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25 de octubre 2019    /   CREATIVIDAD
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Renny Ramakers: «Los diseñadores no pueden cambiar el mundo, solo las conciencias»

25 de octubre 2019    /   CREATIVIDAD     por          
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En los años 90, el grupo Droog supuso una ruptura con la evolución que había llevado el diseño hasta ese momento. Reivindicaba la sencillez en el significado más amplio de la palabra y se enfrentaba al derroche de materiales que supone la producción en masa en el mercado capitalista. Renny Ramakers fue su gran promotora y cofundadora.

Desde entonces, lleva 30 años aportando nuevas ideas que no solo afectan a la estética, sino a todo el proceso de producción de un bien de consumo. Cuenta su historia el ciclo de conferencias Elisava Masters Talks en el que nueve creativas acudirán a la universidad barcelonesa a hablar del diseño como impulsor de cambios.

Eres una de las 150 mujeres who shake the world, un ranking que elaboró la revista Newsweek, por sus ideas sobre el reciclaje de materiales.

Me sentí muy halagada; estaban también Hillary Clinton y Oprah Winfrey. Por supuesto, ellas tenían fotos más grandes que yo, pero solo el hecho de aparecer, para mí, era muy importante. Fue por un proyecto en el cual descubrí que las empresas tiran al día muchísimo stock que les sobra. 

Pedimos que nos los dieran para rediseñarlos y volverlos a vender, pero un día sonó el teléfono y era una empresa que iba a tirar 200.000 perfumes; luego otra nos trajo también miles de unidades de lo suyo y ahí, cuando nos preguntaban «¿dónde lo dejamos?», me di cuenta de que mi compañía era demasiado pequeña para manejar estas cantidades de productos. Si alguien debía seguir mi idea, tenían que ser las propias empresas. Ellos deberían rediseñar y volver a meter en circulación los bienes en lugar de destruir inmediatamente lo que les sobra o ya no les vale.

Antes de este proyecto hicimos otro similar. Cuando empezó la crisis económica, compré productos de empresas en bancarrota en subastas de liquidación y los llevé a Milán para que se rediseñasen. En la exposición, de un contenedor ordinario para flores, solo con pintarlo de azul, conseguimos que se vendieran todas las unidades. Incluso subiendo el precio ahí mismo se lo seguía llevando la gente. 

Renny Ramakers

El movimiento que impulsó en 1993, Droog, tenía como base la crítica social y el sentido del humor.

Fue, sobre todo, una ruptura generacional. Me fijé en una serie de diseñadores jóvenes que estaban haciendo productos completamente distintos a lo que se había hecho hasta entonces. Empleaban materiales cotidianos. Nada especial, estaba todo muy lejos del alto diseño. Se proponían incluso coger los materiales más feos posibles para crear belleza con ellos. La idea también fue que esos productos contasen una historia, que hubiera un diseño conceptual, lo que aumentaba mucho las posibilidades creativas. Sobre el mensaje, Droog criticaba la sociedad de consumo y lanzaba proyectos que abordaban la alta tecnología con materiales populares. No sé si es una crítica lo que hacíamos, para mí era un sentimiento positivo: ver cómo podemos cambiar las cosas mirándolas desde otra perspectiva. 

¿No entronca con la intención de cambiar el mundo a través del diseño que podían tener la Bauhaus y otros diseñadores de las generaciones de principios del siglo XX?

No creo que los diseñadores puedan cambiar el mundo. Creo que haría falta mucho más que diseño para lograrlo. Lo que yo pienso es que los diseñadores pueden usar su imaginación para ver el mundo con otra perspectiva y así darle la vuelta a las cosas de maneras que antes parecían impensables o contradictorias. Igual no puedes cambiar el mundo, pero sí lograr que la gente sea consciente de que debe hacerse. A veces, como me pasó a mí, ocurre que no puedes cambiar nada de inmediato porque has llegado demasiado pronto, diez años antes, a una idea que luego se populariza. 

Renny Ramakers

Alguna vez ha hablado de la importancia del diseñador checoslovaco Borek Sipek, que vivía en Holanda.

