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26 de mayo 2016    /   ENTRETENIMIENTO
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Lo que ocurre en la Renfe (no) se queda en la Renfe

26 de mayo 2016    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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El tren de Cercanías, o más comúnmente conocido como La Renfe, aparte de ser un recurso de realismo, es un espacio subdividido en otros espacios o vagones. Es un espacio porque contiene personas que además de ser testigos de sus formas y límites (los del vagón) emplean tiempo dentro del mismo. Tiempo para ir a producir o para volver de producir y como el tiempo es el activo más preciado de estas personas, no sería descabellado considerar que los vagones del tren de Cercanías contienen tiempo, mucho tiempo.

Este valioso tiempo normalmente se emplea en mirar por la ventanilla si el tren discurre por el exterior, mirarse a uno mismo o a otras personas a través del reflejo de la ventanilla si el tren discurre bajo tierra, apreciar las formas y límites del espacio contenedor, mirar a otras personas de todas maneras, pensar, leer un libro, pensar en todo esto (algo más raro) o evadirse en el universo virtual ilimitado que es la pantalla de un smartphone y que en la mayoría de los casos se reduce incomprensiblemente a Whatsapp, Facebook o Candy Crush.

Yendo más lejos (en el tren de Cercanías), no sería descabellado considerar que si bien los vagones contienen tiempo, las personas no lo contienen sino que son contenidas por él. Incluso me atrevería a afirmar que muchas de ellas no solo son contenidas sino que también son poseídas por él ya que durante el trayecto para ir a producir o volver de producir sus pensamientos se enfocan mayoritariamente en la marcha inexorable de los minutos.

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Según el antropólogo francés Marc Augé, el tren de Cercanías no sería un espacio convencional sino un ‘no-lugar’, un espacio de transitoriedad sin la suficiente importancia antropológica para ser considerado un espacio. Para explicar el concepto de no-lugar voy a citar directamente y sin ningún tapujo la Wikipedia:

Un no-lugar es una autopista, una habitación de hotel, un aeropuerto o un supermercado… Carece de la configuración de los espacios convencionales, es en cambio circunstancial, casi exclusivamente definido por el pasar de individuos. No personaliza ni aporta a la identidad porque no es fácil interiorizar sus aspectos o componentes y en ellos la relación o comunicación es más artificial. Nos identifica el ticket de paso, un D.N.I, la tarjeta de crédito… Los no-lugares están muy presentes en la obra de…” bla-bla.

Osea O sea que un no-lugar es un lugar cuyo uso principal es el tránsito y donde la comunicación entre las personas es artificial o incluso inexistente. Es un lugar pasajero, como el tren de Cercanías que contiene el tiempo de las personas que van a producir o vuelven de producir mientras éstas son contenidas por el tiempo y sus cabezas viajan a lugares que sí están legitimados como lugares por la comunicación que allí se establece con otras personas. Pero, ¿por qué no hablan entre ellas las personas que van a producir o vuelven de producir en los no-lugares como el tren de Cercanías?

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León Siminiani, un cineasta cántabro cuyo apellido muchas veces es escrito incorrectamente en los medios de comunicación, explica en su cortometraje El Tránsito que las personas que viajan en cualquier tren de España o del mundo en este texto el tren de Cercanías normalmente no entablan conversaciones con desconocidos o desconocidas, es decir entre ellos, porque éstas giran en torno al tiempo, entendido esta vez como meteorología.

Sin embargo, en el tren de Cercanías sí que suceden cosas con cierta frecuencia que todas las personas que van a producir o vuelven de producir experimentan aunque no las compartan ni hablen de ellas en el vagón (probablemente sí que lo hagan una vez en el hogar con personas de confianza que no hablen sólo de meteorología). Las más significativas son:

1. La monotonía del vagón es interrumpida por el reguetón que escupe el teléfono de un pasajero que ha interpretado que su música es tan ‘extraordinariamente cojonuda’ que le otorga licencia para invadir el espacio sonoro de los demás pasajeros. La mayoría de las veces interpreta bien porque ninguna de las personas que va a producir o vuelve de producir le dice nada pero, en contadas ocasiones sí, en contadas ocasiones alguien le solicita amablemente que apague su música. Entonces sucede el milagro, el no-lugar se transforma pasajeramente en lugar cuando el resto de pasajeros emiten gruñidos y gestos de aprobación expresando en la realidad compartida el rechazo y/o aceptación de la invasión sonora que hasta entonces sólo vagaba en el mundo interior de cada uno de ellos.

