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8 de mayo 2019    /   BUSINESS
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La realidad aumentada mola mucho, pero ¿qué tal la disminuida?

8 de mayo 2019    /   BUSINESS     por          
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En tiempos de infoxicación anywhere que nos inducen a ser antivacunas o a votar a presidentes populistas y de los ímprobos esfuerzos que tenemos que hacer para tratar de gestionar cada vez más, y más, datos, equiparnos con los futuros dispositivos de realidad virtual y realidad aumentada para conocer mejor los detalles de las cosas que nos rodean parece que solo va agudizar esta clase de problemas: más datos, más paja en la que buscar agujas, más creativas formas de ser engañados o de autoengañarnos.

Por ello, según algunos analistas, también habrá que tener en cuenta la pujanza de la llamada «realidad disminuida». Es decir, que menos sería más.

Una vindicación consciente para no ver tanto. O ver solo lo apropiado (sea lo que sea que signifique esto es tiempos en los que nada más salir servicios de fact cheking, como Newtral o Maldita, ya se ha constatado que se necesita otro fact check del fact checking).

¿Tecnología para reducir los efectos de la tecnología? Suena a serpiente de Ouróboros, pero tiene todo el sentido del mundo si recordamos las palabras del gran entomólogo Edward O. Wilson: «El verdadero problema de la humanidad es el siguiente: tenemos emociones del Paleolítico, instituciones medievales y tecnología propia de un dios».

Tal vez, pues, deberíamos reajustar algunos parámetros, como el caudal de entrada de inputs hacia nuestro cerebro, un órgano que fue forjado en tiempos en los que no existía nada ni remotamente parecido a la realidad aumentada. Ni a Twitter.

Realidad aumentada

BURBUJAS INFORMATIVAS

Si la realidad aumentada busca agregar nueva información, la realidad disminuida viene a eliminar objetos de la realidad en tiempo real: de esa manera registraremos una realidad diferente o aislada.

Una ficción que ha explorado esta posibilidad en su habitual (eso sí) tono distópico ha sido la serie de televisión Black Mirror. Concretamente, en su capítulo Arkangel, escrito por Charlie Brooker y dirigido por Jodie Foster.

En el episodio, «Arkangel» es el nombre de una empresa que permite a los padres rastrear y controlar a sus hijos, así como pixelar imágenes que les causarían angustia, gracias a un chip implantado en su cerebro. La versión hi tech de los planteamientos de películas como Canino (2010, Yorgos Lanthimos) o El bosque (2004, M. Night Shyamalan).

Es decir, control absoluto del ambiente, la aplicación hasta las últimas consecuencias de aquellas palabras de John Watson, fundador del conductismo, escritas alrededor de 1925:

Dadme una docena de niños sanos, bien formados, y mi mundo específico para que los eduque, y yo me comprometo a elegir uno de ellos al azar y adiestrarle para que se convierta en un especialista de cualquier tipo que yo pueda escoger (médico, abogado, artista, hombre de negocios y, sí, incluso un pordiosero ladrón) independientemente de sus talentos, aficiones, tendencias, aptitudes, vocaciones y raza de sus antepasados.

La técnica de la realidad disminuida (o diminished reality) fue por primera vez nombrada como tal en 2001 por Steve Mann, y basaba sus resultados en esconder el objeto deseado a través de múltiples planos tomados de una misma escena.

Dos de los primeros investigadores de la realidad disminuida fueron Jan Herling y Wolfgang Broll, de la Universidad Tecnológica de Ilmenau. Más allá de lograr efectos fotográficos o videográficos curiosos a nivel plástico, sus aplicaciones más directas en el ámbito de la ciencia y la medicina estarían orientadas a paliar determinadas patologías, como explican Kelly y Zach Weinersmith en su libro Un ascensor al espacio:

Las personas que sufren trastornos de ansiedad, o aquellas a las que determinados estímulos evocan recuerdos traumáticos, quizá prefieran limitar la intensidad de determinadas experiencias sensoriales.

Realidad aumentada

CENSURA Y AUTOCENSURA

Con todo, la aplicación de la realidad disminuida plantea no pocas dudas éticas y morales: ¿y si empezamos a vivir en burbujas informativas demasiado refractarias al resto?

¿Y si decidimos no ver a los vagabundos porque esa es una realidad que nos hace sufrir y, en consecuencia, empezamos a sentir menos empatía por ellos?

