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15 de octubre 2018    /   CIENCIA
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50 robots que explican la naturaleza humana

15 de octubre 2018    /   CIENCIA     por          
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Son risas enlatadas que enmascaran un miedo amorfo e impreciso. La sala de comunicación del Espacio Fundación Telefónica tiene una buena acústica, con lo que las carcajadas se multiplican y envuelven al público, lo protegen de la amenaza que sobrevuela las cabezas de todos. Hiroshi Ishiguro y la niña son los únicos que no ríen. Ishiguro porque es la máxima autoridad mundial en el campo de la robótica y las máximas autoridades no suelen reír. La niña porque acaba de hacerle una pregunta que ella entiende de lo más natural.

Antes de que las estridentes risas rompieran al ambiente formal, casi reverencial, de esta conferencia, la niña, de unos 9 años, ha preguntado con voz trémula: «Y todos estos robots, ¿cómo sabes que no se van a convertir en malos?».

De alguna forma la pregunta, más que risas, genera incomodidad. Genera miedo. Después de visitar la exposición que nos ha traído aquí esta noche, Nosotros robots, entendemos que ese miedo no es tan irracional como parece y que tiene una explicación lógica.

Seguitron de José Luis Martínez, 2001

Europa ha sido históricamente desconfiada con la tecnología, ha visto a los robots como una potencial amenaza laboral. Así lo hizo en la primera revolución industrial y así lo sigue haciendo ahora. Por eso, en nuestro imaginario, el robot siempre es el otro, el malo, el diferente. La ficción, desde Metrópolis a Terminator, los ha reflejado de esta forma. Y la idea ha calado.

En Asia el sintoísmo atribuye energías vitales, llamadas kami, a muchas cosas. Árboles, rocas e incluso robots estarían imbuidos de este espíritu, con lo que los japoneses han tendido a concebirlos de forma mucho más amable. Mega man, Doraemon (sí, el famoso gato no solo era cósmico sino robótico) o Mazinger Z son un buen ejemplo. Por eso Hiroshi Ishiguro no ha sentido la necesidad de enmascarar ningún miedo con risas. Por eso y porque lleva toda la vida dedicada a hacer robots. Más que miedo, les tiene cariño.

Reeti V2 de Robopec, 2015

Estas son algunas de las ideas que transmite Nosotros robots, una exposición que se conjuga en plural para transmitir cierta cercanía (en contraposición con el singular de Yo, robot de Asimov) y para dejar claro desde el principio que esto no solo habla de máquinas.

En el futuro nos resultará inevitable fusionarnos con estas máquinas. Ahora nacemos, no somos fabricados, pero quizá mañana nazcamos y seamos en parte fabricados

Cuando Andrés Ortega, comisario de la exposición, conoció en Osaka hace dos años al profesor Ishiguro le impactaron, no ya sus robots de un realismo inquietante, sino su enfoque. El profesor le dijo entonces que sus humanoides eran necesarios para conocernos a nosotros mismos, para mirarnos y reflexionar sobre quiénes somos como especie. Sus palabras crearon un gran impacto en Ortega, un impacto que ha querido trasladar a todos los espectadores de Nosotros robots.

 

La producción de robots está creciendo un 25% anual, está destruyendo puestos de trabajo y creando sectores laborales nuevos. Están evolucionando, se están fusionando con los humanos en prótesis y nanorobótica, factores que difuminan la frontera entre lo humano y lo robótico. Como pronostica Ortega, «en el futuro nos resultará inevitable fusionarnos con estas máquinas. Ahora nacemos, no somos fabricados, pero quizá mañana nazcamos y seamos en parte fabricados».

Esta exposición pretende explicar el estado de la cuestión. Analizar, a través de 50 robots y un ingente material audiovisual, como ha evolucionado la robótica, tanto en la ficción como en la realidad, qué retos supuso en el pasado y qué problemas planteará en el futuro. Desde la primera muñeca parlanchina de Thomas Edison hasta Nao, el robot de Aldebaran Robotics que comenzó esta rueda de prensa presentándose al público. Desde la mitología griega que representa Talos, un hombre de bronce con sangre de plomo, hasta el simpático R2D2 de Star Wars.

Hoap 3 de Fujitsu, 2005

Pero antes de sumergirnos en la exposición, el profesor Ishiguro se pregunta, nos pregunta, por lo subjetivo de conceptos como la identidad o la vida, contraponiendo su propia figura con una réplica suya que él mismo ha fabricado. Habla también sobre un intelectual japonés que volcó sus pensamientos y grabó su voz en un robot que sigue dando clases en la universidad.

¿Notan sus alumnos alguna diferencia? Viendo el vídeo que proyecta Ishiguro parece claro que sí, pero igual en 10 o 20 años ya no lo hacen. ¿Significa eso que la muerte será entonces relativa? ¿Que la viviremos de forma menos traumática, pues podremos seguir conversando con avatares de nuestros seres queridos?

Ishiguro replantea los dogmas vitales, en un discurso que tiene más de filosófico que de tecnológico. Consigue que su audiencia piense en sus robots más como un vehículo para conocerse a sí mismos que como en un prodigio de la tecnología. Y consigue que nos miremos y reflexionemos sobre quiénes somos como especie, como ya hizo hace dos años en Osaka, cuando conoció a Andrés Ortega.