2. La monotonía del vagón es interrumpida por el caminar apresurado de una persona que no va a producir ni vuelve de producir, o sí, a su manera. Esta persona primero pide permiso para dirigirse al resto de pasajeros, luego pide disculpas, luego pide disculpas, luego insiste en que no quiere importunar y tras volver a disculparse por hacer patente que no pretende importunar ni mucho menos, vuelve a pedir disculpas por la invasión del espacio nebuloso compartido, por la apropiación del no-lugar, y expone ante todo el vagón del tren de Cercanías su situación de precariedad severa. Resulta que estas personas, según exponen, antes sí que iban a producir o volvían de producir pero recientemente se han quedado sin trabajo y ya no cobran prestación alguna. Muy importante, todos mencionan en su discurso la palabra prestación como si se tratase de la panacea que atrae la compasión del resto de pasajeros y que sin embargo rechina como la guinda artificial de un discurso preparado. Aún así, ninguna de las personas que va a producir o vuelve de producir está tan fuera de sus cabales como para contradecir a estas personas o calificarlas de farsantes en público. Además tienen su discurso muy bien preparado. Además, el hecho de que probablemente estén mintiendo en su discurso no quita que necesiten verdaderamente el dinero y que su situación sea de precariedad severa.

3. La monotonía del vagón es interrumpida por los gritos y la tensión de una discusión de pareja. Esto no debería suceder en el no-lugar que es el tren de Cercanías, más comúnmente conocido como ‘La Renfe’, esto debería ocurrir en el hogar o en los lugares de pleno derecho donde los conflictos emocionales y relacionales están ampliamente aceptados. En el tren de Cercanías ninguna conversación debería convertirse en discusión ya que esto implicaría la implicación indirecta del resto de personas que van a producir o vuelven de producir o incluso su implicación directa transformando el no-lugar en lugar de pleno derecho. Así cuando la tensión entre las dos personas involucradas en el conflicto escala hasta rebasar la propia capacidad de los otros pasajeros de mirar, mirarse, pensar, leer, pensar en todo esto (algo más raro) o evadirse en el smartphone, la tensión se contagia e incluso provoca la intervención en el conflicto con un «¡vale ya!» o un «¡déjalo en paz!». Algo que a veces no sucede (la intervención) por la creencia de que puede empeorar las cosas o provocar una contestación de alguno de los implicados del tipo «¡no es tu puto problema!», incluso por parte de la víctima del conflicto, a lo que se puede contestar con un «¡ahora sí que es mi problema porque el tren de Cercanías, recurso de…, acaba de transformarse en un lugar de pleno derecho!». Es curioso cómo después de estos episodios tan álgidos, cuando la pareja abandona el vagón, el resto de pasajeros se miran entre ellos e incluso comparten alguna apreciación que no tiene nada que ver con la meteorología.

4. La monotonía del vagón es interrumpida por el enternecedor jadeo de un perro y la enternecedora atención que le brinda su dueño o dueña. El resto de pasajeros del vagón dirigen su atención hacia ese despliegue de emocionalidad con el anhelo de participar en él y se olvidan de que van a producir o vuelven de producir, incluso se olvidan de la marcha inexorable de los minutos. En ocasiones participan del susodicho despliegue de emocionalidad dirigiéndose al perro y a su dueño en términos ajenos a la meteorología e incluso acarician al perro, que no a su dueño. A pesar de compartir la condición de mamífero emocional con el resto de pasajeros del vagón, los perros no necesitan hablar de meteorología para sobrellevar la monótona rutina de ir a producir, volver de producir y lo que sucede entre medio, producir.

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El tren de Cercanías, o más comúnmente conocido como La Renfe, aparte de ser un recurso de realismo, es un espacio subdividido en otros espacios o vagones. Es un espacio porque contiene personas que además de ser testigos de sus formas y límites (los del vagón) emplean tiempo dentro del mismo. Tiempo para ir a producir o para volver de producir y como el tiempo es el activo más preciado de estas personas, no sería descabellado considerar que los vagones del tren de Cercanías contienen tiempo, mucho tiempo.

