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15 de julio 2016    /   CREATIVIDAD
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Las radiografías en la URSS servían para bailar Rock & Roll

15 de julio 2016    /   CREATIVIDAD     por          
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En la URSS, bailar con desenfreno ritmos como el jazz, boogie-woogie o rock&roll podía provocar roturas de caderas o de huesos. Si eso sucedía, ningún problema: con la radiografía de la rotura, se fabricaba un disco y a bailar de nuevo.

Durante la época comunista, los ritmos occidentales, las canciones de músicos populares que hubieran huido del país o no fueran lo suficiente adictos al régimen, no eran bien vistos.

Distribuir o radiar esas músicas no estaba permitida y ser sorprendido con ese tipo de material podía provocar ciertos problemas con las autoridades. Sin embargo, eso nunca fue un impedimento para los amantes de la música, que idearon todo tipo de subterfugios para hacerse con los discos de sus artistas favoritos.

Además de la introducción de esos discos de contrabando, los aficionados del bloque comunista encontraron la forma de duplicar de manera rudimentaria pero eficaz las grabaciones extranjeras.

A falta de materiales semejantes a los de los discos de verdad, los aficionados del Este eligieron las radiografías como soportes para esas músicas y, desde finales de los 40 hasta mediados de los años 60, dicho material permitió que artistas como Little Richard, Duke Ellington, Elvis Presley o Bill Halley sonasen detrás del Telón de Acero.

Como las radiografías estaban hechas de materiales fácilmente inflamables, los hospitales tenían la costumbre de destruir pilas y pilas de ellas cada año. Por lo que se ve, no resultó muy complicado conseguir que algunos de esos cientos de radiografías usadas fueran a parar a manos de los fabricantes de esos discos en lugar de a un vertedero.

Para facilitar su colocación en los tocadiscos, las radiografías demasiado grandes eran recortadas a mano con tijeras, dándoles una forma circular. El agujero del centro se conseguía quemando el plástico con un cigarrillo. Después se colocaba en la máquina de grabación y con una aguja más profunda que la que se utilizaba para reproducirlos, se iba haciendo el surco.

Lo precario del proceso obligaba a que cada disco tuviera que ser generado a tiempo real. De esta forma, si se querían conseguir diez copias, la canción se debía hacer sonar otras tantas veces para hacer que la aguja surcase otras diez radiografías.

A pesar de lo laborioso, los fabricantes de estos discos tenían una considerable capacidad de producción, suficiente como para satisfacer la demanda de sus compradores, jóvenes conocidos como stilyagi, que pagaban por los discos precios de un rublo o medio rublo por unidad.

También existía una tabla de equivalencias que determinaba cuántos discos se podían conseguir a cambio de una botella de vodka u otros productos y, algunas piezas, las más deseadas, como discos de Elvis Presley, podían llegar a costar el salario de un mes.

Las transacciones se hacían de manera clandestina en lugares apartados. Sin embargo, con el tiempo, hubo determinadas zonas de las ciudades en las que era público y notorio que se vendía este tipo de material, popularmente conocido como bones o ribs («huesos» o «costillas», aunque con su correspondiente palabra rusa, claro). A pesar de esta manga ancha por parte de las autoridades, los vendedores preferían mantener la cautela, y era justamente en las mangas de sus abrigos donde guardaban los discos para no levantar sospechas.

Según el realizador Stephen Coates, responsable del documental X-Ray Audio: The Strange Story of Soviet Music on the Bone, los vendedores podían llegar a portar encima alrededor de 50 unidades de estos discos. Veinticinco en cada manga, doblados alrededor del brazo.

La oferta era muy variada y abarcaba géneros como el jazz, el boogie-boggie, la música gitana o los primeros discos de rock and roll. El sonido, evidentemente, no era bueno pero sí lo suficiente como para poder escuchar la música y disfrutarla. Cuando el ruido de fondo era muy elevado, siempre se podían negociar rebajas o mejores condiciones en la compra.

