7 de noviembre 2018    /   CIENCIA
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fotografia  Anefo/Croes, R.C.

La Fórmula 1 explica por qué algunas reuniones de trabajo acaban fatal

7 de noviembre 2018    /   CIENCIA     por        fotografia  Anefo/Croes, R.C.
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Las reuniones de trabajo se parecen a las carreras de Fórmula 1 en que pueden terminar en colisiones dramáticas. En el caso de los bólidos, la velocidad hace que el riesgo sea mortal. En el ámbito laboral no se circula a 300 kilómetros por hora físicamente, pero la velocidad emocional puede poner a los contrincantes al borde de la ignición. Es decir: puede haber bronca, mucha bronca.

Un equipo formado por especialistas de diferentes universidades del mundo ha publicado un estudio que analiza las carreras de Fórmula 1 para conocer qué factores influyen en que la competitividad derive en un conflicto directo.

Los resultados llevan a una conclusión clara: muchas personas no pueden soportar la ambigüedad de estatus. Todo puede fluir mientras uno se acepta en una posición jerárquicamente inferior, pero cuando otro individuo posee unas características semejantes y no está claro quién domina, pueden producirse enfrentamientos para definir un orden.

Ocurre entre deportistas, entre políticos, entre ejecutivos que compiten por un puesto o entre científicos de un mismo campo que persiguen un descubrimiento. Cuando comparten corral, los humanos empiezan a comportarse como gallos.

«La competitividad entre personas de similar estatus está cargada emocionalmente y sujeta a la posibilidad de una escalada sorprendentemente rápida y potente», afirma Matthew Bothner, uno de los autores de la investigación. «Una característica común de un choque basado en el estatus es el intercambio de pequeños insultos que se convierten en peleas peligrosas».

El investigador no se refiere a cuando está en juego conservar una manutención. No es cuestión de supervivencia material, sino de prestigio. «Las personas desean diferenciarse de otras, y la similitud de estatus impide los sentimientos de diferenciación. Además, el deseo de respeto parece ser una constante antropológica», cuenta.

reuniones de trabajo

«Cuando alguien trata de distinguirse de un compañero cercano con gestos de falta de respeto, la situación puede volverse incendiaria». Estos gestos pueden materializarse como una negativa a ceder el paso en un circuito de carreras, o como la acción de provocar una discusión con otro ejecutivo en una reunión. «Estos gestos, a veces, pueden ser similares a tirar una cerilla a un charco de gasolina», compara.

En 2005, Fernando Alonso llegó al Gran Premio de Japón habiendo ganado el campeonato del mundo. El asturiano podía relajarse, pero sus últimas carreras se habían desarrollado con timidez para no arriesgar el título. Era campeón pero eso, objetivamente, no lo hacía superior a Schumacher, el mejor piloto de la historia.

Llegó la curva llamada 130R. Adelantar allí era demasiado peligroso, pero Alonso olvidó su propio instinto de conservación y aceleró con temeridad (alcanzó los 320 km/h). Lo hizo sin un motivo práctico: no se jugaban nada, fue un calentón, un intento de resolver la ambigüedad de estatus. El mismo Alonso aceptó que si llega a pensarlo, no lo habría hecho: allí operó algo más que la razón.

Dice Bothner que los gestos de desprecio pueden ser como soltar una cerilla en un charco de gasolina. Pero, ¿cómo se forma, de qué se compone ese charco? A partir de las carreras, detectaron algunos condicionantes.

«Encontramos que la equivalencia estructural [de jerarquía] tenía mayor efecto en la tasa de colisión cuando los conductores eran similares en edad, hacia el final de la temporada y, tal vez lo más interesante, cuando no llovía. Bajo la lluvia, los conductores tratan de sobrevivir. Probablemente sería una fuente de estigma que un conductor pusiera a otro en riesgo de muerte para resolver la duda de estatus».

La lluvia es un consenso, una situación de excepcionalidad que afecta a todos los pilotos por igual y que hace evidente el riesgo de la temeridad. Esa situación suspende el impulso de romper la ambigüedad de estatus. De modo que la colisión abierta no solo no guarda relación con la necesidad o la supervivencia, sino que desaparece en un escenario de inseguridad.

