13 noviembre, 2014    /   BUSINESS
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Todo lo que la imprenta ha hecho por ti (y todo lo que dejará de hacer)

13 noviembre, 2014    /   BUSINESS     por
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La imprenta no solo redujo el número de analfabetos del mundo (sin libros suficientes no había incentivo para aprender a leer), sino que también conectó a la gente e incrementó el círculo de empatía hacia mujeres, negros, niños, esclavos y demás clases desfavorecidas. La imprenta constituye, por sí sola, la Primera Revolución Industrial. Y nada sería como es si no hubiera llegado a automatizarse este proceso dedicado a copiar y copiar libros, opúsculos, octavillas, manuales de instrucciones y hasta biblias.
La imprenta probablemente sea el invento que más ha cambiado el mundo, y más cosas buenas ha dado a la humanidad, pero al que menos atención le hemos dedicado. Sin ella no existiría nada de lo que nos rodea. Ni siquiera habría sacado a la gente de las tinieblas de la ignorancia. Tampoco pensaríamos como lo hacemos, porque no es lo mismo aprender leyendo que escuchando, ni tampoco es lo mismo explicar un argumento que escribirlo organizadamente en doscientas páginas. Ni siquiera podíamos viajar porque los mapas eran algo escaso, caro y subjetivo.
Incluso la idea de Autor, y la existencia del copyright, son efectos secundarios de la imprenta. Efectos que la imprenta 2.0 quizá esté a punto de suprimir o modificar para siempre, como lo hizo la imprenta 1.0.
Mejor que internet
Cuando nació la imprenta gracias al alemán Johannes Gutenberg en 1436, los cambios sociales que se produjeron fueron tan espectaculares como los que hoy en día está produciendo internet, aunque a una velocidad menor. Por ejemplo, una persona nacida en 1453, el año de la caída de Constantinopla, podía atesorar ocho millones de libros nacidos gracias a la imprenta, más que todos los libros producidos por todos los amanuenses y escribas de Europa desde que Constantino fundó su capital en el año 330.
La primera imprenta italiana se fundó en 1464. París ya tenía imprentas en 1470. Y Londres, en 1476. Hacia el año 1500, la imprenta se había extendido ya por todos los países europeos, excepto Rusia. El número de libros producidos en los cincuenta años siguientes a la invención de Gutenberg igualó la producción de los escribas europeos durante los mil años precedentes. Tal y como señala Nicholas Carr en Superficiales:

A finales del siglo XV, cerca de 250 ciudades europeas tenían imprenta, y unos 12 millones de volúmenes ya habían salido de sus prensas. En el siglo XVI la tecnología de Gutenberg saltó de Europa a Asia por Oriente Próximo; y también a las Américas, en 1539, cuando los españoles fundaron una prensa en la Ciudad de México. (…) Aunque a la mayoría de los impresores les movía el ánimo de lucro fácil, su distribución de los textos más antiguos ayudó a dar profundidad intelectual y continuidad histórica a la nueva cultura centrada en el libro.

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Aprendiendo a pensar
La escritura y la lectura ejercitan partes de nuestro cerebro que nunca antes de la existencia de la imprenta se habían desarrollado. En 2009, la revista Psychological Science publicó un estudio al respecto, llevado a cabo por Nicole Speer, en el Laboratorio de Cognición Dinámica de la Universidad de Washington. Los cerebros lectores entienden de otra manera el lenguaje, procesan de manera diferente las señales visuales; incluso razonan y forman los recuerdos de otra manera. Según explica Nicholas Carr en su Superficiales:

Los lectores simulan mentalmente cada nueva situación que se encuentran en una narración. Los detalles de las acciones y sensaciones registrados en el texto se integran en el conocimiento personal de las experiencias pasadas. Las regiones del cerebro que se activan a menudo son similares a las que se activan cuando la gente realiza, imagina u observa actividades similares en el mundo real.

O como añade Jeremy Rifkin en su libro La sociedad del coste marginal cero:

Mientras que la escritura medieval era muy personal y variaba con la aportación subjetiva de cada amanuense, la imprenta eliminó este elemento subjetivo y lo sustituyó por un enfoque al conocimiento más racional, calculador y analítico. Además, a diferencia de la comunicación oral que depende de la memoria y, en consecuencia, de respuestas formularias, la impresión permitió conservar recuerdos y sistematizar la recuperación de información mediante índices, notas a pie de página y bibliografías, y contribuyó a la expansión del vocabulario y al desarrollo de un lenguaje mucho más matizado que se podía adaptar a experiencias o momentos concretos.

