18 de abril 2013    /   DIGITAL
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Realidad sólida, política gaseosa, democracia líquida

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1defe (foto: US Army Dominio público)
Las voces que descalifican, de raíz, la irrupción de nuevas energías democráticas que emergen entre los contornos y las periferias de las instituciones van ganando peso y audiencia entre los escépticos y los exquisitos. Lo inmaduro o confuso de muchas de estas nuevas expresiones socializadoras, que crecen especialmente en ecosistemas digitales, es el principal argumento para cuestionar su legitimidad y capacidad representativas. Los límites (y ciertamente no pocos riesgos) de lo imperfecto son la razón que alimenta y ofrece tentadoras y dóciles coartadas a los que prefieren el tópico a la duda, o a la crítica.
Los que prefieren los tópicos a los argumentos, prefieren el discurso al diálogo. Con los primeros, es fácil: se trata de repetirlos, como mantra y axioma; y no requieren de la conversación, ya que no pueden adaptarse o cambiarse en función de la interlocución. Con los argumentos sucede todo lo contrario: necesitan reelaboración constante y, precisamente, su adecuación al diálogo y a los argumentos de los demás para exprimir —con nuevas formulaciones y soluciones— nuevas elaboraciones. Los tópicos no aceptan, ni toleran, las dudas. Los argumentos, sí. La duda y la crítica son el nutriente del argumento y su levadura. El tópico renuncia a cambiar, solo sabe imponerse.
La exigencia de pureza (absoluta), coherencia (total) y legitimidad (perfecta) a lo nuevo no es más que el fácil y cómodo camino para dejar de cuestionarnos la realidad y sus limitaciones. Es grotesco, y revelador, que las mismas voces que aceptan —o toleran con grados diversos de complacencia— nuestra imperfecta democracia representativa, por ejemplo, se alcen como nuevos sacerdotes democráticos que nos advierten de la plaga digital contra las expresiones de nuevo formato, concepto y cultura. Sí, la ciberutopía no es (seguramente) la solución, pero no nos aleja de ella (o de ellas), sino que nos acerca.
Una de las críticas más severas es la incapacidad de la ciberutopía de articular un sistema organizado de representación legitimada y de consensos operacionales. Nada más lejos de la realidad. La respuesta organizativa y efectiva del activismo digital y su articulación (en redes sociales e informales) son parte de la construcción de nuevos sistemas sobre nuevos valores, y nuevas autoridades. Nadie sensato, desde la corporación pública o privada, cuestiona la capacidad inteligente de las multitudes conectadas para superar el tiempo amorfo de las sumisas masas alienadas. Hoy, lo que articula poder y valor ya no es simplemente la posición, la proporción o la media. La relación, la diversidad y la divergencia (que tan fácilmente se pueden expresar en territorios online) aportan, al espacio social y público, nuevas expresiones en la construcción de lo colectivo, es decir, de lo democrático.
De nuevo, el enfrentamiento entre lo viejo y lo nuevo (lo analógico y lo digital) es la parte epidérmica de un combate mucho más de fondo entre conservadores y renovadores de nuestra cultura democrática. La política formal se está evaporando, incapaz de controlar, someter y dirigir una realidad económica que ha solidificado sus relaciones de poder —con sus profundas desigualdades— a nivel global. Frente a la inanición política formal, se alza una renovada acción democrática y cívica, de carácter glocal y digital. Multitudes frente a masas.
La democracia líquida no me parece, necesariamente, mejor. Pero la política formal evanescente y gaseosa, con sus profetas del tópico y la verdad revelada, no puede dar ya más lecciones de las justas. Más respeto y más humildad. En palabras de Antonio Lafuente, en La promesa de la desorganización, «Fomentemos la discrepancia sin cuartel. Explicitemos los riesgos inherentes a cada simplificación. Hagamos filosofía de garaje, practiquemos la cultura hacker, despleguemos la imaginación crítica, valoremos el aura de lo colateral, apreciemos el colorido de lo criollo».
No se trata de utópicas primaveras efímeras, tan cíclicas como pasajeras, sino de cultivar nuevas semillas democráticas. Estamos sembrando, abonando y limpiando. Ya vendrá el tiempo de la cosecha.

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Los que prefieren los tópicos a los argumentos, prefieren el discurso al diálogo. Con los primeros, es fácil: se trata de repetirlos, como mantra y axioma; y no requieren de la conversación, ya que no pueden adaptarse o cambiarse en función de la interlocución. Con los argumentos sucede todo lo contrario: necesitan reelaboración constante y, precisamente, su adecuación al diálogo y a los argumentos de los demás para exprimir —con nuevas formulaciones y soluciones— nuevas elaboraciones. Los tópicos no aceptan, ni toleran, las dudas. Los argumentos, sí. La duda y la crítica son el nutriente del argumento y su levadura. El tópico renuncia a cambiar, solo sabe imponerse.
La exigencia de pureza (absoluta), coherencia (total) y legitimidad (perfecta) a lo nuevo no es más que el fácil y cómodo camino para dejar de cuestionarnos la realidad y sus limitaciones. Es grotesco, y revelador, que las mismas voces que aceptan —o toleran con grados diversos de complacencia— nuestra imperfecta democracia representativa, por ejemplo, se alcen como nuevos sacerdotes democráticos que nos advierten de la plaga digital contra las expresiones de nuevo formato, concepto y cultura. Sí, la ciberutopía no es (seguramente) la solución, pero no nos aleja de ella (o de ellas), sino que nos acerca.
Una de las críticas más severas es la incapacidad de la ciberutopía de articular un sistema organizado de representación legitimada y de consensos operacionales. Nada más lejos de la realidad. La respuesta organizativa y efectiva del activismo digital y su articulación (en redes sociales e informales) son parte de la construcción de nuevos sistemas sobre nuevos valores, y nuevas autoridades. Nadie sensato, desde la corporación pública o privada, cuestiona la capacidad inteligente de las multitudes conectadas para superar el tiempo amorfo de las sumisas masas alienadas. Hoy, lo que articula poder y valor ya no es simplemente la posición, la proporción o la media. La relación, la diversidad y la divergencia (que tan fácilmente se pueden expresar en territorios online) aportan, al espacio social y público, nuevas expresiones en la construcción de lo colectivo, es decir, de lo democrático.
De nuevo, el enfrentamiento entre lo viejo y lo nuevo (lo analógico y lo digital) es la parte epidérmica de un combate mucho más de fondo entre conservadores y renovadores de nuestra cultura democrática. La política formal se está evaporando, incapaz de controlar, someter y dirigir una realidad económica que ha solidificado sus relaciones de poder —con sus profundas desigualdades— a nivel global. Frente a la inanición política formal, se alza una renovada acción democrática y cívica, de carácter glocal y digital. Multitudes frente a masas.
La democracia líquida no me parece, necesariamente, mejor. Pero la política formal evanescente y gaseosa, con sus profetas del tópico y la verdad revelada, no puede dar ya más lecciones de las justas. Más respeto y más humildad. En palabras de Antonio Lafuente, en La promesa de la desorganización, «Fomentemos la discrepancia sin cuartel. Explicitemos los riesgos inherentes a cada simplificación. Hagamos filosofía de garaje, practiquemos la cultura hacker, despleguemos la imaginación crítica, valoremos el aura de lo colateral, apreciemos el colorido de lo criollo».
No se trata de utópicas primaveras efímeras, tan cíclicas como pasajeras, sino de cultivar nuevas semillas democráticas. Estamos sembrando, abonando y limpiando. Ya vendrá el tiempo de la cosecha.

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