Los conflictos de estatus se revelan, entonces, como un lujo. Quizá sean una prueba de la insaciabilidad del ser humano.

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Las reuniones de trabajo se parecen a las carreras de Fórmula 1 en que pueden terminar en colisiones dramáticas. En el caso de los bólidos, la velocidad hace que el riesgo sea mortal. En el ámbito laboral no se circula a 300 kilómetros por hora físicamente, pero la velocidad emocional puede poner a los contrincantes al borde de la ignición. Es decir: puede haber bronca, mucha bronca.

Un equipo formado por especialistas de diferentes universidades del mundo ha publicado un estudio que analiza las carreras de Fórmula 1 para conocer qué factores influyen en que la competitividad derive en un conflicto directo.

Los resultados llevan a una conclusión clara: muchas personas no pueden soportar la ambigüedad de estatus. Todo puede fluir mientras uno se acepta en una posición jerárquicamente inferior, pero cuando otro individuo posee unas características semejantes y no está claro quién domina, pueden producirse enfrentamientos para definir un orden.

Ocurre entre deportistas, entre políticos, entre ejecutivos que compiten por un puesto o entre científicos de un mismo campo que persiguen un descubrimiento. Cuando comparten corral, los humanos empiezan a comportarse como gallos.

«La competitividad entre personas de similar estatus está cargada emocionalmente y sujeta a la posibilidad de una escalada sorprendentemente rápida y potente», afirma Matthew Bothner, uno de los autores de la investigación. «Una característica común de un choque basado en el estatus es el intercambio de pequeños insultos que se convierten en peleas peligrosas».

El investigador no se refiere a cuando está en juego conservar una manutención. No es cuestión de supervivencia material, sino de prestigio. «Las personas desean diferenciarse de otras, y la similitud de estatus impide los sentimientos de diferenciación. Además, el deseo de respeto parece ser una constante antropológica», cuenta.

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«Cuando alguien trata de distinguirse de un compañero cercano con gestos de falta de respeto, la situación puede volverse incendiaria». Estos gestos pueden materializarse como una negativa a ceder el paso en un circuito de carreras, o como la acción de provocar una discusión con otro ejecutivo en una reunión. «Estos gestos, a veces, pueden ser similares a tirar una cerilla a un charco de gasolina», compara.

En 2005, Fernando Alonso llegó al Gran Premio de Japón habiendo ganado el campeonato del mundo. El asturiano podía relajarse, pero sus últimas carreras se habían desarrollado con timidez para no arriesgar el título. Era campeón pero eso, objetivamente, no lo hacía superior a Schumacher, el mejor piloto de la historia.

Llegó la curva llamada 130R. Adelantar allí era demasiado peligroso, pero Alonso olvidó su propio instinto de conservación y aceleró con temeridad (alcanzó los 320 km/h). Lo hizo sin un motivo práctico: no se jugaban nada, fue un calentón, un intento de resolver la ambigüedad de estatus. El mismo Alonso aceptó que si llega a pensarlo, no lo habría hecho: allí operó algo más que la razón.

Dice Bothner que los gestos de desprecio pueden ser como soltar una cerilla en un charco de gasolina. Pero, ¿cómo se forma, de qué se compone ese charco? A partir de las carreras, detectaron algunos condicionantes.

«Encontramos que la equivalencia estructural [de jerarquía] tenía mayor efecto en la tasa de colisión cuando los conductores eran similares en edad, hacia el final de la temporada y, tal vez lo más interesante, cuando no llovía. Bajo la lluvia, los conductores tratan de sobrevivir. Probablemente sería una fuente de estigma que un conductor pusiera a otro en riesgo de muerte para resolver la duda de estatus».

La lluvia es un consenso, una situación de excepcionalidad que afecta a todos los pilotos por igual y que hace evidente el riesgo de la temeridad. Esa situación suspende el impulso de romper la ambigüedad de estatus. De modo que la colisión abierta no solo no guarda relación con la necesidad o la supervivencia, sino que desaparece en un escenario de inseguridad.

Los conflictos de estatus se revelan, entonces, como un lujo. Quizá sean una prueba de la insaciabilidad del ser humano.

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