8 de octubre 2014    /   CINE/TV
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Regresión psicodélica de la mano de Disney

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De niños disfrutábamos de las películas de Walt Disney, una tras otra, sin tener la menor idea de cómo era la persona más importante detrás de aquella maquinaria de entretenimiento estadounidense. Yo no tuve el gusto de conocerle, todavía me quedaban décadas para salir del bombo, pero su genialidad siempre fue acompañada de acusaciones de antisemitismo, misoginia y tirano-corporativismo.

Además ahora está criogenizado en algún sitio a la espera de que inventen la tecnología que le devuelva a la vida y lea esto en Yorokobu y me denuncie al FBI por comunista. O no. Pero el caso es que yo, con 6 años, no sabía de misoginia, ni antisemitismo, ni tirano-corporativismo. Yo sabía de dibujos animados y los de Disney eran los mejores.

En los dibujos, se pueden extraer diferentes lecturas según tu edad. En el plano emocional todos sentimos porque están pensados para provocarnos emociones. ¿Quién no lloró cuando muere Mufasa? Yo fui al cine a ver el Rey León cuando la estrenaron y no me acuerdo de la gente, entre otras cosas, porque estaba muy ocupado llorando la muerte de Mufasa, pero estoy seguro de que algún padre lloró. Mi padre lloró, fijo.

Luego está el plano racional donde existe una primera capa de significado a la que accede el niño, mientras que el adulto, gracias a su desarrollo cognitivo y experiencia, va más allá. Supongo que los creadores son expertos en dotar a sus productos de cierta estratificación cognitiva y desde el principio saben que tienen que satisfacer a los padres y madres que acompañan a sus hijos al cine.

Esto también puede funcionar a la inversa, es decir, que como adultos ya estamos tan jodidos que se nos escapa el significado que los niños sí perciben. En fin, si revisionamos de adulto una peli que vimos de niño —especialmente una de esas que vimos muchas veces—, experimentaremos una regresión en la que mezclaremos ambas perspectivas. Un viaje en transporte audiovisual hacia las sensaciones más recónditas de la memoria. Y ahí te sientes como un crío de 6 años, que sabe de dibujos animados, con una consciencia de un adulto de pongamos treinta y pico. Un desdoblamiento temporal en el que eres al mismo tiempo aquel niño y este adulto.

Las películas de Disney también hacen lo suyo. Si ya la viste de pequeño, la película es un todo regresivo, pero dentro de ella hay distintos mecanismos y uno de los que mejor funcionan es la música, que activa la memoria sonora. Puede que no te acuerdes de las imágenes o de qué pasó pero en cuanto escuchas esa canción, clic, vuelves al salón de casa de tus padres, a aquel cumpleaños, aquella Navidad, aquellos amigos, aquellos juguetes… Y esas películas están repletas de secuencias musicales, y muy buenas además.

En segundo lugar, están aquellos fragmentos que no entendías del todo, pero que por rocambolescos se volvían especiales y a la larga, representativos. Algunos pueden pertenecer al estrato cognitivo pensado para el adulto y otros son simplemente/complejamente surrealistas; y quién sabe, quizás los niños los perciban mejor y no se coman tanto la cabeza.

En el primer caso, treinta años después, vuelves a ver la película y dices, ¡anda, si era esto!, y entonces el niño de 6 años hiperconsciente se da cuenta de qué va la vaina. En el segundo, no tienes ni idea de qué va esto y tu curiosidad aumenta porque piensas: Joder primo, menudos dibujos veía yo de pequeño.

En cualquier caso estos fragmentos son muy potentes por psicodélicos o por surrealistas o por oníricos. Es más, la mayoría de las veces también son fragmentos musicales como el que acabamos de ver de El Jorobado de Notre Dame, Hell Fire. ¿De dónde sale ese coro de batamantas rojas sin cara? Disney no era amigo de Albert Hofmann, que yo sepa, pero era un maestro a la hora de introducir fragmentos onírico-musicales en sus películas.

Muchas de las veces, estos fragmentos oniri-psico-musi-listas tienen lugar cuando el personaje está soñando, aunque al principio no lo sepamos. Es el deus ex machina más antiguo de la narración —¡ah no, que estaba soñando!— y la excusa más a mano para justificar esas alucinaciones. Así ocurre en la adaptación del libro de Lewis Carrol, Alicia en el País de las Maravillas (1951) o en Las Aventuras de Winnie the Pooh (1971), cuando se le inunda la casa al osito y sueña movidas raras que parecen el resultado de una sobredosis de miel.