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Más buenos que el pan
La imprenta desarrolló la industria del libro, y con ello la multiplicidad de puntos de vista, y la posibilidad de introducirnos en la cabeza de otras personas con formas de vivir muy distintas a las nuestras.
Ello nos demostró que los extranjeros, los negros, las mujeres y los niños eran como nosotros, tenían nuestros mismos miedos y deseos. La imprenta, pues, fue la primera máquina de realidad virtual, y también una poderosa herramienta para penetrar en mentes y, en consecuencia, permitir que nos pusiéramos en la piel de otros. Ello fue probablemente un punto a favor del incremento de empatía que se está produciendo en los últimos siglos, tal y como explicamos en ¿Leer te hace mejor persona?
Economía
La imprenta también cambió la forma de hacer negocios con los demás. Facilitó los contratos comerciales, dejando atrás la economía feudal basada en la palabra (es decir, circunscrita a las distancias cortas). La confianza comercial, pues, se hizo universal. Además, gracias a la imprenta se podían enviar listas de precios, facturas, pagarés o cheques normalizados. Como señala Jeremy Rifkin:

introdujo gráficas, listas y tablas que ofrecían una descripción del mundo más objetiva y precisa que cualquier valoración personal. También contribuyó a la expansión del comercio por tierra y por mar al abaratar la reproducción de los mapas y popularizar su uso (…) La nueva matriz de comunicación/energía no solo acortó distancias y redujo tiempos uniendo a personas diferentes en actividades económicas conjuntas después de muchos siglos de aislamiento, sino que, con ello, también fomentó una nueva apertura a los demás y marcó el inicio de una mentalidad más cosmopolita.

El provincianismo y la xenofobia, en consecuencia, también empezaron a desvanecerse gracias a este cambio de paradigma económico, como también sostiene Matt Ridley El optimista racional. Porque el intercambio genera confianza, y viceversa:

En el siglo XIX, cuando el capitalismo industrial atrajo a tantas personas a ser dependientes del mercado, la esclavitud, el trabajo infantil y los pasatiempos como el lance de zorros o las peleas de gallos se volvieron inaceptables. A finales del siglo XX, cuando la vida se comercializó aún más, el racismo, el sexismo y el abuso de menores se volvieron inaceptables. Y en el camino, cuando el capitalismo cedió el paso a variadas formas de totalitarismo dirigido por el Estado y sus pálidos imitadores, fue evidente el retroceso de dichas virtudes, mientras la fe y el valor revivieron. (…) La violencia azarosa tiene espacio en los noticiarios precisamente porque es tan rara; la amabilidad rutinaria no es noticia precisamente porque es tan común. En décadas recientes, las obras de caridad han crecido más rápido que la economía a nivel global. Internet está repleto de personas que comparten consejos gratuitamente.

(Shutterstock)
(Shutterstock)