Este valioso tiempo normalmente se emplea en mirar por la ventanilla si el tren discurre por el exterior, mirarse a uno mismo o a otras personas a través del reflejo de la ventanilla si el tren discurre bajo tierra, apreciar las formas y límites del espacio contenedor, mirar a otras personas de todas maneras, pensar, leer un libro, pensar en todo esto (algo más raro) o evadirse en el universo virtual ilimitado que es la pantalla de un smartphone y que en la mayoría de los casos se reduce incomprensiblemente a Whatsapp, Facebook o Candy Crush.

Yendo más lejos (en el tren de Cercanías), no sería descabellado considerar que si bien los vagones contienen tiempo, las personas no lo contienen sino que son contenidas por él. Incluso me atrevería a afirmar que muchas de ellas no solo son contenidas sino que también son poseídas por él ya que durante el trayecto para ir a producir o volver de producir sus pensamientos se enfocan mayoritariamente en la marcha inexorable de los minutos.

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Según el antropólogo francés Marc Augé, el tren de Cercanías no sería un espacio convencional sino un ‘no-lugar’, un espacio de transitoriedad sin la suficiente importancia antropológica para ser considerado un espacio. Para explicar el concepto de no-lugar voy a citar directamente y sin ningún tapujo la Wikipedia:

Un no-lugar es una autopista, una habitación de hotel, un aeropuerto o un supermercado… Carece de la configuración de los espacios convencionales, es en cambio circunstancial, casi exclusivamente definido por el pasar de individuos. No personaliza ni aporta a la identidad porque no es fácil interiorizar sus aspectos o componentes y en ellos la relación o comunicación es más artificial. Nos identifica el ticket de paso, un D.N.I, la tarjeta de crédito… Los no-lugares están muy presentes en la obra de…” bla-bla.

Osea O sea que un no-lugar es un lugar cuyo uso principal es el tránsito y donde la comunicación entre las personas es artificial o incluso inexistente. Es un lugar pasajero, como el tren de Cercanías que contiene el tiempo de las personas que van a producir o vuelven de producir mientras éstas son contenidas por el tiempo y sus cabezas viajan a lugares que sí están legitimados como lugares por la comunicación que allí se establece con otras personas. Pero, ¿por qué no hablan entre ellas las personas que van a producir o vuelven de producir en los no-lugares como el tren de Cercanías?

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León Siminiani, un cineasta cántabro cuyo apellido muchas veces es escrito incorrectamente en los medios de comunicación, explica en su cortometraje El Tránsito que las personas que viajan en cualquier tren de España o del mundo en este texto el tren de Cercanías normalmente no entablan conversaciones con desconocidos o desconocidas, es decir entre ellos, porque éstas giran en torno al tiempo, entendido esta vez como meteorología.

Sin embargo, en el tren de Cercanías sí que suceden cosas con cierta frecuencia que todas las personas que van a producir o vuelven de producir experimentan aunque no las compartan ni hablen de ellas en el vagón (probablemente sí que lo hagan una vez en el hogar con personas de confianza que no hablen sólo de meteorología). Las más significativas son:

1. La monotonía del vagón es interrumpida por el reguetón que escupe el teléfono de un pasajero que ha interpretado que su música es tan ‘extraordinariamente cojonuda’ que le otorga licencia para invadir el espacio sonoro de los demás pasajeros. La mayoría de las veces interpreta bien porque ninguna de las personas que va a producir o vuelve de producir le dice nada pero, en contadas ocasiones sí, en contadas ocasiones alguien le solicita amablemente que apague su música. Entonces sucede el milagro, el no-lugar se transforma pasajeramente en lugar cuando el resto de pasajeros emiten gruñidos y gestos de aprobación expresando en la realidad compartida el rechazo y/o aceptación de la invasión sonora que hasta entonces sólo vagaba en el mundo interior de cada uno de ellos.

