10 de febrero 2015    /   ENTRETENIMIENTO
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La respuesta callejera a un carnaval de Río cada vez más caro y gentrificado

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Ni siquiera ha llegado el carnaval y ya hay centenares de miles de personas en las calles de Río de Janeiro disfrazadas y embriagas de alegría. En el fin de semana anterior a la fiesta más grande del mundo, 111 blocos han desfilado en diferentes puntos de la ciudad. Solo el popular Prata Preta ha atraído por la Avenida Presidente Vargas, en centro de la ciudad, a 350.000 foliões, que han bailado a ritmo de samba, pop, axé y, claro, de las marchinhas de carnaval, las canciones clásicas de otros tiempos.
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Los blocos son la respuesta callejera al carnaval oficial, cada vez más caro y gentrificado. Son grupos de personas que tocan en la calle, de forma gratuita, muchas veces en procesión, seguidos por miles de personas. Es la forma popular de disfrutar de una fiesta sin tener que vaciarse los bolsillos en una economía rehén de la inflación. Las entradas para el sambódromo en los días del desfile pueden llegar a costar varios centenares de euros. Los especuladores acaparan todos los billetes y suben los precios a medida que se acerca la fecha. El resultado: el sambódromo se llena de turistas y pudientes, mientras el ciudadano medio se queda en la calle.
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En la última década, Río de Janeiro ha experimentado un resurgir de los blocos callejeros, una práctica que viene de lejos. Fueron introducidos en Brasil por los portugueses de la islas de Madeira, Azores y Cabo Verde en el siglo XVIII. Desde su origen, los blocos se apoderaron de la cultura brasileña y, al igual que en los carnavales de Cádiz, se dedicaron a hacer sátiras de los políticos y de la sociedad de forma creativa y con mucha mucha guasa.
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Por alguna razón que no ha sido todavía investigada, y que algunos atribuyen a la dictadura y otros a la criminalidad, los blocos comenzaron a agonizar y casi desaparecieron a finales de los años 70. Al final de la dictadura, resurgieron algunos como Simpatia é Quase Amor, Suvaco do Cristo (en referencia al sobaco del Cristo Redentor) y Carmelitas.
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En los años 90, comienza una nueva fase. Los blocos brotan como hongos en toda la ciudad. Hablamos de centenares de blocos y de millones de participantes de todas las edades, colores de piel, creencias religiosas, clases sociales, identidades sexuales, con o sin la camiseta del bloco, con máscaras, disfrazados de payasos, prostitutas, odaliscas, indios u objeto de culto. Hasta llegar a la locura de hoy, cuando el carnaval comienza un mes antes de lo que marca el calendario.
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El humor y la ironía son el ingrediente esencial de estas agrupaciones callejeras. Sus nombres son auténticas declaraciones de intenciones. La perereca (sí señor, el coño) es la reina absoluta de los foliões. Hay blocos llamados Perereka sem dono, Perereca imperial, Perereca do Grajaú (un barrio de Río) o Perereca vadia (Coñito gandul). Su equivalente masculino también tiene su público: dos ejemplos son Rola preguiçosa, tarda mas não falha (Pene vago, tarda pero no falla) y Fogo na cueca (Fuego en el calzoncillo).
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Los borrachos son especialmente amados por los fundadores de los blocos. Hay todo tipo de agrupación entregada a los encantos de Baco: Alegria sem ressaca, Desculpa pra beber, Último gole (Último trago), Bêbado igual pinto no lixo (frase hecha que significa que estar muy feliz), Melhor ser Bêbado do que ser corno (Mejor borracho que cornudo) y Parei de beber, não de mentir.
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Hay nombres para todos los gustos: Bloco dos cracudos (de los consumidores de crack), Bloco dos Mendigos, Banda das quengas (de las putas), Bloco bunda rachada (del culo rajado), Loucura suburbana, Me beija que eu sou cineasta o Xupa mas não baba (Chupa, pero sin babear).
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Los disfraces de los participantes están a la altura de estas nomenclaturas: hay personas que salen con una ducha empotrada en la espalda; con un inodoro en la cabeza; o con una camisa hawaiana simulando ser un turista despistado. El leit motiv es divertirse con poco dinero. En los disfraces prima la creatividad y la purpurina. La alegría en Río de Janeiro huye del consumismo.
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Y los besos… esos besos interminables que también forman parte de la tradición del carnaval. La sensualidad está a flor de piel. Y eso que es tan solo eso: un precarnaval. La fiesta de verdad todavía ni ha comenzado.