Vapor y prensa
Pero la imprenta aún nos propulsaría mucho más rápido hacia el futuro gracias al vapor. La imprenta tradicional no dejaba de ser un mecanismo lento y laborioso, pero en 1814 la imprenta a vapor de Friedrich Koenig empezó a imprimir las páginas del periódico The Times de Londres a una velocidad inaudita hasta el momento: 1.000 ejemplares por hora en comparación con los 250 de las antiguas imprentas manuales. En 1832, las imprentas a vapor ya imprimían 2.000 periódicos por hora. En 1846, la rotativa de dos cilindros de Hoe imprimía 12.000 hojas por hora. En 1865, la rotativa con bobina de papel imprimía 12.000 periódicos completos en el mismo tiempo.
Hasta el momento, la velocidad de impresión de libros era aceptable porque escribir un libro suponía una gran cantidad de tiempo. Pero las noticias diarias quedaban inéditas en un mundo que precisaba de la escritura de «libros» diarios que consignaran la realidad cambiante. El vapor permitió no solo contar lo que ocurría en una semana, sino lo que ocurría cada día, cada hora, cada minuto.
Ya no se trataba de leer libros sesudos para intelectuales, sino la simple realidad cotidiana. Todo el mundo quería estar informado, pero nadie sabía hasta qué punto lo necesitaba hasta que se materializó la posibilidad de leer periódicos de gran tirada. Como el pez que se muerde la cola, a mayor demanda, más periódicos, a más periódicos, mayor demanda. Lo que, paralelamente, impulsó la alfabetización generalizada en Europa y Norteamérica, originándose sistemas de escolarización pública.
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La velocidad de los datos y los trenes
Los avances técnicos de la imprenta permitieron que esta fuese más eficiente y produjera aún más textos de manera asequible. A lo que se le sumaron máquinas para fabricar papel, la estereotipia y las rotativas. Todo ello se desarrollaba a la par que el transporte por ferrocarril. Al disponer de más noticias, mayores posibilidades de consignar transacciones comerciales y mayores diligencias en la duplicación de manuales, catálogos y anuncios, ello supuso un gran incentivo para desarrollar el ferrocarril con la misma tecnología a vapor que desarrollaba la imprenta. En el fondo, ferrocarril (transporte) e imprenta (información) eran la misma cosa, el mismo objeto, pero con distinta finalidad. El tren y la imprenta, unidos, eran como internet (ordenador + módem). Uno se desarrollaba bajo el paraguas del otro.
Muchos agoreros y luditas renegaban de que el ferrocarril alcanzara velocidades tan elevadas. En 1830, por ejemplo, publicaciones como Quarterly Review advertían: «¡Qué puede ser más absurdo y ridículo que la perspectiva de que las locomotoras viajen dos veces más rápido que las diligencias!» En el mismo año, Dionysus Lardner, profesor de Filosofía natural y Astronomía del Colegio Universitario de Londres, escribió: «Viajar en ferrocarril a velocidad elevada no es posible porque los pasajeros, incapaces de respirar, morirían de asfixia». A pesar de ello, la velocidad en la copia de textos era el verdadero incentivo para desarrollar la velocidad en el transporte. La gente no era la que quería ir tan rápido de un sitio a otro, lo era la información. Y si la información no hubiera necesitado de semejante rapidez, las personas tampoco habrían decidido llegar de un sitio a otro más rápido de lo que lo hacía sus pies.
Más tarde, los datos dieron lugar a los objetos. Así como ahora internet está desarrollando el comercio electrónico, y todo el mundo puede abrir una tienda virtual donde vender cualquier cosa a cualquier persona del mundo, hacia el 1900 se produjo una revolución equivalente a menor escala. Al existir la posibilidad de imprimir catálogos de cosas a un precio económico que se trasladaban a lugares lejanos a un precio también económico, eclosionaron las empresas de venta por correo, como Montgomery Ward y Roebuck and Company. Tal y como lo explica Jeremy Rifkin:

En el catálogo de 540 páginas de Montgomery Ward se ofrecían más de 24.000 artículos que incluían comestibles, fármacos, joyería, bolsos, zapatos, ropa para hombres, estufas, mobiliario, cochecitos de bebé, artículos deportivos e instrumentos musicales. Sears incluso vendía por correo casas prefabricadas cuyos componentes se enviaban por tren y se montaban en destino.

(Foto: Shutterstock)
(Foto: Shutterstock)

