21 de octubre 2021    /   CREATIVIDAD
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René Magritte: Este no es un pintor surrealista

21 de octubre 2021    /   CREATIVIDAD     por          
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Desde 1989 no se podía ver en España una exposición de Renè Magritte, el pintor surrealista belga más propio de coleccionistas privados que de museos. En esta ocasión el madrileño Museo Thyssen Bornemisza ha reunido un centenar de cuadros, además de fotografías y películas caseras del propio artista, en una muestra que lleva por nombre La máquina Magritte. Su inauguración tuvo lugar el 14 de septiembre de 2021 y su clausura está prevista el 30 de enero de 2022.

Renè Magritte fue un pintor surrealista sin sueños. Pintó lo que pensó, no lo que soñó. Los sueños y los automatismos, una conducta ni controlada, ni regulada ni censurada por la razón, son las dos grandes fuentes de las que bebe el surrealismo. Magritte prescindió de ambas.

Renè Magritte
Tentativa de lo imposible. Toyota Muncipal Museum of Art, Toyota. Cortesía de Ludion Publishers. © René Magritte, VEGAP, Madrid 2021

André Breton, que no supo ni cómo ni dónde encajar a este surreal de la periférica Bruselas dentro del surrealismo arrogante de París de la década de los años veinte del siglo XX, describió a Magritte como un artista que trabaja con procedimientos retóricos. Pasado el tiempo y con más material analizado, Guillermo Solana, director artístico del Museo Thyssen Bornemisza y comisario de la exposición La máquina Magritte, dice que el célebre bruselense fue un surrealista deliberado, con un proceso de creación muy consciente e interesado en el estudio de los signos.

Los títulos de sus cuadros, los motivos que pinta en los mismos, el cómo o no cuadran las palabras y las imágenes, etc., es su gran originalidad y lo que le convierte también en precursor de movimientos artísticos, desde el arte pop hasta el conceptual, de los que los demás surrealistas no son pioneros.

Sheherezade. Colección privada, cortesía de la Vedovi Gallery, Bruselas. © René Magritte, VEGAP, Madrid 2021
El secreto del cortejo. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Madrid. Cortesía de Ludion Publishers. © René Magritte, VEGAP, Madrid 2021

Esto tiene que ver con el trabajo publicitario que Magritte realizó como artista comercial antes de dedicarse en exclusiva a la pintura, algo que también hicieron sus contemporáneos estadounidenses Georgia O´Keeffe y Edward Hopper (a ambos el Thyssen les ha dedicado una exposición). Esa experiencia profesional y su genio le hicieron capaz de convertir algo tan banal como una manzana y un bombín en iconos que le identifican. Después vendría Andy Warhol y compañía con sus pinturas de plátanos, botellas de vodka y botes de sopa de tomate, cuadros que los capitalistas descolgaron de las galerías de arte para estamparlos en camisetas y en cualquier superficie en la que se pudiera hacer negocio.

Panorama popular. Kunstsammlung Nordhein-Westfalen, Düsseldorf. Cortesía de Ludion Publishers. © René Magritte, VEGAP, Madrid 2021

Magritte, a quien le interesó el estereotipo y el aspecto conceptual de la pintura, jugó con la triada del objeto, imagen y palabra. Las palabras tienen un papel importante para las vanguardias del siglo XX en la búsqueda de una nueva estética urbana. Los cubistas, dadaístas y futuristas introdujeron en la pintura palabras impresas, fragmentos de rótulos, la cabecera de un periódico en un bodegón, además de jugar con las palabras de los carteles de las calles, con los de los anuncios, etc. Una relación, la de las palabras y la pintura, que se remonta a las miniaturas medievales.

Los paseos de Euclides. Minneapolis Institute of Art, Mineápolis. The William Hood Dunwoody Fund. Cortesía de Ludion Publishers. © René Magritte, VEGAP, Madrid 2021

Magritte empieza a jugar y a introducir palabras en sus pinturas imitando a Miró y su pintura poesía. Los dos hacen uso de una caligrafía tipo escolar, en el caso de Miró más espontánea que la de Magritte, que es más parecida a la de un cuaderno de caligrafía. El director artístico del Museo Thyssen cuenta que Miró era un artista más hecho que Magritte cuando coincidieron en París (entre 1927 y 1930). Aunque no eran amigos, se veían cada semana. Ninguno de los dos menciona al otro en sus textos; si lo hacen, es para criticarse. El bruselense, por ejemplo, se burlaba del catalán porque practicaba boxeo. Es una influencia ocultada.