Mención aparte merece la película Fantasía (1940). Esta obra maestra es una bella amalgama entre animación y música clásica y todavía hoy, una de las películas de Disney más increíbles. Como dice el presentador al principio, Fantasía consta de tres tipos de audiovisual: el primero, en el que la música se usa para contar una historia narrativa definida -como la de Mickey, el aprendiz de mago-; el segundo, en el que la música coexiste con animación más o menos definida, pero sin historia de por medio y el tercero, en el que la música se muestra por y para ella y los animadores ilustran de forma abstracta las sensaciones que transmiten las notas.

La última clase de audiovisual es la que más nos interesa aquí porque alcanza unos grados de surrealismo espectaculares que acompañados por la Tocata y Fuga de Johann Sebastian Bach, como en el primer fragmento, se convierten en una pista de despegue.

Fantasía es todo un viaje onírico. Sin embargo, lo más surrealista es sin duda el proyecto fallido con Salvador Dalí, Destino (1946), un largometraje ideado por el artista que fue cancelado finalmente por considerarse que no tendría aceptación entre el público. La pela es la pela y más aún en aquellos años 40. Suerte que 54 años después, el sobrino de Walt, Roy E. Disney, lo sacó del cajón para retomarlo y finalmente estrenarlo en forma de corto en el 2003.

Bien, hasta aquí lo más onírico y surrealista que ha producido Disney… pero no lo más psicodélico. Ahí ya entramos en estados de consciencia alterados y no solamente los que se encuentran latentes en el inconsciente o los que experimenta mi vecino cuando marca el Atleti. No señor, la psicodelia es un movimiento artístico y cultural que comenzó en la segunda mitad del siglo XX y aquí está Disney unos diez o quince años antes flipando en colorines, con droga de por medio o no. Por eso no me puedo olvidar de la escena de los elefantes rosas de Dumbo (1940) que supuestamente obedece a la intoxicación de alcohol. Ya sé que Dumbo, el elefante más tierno del mundo, no está acostumbrado a pillarse esas melopeas nuestras de viernes noche, pero que, por Dios, me digan qué lleva ese ponche.

Sin embargo, lo más psicodélico de Disney es sin duda Los Tres Caballeros, una ‘package film’ de Disney de 1944 que es la responsable de mi viaje psicodeliregresivo y en consecuencia de esta retahíla textual. Pero antes explicaré lo que son las ‘Package Films’ (omitir el siguiente fragmento si pasas de las package films y quieres leer directamente la regresión psicodélica).

Package Films

Los años 40 no fueron fáciles para Walt Disney. La compañía había triunfado con Blancanieves en 1938, pero estaba endeudada por los nuevos estudios en Burbank y por los resultados irregulares de los siguientes largometrajes, Pinocho y Fantasía. En 1941 tuvo una huelga de trabajadores que duró 9 semanas. Los estudios estrenaron Dumbo que caló entre el público, pero justo después EE UU entró en la Segunda Guerra Mundial y Walt Disney colaboró estrechamente con el gobierno, produciendo películas educativas y de formación militar, así como otras encaminadas a elevar la moral en la retaguardia. Pero estas películas no daban dinero y tras el estreno modesto de Bambi, la compañía se apretó el cinturón y no volvió a producir un largometraje de animación en toda la década de los 40.

Ahí entran las ‘Packages Films’, que son básicamente recopilatorios de distintos cortos animados y que se podrían clasificar en varios grupos. Algunas como Make Mine Music (1946) o Melody Time (1948) son verdaderos recopilatorios musicales, mientras que Fun and Fancy Free (1947) o The Adventures of Ichabod and Mr. Toad (1949) están formadas por dos historias más largas. La compañía también probó con otros proyectos como Song of the South (1946), el primer largometraje Disney de acción real y animación, pero lo mejor de esa época fueron las dos package films orientadas a Latinoamérica, Saludos Amigos (1942) y Los Tres Caballeros (1944).