Hizo lo mismo que nosotros en los 80, pero de otra manera. Su trabajo era muy decorativo, pero buscaba cambiar las actitudes de las personas. Por ejemplo, le interesaba reflexionar sobre el hecho de beber. Pretendía que te fijases más en ello, e hizo una serie de vasos muy complicados, de los que era muy difícil beber. Su trabajo era, sobre todo, simbólico, pero influenció a mucha gente. 

Otra influencia fue literaria, la obra Robinson Crusoe, de Daniel Defoe.

Ese era el libro de cabecera para los diseños de Tejo Remy. Quería diseñar como lo hubiera hecho Robinson Crusoe. Diseñaba objetos con las cosas que se encontraba por ahí tiradas. Escribió muchos textos sobre esa práctica. Digamos que era una especie de improvisación en una época en la que el diseño establecido rechaza de plano algo así; dijeron que ni siquiera era diseño.

El diseño, para ser diseño, tenía que regirse por una serie de normas que él ignoraba. El trabajo que le lanzó a la fama fue una cómoda que hizo uniendo varios cajones con un cinturón, una pieza que tituló You cant lay down your memory. Su punto de vista hoy ya está mucho más extendido, pero tardó en aceptarse la idea de que no todo tiene que ser perfecto. 

Cuando llevó todas estas ideas por primera vez a la feria de Milan, ¿cómo reaccionó la gente?

Muy bien. Hubo un extenso artículo del periódico Liberation que nos impulsó muchísimo. En esa época nuestra idea era que el diseño simple no tenía que ser aburrido. Ya había diseñadores que hacían muebles muy sencillos, como Jasper Morrison, pero se volvió aburrido porque empezó a hacerlo todo el mundo igual. En un mismo año, podías ver el mismo tipo de silla muchas veces solo que en diferentes materiales. Era soporífero hasta que llegaron los conceptuales con historias que contar en cada producto, con humor, y eso a la gente le encantó instantáneamente en cuanto lo vio. 

Renny Ramakers

En su libro The spirit of the nineties hablaba de dar réplica a la contaminación visual. ¿A qué se refería?

Si vas por la calle, no tienes más que ver que está todo lleno de estímulos visuales. En esa época, además, estaba todo el mundo loco por llamar la atención. Había, digamos, un gran ruido visual. 

Uno de sus proyectos más exitosos fue el Go slow, restaurantes que eran una reflexión sobre el paso del tiempo y cómo se aprovecha.

Salió muy bien; lo hicimos en Londres, Tokio y Róterdam; solo salió mal en Nueva York. El proyecto estaba en un festival sobre las relaciones entre Holanda y Nueva York (como sabes, era una antigua colonia), y en una revista de gastronomía escribieron un artículo muy extenso sobre nuestro espacio, un lugar donde los alimentos se preparaban y cocinaban lentamente, sin procesados, sin industria, donde la gente, mientras, podía cantar, recibir masajes… Sin embargo, en Nueva York, tras la aparición de ese artículo, se nos echó encima la Agencia Alimentaria. 

Allí, por ley, tienes que cocinar en un lugar separado de donde sirves la comida, bajo una regulación, etc. No puedes ni hacer el zumo de naranja a mano. La inspección vino y nos quiso cerrar el restaurante. Justo cuando estaban ahí los príncipes de Holanda. Hubo una discusión con la Agencia, que finalmente permitió que la realeza visitase el restaurante, pero luego lo cerró inmediatamente. Allí no era posible nuestra idea de elaborarlo todo a mano.

En el proyecto Luxury se hartó de que todo lo sostenible tuviese diseños austeros y colores tristes, como grises y marrones. Quiso que lo que se fabricase reciclado también fuese de alta gama, lujoso y resplandeciente.

Todavía existía la idea de que lo sostenible no puede ser brillante. Toda la imagen del diseño sostenible está basada en colores aburridos. Yo me pregunté por qué no podía emplearse más rojo o amarillo. Ahí, un estudio en Holanda, Formafantasma, que utilizaban basura de material de oficina, teléfonos e impresoras viejas, etc., hizo una serie de productos brillantes. Para mí fueron y son el mejor ejemplo, pero todo esto fue hace 25 años; ahora habría que inventar algo nuevo. 