Con Dalí, en cambio, la relación fue otra y hubo préstamos mutuos. Algo que se puede apreciar en cuadros como Sheherezade, en el que ojos y boca están enmarcados en perlas ante un paisaje, y en que los labios evocan a los del gato de Cheshire del cuento de Carroll, esos labios que sonríen incluso cuando el gato desaparece; y Las maravillas de la naturaleza, en el que se puede ver a una pareja de sirenas invertidas (piernas de ser humano y cabeza de pez).

La perspectiva amorosa. Colección privada, cortesía de Guggenheim, Asher Associates. © René Magritte, VEGAP, Madrid 2021

Dalí y Magritte, a su vez, se inspiraron en el presurrealista y metafísico Giorgio de Chirico y su onírica pintura El canto de amor. Los collages son influencia de Max Ernst, y la del fotógrafo Man Ray se puede apreciar en cuadros como el Descubrimiento, con el que el autor belga comienza a trabajar el mimetismo, algo que se puede ver en La firma en blanco, El pájaro de cielo y en La magia negra, cuadros en los que los objetos se camuflan y disuelven en el espacio, tanto que se vuelven invisibles.

Renè Magritte es un pintor tan reconocido por lo que pintó como por lo que escribió. Una serie de imágenes acompañadas de palabras que, en conjunto, dan forma a diferentes paradojas. En su célebre óleo La traición de las imágenes escribió «Esto no es una pipa» debajo de lo que, aparentemente, se le parece mucho a una pipa. Magritte retó a los que sí veían una pipa, en vez de una representación de la misma, a que intentasen encenderla. Este cuadro está inspirado en las cartillas escolares en las que se ve un caballo y debajo de la imagen del mismo aparece la palabra caballo. En las equivalentes cartillas escolares que idea Magritte disuelve la correspondencia entre las imágenes y los nombres.

La llave de los campos. Museo Nacional Thyssen Bornemisza, Madrid. © René Magritte, VEGAP, Madrid 202

 

La firma en blanco. National Gallery of Art, Washington. Collection of Mr. and Mrs Paul Mellon. © René Magritte, VEGAP, Madrid 2021

Cuenta Guillermo Solana que lo hace para que el espectador reflexione sobre nuestro uso de los signos, de las palabras, de las imágenes y para que dudemos de la realidad. Magritte sabotea los hábitos, las expectativas automáticas, las asociaciones establecidas, las correspondencias mediante las cuales nos orientamos en la vida cotidiana.

Ver un cuadro de Magritte es despertarse. Ver un cuadro de Magritte es darse cuenta de que la realidad no es como creemos que es. Una suerte de trampantojo en el que lo obvio no existe. Está mal visto. Tanto rechazo le provoca a Magritte lo obvio que los títulos que les pone a sus cuadros no se corresponden con lo que muestra en los mismos. Son incongruentes, opacos y protectores de las interpretaciones banales (de los cuadros y de los objetos que en ellos representa).

El pájaro de cielo. Colección privada, c/o Di Donna Galleries, Nueva York. Cortesía de Ludion Publishers. © René Magritte, VEGAP, Madrid 2021

En todo el surrealismo suele haber una buena dosis de absurdez y de delirio al titular las imágenes. En el caso de Magritte es algo muy buscado, muy sistemático. No admite un título que tenga que ver con lo que la pintura muestra. Solana lo compara con los caminos de los jardines de las pinturas japonesas. Son sinuosos, retorcidos, con curvas, para dar esquinazo a los malos espíritus. Los japoneses jamás planifican un jardín como los franceses. La idea de Magritte es la misma, es un arte de la desorientación. El título te apunta en una dirección y el cuadro en otra, porque el espectador, normalmente, primero mira el título, la cartela, y ya se ha hecho una composición de lugar. Lo que pretende Magritte es destruir esas expectativas.

