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17 de febrero 2014    /   DIGITAL
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Eres en Twitter como eras a los doce años

17 de febrero 2014    /   DIGITAL     por          
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Has descubierto que en Twitter hay «personajes« que conoces: el gordito, el pelota, el empollón, el poeta, el matón… Puedes redefinirte en las redes sociales, pero optas por comportarte como el crío que eras a los once años. Es cómodo.

Tienes once años y estás en 4º A. Tienes doce años y estás en 5º C. No sabes cómo has pasado del A al C. La leyenda dice que los alumnos de C son más torpes que los de B y estos, más que los de A. Pero sabes que no es así: sacaste muchos bienes y notables en el curso pasado. Sabes que los alumnos están agrupados por orden alfabético de apellido.

Empiezas a echar de menos a tus compañeros, aunque es probable que los veas en el recreo, pero pronto te adaptas. Porque en esta nueva clase, como en todas las clases, hay un as de fútbol, un empollón, un niño que cree en los Reyes Magos, el gordito, el matón, el que se cree gracioso, el poeta, el salido… Son «personajes» que conoces. Tú sabes dónde encajas. Sabes si darás collejas en el pasillo o las recibirás o serás un espectador más. Aun existiendo la posibilidad de redefinirte (sobre todo si cambiaste de escuela), prefieres mantenerte en la personalidad que has creado y mostrado en los últimos años. Para ti es lo más cómodo, aunque signifique ser objeto de burlas.

La escuela quedó atrás. Ahora eres adulto. Tienes Twitter, tienes Facebook, tienes Google+ (aunque no tienes claro para qué sirve ni cómo usarlo). En Facebook tienes agregada a tu familia, a tus amigos de toda la vida, a gente que dice que es amiga tuya, pero que no lo es, pero que, de alguna manera, te ha calado. En Facebook es difícil dejar de comportarte como el niño que eras en 4º A.

Sin embargo, Twitter está abierto a posibilidades. Puedes crearte una nueva identidad. Puedes hacerte pasar por un gurú de las redes sociales (que conoces porque tienes Facebook y Twitter y Google+, aunque no tienes claro para qué sirve ni cómo usarlo); hacerte pasar por un experto en series; adalid de las causas perdidas a golpe de click (lo que viene siendo «rellenador de peticiones» de Change.org); o pontificar sobre política y religión intentando convertir cada tuit en una destilación de pensamiento.

Y aquí, hay algo curioso. Pudiendo redefinirte en Twitter, a menudo optas por ser ese crío que pasó de 4º A a 5º C. Has descubierto que en Twitter hay «personajes» que conoces. Y te sientes cómodo adoptando un papel.

El as del fútbol es ahora un padre de familia que dos de cada tres tuits están dedicados al equipo de sus amores; se queja de las alineaciones, de los cambios de entrenador y sube fotos de un entrenamiento al que asistió como espectador o autofotos bocata en mano, momentos antes del partido.

El empollón científico enlaza artículos sobre los avances de la Ciencia y noticias sobre cómo la investigación puede mejorar el producto interior bruto. El empollón de letras hace cruzada contra la mala gramática y ortografía. (Por supuesto, tiene un blog).

El niño que cree en los Reyes Magos retuitea frases de gurús de autoayuda. Se desgañita y desilusiona cuando le mencionan que uno de esos gurús fue pederasta y otro plagiador. No importa. Siempre hay gurús espirituales.

El gordito deja recetas que no ha cocinado, pero que ha probado. Fotos de chuletones. Mensajes como «¡Qué buenos estaban las croquetas de…!» o «Para paella de marisco, la de…»

El pelota sigue a famosos. Es el encargado de retuitear los «buenos días, mundo» o «me pica la nariz» de cantantes, actores y otros personajes de ocupación indefinida. El pelota sufre una crisis de identidad cuando dos famosos a los que sigue se enfrentan.

También están los pelotas que dicen que sí a todo a un «líder» en su ámbito. Si un voceador de opiniones dice negro, aún siendo blanco, el pelota escribirá: «¡Cuánta razón! RT @demagogoamasnopoder»

El que se cree gracioso escribe diez tuits seguidos, esperando que alguno haga gracia. Algún gracioso llega a ser tuitstar más por persistencia que por ingenio.

El poeta llena de ripios su muro. Poemas propios o poemas inventados. Cree que ilumina con belleza un timeline cuajado de comentarios hoscos.

El salido retuitea imágenes de tetas y culos. Solo sigue a famosas neumáticas.

El matón de Twitter no es el matón del patio del colegio. El matón en las redes sociales es un personaje de nuevo cuño. Es posible que de niño tuviera envidia al empollón o al as de fútbol. En el primer caso, presumirá de conocimientos y escribirá como si siempre estuviera enfadado y eso significara: «¡Sé de lo que hablo, coño!». Impresionante, ¿verdad?

En este teatro uno sabe si dará o recibirá collejas (virtuales) o será mero espectador. Claro que, hay otra opción, SER  UNO MISMO. Tal y como eres ahora, adulto. Realmente, no es tan difícil. No cansa. No hay que hacer estrategias. Consiste en tomar las cosas como un juego y poner una palabra detrás de otra. Tal cual.