Renny Ramakers

Tiene hoteles en los que cambiaba la experiencia de hospedarse en ellos solo a través del diseño.

Son varios. El de Milán perseguía mostrarle al público que con muy poco puedes crear una gran experiencia. Alquilamos el hotel más feo que pudimos encontrar. Era muy muy feo. Olía mal, las sábanas estaban sucias. Era un hotel muy extraño. Pedimos a los diseñadores que trajeran una pieza a cada habitación y eso era todo. Hubo colas para verlo. Dudamos de si venían por nosotros o por este estúpido hotel.

Recuerdo que la prensa me pidió fotos de un Buda que había dentro y no pude dárselas porque no era una pieza artística; era una estatua que tenía el hotel de antes. Estaban todos confundidos, no sabían qué es lo que trajeron los diseñadores y qué era lo que ya estaba ahí. Otra cosa que hicimos fue que, en donde te registras en el hotel, en lugar de mostrar el pasaporte, te dábamos nosotros uno con una nueva identidad. 

En el Rijk Museum, Droog se dedicó a convertir en popular la alta cultura que había ahí expuesta.

El museo digitalizó y dio libre acceso a su colección. Estaba todo online. Hasta permitieron un workshop donde todo el mundo podía coger las imágenes y hacer algo con ellas. Nos pidieron que hiciéramos un proyecto piloto y dar ejemplos para que la gente viera qué tipo de cosas se podían hacer y se animase. Nosotros hicimos tatuajes con los cuadros. 

¿Se los hizo la gente?

Sí, pero no auténticos; eran calcomanías. 

Renny Ramakers

De todos los proyectos, el que más me ha sorprendido es el viaje que hizo a China con la intención de… copiar a los chinos.

Fue un museo en Pekín, que me llamó. Lo que querían en esa época era quitarse de encima la imagen de que solo sabían copiar a los demás, de modo que invirtieron mucho en diseño, en escuelas, talleres, muestras, etc. Querían también ser originales y yo lo que les propuse era copiar, pero a China. Al director del museo le gustó. Con varios diseñadores locales nos pusimos a copiar productos chinos. Ya sé que es más fácil copiar y hacer un producto más barato, pero… 

La profesión de diseñador también atraviesa ciertas dificultades y cambios en el medio plazo; se pueden descargar planos gratis en internet para las impresoras 3D. Les pasa igual que a los periodistas, músicos, etc.

Sí, pero si esto ocurre, lo que hay que hacer es otra cosa. Por ejemplo, con nuestro proyecto Materials Matters planteamos que, en el mundo, los materiales nuevos cada vez son más escasos y los desechos no hacen más que aumentar. Propusimos un impuesto sobre materiales nuevos. Para los diseñadores, suponía un estímulo a su imaginación porque tenían que desarrollar estrategias nuevas para hacer lo mismo por el mismo precio y se creaban nuevos modelos de negocio. Si eres creativo, siempre puedes darle la vuelta a la situación. 

¿El diseño social es una opción?

Hay muchos jóvenes en Holanda que se dedican a esto o al bio-design. Ha llegado un momento en el que nos hemos saturado de productos y, si creas algo, debes hacerlo con materiales que no dañen el entorno. 

Cada vez que algo tiene éxito en el diseño, termina siendo un producto destinado para las élites. ¿No hay un diseño de vanguardia para la gente común?

Ese es un dilema. Si quieres producir masivamente, te tienes que ir a China o países productores baratos y eso afectará a tu diseño al final. Mira todo lo que se produce barato, nunca tiene un diseño cuidado como lo que se produce de manera más exclusiva. El primer paso siempre es hacer algo muy bueno y muy interesante, y luego otro lo llevará a un mercado más grande. 

¿No puede cambiar?

Si diseñas para las clases altas, las cosas buenas luego acaban llegando de distintas manera a las demás. Mira IKEA, por ejemplo, que recoge muchísimas ideas de nuevos diseñadores y las convierte en productos masivos. No es lo mismo que se concibió originalmente, pero sí la misma idea. 