Copyright
Hasta la llegada de la imprenta el concepto de autoría individual, copyright o derechos de autor no tenían sustento. Si bien existían autores individuales, eran una excepción: la mayoría de manuscritos eran obras de cientos de amanuenses anónimos que podían introducir cambios o retoques. Incluso los autores individuales no creían que sus ideas nacieran en su interior, sino que procedían del exterior, como una inspiración divina.
Como la imprenta era una industria cara y prohibitiva, copiar textos y distribuirlos no estaba al alcance de todo el mundo. Así que los inversores requirieron de un incentivo económico para continuar adelante. La protección del copyright, pues, no nació tanto para proteger al autor de las obras como para proteger al empresario que las copiaba. Una tendencia que, con sus altibajos, ha prosperado hasta el nacimiento de internet (los autores nunca han dejado de ser pobres, pues solo viven de sus obras un porcentaje mínimo, y las industrias, las editoriales y otros intermediarios son los que se han enriquecido).
La idea de Autor también se fortaleció porque la información era unidireccional. En la cultura oral había conversación, pero en la cultura escrita el lector solo podía recibir la información, sin posibilidad de réplica. De algún modo, lo que la gente leía parecía más importante, más poderoso, más elevado que lo que antaño recibía por boca de otros. Si un libro estaba firmado por un autor reputado, entonces este efecto se multiplicaba. La falacia de autoridad se propagó como una enfermedad venérea debido a la imprenta. También el concepto de que las ideas tienen dueño y que tales ideas las genera un solo autor, el que ha firmado, rubricado y protegido su obra.
Irónicamente, internet ha destruido a la imprenta. La imprenta ya no es necesaria, y con ello también ha diluido no solo el concepto de copyright, sino el concepto de autor. ¿Quién es el autor de Wikipedia? ¿Quién es el autor de un blog en el que la gente puede comentar, añadir nuevos datos, corregir, enmendar la plana? ¿Cómo sabemos quién alumbró una idea en concreto y, por tanto, debemos permitir que le rinda económicamente en un mundo donde tantas ideas se cruzan y entrecruzan creando nuevos mutantes? ¿Es buena idea evitar esta propagación y mutación de ideas mediante protecciones de copyright basadas en un modelo de negocio obsoleto si, con ello, estamos frenando la evolución de un nuevo tipo de imprenta para el siglo XXI? ¿Cómo es posible que la colaboración por internet produzca cosas de mejor calidad que las producidas por los expertos? No son preguntas de fácil respuesta, pero sin duda somos incapaces de enfrentarnos a ellas con paradigmas culturales anclados en el siglo XX. Prejuicios similares con los que otros tuvieron que lidiar con el advenimiento de la imprenta.
Internet parece que convierte la autoría en un proceso abierto y colaborativo, un proceso más eficiente que el antiguo proceso cerrado y autónomo. En 2001, el especialista en derecho informático de la Universidad de Stanford y autor del libro Cultura Libre Lawrence Lessig fundó el Creative Commons para dar solución a la imprenta 2.0. Richard Stallman por su parte desarrolló el movimiento del software libre. En 2009, Wikipedia se fundó bajo una licencia Creative Commons, y ha tornado obsoletas todas las enciclopedias fundadas bajo el paradigma de la imprenta, el de incentivar económicamente a los impresores, distribuidores y creadores. La democracia líquida ya no es una quimera. Los ejemplos de cómo el código abierto está revolucionando la creación de nuevas ideas son interminables. Las sociedades más prósperas e innovadoras no son las más inteligentes, sino las mejor conectadas entre sí y las que permiten que las ideas fluyan más fácilmente, tal y como explica el fisiólogo Jared Diamond en su libro Armas, gérmenes y acero.

Los innovadores de éxito no solo están sobre los hombres de gigantes, sino que participan en un robo masivo de propiedad intelectual, recogiendo ideas de una inmensa cuenca de aguas tributarias que fluyen hacia ellos. […] Las sociedades ubicadas en islas o en tierras altas intransitables suelen estar atrasadas desde el punto de vista tecnológico; pero también desde el punto de vista moral.

Por el contrario, las patentes, los derechos de autor y las autorías sólidas solo prosperan en un mundo de escasez, donde producir y distribuir información era caro, tal y como explica Chris Anderson en su libro icónico sobre el tema: Gratis. Ahora todos nosotros, miles de millones de personas, disponemos de nuestra propia imprenta en casa, con un sistema de distribución cuyo coste marginal es próximo a cero. Debemos prepararnos para todos los cambios que eso supondrá, tantos o más como los que supuso la imprenta. Y para ello, naturalmente, deberemos tener la mente lo más abierta posible, olvidándonos de todo lo que creemos saber.
Pensad, en cualquier caso, que sin la revolución Gutenberg y la actual revolución post-Gutenberg, ahora mismo sería prácticamente imposible que estuvierais leyendo este texto. Y mucho menos que tuvierais la posibilidad de añadir lo que considerarais oportuno un poco más abajo. Y pensad, también, que si este desafío de gestión de ideas digitalizables y fácilmente copiables resulta peliagudo, pronto deberemos enfrentarnos a un problema todavía más complejo.
El equivalente a los átomos, propiciado ya no por imprentas 2.0, sino por una suerte de revolución industrial 2.0 en nuestro propio hogar: las impresoras 3D, capaces de fabricar toda clase de objetos, comida, órganos humanos funcionales, casas y, en general, cualquier configuración de átomos bajo parámetros de colaboración y open source.
Bienvenidos al futuro.

