28 de julio 2017    /   CREATIVIDAD
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Mucho del rock&roll es ya una pieza de museo

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¿Cuánto tiempo pasó para que las piezas modernistas fueran consideradas arte e incorporadas a un museo? ¿Y las de Art Déco? ¿Qué antigüedad tenían las máscaras africanas que deslumbraron a Picasso en el siglo XX? ¿Cuánto hubo que esperar para que el Cubismo fuera valorado por los historiadores?

En cualquiera de los casos anteriores, no pasó más de medio siglo hasta que esos artistas, esos artesanos o el producto de su creatividad fueron considerados culturalmente valiosos.

Entonces, ¿por qué cuesta acostumbrarse a que expresiones de la cultura popular como el rock and roll tengan un museo?

Hasta el momento, las guitarras, los carteles, los discos, las partituras o el vestuario de los artistas de rock and roll no era considerados valiosos por el mundo del arte ortodoxo o los historiadores.

Como mucho, las casas de subastas organizaban ventas especiales para satisfacer a los coleccionistas. Estos compradores, en todo caso, tenían más de nostálgicos o fetichistas que de estudiosos del tema.

También ciertos bares o restaurantes hicieron de ello un reclamo para sus clientes. Desde la cadena internacional Hard Rock al bar temático de la Movida madrileña. Sin embargo, solo en contadas ocasiones se organizaban muestras sobre el tema con verdadero criterio expositivo.


A pesar de ello, el rock and roll es sin duda parte esencial de la cultura del siglo XX y del XXI. Además de la música en sí, el rock ha generado piezas de diseño gráfico e industrial como carteles, guitarras o amplificadores. También ha influido en la moda, en la prensa y en el cine. Todo ello sin olvidar su impacto sociológico en varias generaciones.

Conscientes de ello, el Instituto Smithsoniano, institución educativa y de investigación perteneciente al Gobierno de los Estados Unidos, ha comenzado a atesorar infinidad de piezas relacionadas con el rock and roll.

Además de preservarlas, los responsables del instituto las catalogan utilizando criterios científicos, permiten a los investigadores que tengan acceso a ellas y las exponen en las diferentes muestras permanentes abiertas al público.

De hecho, la variedad es el mayor problema al que se enfrentan los responsables del Instituto Smithsoniano. El rock and roll abarca tal cantidad de disciplinas, que no queda más remedio que repartir muchas de las piezas en diferentes museos o colecciones.


Por ejemplo, los sellos con la efigie de Bill Halley, Buddy Holly o Elvis se encuentran en el Museo Postal. Las piezas que retratan o recrean el rostro de los músicos están en la Galería Nacional de Retratos. Sin embargo, bustos de cerámica del ídolo en la mejor tradición kitsch están en el Museo de Arte Americano porque se consideran artesanía folk.

En ese museo expone las piezas de merchandising; desde chapas a tarteras o termos con las efigies de The Beatles o Kiss. Los carteles de los conciertos o las portadas de discos se exponen en el centro dedicado al diseño gráfico. Los amplificadores y guitarras también están repartidos en diferentes colecciones, según hayan sido utilizados por músicos famosos o solo se valore su diseño.


El museo que más piezas relacionadas con el rock and roll aglutina es el Museo Nacional de Historia y Cultura Americana. Su colección permanente, titulada Musical Crossroads, explora principalmente la historia de la música afroamericana. Desde la llegada de los esclavos a Estados Unidos hasta el éxito del hip hop, pasando lógicamente por el jazz, el rock and roll, el soul y sus derivados.

Entre las piezas en exposición se encuentra un Cadillac rojo perteneciente a Chuck Berry, una amplia colección de instrumentos, carteles de conciertos, fotografías, ropa de artistas como James Brown o planos con el diseño de escenario para los Jackson Five.

Incluso hay lugar para el neón del Minton’s Playhouse, el local neoyorquino en el que Charlie Parker, Dizzy Gillespie, Thelonius Monk y Kenny Clarke inventaron el bebop. Tampoco faltan gorras, otros complementos de rapero o el boombox utilizado por Public Enemy.


Todas estas piezas están reunidas en el Instituto Smithoniano, en la ciudad de Washington, y todas están estrechamente relacionadas con la historia de Estados Unidos. Y ocurre que, por aquellas cosas del imperialismo cultural, esa historia es ya un poco la de muchos países occidentales.






