18 de septiembre 2019    /   IDEAS
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¿Por qué queremos subir tan alto?

18 de septiembre 2019    /   IDEAS     por          
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Todo rascacielos es, en cierta medida, una forma de jactancia. Pero también una demostración simbólica de poder, cuando ese poder se mide en metros.

El Empire State Building dominó el mundo en altura durante 40 años, dejándonos claro con su presencia quién tenía en aquel momento la sartén por el mango.

Pero las cosas han cambiado mucho. Resulta que en la actualidad los ocho rascacielos más elevados del planeta se encuentran en Oriente. En Dubái, Japón, China, Arabia Saudita, Corea del Sur…

Estados Unidos, probablemente traumatizado por los atentados de las Torres Gemelas, abandonó esa carrera histórica que comenzó, según la leyenda, con la frustrada tarea de la Torre de Babilonia para alcanzar el cielo.

En su libro de narraciones cortas La historia de tu vida, Ted Chiang nos cuenta la ascensión de los mineros por dicha torre con el fin de taladrar la bóveda celeste una vez que llegasen a lo más alto.

Pero lo que Chiang no cuenta en su narración es que Yhavé, enojado por tanta osadía, condenó a la especie humana a hablar cientos de lenguas diferentes para que jamás volvieran a trabajar unidos en un proyecto como este.

El cuento de Chiang es contemporáneo, pero recoge la obsesión colectiva del hombre a través de los siglos de alcanzar la altura de los dioses. De asemejarse a ellos y de igualarse en poder y gloria.

Solo que, debido a su constante fragmentación, los hombres han preferido retar a sus adversarios en lugar de retar a Dios. Optando por demostrarles a ellos de dónde proviene su hegemonía.

Esa es la razón por la que los grandes rascacielos se convirtieron, a la vez, en narraciones ideológicas. Si el Empire State se ufanó en mostrarnos su altura como legitimación del poder hegemónico imperante, las Torres Gemelas nos quisieron contar la capacidad de dicho poder para replicarse.

Ahora, con la nueva ideología híbrida que todo lo abarca, el símbolo de la modernidad lo representan las Torres Petronas de Kuala Lumpur. Estas dos torres, las gemelas más elevadas del mundo, están unidas por un puente a gran altura que las conecta para hacer ver que su poder se basa en la colaboración entre ambas.

Muy reciente, y más compleja todavía, es la nueva torre ToHa de Tel Aviv, un diseño «dos en uno» en el que la fusión entre ambos edificios es más intensa todavía.

Las grandes torres, llamadas no por casualidad «rascacielos», siempre hablan de los momentos, los países y los poderes que las construyeron. Y eso sucede también con cualquier otro edificio emblemático. En el pasado, cuando el poder se sentía amenazado, construía castillos. Cuando se sentía seguro, construía palacios. Esa esa la diferencia entre el Alcázar de Segovia y el Palacio de Versalles.

La historia de la humanidad, su viaje, está escrita en estos impresionantes edificios. Pero el final más probable de tanto esfuerzo es el que Chiang nos cuenta en la última página de su narración:

«Ahora estaba claro por qué Yhavé no había derribado la torre, nos había castigado a los hombres por desear llegar más allá de los límites que tenían impuestos: pues el viaje más largo solo les volvería a llevar al lugar del que habían partido».

Todo rascacielos es, en cierta medida, una forma de jactancia. Pero también una demostración simbólica de poder, cuando ese poder se mide en metros.

El Empire State Building dominó el mundo en altura durante 40 años, dejándonos claro con su presencia quién tenía en aquel momento la sartén por el mango.

Pero las cosas han cambiado mucho. Resulta que en la actualidad los ocho rascacielos más elevados del planeta se encuentran en Oriente. En Dubái, Japón, China, Arabia Saudita, Corea del Sur…

Estados Unidos, probablemente traumatizado por los atentados de las Torres Gemelas, abandonó esa carrera histórica que comenzó, según la leyenda, con la frustrada tarea de la Torre de Babilonia para alcanzar el cielo.

En su libro de narraciones cortas La historia de tu vida, Ted Chiang nos cuenta la ascensión de los mineros por dicha torre con el fin de taladrar la bóveda celeste una vez que llegasen a lo más alto.

Pero lo que Chiang no cuenta en su narración es que Yhavé, enojado por tanta osadía, condenó a la especie humana a hablar cientos de lenguas diferentes para que jamás volvieran a trabajar unidos en un proyecto como este.

El cuento de Chiang es contemporáneo, pero recoge la obsesión colectiva del hombre a través de los siglos de alcanzar la altura de los dioses. De asemejarse a ellos y de igualarse en poder y gloria.

Solo que, debido a su constante fragmentación, los hombres han preferido retar a sus adversarios en lugar de retar a Dios. Optando por demostrarles a ellos de dónde proviene su hegemonía.

Esa es la razón por la que los grandes rascacielos se convirtieron, a la vez, en narraciones ideológicas. Si el Empire State se ufanó en mostrarnos su altura como legitimación del poder hegemónico imperante, las Torres Gemelas nos quisieron contar la capacidad de dicho poder para replicarse.

Ahora, con la nueva ideología híbrida que todo lo abarca, el símbolo de la modernidad lo representan las Torres Petronas de Kuala Lumpur. Estas dos torres, las gemelas más elevadas del mundo, están unidas por un puente a gran altura que las conecta para hacer ver que su poder se basa en la colaboración entre ambas.

Muy reciente, y más compleja todavía, es la nueva torre ToHa de Tel Aviv, un diseño «dos en uno» en el que la fusión entre ambos edificios es más intensa todavía.

Las grandes torres, llamadas no por casualidad «rascacielos», siempre hablan de los momentos, los países y los poderes que las construyeron. Y eso sucede también con cualquier otro edificio emblemático. En el pasado, cuando el poder se sentía amenazado, construía castillos. Cuando se sentía seguro, construía palacios. Esa esa la diferencia entre el Alcázar de Segovia y el Palacio de Versalles.

La historia de la humanidad, su viaje, está escrita en estos impresionantes edificios. Pero el final más probable de tanto esfuerzo es el que Chiang nos cuenta en la última página de su narración:

«Ahora estaba claro por qué Yhavé no había derribado la torre, nos había castigado a los hombres por desear llegar más allá de los límites que tenían impuestos: pues el viaje más largo solo les volvería a llevar al lugar del que habían partido».

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