El aniversario. Collection Art Gallery of Ontario, Toronto. Adquisición, Corporations Subscriptions Endowment, 1971. Cortesía de Ludion Publishers. © René Magritte, VEGAP, Madrid 2021

A los títulos ya mencionados se les pueden añadir Los encantos del paisaje, La lámpara filosófica y El secreto del cortejo, cuadros todos ellos expuestos en la exposición La máquina Magritte. Al comisario de la muestra le alegra más el hecho de haber podido organizar dicha exposición que el posible éxito de la misma, que también lo desea. Cuenta que no ha sido fácil sacar adelante la muestra, y más en pandemia, porque su obra, ese universo en el que todo es trampa e ilusión, está muy repartida, dispersa, entre coleccionistas privados y museos, lo que ha hecho que todo fuera más complicado.

Una exposición que se ha armado a partir de la pintura que se exhibe de manera permanente en el Thyssen, La llave de los campos, imagen de la cubierta del catálogo de la exposición. Un cuadro en el que se ven los cristales rotos de una ventana que caen hacia el interior de una casa y que contienen imágenes del paisaje que se ve desde la misma ventana.

El gran siglo, Kunstmuseum Gelsenkirchen. © René Magritte, VEGAP, Madrid 2021

Las ventanas y los cuadros dentro del cuadro son motivos recurrentes en la obra de Magritte. La bella cautiva, La condición humana y Los paseos de Euclides, entre otros, son cuadros que Magritte convierte en ventanas a través de las que se ve una historia. Suelen ser cuadros en los que un caballete sostiene un lienzo en el que lo que hay pintado en el mismo encaja perfectamente con el paisaje de alrededor, tanto, que si no fuera por el borde lateral claveteado, el lienzo sería invisible. La idea es que lo que vemos es lo mismo que oculta el lienzo. Magritte es pintor e ilusionista.

Delirios de grandeza. The Menil Collection, Houston. © René Magritte, VEGAP, Madrid 2021. Crédito fotográfico: Paul Hester.

Cuenta Guillermo Solana que Magritte tiene mucho tirón, que es un pintor que ha ido creciendo en reputación y que es tan popular como Dalí. La fila que hay para entrar en el espacio reservado a la exposición el día que hablamos con el director artístico del Thyssen es tan larga que sorprende al propio Solana, quien confiesa no haber visto algo parecido en cinco o seis años atrás. El también comisario de La máquina Magritte confiesa que quieren ir más allá de los poderosos iconos del pintor surrealista belga. Iconos tan sabidos y fascinantes para el público y la prensa como la pipa que no lo es, el hombre con bombín y sin rostro y la manzana que se agranda y empequeñece como lo hace la Alicia de Lewis Carroll.

Magritte, además de manzanas como la del óleo La habitación de escucha, también agiganta rocas, como la de la pintura El aniversario, y objetos típicos de esa cotidianidad que tanto le gusta manipular, como hace en Los valores personales. Un cuadro en el que hay pintados un peine, una brocha de afeitar, una cerilla, una copa y una pastilla de jabón, todos ellos más grandes que la cama y el armario que hay en la habitación en la que están colocados dichos objetos. El aumento de tamaño de cada uno de esos objetos los convierte en algo inútil, según las propias palabras del autor del cuadro. Para que algo sea útil necesita un contexto.

La alta sociedad. Colección Telefónica. Imagen cortesía de Fundación Telefónica. © René Magritte, VEGAP, Madrid 2021

Esta es una de las obras por las que Guillermo Solana más orgulloso se siente de haber podido traer a la exposición. Cuenta que es un cuadro muy actual, con un realismo figurativo muy eficaz y una situación completamente desquiciada. En este cuadro combina el realismo visual con el problema mental, con lo inconcebible de la situación, con la paradoja de la situación, con lo que hace con los objetos. Objetos muy bien representados, no de manera relamida.

Es un pintor más metódico que sistemático. Varía y combina unos pocos motivos de manera casi obsesiva: una ventana, una puerta, una cortina, un cielo con nubes, un pene, un caballo, etc. Motivos que Magritte toma como preguntas de un problema; el artista es el que debe encontrar la respuesta.

Escribe Guillermo Solana en el catálogo de la retrospectiva que la obra de Magritte es una reflexión que aborda la paradoja como herramienta. Su objetivo es hacer pensar sobre la propia pintura y su relación con la realidad. De ahí que sus cuadros funcionen como ventanas y espejos que nos hacen dudar si de verdad estamos viendo lo que creemos ver.

