18 de junio 2020    /   CIENCIA
por
 Buba Viedma

Ramón y Cajal: «Vivimos en un país en que el talento científico se desconoce a sí mismo» 

¡Para gloria de la patria! ¡Para gloria de la ciencia! Atiendan, en este Folletín Ilustrado, las palabras del Dr. Bacteria

18 de junio 2020    /   CIENCIA     por          Buba Viedma
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Decían los aguafiestas y voceros de la decadencia que los españoles solo servían para dar palmas y cantar poemas. Para la fantasía y la creación artística. ¡JA! Bastó que el científico Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) y otros ilustres profesores sacudieran la modorra de la juventud para que surgiera una brillante pléyade de eméritos investigadores. 

«Por afirmar estoy, sin temor a la nota de optimista, que en orden a ciertos estudios, que exigen ingeniosidad, paciencia y obstinación, nuestros compatriotas compiten, si no superan, a los más cachazudos e infatigables hijos del norte», escribió el reputado Nobel de Medicina, en su libro Recuerdos de mi vida

«Todo consiste en despertar el espíritu de curiosidad científica, adormecido durante cuatro siglos de servidumbre mental, y de inocular con el ejemplo el fuego sagrado de la indagación personal. Vivimos en un país en que el talento científico se desconoce a sí mismo. Deber del maestro es revelarlo y orientarlo».

ramón y cajal

Este investigador del cerebro decía que su papel principal era fomentar el entusiasmo de sus discípulos. Les quitaba de la cabeza la ridícula idea de ser «lectores de un solo libro y oyentes de un solo maestro» y ponía especial empeño en que fueran a estudiar a los laboratorios más prestigiosos del extranjero para volver con las miras más amplias.

La ciencia debía expandirse fuera del laboratorio. Santiago Ramón y Cajal se convirtió en el Dr. Bacteria para llevar el nucleolo y el protoplasma a las consultas de los médicos. Ese era el seudónimo que utilizaba en los artículos y ensayos que publicaba en el semanario de medicina, cirujía y farmacia ‘La clínica’

La ciencia debía llegar a los hogares, a la calle, a las chácharas de café. El padre de la neurociencia vio en las novelas de Julio Verne y Emilio Salgari una fórmula educativa finísima y en 1885 decidió escribir historias de ciencia ficción. Aquellos relatos protagonizados por científicos, microscopios y bacterias acabaron publicados, 20 años después, en ‘Cuentos de vacaciones’.

Y dibujó los misterios invisibles del cerebro humano. Pues, «por precisa y minuciosa que sea la descripción de los objetos observados, siempre resulta inferior en claridad a un buen grabado».

Ramón y Cajal decía que la vida es energía, renovación y progreso. «No importa que nuestra labor sea prematura e incompleta; de pasada, y en tanto alborea el ansiado ideal, el mundo se dulcificará gradualmente para el hombre».

Decían los aguafiestas y voceros de la decadencia que los españoles solo servían para dar palmas y cantar poemas. Para la fantasía y la creación artística. ¡JA! Bastó que el científico Santiago Ramón y Cajal (1852-1934) y otros ilustres profesores sacudieran la modorra de la juventud para que surgiera una brillante pléyade de eméritos investigadores. 

«Por afirmar estoy, sin temor a la nota de optimista, que en orden a ciertos estudios, que exigen ingeniosidad, paciencia y obstinación, nuestros compatriotas compiten, si no superan, a los más cachazudos e infatigables hijos del norte», escribió el reputado Nobel de Medicina, en su libro Recuerdos de mi vida

«Todo consiste en despertar el espíritu de curiosidad científica, adormecido durante cuatro siglos de servidumbre mental, y de inocular con el ejemplo el fuego sagrado de la indagación personal. Vivimos en un país en que el talento científico se desconoce a sí mismo. Deber del maestro es revelarlo y orientarlo».

ramón y cajal

Este investigador del cerebro decía que su papel principal era fomentar el entusiasmo de sus discípulos. Les quitaba de la cabeza la ridícula idea de ser «lectores de un solo libro y oyentes de un solo maestro» y ponía especial empeño en que fueran a estudiar a los laboratorios más prestigiosos del extranjero para volver con las miras más amplias.

La ciencia debía expandirse fuera del laboratorio. Santiago Ramón y Cajal se convirtió en el Dr. Bacteria para llevar el nucleolo y el protoplasma a las consultas de los médicos. Ese era el seudónimo que utilizaba en los artículos y ensayos que publicaba en el semanario de medicina, cirujía y farmacia ‘La clínica’

La ciencia debía llegar a los hogares, a la calle, a las chácharas de café. El padre de la neurociencia vio en las novelas de Julio Verne y Emilio Salgari una fórmula educativa finísima y en 1885 decidió escribir historias de ciencia ficción. Aquellos relatos protagonizados por científicos, microscopios y bacterias acabaron publicados, 20 años después, en ‘Cuentos de vacaciones’.

Y dibujó los misterios invisibles del cerebro humano. Pues, «por precisa y minuciosa que sea la descripción de los objetos observados, siempre resulta inferior en claridad a un buen grabado».

Ramón y Cajal decía que la vida es energía, renovación y progreso. «No importa que nuestra labor sea prematura e incompleta; de pasada, y en tanto alborea el ansiado ideal, el mundo se dulcificará gradualmente para el hombre».

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