2. La monotonía del vagón es interrumpida por el caminar apresurado de una persona que no va a producir ni vuelve de producir, o sí, a su manera. Esta persona primero pide permiso para dirigirse al resto de pasajeros, luego pide disculpas, luego pide disculpas, luego insiste en que no quiere importunar y tras volver a disculparse por hacer patente que no pretende importunar ni mucho menos, vuelve a pedir disculpas por la invasión del espacio nebuloso compartido, por la apropiación del no-lugar, y expone ante todo el vagón del tren de Cercanías su situación de precariedad severa. Resulta que estas personas, según exponen, antes sí que iban a producir o volvían de producir pero recientemente se han quedado sin trabajo y ya no cobran prestación alguna. Muy importante, todos mencionan en su discurso la palabra prestación como si se tratase de la panacea que atrae la compasión del resto de pasajeros y que sin embargo rechina como la guinda artificial de un discurso preparado. Aún así, ninguna de las personas que va a producir o vuelve de producir está tan fuera de sus cabales como para contradecir a estas personas o calificarlas de farsantes en público. Además tienen su discurso muy bien preparado. Además, el hecho de que probablemente estén mintiendo en su discurso no quita que necesiten verdaderamente el dinero y que su situación sea de precariedad severa.

3. La monotonía del vagón es interrumpida por los gritos y la tensión de una discusión de pareja. Esto no debería suceder en el no-lugar que es el tren de Cercanías, más comúnmente conocido como ‘La Renfe’, esto debería ocurrir en el hogar o en los lugares de pleno derecho donde los conflictos emocionales y relacionales están ampliamente aceptados. En el tren de Cercanías ninguna conversación debería convertirse en discusión ya que esto implicaría la implicación indirecta del resto de personas que van a producir o vuelven de producir o incluso su implicación directa transformando el no-lugar en lugar de pleno derecho. Así cuando la tensión entre las dos personas involucradas en el conflicto escala hasta rebasar la propia capacidad de los otros pasajeros de mirar, mirarse, pensar, leer, pensar en todo esto (algo más raro) o evadirse en el smartphone, la tensión se contagia e incluso provoca la intervención en el conflicto con un «¡vale ya!» o un «¡déjalo en paz!». Algo que a veces no sucede (la intervención) por la creencia de que puede empeorar las cosas o provocar una contestación de alguno de los implicados del tipo «¡no es tu puto problema!», incluso por parte de la víctima del conflicto, a lo que se puede contestar con un «¡ahora sí que es mi problema porque el tren de Cercanías, recurso de…, acaba de transformarse en un lugar de pleno derecho!». Es curioso cómo después de estos episodios tan álgidos, cuando la pareja abandona el vagón, el resto de pasajeros se miran entre ellos e incluso comparten alguna apreciación que no tiene nada que ver con la meteorología.

4. La monotonía del vagón es interrumpida por el enternecedor jadeo de un perro y la enternecedora atención que le brinda su dueño o dueña. El resto de pasajeros del vagón dirigen su atención hacia ese despliegue de emocionalidad con el anhelo de participar en él y se olvidan de que van a producir o vuelven de producir, incluso se olvidan de la marcha inexorable de los minutos. En ocasiones participan del susodicho despliegue de emocionalidad dirigiéndose al perro y a su dueño en términos ajenos a la meteorología e incluso acarician al perro, que no a su dueño. A pesar de compartir la condición de mamífero emocional con el resto de pasajeros del vagón, los perros no necesitan hablar de meteorología para sobrellevar la monótona rutina de ir a producir, volver de producir y lo que sucede entre medio, producir.

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Opiniones 9
  • Una pequeña puntualización, Alejandro. El material remolcado que transporta personas se llama «coche». El que transporta mercancías o animales se llama «vagón».
    Por tanto, todas tus historias, reflexiones y vivencias tienen lugar en «coches» y no «vagones».
    Genial el relato 🙂

  • Muy bueno, enhorabuena por el artículo. Da la sensación de que acaba englobando muchísimos conceptos más allá del no-lugar 😉

  • Hola: a menos que se consideren a sí mismos ganado o mercancías, ustedes viajan en COCHES de tren, no en vagones. Por favor, utilicen el lenguaje ferroviario adecuado.

  • Yo diría que este texto podría estar en el no-lugar de un juzgado. O si el productor de contenido abogadil lo quisiera sabría que estas palabras podrían tener cabida en su no-lugar.
    Fascinante.

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