En los años 90, el grupo Droog supuso una ruptura con la evolución que había llevado el diseño hasta ese momento. Reivindicaba la sencillez en el significado más amplio de la palabra y se enfrentaba al derroche de materiales que supone la producción en masa en el mercado capitalista. Renny Ramakers fue su gran promotora y cofundadora.

Desde entonces, lleva 30 años aportando nuevas ideas que no solo afectan a la estética, sino a todo el proceso de producción de un bien de consumo. Cuenta su historia el ciclo de conferencias Elisava Masters Talks en el que nueve creativas acudirán a la universidad barcelonesa a hablar del diseño como impulsor de cambios.

Eres una de las 150 mujeres who shake the world, un ranking que elaboró la revista Newsweek, por sus ideas sobre el reciclaje de materiales.

Me sentí muy halagada; estaban también Hillary Clinton y Oprah Winfrey. Por supuesto, ellas tenían fotos más grandes que yo, pero solo el hecho de aparecer, para mí, era muy importante. Fue por un proyecto en el cual descubrí que las empresas tiran al día muchísimo stock que les sobra. 

Pedimos que nos los dieran para rediseñarlos y volverlos a vender, pero un día sonó el teléfono y era una empresa que iba a tirar 200.000 perfumes; luego otra nos trajo también miles de unidades de lo suyo y ahí, cuando nos preguntaban «¿dónde lo dejamos?», me di cuenta de que mi compañía era demasiado pequeña para manejar estas cantidades de productos. Si alguien debía seguir mi idea, tenían que ser las propias empresas. Ellos deberían rediseñar y volver a meter en circulación los bienes en lugar de destruir inmediatamente lo que les sobra o ya no les vale.

Antes de este proyecto hicimos otro similar. Cuando empezó la crisis económica, compré productos de empresas en bancarrota en subastas de liquidación y los llevé a Milán para que se rediseñasen. En la exposición, de un contenedor ordinario para flores, solo con pintarlo de azul, conseguimos que se vendieran todas las unidades. Incluso subiendo el precio ahí mismo se lo seguía llevando la gente. 

Renny Ramakers

El movimiento que impulsó en 1993, Droog, tenía como base la crítica social y el sentido del humor.

Fue, sobre todo, una ruptura generacional. Me fijé en una serie de diseñadores jóvenes que estaban haciendo productos completamente distintos a lo que se había hecho hasta entonces. Empleaban materiales cotidianos. Nada especial, estaba todo muy lejos del alto diseño. Se proponían incluso coger los materiales más feos posibles para crear belleza con ellos. La idea también fue que esos productos contasen una historia, que hubiera un diseño conceptual, lo que aumentaba mucho las posibilidades creativas. Sobre el mensaje, Droog criticaba la sociedad de consumo y lanzaba proyectos que abordaban la alta tecnología con materiales populares. No sé si es una crítica lo que hacíamos, para mí era un sentimiento positivo: ver cómo podemos cambiar las cosas mirándolas desde otra perspectiva. 

¿No entronca con la intención de cambiar el mundo a través del diseño que podían tener la Bauhaus y otros diseñadores de las generaciones de principios del siglo XX?

No creo que los diseñadores puedan cambiar el mundo. Creo que haría falta mucho más que diseño para lograrlo. Lo que yo pienso es que los diseñadores pueden usar su imaginación para ver el mundo con otra perspectiva y así darle la vuelta a las cosas de maneras que antes parecían impensables o contradictorias. Igual no puedes cambiar el mundo, pero sí lograr que la gente sea consciente de que debe hacerse. A veces, como me pasó a mí, ocurre que no puedes cambiar nada de inmediato porque has llegado demasiado pronto, diez años antes, a una idea que luego se populariza. 

Renny Ramakers

Alguna vez ha hablado de la importancia del diseñador checoslovaco Borek Sipek, que vivía en Holanda.

