no disponía de suficientes periodistas para mantener los estándares de calidad de la prensa escrita, que estaba afectando negativamente a las ventas de periódicos, y que violaba la ley de propiedad intelectual.

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La radio es gratis

Hubo un tiempo en que la radio funcionaba sin que nadie tuviera que pagar por ella, ni siquiera indirectamente a través de la publicidad. La radio era como la Wikipedia, y estaba protegida bajo filosofías como las que hoy sostienen el Copyleft o el Creative Commons.

Este estatus se debe en gran parte a Herbert Hoover, que como secretario de Comercio controlaba las ondas de radio, y que sostenía que este medio de comunicación debía dedicarse a propósitos más nobles y sobrios. «Si un discurso del presidente tiene que emplearse como la carne entre dos rebanadas de anuncios de patentes medicinales, la radio se irá a pique», dijo Hoover.

En aquel entonces, las transmisiones de radio eran muy caras. Además, los contenidos eran siempre diferentes, no podían pasarse una y otra vez como las películas, o volverse a representar como en el teatro, de modo que eso disparaba aún más los costes, como explica Bill Bryson en su libro 1927: Un verano que cambió el mundo:

Los directivos de la NBC se quedaron horrorizados al descubrir que sus dos programas de ópera fijos le costaban a la cadena 6.000 dólares a la semana. Costaba tanto sacar beneficios que algunos miembros del sector se preguntaban si la radio tenía futuro comercial.

Lo máximo que llegó a instaurarse fue la mención del nombre de algún patrocinador del programa emitido, pero no más. Sin embargo, Hoover fue perdiendo fuelle en su batalla contra la publicidad herciana porque había otros intereses en su horizonte, como la idea de convertirse en presidente. Y, entonces, los anuncios empezaron a infiltrarse en la radio.

A principios de la década de 1930, la publicidad en la radio ya se valoraba en 40 millones de dólares al año, en un mercado que se había visto francamente reducido debido a la Gran Depresión. Los anuncios en los periódicos cayeron un tercio, y los anuncios de las revistas en casi la mitad, mientras que la publicidad en la radio no paraba de crecer. Casi 250 diarios tuvieron que cerrar en la décad de posterior al nacimiento de las emisoras de radio.

Y entonces, cuando la radio parecía haber arrebatado el poder a los otros medios, nació la televisión. El inventor estadounidense Philo Fansworth había solicitado las primeras patentes para la televisión en enero de 1927 y, aunque tampoco nadie apostaba por aquel aparato (lo cual es una constante en casi toda nueva tecnología), sustituyó paulatinamente a la radio.

La historia, aunque con otros mimbres, se repitió hasta la llegada de internet. ¿Qué será lo próximo? ¿Una nueva forma de YouTube? A saber. Pero vale la pena aprender de nuestros sesgos y prejuicios del pasado para abrazar con un poco menos de renuencia lo que seguramente llegará en breve. Mientras, disfrutemos del podcast.

Imágenes | Pixabay

Confieso que, desde hace aproximadamente dos años, nunca más he vuelto a escuchar la radio (de la televisión me deshice hace aproximadamente el doble de tiempo). Yo, que era un adicto a las ondas hercianas, que las usaba como banda sonora de fondo mientras trabajaba o viajaba, que la usaba para acompañarme en las noches insomnes, apagué el receptor y nunca más lo he vuelto a encender.

Maticemos: escucho decenas de horas de radio a la semana (y de televisión), pero no por los cauces tradicionales. Lo que hago es descargarme podcast (o películas y series), y generalmente ni siquiera son podcast comerciales o procedentes de emisiones de radio, sino podcast producidos por aficionados, por tipos que dedican parte de su tiempo en hacerlos realidad, como ocurre con muchos blogs. O Wikipedia. Por ejemplo, soy un fiel seguidor de La óbita de Endor, y particularmente del coronel Kurtz.

Sonará esto a esnobista insoportable o simplemente a típico Épater le bourgeois que uno pone en un artículo para incentivar la lectura. Pero no es así. Mi declaración de intenciones es verdadera, y se debe única y exclusivamente a una cosa: huir de la publicidad; la cada vez más ubicua, machacona, repetitiva, zombi publicidad (que irónicamente cada vez resulta menos eficaz). Por eso escucho podcast: porque lo hago cuando quiero, sobre temas marginales que no resultan rentables económicamente y, por tanto, sin continuas interrupciones publicitarias.

Pero, ay, hubo un tiempo en que la radio, la tradicional, la de toda la vida, fue como el podcast. Un tiempo donde el negocio herciano estaba mal visto y la publicidad fue considerada anatema. Hace casi un siglo, la radio era lo más parecido a lo que hoy en día es un podcast.