En ellas se produce una importación de la cultura de distintos países latinoamericanos a través del paisaje, la música y el folclore mientras se exporta la industria del entretenimiento estadounidense y sus convenciones, patrones, etc. El modelo de vida americano. Exportación cultural bidireccional y astuto movimiento por parte de Walt Disney para consolidar un mercado jugoso. Así planteado no me extrañaría que las hubiesen subvencionado.

Regresión psicodélica con Los Tres Caballeros

Soy un niño de seis años que está escribiendo esto… Vale, fuera coñas. Soy un niño de seis años y medio. Estoy sentado en el salón con mi hermana pequeña, muy cerca de la tele, una de tubo de rayos catódicos, viendo Los Tres Caballeros. Sí, esa peli superextraña que nos gusta tanto y que ya hemos visto como mil veces. Resulta que es el cumpleaños de Donald y sus amigos de Latinoamérica le han regalado cosas estupendas como un proyector con películas que hablan de allá.

Primero aparece el pingüino Polo que quiere abandonar el hielo e irse a una isla tropical. Ah, qué bonitos son esos mapas en relieve del subcontinente. Son la representación gráfica perfecta de lo que imaginaban los exploradores del siglo XIX cuando veían los suyos de papel. Luego viene el gauchito volador y a continuación le tiro de la manga a mi hermana. Ya lo sé tonto, me replica. Aquí viene el Aracuán.

«Quiero presentarte a uno de los pájaros más excéntricos que en tu vida hayas visto. Se llama el Aracuán y anda como loco por todos lados». Creo que esa cancioncita todavía suena en algún sitio. Es magnífico, ¿cómo puede el Aracuán estar en tres ramas a la vez y partirse de risa?

Después la película se vuelve un poco turbia. Yo tengo seis años y no me entero de nada, solo percibo fiesta y color. Pero yo adulto me doy cuenta de lo caótica e inconexa que es. La promoción turística se ha hecho mucho más evidente, aunque la mezcla de los personajes de carne y hueso con la animación mola. Me imagino a los actores en un croma o en localizaciones reales hablando con cariño a un bloque de aire de medio metro.

Pero lo peor es que Donald está rodeado de gente muy chunga. Ese José Carioca es muy águila para ser un loro. Desde que ha llegado no ha hecho más que volver loco a Donald a base de fiesta. El pobre se ha olvidado de pasar un buen rato y ahora solo piensa en pillar cacho. Y el Pancho Pistolas… ese gallito sí que es mala compañía. No solo va armado, sino que ha convertido el dueto en un trío de sabuesos patrullando los bajos de Moncloa. Atención a esa especie de flipada simétrica en la que se mete Donald.

«¡Aunque somos cuates/ viendo una sonrisa de mujer cachonda/ cada uno para él!» Bueno no sé si dice cachonda exactamente, pero a mí me lo parece. En fin, que es evidente que el Pancho Pistolas ha traído mandanga de la buena a la birthday party de Donald. Se montan en una alfombra mágica y se recorren México hasta llegar a Acapulco, donde Donald ya está tirando a todo lo que se mueve como ese colega tuyo cinco minutos antes de que chapen el garito. Además, Pancho Pistolas le ha dado algo fuerte -peyote por tu cumple, dice- porque el tío ahora ve a una mujer hermosa cantar en la luna y luego en una flor mientras José Carioca susurra «muchachas bonitas». Donald, tío, para el carro, ¿no ves que si tiras a todas no vas a ligar con ninguna? Pero José Carioca susurra «muchachas bonitas» y el mundo gira alrededor hasta que llega a un desierto con cactus enormes.

Allí hay otra mujer pero por mucho que lo intenta… nada. La droga se ha vuelto en su contra y los malditos cactus le están jodiendo la jugada. Está amaneciendo, tío, es mi última jugada, piensa Donald. Pero la mujer desaparece. Donald está muy frustrado, no entiende cómo en el día de su cumpleaños, en este garito latino, no ha sido capaz de pillar cacho. Pero no pasa nada porque a continuación llegan los otros dos piezas, el loro José Carioca y el gallo Pancho Pistolas, y se pegan un mañaneo de órdago sin caer en la cuenta de que a su dibujante se le olvidó ponerles genitales.