Hizo lo mismo que nosotros en los 80, pero de otra manera. Su trabajo era muy decorativo, pero buscaba cambiar las actitudes de las personas. Por ejemplo, le interesaba reflexionar sobre el hecho de beber. Pretendía que te fijases más en ello, e hizo una serie de vasos muy complicados, de los que era muy difícil beber. Su trabajo era, sobre todo, simbólico, pero influenció a mucha gente. 

Otra influencia fue literaria, la obra Robinson Crusoe, de Daniel Defoe.

Ese era el libro de cabecera para los diseños de Tejo Remy. Quería diseñar como lo hubiera hecho Robinson Crusoe. Diseñaba objetos con las cosas que se encontraba por ahí tiradas. Escribió muchos textos sobre esa práctica. Digamos que era una especie de improvisación en una época en la que el diseño establecido rechaza de plano algo así; dijeron que ni siquiera era diseño.

El diseño, para ser diseño, tenía que regirse por una serie de normas que él ignoraba. El trabajo que le lanzó a la fama fue una cómoda que hizo uniendo varios cajones con un cinturón, una pieza que tituló You cant lay down your memory. Su punto de vista hoy ya está mucho más extendido, pero tardó en aceptarse la idea de que no todo tiene que ser perfecto. 

Cuando llevó todas estas ideas por primera vez a la feria de Milan, ¿cómo reaccionó la gente?

Muy bien. Hubo un extenso artículo del periódico Liberation que nos impulsó muchísimo. En esa época nuestra idea era que el diseño simple no tenía que ser aburrido. Ya había diseñadores que hacían muebles muy sencillos, como Jasper Morrison, pero se volvió aburrido porque empezó a hacerlo todo el mundo igual. En un mismo año, podías ver el mismo tipo de silla muchas veces solo que en diferentes materiales. Era soporífero hasta que llegaron los conceptuales con historias que contar en cada producto, con humor, y eso a la gente le encantó instantáneamente en cuanto lo vio. 

Renny Ramakers

En su libro The spirit of the nineties hablaba de dar réplica a la contaminación visual. ¿A qué se refería?

Si vas por la calle, no tienes más que ver que está todo lleno de estímulos visuales. En esa época, además, estaba todo el mundo loco por llamar la atención. Había, digamos, un gran ruido visual. 

Uno de sus proyectos más exitosos fue el Go slow, restaurantes que eran una reflexión sobre el paso del tiempo y cómo se aprovecha.

Salió muy bien; lo hicimos en Londres, Tokio y Róterdam; solo salió mal en Nueva York. El proyecto estaba en un festival sobre las relaciones entre Holanda y Nueva York (como sabes, era una antigua colonia), y en una revista de gastronomía escribieron un artículo muy extenso sobre nuestro espacio, un lugar donde los alimentos se preparaban y cocinaban lentamente, sin procesados, sin industria, donde la gente, mientras, podía cantar, recibir masajes… Sin embargo, en Nueva York, tras la aparición de ese artículo, se nos echó encima la Agencia Alimentaria. 

Allí, por ley, tienes que cocinar en un lugar separado de donde sirves la comida, bajo una regulación, etc. No puedes ni hacer el zumo de naranja a mano. La inspección vino y nos quiso cerrar el restaurante. Justo cuando estaban ahí los príncipes de Holanda. Hubo una discusión con la Agencia, que finalmente permitió que la realeza visitase el restaurante, pero luego lo cerró inmediatamente. Allí no era posible nuestra idea de elaborarlo todo a mano.

En el proyecto Luxury se hartó de que todo lo sostenible tuviese diseños austeros y colores tristes, como grises y marrones. Quiso que lo que se fabricase reciclado también fuese de alta gama, lujoso y resplandeciente.

Todavía existía la idea de que lo sostenible no puede ser brillante. Toda la imagen del diseño sostenible está basada en colores aburridos. Yo me pregunté por qué no podía emplearse más rojo o amarillo. Ahí, un estudio en Holanda, Formafantasma, que utilizaban basura de material de oficina, teléfonos e impresoras viejas, etc., hizo una serie de productos brillantes. Para mí fueron y son el mejor ejemplo, pero todo esto fue hace 25 años; ahora habría que inventar algo nuevo. 