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El miedo a la radio

El primer sistema práctico de comunicación mediante ondas de radio fue diseñado por Guillermo Marconi, emitiendo por primera vez una onda transatlántica en 1901 (aunque en realidad el invento fuera robado a Nikola Tesla). El físico y matemático británico Lord Kelvin, no obstante, dijo que la radio no tenía ningún futuro.

Al principio, en efecto, nadie apostó por la radio. Las empresas fabricaban los receptores de radio, pero sin preocuparse demasiado si más tarde la radio tendría audiencia o si existirían programas interesantes que radiar. De hecho, la única programación disponible en 1919, a través de la Radio Corporation of America (RCA), era tan aburrida que nadie se interesaba por ella.

Sin embargo, poco a poco empezó a explotarse la idea de que se podía radiar una noticia incluso en directo, en el mismo momento que se estaba produciendo, y ello funcionó como gancho para los primeros oyentes.

También se organizó la retransmisión del combate final entre Dempsey y Carpentier, dos boxeadores de la época, el 2 de julio de 1921. Para que el público potencial advirtiera las posibilidades de la radio, se instalaron altavoces en varios puntos estratégicos de las calles. Así, por ejemplo, miles de oyentes se arremolinaron en Times Square, cerca de los altavoces, para disfrutar de aquel combate a distancia y en tiempo real.

Se pasó de que sólo un hogar de cada 500 tuviera radio a un hogar de cada 20. Era la primera vez en la historia que un producto de consumo proliferaba y se aceptaba universalmente a tamaña velocidad.

La radio, en efecto, era como el internet de la época. Y también suscitó reservas muy similares a las que generó la Red en sus inicios: que la radio no disponía de suficientes periodistas para mantener los estándares de calidad de la prensa escrita, que estaba afectando negativamente a las ventas de periódicos, y que violaba la ley de propiedad intelectual.

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La radio es gratis

Hubo un tiempo en que la radio funcionaba sin que nadie tuviera que pagar por ella, ni siquiera indirectamente a través de la publicidad. La radio era como la Wikipedia, y estaba protegida bajo filosofías como las que hoy sostienen el Copyleft o el Creative Commons.

Este estatus se debe en gran parte a Herbert Hoover, que como secretario de Comercio controlaba las ondas de radio, y que sostenía que este medio de comunicación debía dedicarse a propósitos más nobles y sobrios. «Si un discurso del presidente tiene que emplearse como la carne entre dos rebanadas de anuncios de patentes medicinales, la radio se irá a pique», dijo Hoover.

En aquel entonces, las transmisiones de radio eran muy caras. Además, los contenidos eran siempre diferentes, no podían pasarse una y otra vez como las películas, o volverse a representar como en el teatro, de modo que eso disparaba aún más los costes, como explica Bill Bryson en su libro 1927: Un verano que cambió el mundo:

Los directivos de la NBC se quedaron horrorizados al descubrir que sus dos programas de ópera fijos le costaban a la cadena 6.000 dólares a la semana. Costaba tanto sacar beneficios que algunos miembros del sector se preguntaban si la radio tenía futuro comercial.

Lo máximo que llegó a instaurarse fue la mención del nombre de algún patrocinador del programa emitido, pero no más. Sin embargo, Hoover fue perdiendo fuelle en su batalla contra la publicidad herciana porque había otros intereses en su horizonte, como la idea de convertirse en presidente. Y, entonces, los anuncios empezaron a infiltrarse en la radio.

A principios de la década de 1930, la publicidad en la radio ya se valoraba en 40 millones de dólares al año, en un mercado que se había visto francamente reducido debido a la Gran Depresión. Los anuncios en los periódicos cayeron un tercio, y los anuncios de las revistas en casi la mitad, mientras que la publicidad en la radio no paraba de crecer. Casi 250 diarios tuvieron que cerrar en la décad de posterior al nacimiento de las emisoras de radio.

Y entonces, cuando la radio parecía haber arrebatado el poder a los otros medios, nació la televisión. El inventor estadounidense Philo Fansworth había solicitado las primeras patentes para la televisión en enero de 1927 y, aunque tampoco nadie apostaba por aquel aparato (lo cual es una constante en casi toda nueva tecnología), sustituyó paulatinamente a la radio.

La historia, aunque con otros mimbres, se repitió hasta la llegada de internet. ¿Qué será lo próximo? ¿Una nueva forma de YouTube? A saber. Pero vale la pena aprender de nuestros sesgos y prejuicios del pasado para abrazar con un poco menos de renuencia lo que seguramente llegará en breve. Mientras, disfrutemos del podcast.

Imágenes | Pixabay

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