La imprenta no solo redujo el número de analfabetos del mundo (sin libros suficientes no había incentivo para aprender a leer), sino que también conectó a la gente e incrementó el círculo de empatía hacia mujeres, negros, niños, esclavos y demás clases desfavorecidas. La imprenta constituye, por sí sola, la Primera Revolución Industrial. Y nada sería como es si no hubiera llegado a automatizarse este proceso dedicado a copiar y copiar libros, opúsculos, octavillas, manuales de instrucciones y hasta biblias.
La imprenta probablemente sea el invento que más ha cambiado el mundo, y más cosas buenas ha dado a la humanidad, pero al que menos atención le hemos dedicado. Sin ella no existiría nada de lo que nos rodea. Ni siquiera habría sacado a la gente de las tinieblas de la ignorancia. Tampoco pensaríamos como lo hacemos, porque no es lo mismo aprender leyendo que escuchando, ni tampoco es lo mismo explicar un argumento que escribirlo organizadamente en doscientas páginas. Ni siquiera podíamos viajar porque los mapas eran algo escaso, caro y subjetivo.
Incluso la idea de Autor, y la existencia del copyright, son efectos secundarios de la imprenta. Efectos que la imprenta 2.0 quizá esté a punto de suprimir o modificar para siempre, como lo hizo la imprenta 1.0.
Mejor que internet
Cuando nació la imprenta gracias al alemán Johannes Gutenberg en 1436, los cambios sociales que se produjeron fueron tan espectaculares como los que hoy en día está produciendo internet, aunque a una velocidad menor. Por ejemplo, una persona nacida en 1453, el año de la caída de Constantinopla, podía atesorar ocho millones de libros nacidos gracias a la imprenta, más que todos los libros producidos por todos los amanuenses y escribas de Europa desde que Constantino fundó su capital en el año 330.
La primera imprenta italiana se fundó en 1464. París ya tenía imprentas en 1470. Y Londres, en 1476. Hacia el año 1500, la imprenta se había extendido ya por todos los países europeos, excepto Rusia. El número de libros producidos en los cincuenta años siguientes a la invención de Gutenberg igualó la producción de los escribas europeos durante los mil años precedentes. Tal y como señala Nicholas Carr en Superficiales:

A finales del siglo XV, cerca de 250 ciudades europeas tenían imprenta, y unos 12 millones de volúmenes ya habían salido de sus prensas. En el siglo XVI la tecnología de Gutenberg saltó de Europa a Asia por Oriente Próximo; y también a las Américas, en 1539, cuando los españoles fundaron una prensa en la Ciudad de México. (…) Aunque a la mayoría de los impresores les movía el ánimo de lucro fácil, su distribución de los textos más antiguos ayudó a dar profundidad intelectual y continuidad histórica a la nueva cultura centrada en el libro.

640px-Handtiegelpresse_von_1811
Aprendiendo a pensar
La escritura y la lectura ejercitan partes de nuestro cerebro que nunca antes de la existencia de la imprenta se habían desarrollado. En 2009, la revista Psychological Science publicó un estudio al respecto, llevado a cabo por Nicole Speer, en el Laboratorio de Cognición Dinámica de la Universidad de Washington. Los cerebros lectores entienden de otra manera el lenguaje, procesan de manera diferente las señales visuales; incluso razonan y forman los recuerdos de otra manera. Según explica Nicholas Carr en su Superficiales:

Los lectores simulan mentalmente cada nueva situación que se encuentran en una narración. Los detalles de las acciones y sensaciones registrados en el texto se integran en el conocimiento personal de las experiencias pasadas. Las regiones del cerebro que se activan a menudo son similares a las que se activan cuando la gente realiza, imagina u observa actividades similares en el mundo real.

O como añade Jeremy Rifkin en su libro La sociedad del coste marginal cero:

Mientras que la escritura medieval era muy personal y variaba con la aportación subjetiva de cada amanuense, la imprenta eliminó este elemento subjetivo y lo sustituyó por un enfoque al conocimiento más racional, calculador y analítico. Además, a diferencia de la comunicación oral que depende de la memoria y, en consecuencia, de respuestas formularias, la impresión permitió conservar recuerdos y sistematizar la recuperación de información mediante índices, notas a pie de página y bibliografías, y contribuyó a la expansión del vocabulario y al desarrollo de un lenguaje mucho más matizado que se podía adaptar a experiencias o momentos concretos.