 

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Desde 1989 no se podía ver en España una exposición de Renè Magritte, el pintor surrealista belga más propio de coleccionistas privados que de museos. En esta ocasión el madrileño Museo Thyssen Bornemisza ha reunido un centenar de cuadros, además de fotografías y películas caseras del propio artista, en una muestra que lleva por nombre La máquina Magritte. Su inauguración tuvo lugar el 14 de septiembre de 2021 y su clausura está prevista el 30 de enero de 2022.

Renè Magritte fue un pintor surrealista sin sueños. Pintó lo que pensó, no lo que soñó. Los sueños y los automatismos, una conducta ni controlada, ni regulada ni censurada por la razón, son las dos grandes fuentes de las que bebe el surrealismo. Magritte prescindió de ambas.

Renè Magritte
Tentativa de lo imposible. Toyota Muncipal Museum of Art, Toyota. Cortesía de Ludion Publishers. © René Magritte, VEGAP, Madrid 2021

André Breton, que no supo ni cómo ni dónde encajar a este surreal de la periférica Bruselas dentro del surrealismo arrogante de París de la década de los años veinte del siglo XX, describió a Magritte como un artista que trabaja con procedimientos retóricos. Pasado el tiempo y con más material analizado, Guillermo Solana, director artístico del Museo Thyssen Bornemisza y comisario de la exposición La máquina Magritte, dice que el célebre bruselense fue un surrealista deliberado, con un proceso de creación muy consciente e interesado en el estudio de los signos.

Los títulos de sus cuadros, los motivos que pinta en los mismos, el cómo o no cuadran las palabras y las imágenes, etc., es su gran originalidad y lo que le convierte también en precursor de movimientos artísticos, desde el arte pop hasta el conceptual, de los que los demás surrealistas no son pioneros.

Sheherezade. Colección privada, cortesía de la Vedovi Gallery, Bruselas. © René Magritte, VEGAP, Madrid 2021
El secreto del cortejo. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía. Madrid. Cortesía de Ludion Publishers. © René Magritte, VEGAP, Madrid 2021

Esto tiene que ver con el trabajo publicitario que Magritte realizó como artista comercial antes de dedicarse en exclusiva a la pintura, algo que también hicieron sus contemporáneos estadounidenses Georgia O´Keeffe y Edward Hopper (a ambos el Thyssen les ha dedicado una exposición). Esa experiencia profesional y su genio le hicieron capaz de convertir algo tan banal como una manzana y un bombín en iconos que le identifican. Después vendría Andy Warhol y compañía con sus pinturas de plátanos, botellas de vodka y botes de sopa de tomate, cuadros que los capitalistas descolgaron de las galerías de arte para estamparlos en camisetas y en cualquier superficie en la que se pudiera hacer negocio.

Panorama popular. Kunstsammlung Nordhein-Westfalen, Düsseldorf. Cortesía de Ludion Publishers. © René Magritte, VEGAP, Madrid 2021

Magritte, a quien le interesó el estereotipo y el aspecto conceptual de la pintura, jugó con la triada del objeto, imagen y palabra. Las palabras tienen un papel importante para las vanguardias del siglo XX en la búsqueda de una nueva estética urbana. Los cubistas, dadaístas y futuristas introdujeron en la pintura palabras impresas, fragmentos de rótulos, la cabecera de un periódico en un bodegón, además de jugar con las palabras de los carteles de las calles, con los de los anuncios, etc. Una relación, la de las palabras y la pintura, que se remonta a las miniaturas medievales.

Los paseos de Euclides. Minneapolis Institute of Art, Mineápolis. The William Hood Dunwoody Fund. Cortesía de Ludion Publishers. © René Magritte, VEGAP, Madrid 2021

Magritte empieza a jugar y a introducir palabras en sus pinturas imitando a Miró y su pintura poesía. Los dos hacen uso de una caligrafía tipo escolar, en el caso de Miró más espontánea que la de Magritte, que es más parecida a la de un cuaderno de caligrafía. El director artístico del Museo Thyssen cuenta que Miró era un artista más hecho que Magritte cuando coincidieron en París (entre 1927 y 1930). Aunque no eran amigos, se veían cada semana. Ninguno de los dos menciona al otro en sus textos; si lo hacen, es para criticarse. El bruselense, por ejemplo, se burlaba del catalán porque practicaba boxeo. Es una influencia ocultada.