Renny Ramakers

Tiene hoteles en los que cambiaba la experiencia de hospedarse en ellos solo a través del diseño.

Son varios. El de Milán perseguía mostrarle al público que con muy poco puedes crear una gran experiencia. Alquilamos el hotel más feo que pudimos encontrar. Era muy muy feo. Olía mal, las sábanas estaban sucias. Era un hotel muy extraño. Pedimos a los diseñadores que trajeran una pieza a cada habitación y eso era todo. Hubo colas para verlo. Dudamos de si venían por nosotros o por este estúpido hotel.

Recuerdo que la prensa me pidió fotos de un Buda que había dentro y no pude dárselas porque no era una pieza artística; era una estatua que tenía el hotel de antes. Estaban todos confundidos, no sabían qué es lo que trajeron los diseñadores y qué era lo que ya estaba ahí. Otra cosa que hicimos fue que, en donde te registras en el hotel, en lugar de mostrar el pasaporte, te dábamos nosotros uno con una nueva identidad. 

En el Rijk Museum, Droog se dedicó a convertir en popular la alta cultura que había ahí expuesta.

El museo digitalizó y dio libre acceso a su colección. Estaba todo online. Hasta permitieron un workshop donde todo el mundo podía coger las imágenes y hacer algo con ellas. Nos pidieron que hiciéramos un proyecto piloto y dar ejemplos para que la gente viera qué tipo de cosas se podían hacer y se animase. Nosotros hicimos tatuajes con los cuadros. 

¿Se los hizo la gente?

Sí, pero no auténticos; eran calcomanías. 

Renny Ramakers

De todos los proyectos, el que más me ha sorprendido es el viaje que hizo a China con la intención de… copiar a los chinos.

Fue un museo en Pekín, que me llamó. Lo que querían en esa época era quitarse de encima la imagen de que solo sabían copiar a los demás, de modo que invirtieron mucho en diseño, en escuelas, talleres, muestras, etc. Querían también ser originales y yo lo que les propuse era copiar, pero a China. Al director del museo le gustó. Con varios diseñadores locales nos pusimos a copiar productos chinos. Ya sé que es más fácil copiar y hacer un producto más barato, pero… 

La profesión de diseñador también atraviesa ciertas dificultades y cambios en el medio plazo; se pueden descargar planos gratis en internet para las impresoras 3D. Les pasa igual que a los periodistas, músicos, etc.

Sí, pero si esto ocurre, lo que hay que hacer es otra cosa. Por ejemplo, con nuestro proyecto Materials Matters planteamos que, en el mundo, los materiales nuevos cada vez son más escasos y los desechos no hacen más que aumentar. Propusimos un impuesto sobre materiales nuevos. Para los diseñadores, suponía un estímulo a su imaginación porque tenían que desarrollar estrategias nuevas para hacer lo mismo por el mismo precio y se creaban nuevos modelos de negocio. Si eres creativo, siempre puedes darle la vuelta a la situación. 

¿El diseño social es una opción?

Hay muchos jóvenes en Holanda que se dedican a esto o al bio-design. Ha llegado un momento en el que nos hemos saturado de productos y, si creas algo, debes hacerlo con materiales que no dañen el entorno. 

Cada vez que algo tiene éxito en el diseño, termina siendo un producto destinado para las élites. ¿No hay un diseño de vanguardia para la gente común?

Ese es un dilema. Si quieres producir masivamente, te tienes que ir a China o países productores baratos y eso afectará a tu diseño al final. Mira todo lo que se produce barato, nunca tiene un diseño cuidado como lo que se produce de manera más exclusiva. El primer paso siempre es hacer algo muy bueno y muy interesante, y luego otro lo llevará a un mercado más grande. 

¿No puede cambiar?

Si diseñas para las clases altas, las cosas buenas luego acaban llegando de distintas manera a las demás. Mira IKEA, por ejemplo, que recoge muchísimas ideas de nuevos diseñadores y las convierte en productos masivos. No es lo mismo que se concibió originalmente, pero sí la misma idea. 

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