¿Es preferible vivir feliz y engañado a infeliz y saturado, pero informado?

De hecho, ya vivimos en burbujas informativas, ya sea porque las redes sociales fomentan, mediante sus algoritmos, que sigamos a quienes piensan como nosotros, o porque los medios de comunicación convencionales son, en puridad, y parafraseando a Paul Stehe, fundador del prestigioso Franfkfurter, las opiniones de doscientas personas ricas (los dueños de esos medios).

Cámaras de ecos que se generan a nuestro alrededor de forma espontánea y que nos convencen todavía más de nuestros aciertos, pero también de nuestros errores, como denuncia Eli Pariser en su libro El filtro burbuja:

Abandonados a su suerte, los filtros personalizados presentan cierta clase de autopropaganda invisible, adoctrinándonos con nuestras propias ideas, amplificando nuestro deseo por cosas que nos son familiares y manteniéndonos ignorantes con respecto a los peligros que nos acechan en el territorio oscuro de lo desconocido. En la burbuja de filtros hay menos margen para los encuentros casuales que aportan conocimientos y aprendizaje. Con frecuencia la creatividad se produce gracias a la colisión de ideas procedentes de diferentes disciplinas y culturas.

Realidad aumentada

Ya vivimos en burbujas informativas e ideológicas. La realidad disminuida podría aumentar sus efectos de forma exponencial.

Es un tanto irónico que ahora, justo ahora que podemos acceder a una biblioteca universal, que podemos saberlo todo sobre todo, sea el momento de plantearnos que quizá salir de la caverna de Platón puede dañarnos los ojos o deslumbrarnos como un conejo que cruza la carretera, y que tal vez deberíamos equiparnos con unas gafas de sol, o incluso unas gafas un poco más opacas.

No sabemos qué pasará a corto o medio plazo, no digamos ya a largo. Ni quiénes decidirán vivir deslumbrados y ciegos o en la oscuridad y ciegos.

Tal vez, después de todo, y como de costumbre, todo resida en repensar lo que queremos y cómo deseamos obtenerlo.

Porque al final de todo esto, la realidad disminuida alberga resonancias de lo que una vez dejó escrito T. S. Eliot: «No dejaremos de explorar y el fin de nuestra exploración será encontrar el punto de partida y conocer el lugar por primera vez».

En tiempos de infoxicación anywhere que nos inducen a ser antivacunas o a votar a presidentes populistas y de los ímprobos esfuerzos que tenemos que hacer para tratar de gestionar cada vez más, y más, datos, equiparnos con los futuros dispositivos de realidad virtual y realidad aumentada para conocer mejor los detalles de las cosas que nos rodean parece que solo va agudizar esta clase de problemas: más datos, más paja en la que buscar agujas, más creativas formas de ser engañados o de autoengañarnos.

Por ello, según algunos analistas, también habrá que tener en cuenta la pujanza de la llamada «realidad disminuida». Es decir, que menos sería más.

Una vindicación consciente para no ver tanto. O ver solo lo apropiado (sea lo que sea que signifique esto es tiempos en los que nada más salir servicios de fact cheking, como Newtral o Maldita, ya se ha constatado que se necesita otro fact check del fact checking).

¿Tecnología para reducir los efectos de la tecnología? Suena a serpiente de Ouróboros, pero tiene todo el sentido del mundo si recordamos las palabras del gran entomólogo Edward O. Wilson: «El verdadero problema de la humanidad es el siguiente: tenemos emociones del Paleolítico, instituciones medievales y tecnología propia de un dios».

Tal vez, pues, deberíamos reajustar algunos parámetros, como el caudal de entrada de inputs hacia nuestro cerebro, un órgano que fue forjado en tiempos en los que no existía nada ni remotamente parecido a la realidad aumentada. Ni a Twitter.

Realidad aumentada

BURBUJAS INFORMATIVAS

Si la realidad aumentada busca agregar nueva información, la realidad disminuida viene a eliminar objetos de la realidad en tiempo real: de esa manera registraremos una realidad diferente o aislada.

Una ficción que ha explorado esta posibilidad en su habitual (eso sí) tono distópico ha sido la serie de televisión Black Mirror. Concretamente, en su capítulo Arkangel, escrito por Charlie Brooker y dirigido por Jodie Foster.

