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18 de junio 2019    /   ENTRETENIMIENTO
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La difícil relación entre el autor y sus personajes

18 de junio 2019    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Los personajes siempre se rebelan. Eso lo sabe todo autor que haya intentado crear alguno y domesticarlo.

La cosa, como casi todo, viene de antiguo. En el Coliseo de Roma, donde se representaban las grandes victorias bélicas utilizando a los gladiadores, al autor de aquellas historias, el asunto se le fue de las manos.

Cansados de ser los eternos perdedores, Espartaco y los suyos decidieron cambiar el guion rebelándose contra el imperio. Dieron un espectáculo, es cierto, pero no el que estaba previsto.

Gracias a ello, y tras la desaparición de aquel realismo sangriento, la convivencia entre narradores y narrados mejoró sustancialmente, transformándose en una relación de mutua dependencia.

Relación entre autor y personajes
Luigi Pirandello, 1932

Esa dependencia la constató Luigi Pirandello en su obra teatral Seis personajes en busca de autor. En ella también surge el conflicto, pero en este caso porque, aunque dichos personajes cobraron vida en la imaginación de su creador, este jamás escribió una obra en que la que pudieran desenvolverse. Esa es la razón por la que fueron ellos mismos quienes terminan construyendo la historia por su cuenta.

Pero como el conflicto entre autores y personajes nunca desaparece, ahora es la plataforma HBO la que ha planteado un escenario diferente. En su serie de ciencia ficción Westworld, Jonathan Nolan y Lisa Joy cuentan una historia basada en la famosa película de Michael Crichton que llevaba el mismo título.

En esta serie, el escenario ya no es un coliseo ni un teatro, sino un inmenso parque temático que asemeja el viejo oeste americano en el que los actores (aquí llamados anfitriones) son robots con forma humana y dotados de una inteligencia artificial altamente sofisticada.

Relación entre autor y personajes
Fotograma de ‘Westworld’ (HBO)

Estos robots interactúan con los humanos (visitantes) que ya no los contemplan desde las gradas o el patio de butacas, sino que se introducen en su vida cotidiana en el marco de una serie de narrativas escritas por el autor que las crea.

Pues bien, incluso en este caso (y perdón por el spoiler) los actores se rebelan con la misma violencia que ya mostraran las huestes de Espartaco hace ya más de 2.000 años.

Pareciera que el tema no tiene arreglo. Los personajes, en muchas ocasiones de la mano de los actores que los interpretan, se resisten a seguir un papel predeterminado y a repetirlo siempre por igual. Por alguna extraña razón, muchos de ellos optan por negarse a deambular encerrados tras las angostas rejas del guion preestablecido.

Es como si el poderoso deseo de libertad, que tantas rebeliones ha ocasionado a través de la historia, termine manifestándose inevitablemente en ambos escenarios: el real y el imaginario.

Cualquier autor de novelas, obras teatrales o guiones cinematográficos puede constatar que ese conflicto lo ha vivido en sus propias carnes. Al principio imagina una serie de personajes que incorpora en la historia que pretende contar. Pero, poco a poco, según esta avanza, ellos van cobrando vida llegando, en muchos casos, a tomar la iniciativa al margen de las expectativas de dicho autor.

Esa es la magia que alimenta muchas de las mejores obras de ficción: el inacabable conflicto entre autores y personajes. Un conflicto que debe resolverse sin vencedores ni vencidos. Es decir, sin gladiadores rebeldes, actores extraviados ni robots fuera de control.

Pero también, sin esos autores dictatoriales que no conceden a sus personajes el margen de maniobra necesario para poder convertirlos en seres cuya singularidad permita que nosotros, los espectadores, terminemos integrándolos en nuestra propia existencia.

Los personajes siempre se rebelan. Eso lo sabe todo autor que haya intentado crear alguno y domesticarlo.

La cosa, como casi todo, viene de antiguo. En el Coliseo de Roma, donde se representaban las grandes victorias bélicas utilizando a los gladiadores, al autor de aquellas historias, el asunto se le fue de las manos.

Cansados de ser los eternos perdedores, Espartaco y los suyos decidieron cambiar el guion rebelándose contra el imperio. Dieron un espectáculo, es cierto, pero no el que estaba previsto.

Gracias a ello, y tras la desaparición de aquel realismo sangriento, la convivencia entre narradores y narrados mejoró sustancialmente, transformándose en una relación de mutua dependencia.

Relación entre autor y personajes
Luigi Pirandello, 1932

Esa dependencia la constató Luigi Pirandello en su obra teatral Seis personajes en busca de autor. En ella también surge el conflicto, pero en este caso porque, aunque dichos personajes cobraron vida en la imaginación de su creador, este jamás escribió una obra en que la que pudieran desenvolverse. Esa es la razón por la que fueron ellos mismos quienes terminan construyendo la historia por su cuenta.

Pero como el conflicto entre autores y personajes nunca desaparece, ahora es la plataforma HBO la que ha planteado un escenario diferente. En su serie de ciencia ficción Westworld, Jonathan Nolan y Lisa Joy cuentan una historia basada en la famosa película de Michael Crichton que llevaba el mismo título.

En esta serie, el escenario ya no es un coliseo ni un teatro, sino un inmenso parque temático que asemeja el viejo oeste americano en el que los actores (aquí llamados anfitriones) son robots con forma humana y dotados de una inteligencia artificial altamente sofisticada.

Relación entre autor y personajes
Fotograma de ‘Westworld’ (HBO)

Estos robots interactúan con los humanos (visitantes) que ya no los contemplan desde las gradas o el patio de butacas, sino que se introducen en su vida cotidiana en el marco de una serie de narrativas escritas por el autor que las crea.

Pues bien, incluso en este caso (y perdón por el spoiler) los actores se rebelan con la misma violencia que ya mostraran las huestes de Espartaco hace ya más de 2.000 años.

Pareciera que el tema no tiene arreglo. Los personajes, en muchas ocasiones de la mano de los actores que los interpretan, se resisten a seguir un papel predeterminado y a repetirlo siempre por igual. Por alguna extraña razón, muchos de ellos optan por negarse a deambular encerrados tras las angostas rejas del guion preestablecido.

Es como si el poderoso deseo de libertad, que tantas rebeliones ha ocasionado a través de la historia, termine manifestándose inevitablemente en ambos escenarios: el real y el imaginario.

Cualquier autor de novelas, obras teatrales o guiones cinematográficos puede constatar que ese conflicto lo ha vivido en sus propias carnes. Al principio imagina una serie de personajes que incorpora en la historia que pretende contar. Pero, poco a poco, según esta avanza, ellos van cobrando vida llegando, en muchos casos, a tomar la iniciativa al margen de las expectativas de dicho autor.

Esa es la magia que alimenta muchas de las mejores obras de ficción: el inacabable conflicto entre autores y personajes. Un conflicto que debe resolverse sin vencedores ni vencidos. Es decir, sin gladiadores rebeldes, actores extraviados ni robots fuera de control.

Pero también, sin esos autores dictatoriales que no conceden a sus personajes el margen de maniobra necesario para poder convertirlos en seres cuya singularidad permita que nosotros, los espectadores, terminemos integrándolos en nuestra propia existencia.

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