Son risas enlatadas que enmascaran un miedo amorfo e impreciso. La sala de comunicación del Espacio Fundación Telefónica tiene una buena acústica, con lo que las carcajadas se multiplican y envuelven al público, lo protegen de la amenaza que sobrevuela las cabezas de todos. Hiroshi Ishiguro y la niña son los únicos que no ríen. Ishiguro porque es la máxima autoridad mundial en el campo de la robótica y las máximas autoridades no suelen reír. La niña porque acaba de hacerle una pregunta que ella entiende de lo más natural.

Antes de que las estridentes risas rompieran al ambiente formal, casi reverencial, de esta conferencia, la niña, de unos 9 años, ha preguntado con voz trémula: «Y todos estos robots, ¿cómo sabes que no se van a convertir en malos?».

De alguna forma la pregunta, más que risas, genera incomodidad. Genera miedo. Después de visitar la exposición que nos ha traído aquí esta noche, Nosotros robots, entendemos que ese miedo no es tan irracional como parece y que tiene una explicación lógica.

Seguitron de José Luis Martínez, 2001

Europa ha sido históricamente desconfiada con la tecnología, ha visto a los robots como una potencial amenaza laboral. Así lo hizo en la primera revolución industrial y así lo sigue haciendo ahora. Por eso, en nuestro imaginario, el robot siempre es el otro, el malo, el diferente. La ficción, desde Metrópolis a Terminator, los ha reflejado de esta forma. Y la idea ha calado.

En Asia el sintoísmo atribuye energías vitales, llamadas kami, a muchas cosas. Árboles, rocas e incluso robots estarían imbuidos de este espíritu, con lo que los japoneses han tendido a concebirlos de forma mucho más amable. Mega man, Doraemon (sí, el famoso gato no solo era cósmico sino robótico) o Mazinger Z son un buen ejemplo. Por eso Hiroshi Ishiguro no ha sentido la necesidad de enmascarar ningún miedo con risas. Por eso y porque lleva toda la vida dedicada a hacer robots. Más que miedo, les tiene cariño.

Reeti V2 de Robopec, 2015

Estas son algunas de las ideas que transmite Nosotros robots, una exposición que se conjuga en plural para transmitir cierta cercanía (en contraposición con el singular de Yo, robot de Asimov) y para dejar claro desde el principio que esto no solo habla de máquinas.

En el futuro nos resultará inevitable fusionarnos con estas máquinas. Ahora nacemos, no somos fabricados, pero quizá mañana nazcamos y seamos en parte fabricados

Cuando Andrés Ortega, comisario de la exposición, conoció en Osaka hace dos años al profesor Ishiguro le impactaron, no ya sus robots de un realismo inquietante, sino su enfoque. El profesor le dijo entonces que sus humanoides eran necesarios para conocernos a nosotros mismos, para mirarnos y reflexionar sobre quiénes somos como especie. Sus palabras crearon un gran impacto en Ortega, un impacto que ha querido trasladar a todos los espectadores de Nosotros robots.

 

La producción de robots está creciendo un 25% anual, está destruyendo puestos de trabajo y creando sectores laborales nuevos. Están evolucionando, se están fusionando con los humanos en prótesis y nanorobótica, factores que difuminan la frontera entre lo humano y lo robótico. Como pronostica Ortega, «en el futuro nos resultará inevitable fusionarnos con estas máquinas. Ahora nacemos, no somos fabricados, pero quizá mañana nazcamos y seamos en parte fabricados».

Esta exposición pretende explicar el estado de la cuestión. Analizar, a través de 50 robots y un ingente material audiovisual, como ha evolucionado la robótica, tanto en la ficción como en la realidad, qué retos supuso en el pasado y qué problemas planteará en el futuro. Desde la primera muñeca parlanchina de Thomas Edison hasta Nao, el robot de Aldebaran Robotics que comenzó esta rueda de prensa presentándose al público. Desde la mitología griega que representa Talos, un hombre de bronce con sangre de plomo, hasta el simpático R2D2 de Star Wars.

Hoap 3 de Fujitsu, 2005

Pero antes de sumergirnos en la exposición, el profesor Ishiguro se pregunta, nos pregunta, por lo subjetivo de conceptos como la identidad o la vida, contraponiendo su propia figura con una réplica suya que él mismo ha fabricado. Habla también sobre un intelectual japonés que volcó sus pensamientos y grabó su voz en un robot que sigue dando clases en la universidad.

¿Notan sus alumnos alguna diferencia? Viendo el vídeo que proyecta Ishiguro parece claro que sí, pero igual en 10 o 20 años ya no lo hacen. ¿Significa eso que la muerte será entonces relativa? ¿Que la viviremos de forma menos traumática, pues podremos seguir conversando con avatares de nuestros seres queridos?

Ishiguro replantea los dogmas vitales, en un discurso que tiene más de filosófico que de tecnológico. Consigue que su audiencia piense en sus robots más como un vehículo para conocerse a sí mismos que como en un prodigio de la tecnología. Y consigue que nos miremos y reflexionemos sobre quiénes somos como especie, como ya hizo hace dos años en Osaka, cuando conoció a Andrés Ortega.

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