En el episodio, «Arkangel» es el nombre de una empresa que permite a los padres rastrear y controlar a sus hijos, así como pixelar imágenes que les causarían angustia, gracias a un chip implantado en su cerebro. La versión hi tech de los planteamientos de películas como Canino (2010, Yorgos Lanthimos) o El bosque (2004, M. Night Shyamalan).

Es decir, control absoluto del ambiente, la aplicación hasta las últimas consecuencias de aquellas palabras de John Watson, fundador del conductismo, escritas alrededor de 1925:

Dadme una docena de niños sanos, bien formados, y mi mundo específico para que los eduque, y yo me comprometo a elegir uno de ellos al azar y adiestrarle para que se convierta en un especialista de cualquier tipo que yo pueda escoger (médico, abogado, artista, hombre de negocios y, sí, incluso un pordiosero ladrón) independientemente de sus talentos, aficiones, tendencias, aptitudes, vocaciones y raza de sus antepasados.

La técnica de la realidad disminuida (o diminished reality) fue por primera vez nombrada como tal en 2001 por Steve Mann, y basaba sus resultados en esconder el objeto deseado a través de múltiples planos tomados de una misma escena.

Dos de los primeros investigadores de la realidad disminuida fueron Jan Herling y Wolfgang Broll, de la Universidad Tecnológica de Ilmenau. Más allá de lograr efectos fotográficos o videográficos curiosos a nivel plástico, sus aplicaciones más directas en el ámbito de la ciencia y la medicina estarían orientadas a paliar determinadas patologías, como explican Kelly y Zach Weinersmith en su libro Un ascensor al espacio:

Las personas que sufren trastornos de ansiedad, o aquellas a las que determinados estímulos evocan recuerdos traumáticos, quizá prefieran limitar la intensidad de determinadas experiencias sensoriales.

Realidad aumentada

CENSURA Y AUTOCENSURA

Con todo, la aplicación de la realidad disminuida plantea no pocas dudas éticas y morales: ¿y si empezamos a vivir en burbujas informativas demasiado refractarias al resto?

¿Y si decidimos no ver a los vagabundos porque esa es una realidad que nos hace sufrir y, en consecuencia, empezamos a sentir menos empatía por ellos?

¿Es preferible vivir feliz y engañado a infeliz y saturado, pero informado?

De hecho, ya vivimos en burbujas informativas, ya sea porque las redes sociales fomentan, mediante sus algoritmos, que sigamos a quienes piensan como nosotros, o porque los medios de comunicación convencionales son, en puridad, y parafraseando a Paul Stehe, fundador del prestigioso Franfkfurter, las opiniones de doscientas personas ricas (los dueños de esos medios).

Cámaras de ecos que se generan a nuestro alrededor de forma espontánea y que nos convencen todavía más de nuestros aciertos, pero también de nuestros errores, como denuncia Eli Pariser en su libro El filtro burbuja:

Abandonados a su suerte, los filtros personalizados presentan cierta clase de autopropaganda invisible, adoctrinándonos con nuestras propias ideas, amplificando nuestro deseo por cosas que nos son familiares y manteniéndonos ignorantes con respecto a los peligros que nos acechan en el territorio oscuro de lo desconocido. En la burbuja de filtros hay menos margen para los encuentros casuales que aportan conocimientos y aprendizaje. Con frecuencia la creatividad se produce gracias a la colisión de ideas procedentes de diferentes disciplinas y culturas.

Realidad aumentada

Ya vivimos en burbujas informativas e ideológicas. La realidad disminuida podría aumentar sus efectos de forma exponencial.

Es un tanto irónico que ahora, justo ahora que podemos acceder a una biblioteca universal, que podemos saberlo todo sobre todo, sea el momento de plantearnos que quizá salir de la caverna de Platón puede dañarnos los ojos o deslumbrarnos como un conejo que cruza la carretera, y que tal vez deberíamos equiparnos con unas gafas de sol, o incluso unas gafas un poco más opacas.

No sabemos qué pasará a corto o medio plazo, no digamos ya a largo. Ni quiénes decidirán vivir deslumbrados y ciegos o en la oscuridad y ciegos.

Tal vez, después de todo, y como de costumbre, todo resida en repensar lo que queremos y cómo deseamos obtenerlo.

Porque al final de todo esto, la realidad disminuida alberga resonancias de lo que una vez dejó escrito T. S. Eliot: «No dejaremos de explorar y el fin de nuestra exploración será encontrar el punto de partida y conocer el lugar por primera vez».

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