31 de julio 2017    /   DIGITAL
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¡Cuidado! Te quieren robar el presente

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Entre todas las manipulaciones que ha sufrido el ser humano, tal vez la más recurrente haya sido la manipulación del tiempo. De hecho, casi todos los poderosos a lo largo de la historia han confeccionado narraciones imaginarias sobre el pasado y el futuro con un único fin: robarnos el presente.

No hace falta mirar atrás. Incluso hoy en día, y pese a pertenecer todos nosotros a la sociedad más informada de la historia, la fabulación de esos dos tiempos irreales sigue resultando tremendamente eficaz.

Empecemos por el pasado. Su exaltación sin el menor rubor a la hora de mitificar una realidad que jamás existió es la que ha llevado a Trump al poder y al Brexit a la victoria. El Make America great again de uno o el Take back control de los otros se fundamentan en ambos casos en esta idealización.

Rediseñar el pasado en función de los intereses de cada momento es algo bastante sencillo. A fin de cuentas, la historia es algo que cuentan personas vivas sobre personas muertas. Y las personas muertas, ya se sabe, rebaten poco.

En lo que respecta al futuro, el territorio es aún más fértil. Pues si el pasado es maleable a través de su reescritura, el futuro ni tan siquiera corre el riesgo de ser contrastado por otras fuentes. Sencillamente, jamás existió. Es, por definición, el presente que no ha sucedido todavía. Y por tanto, en su caso, la ficción en forma de promesas que jamás se verán cumplidas; campa por sus respetos. A este respecto, la canción de Tomorrow belongs to me, de la película Cabaret, sigue siendo un fascinante y aterrador ejemplo.

En este sándwich que forman pasado y futuro, el presente se ve hoy aprisionado como nunca. Es un sistema de control cuya eficacia se confirma en la actualidad con la extinción de las grandes revoluciones de antaño. Porque aquellas revoluciones nacieron con la intención de transformar el presente y no de añorar el pasado o idealizar el futuro.

Cuando en París se cantaba «le jour de gloire est arrivé!» se cantaba al presente, a sabiendas de que este es el único tiempo real y, por tanto, el único subversivo. La misma certeza que le llevó a Albert Camus a escribir: «La verdadera generosidad con el porvenir consiste en darlo todo en el presente».

Pero no contentos con la instrumentalización del pasado y el futuro, los nuevos poderes de hoy en día, sabedores de la lasitud del actual presente, lo tergiversan sin coste alguno. Las nuevas fuentes digitales de información han permitido la instauración permanente de la posverdad o los alternative facts en su discurso.

Antes se mentía sobre el pasado y el futuro. Ahora se miente sobre el presente a sabiendas de que la réplica, de existir, será irrelevante en medio de la maraña informativa de las redes sociales. Trump y sus afamados tuits reaparecen aquí como un claro ejemplo que pasará a la historia.

La sustracción del presente ha llegado a nuestra vida cotidiana sustentado por lo que Gilles Lipovetsky llama «la sociedad de la decepción». Título de uno de sus libros en el que escribe: «Después de las culturas de la vergüenza y de las culturas de la culpa, como las que analizó Ruth Benedict, henos ahora en las culturas de la ansiedad, la frustración y el desengaño».

La sociedad hipermoderna se caracteriza por la multiplicación y alta frecuencia de las decepciones, tanto en el aspecto público como en el privado». Una brecha abierta en el muro de nuestro presente por la que se está colando el nuevo poder político. Un poder que con tal de persistir está dispuesto a retomar la xenofobia, el nacionalismo, el populismo o la exclusión para llevarnos a un pasado que jamás fue tan boyante como dicen y a un futuro que, de seguir así, no tendrá la menor oportunidad de llegar a serlo.

Entre todas las manipulaciones que ha sufrido el ser humano, tal vez la más recurrente haya sido la manipulación del tiempo. De hecho, casi todos los poderosos a lo largo de la historia han confeccionado narraciones imaginarias sobre el pasado y el futuro con un único fin: robarnos el presente.

No hace falta mirar atrás. Incluso hoy en día, y pese a pertenecer todos nosotros a la sociedad más informada de la historia, la fabulación de esos dos tiempos irreales sigue resultando tremendamente eficaz.

Empecemos por el pasado. Su exaltación sin el menor rubor a la hora de mitificar una realidad que jamás existió es la que ha llevado a Trump al poder y al Brexit a la victoria. El Make America great again de uno o el Take back control de los otros se fundamentan en ambos casos en esta idealización.

Rediseñar el pasado en función de los intereses de cada momento es algo bastante sencillo. A fin de cuentas, la historia es algo que cuentan personas vivas sobre personas muertas. Y las personas muertas, ya se sabe, rebaten poco.

En lo que respecta al futuro, el territorio es aún más fértil. Pues si el pasado es maleable a través de su reescritura, el futuro ni tan siquiera corre el riesgo de ser contrastado por otras fuentes. Sencillamente, jamás existió. Es, por definición, el presente que no ha sucedido todavía. Y por tanto, en su caso, la ficción en forma de promesas que jamás se verán cumplidas; campa por sus respetos. A este respecto, la canción de Tomorrow belongs to me, de la película Cabaret, sigue siendo un fascinante y aterrador ejemplo.

En este sándwich que forman pasado y futuro, el presente se ve hoy aprisionado como nunca. Es un sistema de control cuya eficacia se confirma en la actualidad con la extinción de las grandes revoluciones de antaño. Porque aquellas revoluciones nacieron con la intención de transformar el presente y no de añorar el pasado o idealizar el futuro.

Cuando en París se cantaba «le jour de gloire est arrivé!» se cantaba al presente, a sabiendas de que este es el único tiempo real y, por tanto, el único subversivo. La misma certeza que le llevó a Albert Camus a escribir: «La verdadera generosidad con el porvenir consiste en darlo todo en el presente».

Pero no contentos con la instrumentalización del pasado y el futuro, los nuevos poderes de hoy en día, sabedores de la lasitud del actual presente, lo tergiversan sin coste alguno. Las nuevas fuentes digitales de información han permitido la instauración permanente de la posverdad o los alternative facts en su discurso.

Antes se mentía sobre el pasado y el futuro. Ahora se miente sobre el presente a sabiendas de que la réplica, de existir, será irrelevante en medio de la maraña informativa de las redes sociales. Trump y sus afamados tuits reaparecen aquí como un claro ejemplo que pasará a la historia.

La sustracción del presente ha llegado a nuestra vida cotidiana sustentado por lo que Gilles Lipovetsky llama «la sociedad de la decepción». Título de uno de sus libros en el que escribe: «Después de las culturas de la vergüenza y de las culturas de la culpa, como las que analizó Ruth Benedict, henos ahora en las culturas de la ansiedad, la frustración y el desengaño».

La sociedad hipermoderna se caracteriza por la multiplicación y alta frecuencia de las decepciones, tanto en el aspecto público como en el privado». Una brecha abierta en el muro de nuestro presente por la que se está colando el nuevo poder político. Un poder que con tal de persistir está dispuesto a retomar la xenofobia, el nacionalismo, el populismo o la exclusión para llevarnos a un pasado que jamás fue tan boyante como dicen y a un futuro que, de seguir así, no tendrá la menor oportunidad de llegar a serlo.

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