Fuentes: Filmwerk, Wikipedia, sonofdoublefeature, theofantastique y mi cabeza.
Imagen de portada: Dibujo de Fred Moore
 

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De niños disfrutábamos de las películas de Walt Disney, una tras otra, sin tener la menor idea de cómo era la persona más importante detrás de aquella maquinaria de entretenimiento estadounidense. Yo no tuve el gusto de conocerle, todavía me quedaban décadas para salir del bombo, pero su genialidad siempre fue acompañada de acusaciones de antisemitismo, misoginia y tirano-corporativismo.

Además ahora está criogenizado en algún sitio a la espera de que inventen la tecnología que le devuelva a la vida y lea esto en Yorokobu y me denuncie al FBI por comunista. O no. Pero el caso es que yo, con 6 años, no sabía de misoginia, ni antisemitismo, ni tirano-corporativismo. Yo sabía de dibujos animados y los de Disney eran los mejores.

En los dibujos, se pueden extraer diferentes lecturas según tu edad. En el plano emocional todos sentimos porque están pensados para provocarnos emociones. ¿Quién no lloró cuando muere Mufasa? Yo fui al cine a ver el Rey León cuando la estrenaron y no me acuerdo de la gente, entre otras cosas, porque estaba muy ocupado llorando la muerte de Mufasa, pero estoy seguro de que algún padre lloró. Mi padre lloró, fijo.

Luego está el plano racional donde existe una primera capa de significado a la que accede el niño, mientras que el adulto, gracias a su desarrollo cognitivo y experiencia, va más allá. Supongo que los creadores son expertos en dotar a sus productos de cierta estratificación cognitiva y desde el principio saben que tienen que satisfacer a los padres y madres que acompañan a sus hijos al cine.

Esto también puede funcionar a la inversa, es decir, que como adultos ya estamos tan jodidos que se nos escapa el significado que los niños sí perciben. En fin, si revisionamos de adulto una peli que vimos de niño —especialmente una de esas que vimos muchas veces—, experimentaremos una regresión en la que mezclaremos ambas perspectivas. Un viaje en transporte audiovisual hacia las sensaciones más recónditas de la memoria. Y ahí te sientes como un crío de 6 años, que sabe de dibujos animados, con una consciencia de un adulto de pongamos treinta y pico. Un desdoblamiento temporal en el que eres al mismo tiempo aquel niño y este adulto.

Las películas de Disney también hacen lo suyo. Si ya la viste de pequeño, la película es un todo regresivo, pero dentro de ella hay distintos mecanismos y uno de los que mejor funcionan es la música, que activa la memoria sonora. Puede que no te acuerdes de las imágenes o de qué pasó pero en cuanto escuchas esa canción, clic, vuelves al salón de casa de tus padres, a aquel cumpleaños, aquella Navidad, aquellos amigos, aquellos juguetes… Y esas películas están repletas de secuencias musicales, y muy buenas además.

En segundo lugar, están aquellos fragmentos que no entendías del todo, pero que por rocambolescos se volvían especiales y a la larga, representativos. Algunos pueden pertenecer al estrato cognitivo pensado para el adulto y otros son simplemente/complejamente surrealistas; y quién sabe, quizás los niños los perciban mejor y no se coman tanto la cabeza.

En el primer caso, treinta años después, vuelves a ver la película y dices, ¡anda, si era esto!, y entonces el niño de 6 años hiperconsciente se da cuenta de qué va la vaina. En el segundo, no tienes ni idea de qué va esto y tu curiosidad aumenta porque piensas: Joder primo, menudos dibujos veía yo de pequeño.

En cualquier caso estos fragmentos son muy potentes por psicodélicos o por surrealistas o por oníricos. Es más, la mayoría de las veces también son fragmentos musicales como el que acabamos de ver de El Jorobado de Notre Dame, Hell Fire. ¿De dónde sale ese coro de batamantas rojas sin cara? Disney no era amigo de Albert Hofmann, que yo sepa, pero era un maestro a la hora de introducir fragmentos onírico-musicales en sus películas.

Muchas de las veces, estos fragmentos oniri-psico-musi-listas tienen lugar cuando el personaje está soñando, aunque al principio no lo sepamos. Es el deus ex machina más antiguo de la narración —¡ah no, que estaba soñando!— y la excusa más a mano para justificar esas alucinaciones. Así ocurre en la adaptación del libro de Lewis Carrol, Alicia en el País de las Maravillas (1951) o en Las Aventuras de Winnie the Pooh (1971), cuando se le inunda la casa al osito y sueña movidas raras que parecen el resultado de una sobredosis de miel.