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Ni siquiera ha llegado el carnaval y ya hay centenares de miles de personas en las calles de Río de Janeiro disfrazadas y embriagas de alegría. En el fin de semana anterior a la fiesta más grande del mundo, 111 blocos han desfilado en diferentes puntos de la ciudad. Solo el popular Prata Preta ha atraído por la Avenida Presidente Vargas, en centro de la ciudad, a 350.000 foliões, que han bailado a ritmo de samba, pop, axé y, claro, de las marchinhas de carnaval, las canciones clásicas de otros tiempos.
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Los blocos son la respuesta callejera al carnaval oficial, cada vez más caro y gentrificado. Son grupos de personas que tocan en la calle, de forma gratuita, muchas veces en procesión, seguidos por miles de personas. Es la forma popular de disfrutar de una fiesta sin tener que vaciarse los bolsillos en una economía rehén de la inflación. Las entradas para el sambódromo en los días del desfile pueden llegar a costar varios centenares de euros. Los especuladores acaparan todos los billetes y suben los precios a medida que se acerca la fecha. El resultado: el sambódromo se llena de turistas y pudientes, mientras el ciudadano medio se queda en la calle.
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En la última década, Río de Janeiro ha experimentado un resurgir de los blocos callejeros, una práctica que viene de lejos. Fueron introducidos en Brasil por los portugueses de la islas de Madeira, Azores y Cabo Verde en el siglo XVIII. Desde su origen, los blocos se apoderaron de la cultura brasileña y, al igual que en los carnavales de Cádiz, se dedicaron a hacer sátiras de los políticos y de la sociedad de forma creativa y con mucha mucha guasa.
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Por alguna razón que no ha sido todavía investigada, y que algunos atribuyen a la dictadura y otros a la criminalidad, los blocos comenzaron a agonizar y casi desaparecieron a finales de los años 70. Al final de la dictadura, resurgieron algunos como Simpatia é Quase Amor, Suvaco do Cristo (en referencia al sobaco del Cristo Redentor) y Carmelitas.
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En los años 90, comienza una nueva fase. Los blocos brotan como hongos en toda la ciudad. Hablamos de centenares de blocos y de millones de participantes de todas las edades, colores de piel, creencias religiosas, clases sociales, identidades sexuales, con o sin la camiseta del bloco, con máscaras, disfrazados de payasos, prostitutas, odaliscas, indios u objeto de culto. Hasta llegar a la locura de hoy, cuando el carnaval comienza un mes antes de lo que marca el calendario.
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El humor y la ironía son el ingrediente esencial de estas agrupaciones callejeras. Sus nombres son auténticas declaraciones de intenciones. La perereca (sí señor, el coño) es la reina absoluta de los foliões. Hay blocos llamados Perereka sem dono, Perereca imperial, Perereca do Grajaú (un barrio de Río) o Perereca vadia (Coñito gandul). Su equivalente masculino también tiene su público: dos ejemplos son Rola preguiçosa, tarda mas não falha (Pene vago, tarda pero no falla) y Fogo na cueca (Fuego en el calzoncillo).
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Los borrachos son especialmente amados por los fundadores de los blocos. Hay todo tipo de agrupación entregada a los encantos de Baco: Alegria sem ressaca, Desculpa pra beber, Último gole (Último trago), Bêbado igual pinto no lixo (frase hecha que significa que estar muy feliz), Melhor ser Bêbado do que ser corno (Mejor borracho que cornudo) y Parei de beber, não de mentir.
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Hay nombres para todos los gustos: Bloco dos cracudos (de los consumidores de crack), Bloco dos Mendigos, Banda das quengas (de las putas), Bloco bunda rachada (del culo rajado), Loucura suburbana, Me beija que eu sou cineasta o Xupa mas não baba (Chupa, pero sin babear).
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Los disfraces de los participantes están a la altura de estas nomenclaturas: hay personas que salen con una ducha empotrada en la espalda; con un inodoro en la cabeza; o con una camisa hawaiana simulando ser un turista despistado. El leit motiv es divertirse con poco dinero. En los disfraces prima la creatividad y la purpurina. La alegría en Río de Janeiro huye del consumismo.
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Y los besos… esos besos interminables que también forman parte de la tradición del carnaval. La sensualidad está a flor de piel. Y eso que es tan solo eso: un precarnaval. La fiesta de verdad todavía ni ha comenzado.
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