Has descubierto que en Twitter hay «personajes« que conoces: el gordito, el pelota, el empollón, el poeta, el matón… Puedes redefinirte en las redes sociales, pero optas por comportarte como el crío que eras a los once años. Es cómodo.

Tienes once años y estás en 4º A. Tienes doce años y estás en 5º C. No sabes cómo has pasado del A al C. La leyenda dice que los alumnos de C son más torpes que los de B y estos, más que los de A. Pero sabes que no es así: sacaste muchos bienes y notables en el curso pasado. Sabes que los alumnos están agrupados por orden alfabético de apellido.

Empiezas a echar de menos a tus compañeros, aunque es probable que los veas en el recreo, pero pronto te adaptas. Porque en esta nueva clase, como en todas las clases, hay un as de fútbol, un empollón, un niño que cree en los Reyes Magos, el gordito, el matón, el que se cree gracioso, el poeta, el salido… Son «personajes» que conoces. Tú sabes dónde encajas. Sabes si darás collejas en el pasillo o las recibirás o serás un espectador más. Aun existiendo la posibilidad de redefinirte (sobre todo si cambiaste de escuela), prefieres mantenerte en la personalidad que has creado y mostrado en los últimos años. Para ti es lo más cómodo, aunque signifique ser objeto de burlas.

La escuela quedó atrás. Ahora eres adulto. Tienes Twitter, tienes Facebook, tienes Google+ (aunque no tienes claro para qué sirve ni cómo usarlo). En Facebook tienes agregada a tu familia, a tus amigos de toda la vida, a gente que dice que es amiga tuya, pero que no lo es, pero que, de alguna manera, te ha calado. En Facebook es difícil dejar de comportarte como el niño que eras en 4º A.

Sin embargo, Twitter está abierto a posibilidades. Puedes crearte una nueva identidad. Puedes hacerte pasar por un gurú de las redes sociales (que conoces porque tienes Facebook y Twitter y Google+, aunque no tienes claro para qué sirve ni cómo usarlo); hacerte pasar por un experto en series; adalid de las causas perdidas a golpe de click (lo que viene siendo «rellenador de peticiones» de Change.org); o pontificar sobre política y religión intentando convertir cada tuit en una destilación de pensamiento.

Y aquí, hay algo curioso. Pudiendo redefinirte en Twitter, a menudo optas por ser ese crío que pasó de 4º A a 5º C. Has descubierto que en Twitter hay «personajes» que conoces. Y te sientes cómodo adoptando un papel.

El as del fútbol es ahora un padre de familia que dos de cada tres tuits están dedicados al equipo de sus amores; se queja de las alineaciones, de los cambios de entrenador y sube fotos de un entrenamiento al que asistió como espectador o autofotos bocata en mano, momentos antes del partido.

El empollón científico enlaza artículos sobre los avances de la Ciencia y noticias sobre cómo la investigación puede mejorar el producto interior bruto. El empollón de letras hace cruzada contra la mala gramática y ortografía. (Por supuesto, tiene un blog).

El niño que cree en los Reyes Magos retuitea frases de gurús de autoayuda. Se desgañita y desilusiona cuando le mencionan que uno de esos gurús fue pederasta y otro plagiador. No importa. Siempre hay gurús espirituales.

El gordito deja recetas que no ha cocinado, pero que ha probado. Fotos de chuletones. Mensajes como «¡Qué buenos estaban las croquetas de…!» o «Para paella de marisco, la de…»

El pelota sigue a famosos. Es el encargado de retuitear los «buenos días, mundo» o «me pica la nariz» de cantantes, actores y otros personajes de ocupación indefinida. El pelota sufre una crisis de identidad cuando dos famosos a los que sigue se enfrentan.

También están los pelotas que dicen que sí a todo a un «líder» en su ámbito. Si un voceador de opiniones dice negro, aún siendo blanco, el pelota escribirá: «¡Cuánta razón! RT @demagogoamasnopoder»

El que se cree gracioso escribe diez tuits seguidos, esperando que alguno haga gracia. Algún gracioso llega a ser tuitstar más por persistencia que por ingenio.

El poeta llena de ripios su muro. Poemas propios o poemas inventados. Cree que ilumina con belleza un timeline cuajado de comentarios hoscos.

El salido retuitea imágenes de tetas y culos. Solo sigue a famosas neumáticas.

El matón de Twitter no es el matón del patio del colegio. El matón en las redes sociales es un personaje de nuevo cuño. Es posible que de niño tuviera envidia al empollón o al as de fútbol. En el primer caso, presumirá de conocimientos y escribirá como si siempre estuviera enfadado y eso significara: «¡Sé de lo que hablo, coño!». Impresionante, ¿verdad?

En este teatro uno sabe si dará o recibirá collejas (virtuales) o será mero espectador. Claro que, hay otra opción, SER  UNO MISMO. Tal y como eres ahora, adulto. Realmente, no es tan difícil. No cansa. No hay que hacer estrategias. Consiste en tomar las cosas como un juego y poner una palabra detrás de otra. Tal cual.

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