En ocasiones, las autoridades no se mostraban tan comprensivas con esta situación y decidían actuar contra estos duplicadores de discos. En esos casos, además de confiscarles las grabaciones y los equipos para fabricarlas, los llevaban ante la justicia, que podía dictar penas que llegasen a los dos y tres años de prisión. Según esos tribunales, si ya era malo fomentar la escucha de esa música imperialista, sacar beneficios con su venta suponía ser poco menos que un cerdo explotador.

Con frecuencia, la propia policía o personas entregadas a la política del partido (que siempre hay gente muy dispuesta) ponían en circulación discos en radiografías en los que, tras unos segundos de música, se cortaba la canción y comenzaba un mensaje amenazante que intentaba amedrentar o concienciar al oyente de que lo que estaba haciendo iba contra la moral del buen comunista.

A pesar de todos esos intentos más o menos serios por acabar con ellos, el éxito de estos discos duraría hasta mediados de los años 60. La aparición de las cintas de casete permitió que la duplicación de las grabaciones de músicos occidentales fuera más sencilla y barata, que se pudiera hacer de manera semi industrial en grandes cantidades, que cupiera mucha más música y que el sonido tuviera infinitamente mejor calidad que las radiografías.

Esta resistencia cultural no sólo se dio en el campo de la música. Los ciudadanos de los países del Este tampoco tenían libre acceso a las películas occidentales. Tanto es así que en la Rumanía de Ceaucescu se creó todo un mercado negro de duplicación y distribución de películas VHS con éxitos de Hollywood (principalmente cintas de Chuck Norris o Stallone), que eran dobladas al rumano de forma clandestina por una mujer, Irina Nistor, que ponía voz a todos los personajes.

El documental Chuck Norris contra el comunismo de la realizadora Ilinca Calugareanu, explica toda esa historia, pero resulta tan apasionante, que es mejor reservarla para otra ocasión.

En la URSS, bailar con desenfreno ritmos como el jazz, boogie-woogie o rock&roll podía provocar roturas de caderas o de huesos. Si eso sucedía, ningún problema: con la radiografía de la rotura, se fabricaba un disco y a bailar de nuevo.

Durante la época comunista, los ritmos occidentales, las canciones de músicos populares que hubieran huido del país o no fueran lo suficiente adictos al régimen, no eran bien vistos.

Distribuir o radiar esas músicas no estaba permitida y ser sorprendido con ese tipo de material podía provocar ciertos problemas con las autoridades. Sin embargo, eso nunca fue un impedimento para los amantes de la música, que idearon todo tipo de subterfugios para hacerse con los discos de sus artistas favoritos.

Además de la introducción de esos discos de contrabando, los aficionados del bloque comunista encontraron la forma de duplicar de manera rudimentaria pero eficaz las grabaciones extranjeras.

A falta de materiales semejantes a los de los discos de verdad, los aficionados del Este eligieron las radiografías como soportes para esas músicas y, desde finales de los 40 hasta mediados de los años 60, dicho material permitió que artistas como Little Richard, Duke Ellington, Elvis Presley o Bill Halley sonasen detrás del Telón de Acero.

Como las radiografías estaban hechas de materiales fácilmente inflamables, los hospitales tenían la costumbre de destruir pilas y pilas de ellas cada año. Por lo que se ve, no resultó muy complicado conseguir que algunos de esos cientos de radiografías usadas fueran a parar a manos de los fabricantes de esos discos en lugar de a un vertedero.

Para facilitar su colocación en los tocadiscos, las radiografías demasiado grandes eran recortadas a mano con tijeras, dándoles una forma circular. El agujero del centro se conseguía quemando el plástico con un cigarrillo. Después se colocaba en la máquina de grabación y con una aguja más profunda que la que se utilizaba para reproducirlos, se iba haciendo el surco.

Lo precario del proceso obligaba a que cada disco tuviera que ser generado a tiempo real. De esta forma, si se querían conseguir diez copias, la canción se debía hacer sonar otras tantas veces para hacer que la aguja surcase otras diez radiografías.