Mención aparte merece la película Fantasía (1940). Esta obra maestra es una bella amalgama entre animación y música clásica y todavía hoy, una de las películas de Disney más increíbles. Como dice el presentador al principio, Fantasía consta de tres tipos de audiovisual: el primero, en el que la música se usa para contar una historia narrativa definida -como la de Mickey, el aprendiz de mago-; el segundo, en el que la música coexiste con animación más o menos definida, pero sin historia de por medio y el tercero, en el que la música se muestra por y para ella y los animadores ilustran de forma abstracta las sensaciones que transmiten las notas.

La última clase de audiovisual es la que más nos interesa aquí porque alcanza unos grados de surrealismo espectaculares que acompañados por la Tocata y Fuga de Johann Sebastian Bach, como en el primer fragmento, se convierten en una pista de despegue.

Fantasía es todo un viaje onírico. Sin embargo, lo más surrealista es sin duda el proyecto fallido con Salvador Dalí, Destino (1946), un largometraje ideado por el artista que fue cancelado finalmente por considerarse que no tendría aceptación entre el público. La pela es la pela y más aún en aquellos años 40. Suerte que 54 años después, el sobrino de Walt, Roy E. Disney, lo sacó del cajón para retomarlo y finalmente estrenarlo en forma de corto en el 2003.

Bien, hasta aquí lo más onírico y surrealista que ha producido Disney… pero no lo más psicodélico. Ahí ya entramos en estados de consciencia alterados y no solamente los que se encuentran latentes en el inconsciente o los que experimenta mi vecino cuando marca el Atleti. No señor, la psicodelia es un movimiento artístico y cultural que comenzó en la segunda mitad del siglo XX y aquí está Disney unos diez o quince años antes flipando en colorines, con droga de por medio o no. Por eso no me puedo olvidar de la escena de los elefantes rosas de Dumbo (1940) que supuestamente obedece a la intoxicación de alcohol. Ya sé que Dumbo, el elefante más tierno del mundo, no está acostumbrado a pillarse esas melopeas nuestras de viernes noche, pero que, por Dios, me digan qué lleva ese ponche.

Sin embargo, lo más psicodélico de Disney es sin duda Los Tres Caballeros, una ‘package film’ de Disney de 1944 que es la responsable de mi viaje psicodeliregresivo y en consecuencia de esta retahíla textual. Pero antes explicaré lo que son las ‘Package Films’ (omitir el siguiente fragmento si pasas de las package films y quieres leer directamente la regresión psicodélica).

Package Films

Los años 40 no fueron fáciles para Walt Disney. La compañía había triunfado con Blancanieves en 1938, pero estaba endeudada por los nuevos estudios en Burbank y por los resultados irregulares de los siguientes largometrajes, Pinocho y Fantasía. En 1941 tuvo una huelga de trabajadores que duró 9 semanas. Los estudios estrenaron Dumbo que caló entre el público, pero justo después EE UU entró en la Segunda Guerra Mundial y Walt Disney colaboró estrechamente con el gobierno, produciendo películas educativas y de formación militar, así como otras encaminadas a elevar la moral en la retaguardia. Pero estas películas no daban dinero y tras el estreno modesto de Bambi, la compañía se apretó el cinturón y no volvió a producir un largometraje de animación en toda la década de los 40.

Ahí entran las ‘Packages Films’, que son básicamente recopilatorios de distintos cortos animados y que se podrían clasificar en varios grupos. Algunas como Make Mine Music (1946) o Melody Time (1948) son verdaderos recopilatorios musicales, mientras que Fun and Fancy Free (1947) o The Adventures of Ichabod and Mr. Toad (1949) están formadas por dos historias más largas. La compañía también probó con otros proyectos como Song of the South (1946), el primer largometraje Disney de acción real y animación, pero lo mejor de esa época fueron las dos package films orientadas a Latinoamérica, Saludos Amigos (1942) y Los Tres Caballeros (1944).