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Más buenos que el pan
La imprenta desarrolló la industria del libro, y con ello la multiplicidad de puntos de vista, y la posibilidad de introducirnos en la cabeza de otras personas con formas de vivir muy distintas a las nuestras.
Ello nos demostró que los extranjeros, los negros, las mujeres y los niños eran como nosotros, tenían nuestros mismos miedos y deseos. La imprenta, pues, fue la primera máquina de realidad virtual, y también una poderosa herramienta para penetrar en mentes y, en consecuencia, permitir que nos pusiéramos en la piel de otros. Ello fue probablemente un punto a favor del incremento de empatía que se está produciendo en los últimos siglos, tal y como explicamos en ¿Leer te hace mejor persona?
Economía
La imprenta también cambió la forma de hacer negocios con los demás. Facilitó los contratos comerciales, dejando atrás la economía feudal basada en la palabra (es decir, circunscrita a las distancias cortas). La confianza comercial, pues, se hizo universal. Además, gracias a la imprenta se podían enviar listas de precios, facturas, pagarés o cheques normalizados. Como señala Jeremy Rifkin:

introdujo gráficas, listas y tablas que ofrecían una descripción del mundo más objetiva y precisa que cualquier valoración personal. También contribuyó a la expansión del comercio por tierra y por mar al abaratar la reproducción de los mapas y popularizar su uso (…) La nueva matriz de comunicación/energía no solo acortó distancias y redujo tiempos uniendo a personas diferentes en actividades económicas conjuntas después de muchos siglos de aislamiento, sino que, con ello, también fomentó una nueva apertura a los demás y marcó el inicio de una mentalidad más cosmopolita.

El provincianismo y la xenofobia, en consecuencia, también empezaron a desvanecerse gracias a este cambio de paradigma económico, como también sostiene Matt Ridley El optimista racional. Porque el intercambio genera confianza, y viceversa:

En el siglo XIX, cuando el capitalismo industrial atrajo a tantas personas a ser dependientes del mercado, la esclavitud, el trabajo infantil y los pasatiempos como el lance de zorros o las peleas de gallos se volvieron inaceptables. A finales del siglo XX, cuando la vida se comercializó aún más, el racismo, el sexismo y el abuso de menores se volvieron inaceptables. Y en el camino, cuando el capitalismo cedió el paso a variadas formas de totalitarismo dirigido por el Estado y sus pálidos imitadores, fue evidente el retroceso de dichas virtudes, mientras la fe y el valor revivieron. (…) La violencia azarosa tiene espacio en los noticiarios precisamente porque es tan rara; la amabilidad rutinaria no es noticia precisamente porque es tan común. En décadas recientes, las obras de caridad han crecido más rápido que la economía a nivel global. Internet está repleto de personas que comparten consejos gratuitamente.

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Vapor y prensa
Pero la imprenta aún nos propulsaría mucho más rápido hacia el futuro gracias al vapor. La imprenta tradicional no dejaba de ser un mecanismo lento y laborioso, pero en 1814 la imprenta a vapor de Friedrich Koenig empezó a imprimir las páginas del periódico The Times de Londres a una velocidad inaudita hasta el momento: 1.000 ejemplares por hora en comparación con los 250 de las antiguas imprentas manuales. En 1832, las imprentas a vapor ya imprimían 2.000 periódicos por hora. En 1846, la rotativa de dos cilindros de Hoe imprimía 12.000 hojas por hora. En 1865, la rotativa con bobina de papel imprimía 12.000 periódicos completos en el mismo tiempo.
Hasta el momento, la velocidad de impresión de libros era aceptable porque escribir un libro suponía una gran cantidad de tiempo. Pero las noticias diarias quedaban inéditas en un mundo que precisaba de la escritura de «libros» diarios que consignaran la realidad cambiante. El vapor permitió no solo contar lo que ocurría en una semana, sino lo que ocurría cada día, cada hora, cada minuto.
Ya no se trataba de leer libros sesudos para intelectuales, sino la simple realidad cotidiana. Todo el mundo quería estar informado, pero nadie sabía hasta qué punto lo necesitaba hasta que se materializó la posibilidad de leer periódicos de gran tirada. Como el pez que se muerde la cola, a mayor demanda, más periódicos, a más periódicos, mayor demanda. Lo que, paralelamente, impulsó la alfabetización generalizada en Europa y Norteamérica, originándose sistemas de escolarización pública.
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La velocidad de los datos y los trenes
Los avances técnicos de la imprenta permitieron que esta fuese más eficiente y produjera aún más textos de manera asequible. A lo que se le sumaron máquinas para fabricar papel, la estereotipia y las rotativas. Todo ello se desarrollaba a la par que el transporte por ferrocarril. Al disponer de más noticias, mayores posibilidades de consignar transacciones comerciales y mayores diligencias en la duplicación de manuales, catálogos y anuncios, ello supuso un gran incentivo para desarrollar el ferrocarril con la misma tecnología a vapor que desarrollaba la imprenta. En el fondo, ferrocarril (transporte) e imprenta (información) eran la misma cosa, el mismo objeto, pero con distinta finalidad. El tren y la imprenta, unidos, eran como internet (ordenador + módem). Uno se desarrollaba bajo el paraguas del otro.
Muchos agoreros y luditas renegaban de que el ferrocarril alcanzara velocidades tan elevadas. En 1830, por ejemplo, publicaciones como Quarterly Review advertían: «¡Qué puede ser más absurdo y ridículo que la perspectiva de que las locomotoras viajen dos veces más rápido que las diligencias!» En el mismo año, Dionysus Lardner, profesor de Filosofía natural y Astronomía del Colegio Universitario de Londres, escribió: «Viajar en ferrocarril a velocidad elevada no es posible porque los pasajeros, incapaces de respirar, morirían de asfixia». A pesar de ello, la velocidad en la copia de textos era el verdadero incentivo para desarrollar la velocidad en el transporte. La gente no era la que quería ir tan rápido de un sitio a otro, lo era la información. Y si la información no hubiera necesitado de semejante rapidez, las personas tampoco habrían decidido llegar de un sitio a otro más rápido de lo que lo hacía sus pies.
Más tarde, los datos dieron lugar a los objetos. Así como ahora internet está desarrollando el comercio electrónico, y todo el mundo puede abrir una tienda virtual donde vender cualquier cosa a cualquier persona del mundo, hacia el 1900 se produjo una revolución equivalente a menor escala. Al existir la posibilidad de imprimir catálogos de cosas a un precio económico que se trasladaban a lugares lejanos a un precio también económico, eclosionaron las empresas de venta por correo, como Montgomery Ward y Roebuck and Company. Tal y como lo explica Jeremy Rifkin:

En el catálogo de 540 páginas de Montgomery Ward se ofrecían más de 24.000 artículos que incluían comestibles, fármacos, joyería, bolsos, zapatos, ropa para hombres, estufas, mobiliario, cochecitos de bebé, artículos deportivos e instrumentos musicales. Sears incluso vendía por correo casas prefabricadas cuyos componentes se enviaban por tren y se montaban en destino.

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Copyright
Hasta la llegada de la imprenta el concepto de autoría individual, copyright o derechos de autor no tenían sustento. Si bien existían autores individuales, eran una excepción: la mayoría de manuscritos eran obras de cientos de amanuenses anónimos que podían introducir cambios o retoques. Incluso los autores individuales no creían que sus ideas nacieran en su interior, sino que procedían del exterior, como una inspiración divina.
Como la imprenta era una industria cara y prohibitiva, copiar textos y distribuirlos no estaba al alcance de todo el mundo. Así que los inversores requirieron de un incentivo económico para continuar adelante. La protección del copyright, pues, no nació tanto para proteger al autor de las obras como para proteger al empresario que las copiaba. Una tendencia que, con sus altibajos, ha prosperado hasta el nacimiento de internet (los autores nunca han dejado de ser pobres, pues solo viven de sus obras un porcentaje mínimo, y las industrias, las editoriales y otros intermediarios son los que se han enriquecido).
La idea de Autor también se fortaleció porque la información era unidireccional. En la cultura oral había conversación, pero en la cultura escrita el lector solo podía recibir la información, sin posibilidad de réplica. De algún modo, lo que la gente leía parecía más importante, más poderoso, más elevado que lo que antaño recibía por boca de otros. Si un libro estaba firmado por un autor reputado, entonces este efecto se multiplicaba. La falacia de autoridad se propagó como una enfermedad venérea debido a la imprenta. También el concepto de que las ideas tienen dueño y que tales ideas las genera un solo autor, el que ha firmado, rubricado y protegido su obra.
Irónicamente, internet ha destruido a la imprenta. La imprenta ya no es necesaria, y con ello también ha diluido no solo el concepto de copyright, sino el concepto de autor. ¿Quién es el autor de Wikipedia? ¿Quién es el autor de un blog en el que la gente puede comentar, añadir nuevos datos, corregir, enmendar la plana? ¿Cómo sabemos quién alumbró una idea en concreto y, por tanto, debemos permitir que le rinda económicamente en un mundo donde tantas ideas se cruzan y entrecruzan creando nuevos mutantes? ¿Es buena idea evitar esta propagación y mutación de ideas mediante protecciones de copyright basadas en un modelo de negocio obsoleto si, con ello, estamos frenando la evolución de un nuevo tipo de imprenta para el siglo XXI? ¿Cómo es posible que la colaboración por internet produzca cosas de mejor calidad que las producidas por los expertos? No son preguntas de fácil respuesta, pero sin duda somos incapaces de enfrentarnos a ellas con paradigmas culturales anclados en el siglo XX. Prejuicios similares con los que otros tuvieron que lidiar con el advenimiento de la imprenta.
Internet parece que convierte la autoría en un proceso abierto y colaborativo, un proceso más eficiente que el antiguo proceso cerrado y autónomo. En 2001, el especialista en derecho informático de la Universidad de Stanford y autor del libro Cultura Libre Lawrence Lessig fundó el Creative Commons para dar solución a la imprenta 2.0. Richard Stallman por su parte desarrolló el movimiento del software libre. En 2009, Wikipedia se fundó bajo una licencia Creative Commons, y ha tornado obsoletas todas las enciclopedias fundadas bajo el paradigma de la imprenta, el de incentivar económicamente a los impresores, distribuidores y creadores. La democracia líquida ya no es una quimera. Los ejemplos de cómo el código abierto está revolucionando la creación de nuevas ideas son interminables. Las sociedades más prósperas e innovadoras no son las más inteligentes, sino las mejor conectadas entre sí y las que permiten que las ideas fluyan más fácilmente, tal y como explica el fisiólogo Jared Diamond en su libro Armas, gérmenes y acero.