Con Dalí, en cambio, la relación fue otra y hubo préstamos mutuos. Algo que se puede apreciar en cuadros como Sheherezade, en el que ojos y boca están enmarcados en perlas ante un paisaje, y en que los labios evocan a los del gato de Cheshire del cuento de Carroll, esos labios que sonríen incluso cuando el gato desaparece; y Las maravillas de la naturaleza, en el que se puede ver a una pareja de sirenas invertidas (piernas de ser humano y cabeza de pez).

La perspectiva amorosa. Colección privada, cortesía de Guggenheim, Asher Associates. © René Magritte, VEGAP, Madrid 2021

Dalí y Magritte, a su vez, se inspiraron en el presurrealista y metafísico Giorgio de Chirico y su onírica pintura El canto de amor. Los collages son influencia de Max Ernst, y la del fotógrafo Man Ray se puede apreciar en cuadros como el Descubrimiento, con el que el autor belga comienza a trabajar el mimetismo, algo que se puede ver en La firma en blanco, El pájaro de cielo y en La magia negra, cuadros en los que los objetos se camuflan y disuelven en el espacio, tanto que se vuelven invisibles.

Renè Magritte es un pintor tan reconocido por lo que pintó como por lo que escribió. Una serie de imágenes acompañadas de palabras que, en conjunto, dan forma a diferentes paradojas. En su célebre óleo La traición de las imágenes escribió «Esto no es una pipa» debajo de lo que, aparentemente, se le parece mucho a una pipa. Magritte retó a los que sí veían una pipa, en vez de una representación de la misma, a que intentasen encenderla. Este cuadro está inspirado en las cartillas escolares en las que se ve un caballo y debajo de la imagen del mismo aparece la palabra caballo. En las equivalentes cartillas escolares que idea Magritte disuelve la correspondencia entre las imágenes y los nombres.

La llave de los campos. Museo Nacional Thyssen Bornemisza, Madrid. © René Magritte, VEGAP, Madrid 202

 

La firma en blanco. National Gallery of Art, Washington. Collection of Mr. and Mrs Paul Mellon. © René Magritte, VEGAP, Madrid 2021

Cuenta Guillermo Solana que lo hace para que el espectador reflexione sobre nuestro uso de los signos, de las palabras, de las imágenes y para que dudemos de la realidad. Magritte sabotea los hábitos, las expectativas automáticas, las asociaciones establecidas, las correspondencias mediante las cuales nos orientamos en la vida cotidiana.

Ver un cuadro de Magritte es despertarse. Ver un cuadro de Magritte es darse cuenta de que la realidad no es como creemos que es. Una suerte de trampantojo en el que lo obvio no existe. Está mal visto. Tanto rechazo le provoca a Magritte lo obvio que los títulos que les pone a sus cuadros no se corresponden con lo que muestra en los mismos. Son incongruentes, opacos y protectores de las interpretaciones banales (de los cuadros y de los objetos que en ellos representa).

El pájaro de cielo. Colección privada, c/o Di Donna Galleries, Nueva York. Cortesía de Ludion Publishers. © René Magritte, VEGAP, Madrid 2021

En todo el surrealismo suele haber una buena dosis de absurdez y de delirio al titular las imágenes. En el caso de Magritte es algo muy buscado, muy sistemático. No admite un título que tenga que ver con lo que la pintura muestra. Solana lo compara con los caminos de los jardines de las pinturas japonesas. Son sinuosos, retorcidos, con curvas, para dar esquinazo a los malos espíritus. Los japoneses jamás planifican un jardín como los franceses. La idea de Magritte es la misma, es un arte de la desorientación. El título te apunta en una dirección y el cuadro en otra, porque el espectador, normalmente, primero mira el título, la cartela, y ya se ha hecho una composición de lugar. Lo que pretende Magritte es destruir esas expectativas.

El aniversario. Collection Art Gallery of Ontario, Toronto. Adquisición, Corporations Subscriptions Endowment, 1971. Cortesía de Ludion Publishers. © René Magritte, VEGAP, Madrid 2021

A los títulos ya mencionados se les pueden añadir Los encantos del paisaje, La lámpara filosófica y El secreto del cortejo, cuadros todos ellos expuestos en la exposición La máquina Magritte. Al comisario de la muestra le alegra más el hecho de haber podido organizar dicha exposición que el posible éxito de la misma, que también lo desea. Cuenta que no ha sido fácil sacar adelante la muestra, y más en pandemia, porque su obra, ese universo en el que todo es trampa e ilusión, está muy repartida, dispersa, entre coleccionistas privados y museos, lo que ha hecho que todo fuera más complicado.