En ellas se produce una importación de la cultura de distintos países latinoamericanos a través del paisaje, la música y el folclore mientras se exporta la industria del entretenimiento estadounidense y sus convenciones, patrones, etc. El modelo de vida americano. Exportación cultural bidireccional y astuto movimiento por parte de Walt Disney para consolidar un mercado jugoso. Así planteado no me extrañaría que las hubiesen subvencionado.

Regresión psicodélica con Los Tres Caballeros

Soy un niño de seis años que está escribiendo esto… Vale, fuera coñas. Soy un niño de seis años y medio. Estoy sentado en el salón con mi hermana pequeña, muy cerca de la tele, una de tubo de rayos catódicos, viendo Los Tres Caballeros. Sí, esa peli superextraña que nos gusta tanto y que ya hemos visto como mil veces. Resulta que es el cumpleaños de Donald y sus amigos de Latinoamérica le han regalado cosas estupendas como un proyector con películas que hablan de allá.

Primero aparece el pingüino Polo que quiere abandonar el hielo e irse a una isla tropical. Ah, qué bonitos son esos mapas en relieve del subcontinente. Son la representación gráfica perfecta de lo que imaginaban los exploradores del siglo XIX cuando veían los suyos de papel. Luego viene el gauchito volador y a continuación le tiro de la manga a mi hermana. Ya lo sé tonto, me replica. Aquí viene el Aracuán.

«Quiero presentarte a uno de los pájaros más excéntricos que en tu vida hayas visto. Se llama el Aracuán y anda como loco por todos lados». Creo que esa cancioncita todavía suena en algún sitio. Es magnífico, ¿cómo puede el Aracuán estar en tres ramas a la vez y partirse de risa?

Después la película se vuelve un poco turbia. Yo tengo seis años y no me entero de nada, solo percibo fiesta y color. Pero yo adulto me doy cuenta de lo caótica e inconexa que es. La promoción turística se ha hecho mucho más evidente, aunque la mezcla de los personajes de carne y hueso con la animación mola. Me imagino a los actores en un croma o en localizaciones reales hablando con cariño a un bloque de aire de medio metro.

Pero lo peor es que Donald está rodeado de gente muy chunga. Ese José Carioca es muy águila para ser un loro. Desde que ha llegado no ha hecho más que volver loco a Donald a base de fiesta. El pobre se ha olvidado de pasar un buen rato y ahora solo piensa en pillar cacho. Y el Pancho Pistolas… ese gallito sí que es mala compañía. No solo va armado, sino que ha convertido el dueto en un trío de sabuesos patrullando los bajos de Moncloa. Atención a esa especie de flipada simétrica en la que se mete Donald.

«¡Aunque somos cuates/ viendo una sonrisa de mujer cachonda/ cada uno para él!» Bueno no sé si dice cachonda exactamente, pero a mí me lo parece. En fin, que es evidente que el Pancho Pistolas ha traído mandanga de la buena a la birthday party de Donald. Se montan en una alfombra mágica y se recorren México hasta llegar a Acapulco, donde Donald ya está tirando a todo lo que se mueve como ese colega tuyo cinco minutos antes de que chapen el garito. Además, Pancho Pistolas le ha dado algo fuerte -peyote por tu cumple, dice- porque el tío ahora ve a una mujer hermosa cantar en la luna y luego en una flor mientras José Carioca susurra «muchachas bonitas». Donald, tío, para el carro, ¿no ves que si tiras a todas no vas a ligar con ninguna? Pero José Carioca susurra «muchachas bonitas» y el mundo gira alrededor hasta que llega a un desierto con cactus enormes.

Allí hay otra mujer pero por mucho que lo intenta… nada. La droga se ha vuelto en su contra y los malditos cactus le están jodiendo la jugada. Está amaneciendo, tío, es mi última jugada, piensa Donald. Pero la mujer desaparece. Donald está muy frustrado, no entiende cómo en el día de su cumpleaños, en este garito latino, no ha sido capaz de pillar cacho. Pero no pasa nada porque a continuación llegan los otros dos piezas, el loro José Carioca y el gallo Pancho Pistolas, y se pegan un mañaneo de órdago sin caer en la cuenta de que a su dibujante se le olvidó ponerles genitales.


Fuentes: Filmwerk, Wikipedia, sonofdoublefeature, theofantastique y mi cabeza.
Imagen de portada: Dibujo de Fred Moore
 

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