¿Cuánto tiempo pasó para que las piezas modernistas fueran consideradas arte e incorporadas a un museo? ¿Y las de Art Déco? ¿Qué antigüedad tenían las máscaras africanas que deslumbraron a Picasso en el siglo XX? ¿Cuánto hubo que esperar para que el Cubismo fuera valorado por los historiadores?

En cualquiera de los casos anteriores, no pasó más de medio siglo hasta que esos artistas, esos artesanos o el producto de su creatividad fueron considerados culturalmente valiosos.

Entonces, ¿por qué cuesta acostumbrarse a que expresiones de la cultura popular como el rock and roll tengan un museo?

Hasta el momento, las guitarras, los carteles, los discos, las partituras o el vestuario de los artistas de rock and roll no era considerados valiosos por el mundo del arte ortodoxo o los historiadores.

Como mucho, las casas de subastas organizaban ventas especiales para satisfacer a los coleccionistas. Estos compradores, en todo caso, tenían más de nostálgicos o fetichistas que de estudiosos del tema.

También ciertos bares o restaurantes hicieron de ello un reclamo para sus clientes. Desde la cadena internacional Hard Rock al bar temático de la Movida madrileña. Sin embargo, solo en contadas ocasiones se organizaban muestras sobre el tema con verdadero criterio expositivo.


A pesar de ello, el rock and roll es sin duda parte esencial de la cultura del siglo XX y del XXI. Además de la música en sí, el rock ha generado piezas de diseño gráfico e industrial como carteles, guitarras o amplificadores. También ha influido en la moda, en la prensa y en el cine. Todo ello sin olvidar su impacto sociológico en varias generaciones.

Conscientes de ello, el Instituto Smithsoniano, institución educativa y de investigación perteneciente al Gobierno de los Estados Unidos, ha comenzado a atesorar infinidad de piezas relacionadas con el rock and roll.

Además de preservarlas, los responsables del instituto las catalogan utilizando criterios científicos, permiten a los investigadores que tengan acceso a ellas y las exponen en las diferentes muestras permanentes abiertas al público.

De hecho, la variedad es el mayor problema al que se enfrentan los responsables del Instituto Smithsoniano. El rock and roll abarca tal cantidad de disciplinas, que no queda más remedio que repartir muchas de las piezas en diferentes museos o colecciones.


Por ejemplo, los sellos con la efigie de Bill Halley, Buddy Holly o Elvis se encuentran en el Museo Postal. Las piezas que retratan o recrean el rostro de los músicos están en la Galería Nacional de Retratos. Sin embargo, bustos de cerámica del ídolo en la mejor tradición kitsch están en el Museo de Arte Americano porque se consideran artesanía folk.

En ese museo expone las piezas de merchandising; desde chapas a tarteras o termos con las efigies de The Beatles o Kiss. Los carteles de los conciertos o las portadas de discos se exponen en el centro dedicado al diseño gráfico. Los amplificadores y guitarras también están repartidos en diferentes colecciones, según hayan sido utilizados por músicos famosos o solo se valore su diseño.


El museo que más piezas relacionadas con el rock and roll aglutina es el Museo Nacional de Historia y Cultura Americana. Su colección permanente, titulada Musical Crossroads, explora principalmente la historia de la música afroamericana. Desde la llegada de los esclavos a Estados Unidos hasta el éxito del hip hop, pasando lógicamente por el jazz, el rock and roll, el soul y sus derivados.

Entre las piezas en exposición se encuentra un Cadillac rojo perteneciente a Chuck Berry, una amplia colección de instrumentos, carteles de conciertos, fotografías, ropa de artistas como James Brown o planos con el diseño de escenario para los Jackson Five.

Incluso hay lugar para el neón del Minton’s Playhouse, el local neoyorquino en el que Charlie Parker, Dizzy Gillespie, Thelonius Monk y Kenny Clarke inventaron el bebop. Tampoco faltan gorras, otros complementos de rapero o el boombox utilizado por Public Enemy.


Todas estas piezas están reunidas en el Instituto Smithoniano, en la ciudad de Washington, y todas están estrechamente relacionadas con la historia de Estados Unidos. Y ocurre que, por aquellas cosas del imperialismo cultural, esa historia es ya un poco la de muchos países occidentales.






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