Los innovadores de éxito no solo están sobre los hombres de gigantes, sino que participan en un robo masivo de propiedad intelectual, recogiendo ideas de una inmensa cuenca de aguas tributarias que fluyen hacia ellos. […] Las sociedades ubicadas en islas o en tierras altas intransitables suelen estar atrasadas desde el punto de vista tecnológico; pero también desde el punto de vista moral.

Por el contrario, las patentes, los derechos de autor y las autorías sólidas solo prosperan en un mundo de escasez, donde producir y distribuir información era caro, tal y como explica Chris Anderson en su libro icónico sobre el tema: Gratis. Ahora todos nosotros, miles de millones de personas, disponemos de nuestra propia imprenta en casa, con un sistema de distribución cuyo coste marginal es próximo a cero. Debemos prepararnos para todos los cambios que eso supondrá, tantos o más como los que supuso la imprenta. Y para ello, naturalmente, deberemos tener la mente lo más abierta posible, olvidándonos de todo lo que creemos saber.
Pensad, en cualquier caso, que sin la revolución Gutenberg y la actual revolución post-Gutenberg, ahora mismo sería prácticamente imposible que estuvierais leyendo este texto. Y mucho menos que tuvierais la posibilidad de añadir lo que considerarais oportuno un poco más abajo. Y pensad, también, que si este desafío de gestión de ideas digitalizables y fácilmente copiables resulta peliagudo, pronto deberemos enfrentarnos a un problema todavía más complejo.
El equivalente a los átomos, propiciado ya no por imprentas 2.0, sino por una suerte de revolución industrial 2.0 en nuestro propio hogar: las impresoras 3D, capaces de fabricar toda clase de objetos, comida, órganos humanos funcionales, casas y, en general, cualquier configuración de átomos bajo parámetros de colaboración y open source.
Bienvenidos al futuro.

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  • Muchas gracias por vuestro artículo!
    Hemos montado una imprenta tradicional para poner en valor todo lo que cuentas, 500 años de oficio no se pueden perder ni tampoco la humanidad que hay detrás de un trabajo bien hecho.
    Imprimimos con tipos de plomo y grabados de zinc hechos a partir de PDFs; invitaciones de boda, tarjetas, material para eventos… proyectos especiales muy cuidados en definitiva.
    Os invitamos a visitar nuestro taller, estamos en contacto. Manuel

  • Nos has dejado sin palabras Sergio, has desarrollado muy bien la historia de la imprenta y la has analizado desde una perspectiva que creemos muy acertada. La imprenta supuso un importante avance social y a día de hoy pese a que muchos productos dejan de ser demandados por las nuevas tecnologías, es solo una mínima parte.
    No obstante, la evolución tecnológica también desarrolla nuestros mecanismos y técnicas siendo capaces de ofrecer cada día mejores y nuevos productos.
    Enhorabuena por el post, muy buen trabajo.

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