28 de mayo 2012    /   DIGITAL
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¿Realmente me desmayé en el Nasdaq?

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Los puestos de lencería femenina se alternaban con los de hortalizas. “Bienvenidos a una nueva dimensión”, rezaban los letreros, ante hileras de enormes y sugerentes sujetadores atrapados mediante pinzas en cables sinuosos. A juzgar por el tamaño de las copas me preguntaba dónde se meterían las usuarias de semejantes artefactos.

Mientras intentaba alcanzar el puesto de los tomates, me asaltó otro de bragas y calzoncillos marca Dulce & Camino, con la misma tipografía que Dolce & Gabbana, pero sensiblemente más baratos y con diseños imposibles.

¡Dié euro! ¡Dié euro! – anunciaba un paisano desdentado, pero feliz y orondo como una buena noticia, señalando la mercancía textil no apta para cualquier ingle.

Una vez alcancé el puesto donde habría de adquirir mi futuro, me entretuve examinando la tipología de los clientes, y de los letreros escritos con apresurado rotulador de trazo grueso.

“Albariquoke”, “Nectalina”, “Zynga”, “Groupon”, rezaban las etiquetas.

El acre olor a cuero curtido de manera apresurada se mezclaba con los penetrantes rayos de un sol que quemaba la piel y las ideas.

El puesto de frutas era inmenso, con una carpa y una decena de afanados operarios que atendían a la clientela. Era preciso tomar un número de un dispensador de papel que me recordó inconscientemente a los lavabos del edificio de la Bolsa, en cualquier país sureño, como España, Italia, Grecia…

No obstante, el sistema parecía funcionar y todos respetábamos el orden asignado por el papelito que arrancábamos con indolencia del dispensador. ¿Serían números realmente correlativos? Imposible saberlo. Pregunta ociosa para compradores de domingo. Los números de orden solo se respetaban por las voces de los operarios.

Había algo antropológico en ese crisol de gritos, olores, escotes, pantorrillas y verduras. Y gitanas que pesan un kilo de pimientos con romana, igual que hace siglos, y que anuncian sus mercancías con voces de raíz jonda.

¡Espaaaaaaaárragos! ¡Renta variableeee!

Mi turno se aproximaba y mi imaginación volaba a los principales mercados bursátiles del mundo (yo soy así de sofisticado, y por eso no me aburro en las colas del mercado). El operador gritó “Setenta y cuaaaaatro!!! “

Yo. Buenas tardes. Dos cebollas, tres pimientos italianos y un paquete de opciones a futuros con elrespaldo de J.P Morgan, de la emisión de Facebook.

Lo siento, amigo, pero hemos suspendido cautelarmente la cotización, después de la filtración de la CNMV.

El gitano llevaba mucho oro colgado en sus muñecas y su cuello en forma de valor refugio.

– Entonces ponme dos aguacates… para hoy, si puede ser.

– Para hoy no me queda ‘ná’, niño.

Yo, que ya había leído la prensa sepia, la de los domingos, sabía que al tipo no le faltaba razón, pero insistí.

– Bueno, pues dame dos aguacates a futuros.

– Vale, pero tendrás que cancelar la opción de compra o llevarlos al mercado secundario.

El sol me había dado en la cabeza sin misericordia y es probable que no entendiera bien, entre todo aquel griterío mediterráneo.

– ¡Baaaaaaankiaaa! ¡De saldooooooo! – Se desgañitaba una matriarca arrugada como una pasa, pero millonaria como la Duquesa de Alba. En sus canastas de mimbre no se agolpaban calabacines, puerros o manojos de espárragos, sino paquetes de acciones ordenadas por rentabilidad decreciente.

– ¡Facebooooooook! ¡Sin pasar por Goldman Sachs!

– ¡LinkedInnnnnnnnnnnnnnnnn! – se desgañitaba una mujer de rostro cuarteado por las romerías, mientras agitaba un pañuelo floreado.

Ignoro si sufrí un golpe de calor… o de frío por efecto del aire acondicionado. Soy agente de bolsa, y estaba trabajando en el Nasdaq cuando me asaltó esta fantasía hortofrutícola. ¿O es que estaba en el mercadillo dominical de la UVA de Hortaleza haciendo la compra? Después creo que perdí el conocimiento, y me reanimaron en el puesto de los sujetadores gigantes, bajo el letrero:

“Bienvenidos a una nueva dimensión”.