A pesar de lo laborioso, los fabricantes de estos discos tenían una considerable capacidad de producción, suficiente como para satisfacer la demanda de sus compradores, jóvenes conocidos como stilyagi, que pagaban por los discos precios de un rublo o medio rublo por unidad.

También existía una tabla de equivalencias que determinaba cuántos discos se podían conseguir a cambio de una botella de vodka u otros productos y, algunas piezas, las más deseadas, como discos de Elvis Presley, podían llegar a costar el salario de un mes.

Las transacciones se hacían de manera clandestina en lugares apartados. Sin embargo, con el tiempo, hubo determinadas zonas de las ciudades en las que era público y notorio que se vendía este tipo de material, popularmente conocido como bones o ribs («huesos» o «costillas», aunque con su correspondiente palabra rusa, claro). A pesar de esta manga ancha por parte de las autoridades, los vendedores preferían mantener la cautela, y era justamente en las mangas de sus abrigos donde guardaban los discos para no levantar sospechas.

Según el realizador Stephen Coates, responsable del documental X-Ray Audio: The Strange Story of Soviet Music on the Bone, los vendedores podían llegar a portar encima alrededor de 50 unidades de estos discos. Veinticinco en cada manga, doblados alrededor del brazo.

La oferta era muy variada y abarcaba géneros como el jazz, el boogie-boggie, la música gitana o los primeros discos de rock and roll. El sonido, evidentemente, no era bueno pero sí lo suficiente como para poder escuchar la música y disfrutarla. Cuando el ruido de fondo era muy elevado, siempre se podían negociar rebajas o mejores condiciones en la compra.

En ocasiones, las autoridades no se mostraban tan comprensivas con esta situación y decidían actuar contra estos duplicadores de discos. En esos casos, además de confiscarles las grabaciones y los equipos para fabricarlas, los llevaban ante la justicia, que podía dictar penas que llegasen a los dos y tres años de prisión. Según esos tribunales, si ya era malo fomentar la escucha de esa música imperialista, sacar beneficios con su venta suponía ser poco menos que un cerdo explotador.

Con frecuencia, la propia policía o personas entregadas a la política del partido (que siempre hay gente muy dispuesta) ponían en circulación discos en radiografías en los que, tras unos segundos de música, se cortaba la canción y comenzaba un mensaje amenazante que intentaba amedrentar o concienciar al oyente de que lo que estaba haciendo iba contra la moral del buen comunista.

A pesar de todos esos intentos más o menos serios por acabar con ellos, el éxito de estos discos duraría hasta mediados de los años 60. La aparición de las cintas de casete permitió que la duplicación de las grabaciones de músicos occidentales fuera más sencilla y barata, que se pudiera hacer de manera semi industrial en grandes cantidades, que cupiera mucha más música y que el sonido tuviera infinitamente mejor calidad que las radiografías.

Esta resistencia cultural no sólo se dio en el campo de la música. Los ciudadanos de los países del Este tampoco tenían libre acceso a las películas occidentales. Tanto es así que en la Rumanía de Ceaucescu se creó todo un mercado negro de duplicación y distribución de películas VHS con éxitos de Hollywood (principalmente cintas de Chuck Norris o Stallone), que eran dobladas al rumano de forma clandestina por una mujer, Irina Nistor, que ponía voz a todos los personajes.

El documental Chuck Norris contra el comunismo de la realizadora Ilinca Calugareanu, explica toda esa historia, pero resulta tan apasionante, que es mejor reservarla para otra ocasión.

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Opiniones 5
  • La escena de Stalin en Berlin (de la superproducción soviética «La Batalla de Berlín») es de absoluta ciencia-ficción: Stalin jamás dejó Moscú o su dacha de las afueras durante la guerra. Gracias por el artículo, muy interesante… y gracias por el extraordinario vídeo de Cab Calloway, lo mejorcito del swing de los 30s-40s.

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