Una exposición que se ha armado a partir de la pintura que se exhibe de manera permanente en el Thyssen, La llave de los campos, imagen de la cubierta del catálogo de la exposición. Un cuadro en el que se ven los cristales rotos de una ventana que caen hacia el interior de una casa y que contienen imágenes del paisaje que se ve desde la misma ventana.

El gran siglo, Kunstmuseum Gelsenkirchen. © René Magritte, VEGAP, Madrid 2021

Las ventanas y los cuadros dentro del cuadro son motivos recurrentes en la obra de Magritte. La bella cautiva, La condición humana y Los paseos de Euclides, entre otros, son cuadros que Magritte convierte en ventanas a través de las que se ve una historia. Suelen ser cuadros en los que un caballete sostiene un lienzo en el que lo que hay pintado en el mismo encaja perfectamente con el paisaje de alrededor, tanto, que si no fuera por el borde lateral claveteado, el lienzo sería invisible. La idea es que lo que vemos es lo mismo que oculta el lienzo. Magritte es pintor e ilusionista.

Delirios de grandeza. The Menil Collection, Houston. © René Magritte, VEGAP, Madrid 2021. Crédito fotográfico: Paul Hester.

Cuenta Guillermo Solana que Magritte tiene mucho tirón, que es un pintor que ha ido creciendo en reputación y que es tan popular como Dalí. La fila que hay para entrar en el espacio reservado a la exposición el día que hablamos con el director artístico del Thyssen es tan larga que sorprende al propio Solana, quien confiesa no haber visto algo parecido en cinco o seis años atrás. El también comisario de La máquina Magritte confiesa que quieren ir más allá de los poderosos iconos del pintor surrealista belga. Iconos tan sabidos y fascinantes para el público y la prensa como la pipa que no lo es, el hombre con bombín y sin rostro y la manzana que se agranda y empequeñece como lo hace la Alicia de Lewis Carroll.

Magritte, además de manzanas como la del óleo La habitación de escucha, también agiganta rocas, como la de la pintura El aniversario, y objetos típicos de esa cotidianidad que tanto le gusta manipular, como hace en Los valores personales. Un cuadro en el que hay pintados un peine, una brocha de afeitar, una cerilla, una copa y una pastilla de jabón, todos ellos más grandes que la cama y el armario que hay en la habitación en la que están colocados dichos objetos. El aumento de tamaño de cada uno de esos objetos los convierte en algo inútil, según las propias palabras del autor del cuadro. Para que algo sea útil necesita un contexto.

La alta sociedad. Colección Telefónica. Imagen cortesía de Fundación Telefónica. © René Magritte, VEGAP, Madrid 2021

Esta es una de las obras por las que Guillermo Solana más orgulloso se siente de haber podido traer a la exposición. Cuenta que es un cuadro muy actual, con un realismo figurativo muy eficaz y una situación completamente desquiciada. En este cuadro combina el realismo visual con el problema mental, con lo inconcebible de la situación, con la paradoja de la situación, con lo que hace con los objetos. Objetos muy bien representados, no de manera relamida.

Es un pintor más metódico que sistemático. Varía y combina unos pocos motivos de manera casi obsesiva: una ventana, una puerta, una cortina, un cielo con nubes, un pene, un caballo, etc. Motivos que Magritte toma como preguntas de un problema; el artista es el que debe encontrar la respuesta.

Escribe Guillermo Solana en el catálogo de la retrospectiva que la obra de Magritte es una reflexión que aborda la paradoja como herramienta. Su objetivo es hacer pensar sobre la propia pintura y su relación con la realidad. De ahí que sus cuadros funcionen como ventanas y espejos que nos hacen dudar si de verdad estamos viendo lo que creemos ver.

 

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Opiniones 2
  • En 1998/1999 hubo una exposición de este pintor en la Fundació Joan Miró de Barcelona. La recuerdo perfectamente, porque por aquel entonces era estudiante de bachillerato artístico y fuimos a verla.

  • Comentarios cerrados.

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