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Los puestos de lencería femenina se alternaban con los de hortalizas. “Bienvenidos a una nueva dimensión”, rezaban los letreros, ante hileras de enormes y sugerentes sujetadores atrapados mediante pinzas en cables sinuosos. A juzgar por el tamaño de las copas me preguntaba dónde se meterían las usuarias de semejantes artefactos.

Mientras intentaba alcanzar el puesto de los tomates, me asaltó otro de bragas y calzoncillos marca Dulce & Camino, con la misma tipografía que Dolce & Gabbana, pero sensiblemente más baratos y con diseños imposibles.

¡Dié euro! ¡Dié euro! – anunciaba un paisano desdentado, pero feliz y orondo como una buena noticia, señalando la mercancía textil no apta para cualquier ingle.

Una vez alcancé el puesto donde habría de adquirir mi futuro, me entretuve examinando la tipología de los clientes, y de los letreros escritos con apresurado rotulador de trazo grueso.

“Albariquoke”, “Nectalina”, “Zynga”, “Groupon”, rezaban las etiquetas.

El acre olor a cuero curtido de manera apresurada se mezclaba con los penetrantes rayos de un sol que quemaba la piel y las ideas.

El puesto de frutas era inmenso, con una carpa y una decena de afanados operarios que atendían a la clientela. Era preciso tomar un número de un dispensador de papel que me recordó inconscientemente a los lavabos del edificio de la Bolsa, en cualquier país sureño, como España, Italia, Grecia…

No obstante, el sistema parecía funcionar y todos respetábamos el orden asignado por el papelito que arrancábamos con indolencia del dispensador. ¿Serían números realmente correlativos? Imposible saberlo. Pregunta ociosa para compradores de domingo. Los números de orden solo se respetaban por las voces de los operarios.

Había algo antropológico en ese crisol de gritos, olores, escotes, pantorrillas y verduras. Y gitanas que pesan un kilo de pimientos con romana, igual que hace siglos, y que anuncian sus mercancías con voces de raíz jonda.

¡Espaaaaaaaárragos! ¡Renta variableeee!

Mi turno se aproximaba y mi imaginación volaba a los principales mercados bursátiles del mundo (yo soy así de sofisticado, y por eso no me aburro en las colas del mercado). El operador gritó “Setenta y cuaaaaatro!!! “

Yo. Buenas tardes. Dos cebollas, tres pimientos italianos y un paquete de opciones a futuros con elrespaldo de J.P Morgan, de la emisión de Facebook.

Lo siento, amigo, pero hemos suspendido cautelarmente la cotización, después de la filtración de la CNMV.

El gitano llevaba mucho oro colgado en sus muñecas y su cuello en forma de valor refugio.

– Entonces ponme dos aguacates… para hoy, si puede ser.

– Para hoy no me queda ‘ná’, niño.

Yo, que ya había leído la prensa sepia, la de los domingos, sabía que al tipo no le faltaba razón, pero insistí.

– Bueno, pues dame dos aguacates a futuros.

– Vale, pero tendrás que cancelar la opción de compra o llevarlos al mercado secundario.

El sol me había dado en la cabeza sin misericordia y es probable que no entendiera bien, entre todo aquel griterío mediterráneo.

– ¡Baaaaaaankiaaa! ¡De saldooooooo! – Se desgañitaba una matriarca arrugada como una pasa, pero millonaria como la Duquesa de Alba. En sus canastas de mimbre no se agolpaban calabacines, puerros o manojos de espárragos, sino paquetes de acciones ordenadas por rentabilidad decreciente.

– ¡Facebooooooook! ¡Sin pasar por Goldman Sachs!

– ¡LinkedInnnnnnnnnnnnnnnnn! – se desgañitaba una mujer de rostro cuarteado por las romerías, mientras agitaba un pañuelo floreado.

Ignoro si sufrí un golpe de calor… o de frío por efecto del aire acondicionado. Soy agente de bolsa, y estaba trabajando en el Nasdaq cuando me asaltó esta fantasía hortofrutícola. ¿O es que estaba en el mercadillo dominical de la UVA de Hortaleza haciendo la compra? Después creo que perdí el conocimiento, y me reanimaron en el puesto de los sujetadores gigantes, bajo el letrero:

“Bienvenidos a una nueva dimensión”.

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