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10 de febrero 2015    /   IDEAS
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Conoce al único senador de EEUU que niega el cambio climático

10 de febrero 2015    /   IDEAS     por          
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Roger Wicker tiene apariencia de señor normal, pero sabe algo que nosotros no. Según su opinión, el cambio climático no existe. Y es cierto que hay muchos que creen como él, pero nadie de su rango. Es el único senador que votó en contra de una histórica resolución que se pronunciaba, por primera vez, al respecto, aceptando lo que gran parte del planeta asume como probado desde hace años: que las temperaturas están subiendo.
Ocurría hace un par de semanas, cuando 98 senadores del Partido Demócrata y el Partido Republicano aceptaban, mediante un voto, la postura científica. Sólo hubo una voz discordante, la de Wicker, y una que no se pronunció al estar ausente. Según aseguró, porque el texto propuesto tenía una «clara intencionalidad política».
La cuestión es más llamativa de lo que parece porque entre quienes apoyaron la resolución estaba el senador Jim Inhofe, posiblemente el mayor negacionista del cambio climático, y eso es mucho decir. Entre las citas de Inhofe negando que nos estemos cargando el planeta abundan las referencias a la Biblia y al hecho de que el hombre no es tan poderoso como para alterar la voluntad divina, por lo que quienes dicen lo contrario son poco menos que herejes. El bueno de Inhofe no sólo descargaba sus argumentos contra el calentamiento global, sino que fue uno de los que votó en contra de la prohibición de la tortura y presume de que en su familia nunca ha habido homosexuales o divorciados.
Hasta él votó a favor.
Claro, que guardan similitudes. Wicker, además de su postura de consumado negacionista, ha votado en contra del matrimonio homosexual, de cualquier tipo de regulación del aborto o a favor de que los pasajeros de trenes interurbanos llevaran armas a bordo.
Pero, exactamente, ¿qué se votaba? El sujeto de la elección era un controvertido oleoducto que recorre el país desde el norte, con origen en los pozos petrolíferos canadienses, hasta el sur, hasta Texas. La votación tenía varias partes; esta, de mínimos, donde se debatía la aceptación o no del calentamiento global, y una segunda en la que se vinculaba el calentamiento global a la acción del hombre. Esta segunda parte, sin embargo, no se aprobó: hubo 49 votos a favor y 50 en contra.
Wicker fue el único que votó que no a ambas cosas. ¿Y qué clase de conocimientos científicos tiene Wicker para decir tal cosa? Científicos, ninguno. Su experiencia profesional gira sobre su rango de teniente coronel del Ejército de EE UU, en el que sirvió durante 28 años, y sus casi tres décadas con cargo público, primero como senador estatal, luego como congresista y, actualmente, como senador nacional. Además, es diácono de una congregación baptista en la pequeña localidad donde vive, Tupelo, de menos de 40.000 habitantes (toda una metrópolis, si se compara con la diminuta Pontotoc, de apenas 6.000, donde nació).
En realidad, el argumento de Wicker para defender su postura viene de un numeroso grupo de científicos (más de 30.000 firmantes) que suscribió un documento cuestionando la validez de la postura mayoritaria de la comunidad científica. El problema era que ese grupo, coordinado por el Instituto de Ciencia y Medicina de Oregón, no era de expertos climáticos, precisamente: hasta zoólogos integraban la nómina de supuestos ambientalistas contra la evidencia científica del cambio climático.
El problema del ‘Global warming petition project’, que así se llama (ojo a la web), es que el instigador es un viejo conocido del mundo del lobby: Frederick Seitz, un físico que se embolsó unos 35 millones de euros de las compañías tabaqueras por poner en marcha una serie de informes científicos en los que se ponían en cuestión los efectos negativos del tabaco. De la misma forma hay compañías como BP auspiciando las campañas de no pocos miembros del Tea Party, la escisión ultraconservadora de los republicanos en EE UU.
De hecho, la cuestión del cambio climático tiene más fundamentos ideológicos que científicos. Un sondeo señalaba que, en el partido de Wicker, obviando los representantes del Tea Party, apenas un 13 % de miembros dudaba en realidad de la existencia del cambio climático.
Wicker es único, pero Wickers hay muchos. Los hay en Australia, donde algunos ven una «medida socialista» lo de gravar con impuestos las emisiones de carbono, y los hay en Europa, como Nigel Farage, el líder del emergente UKIP británico

Pese a todo lo anterior, Wicker ha sido elegido varias veces por Obama. Una, por ejemplo, para ejercer de representante de EE UU en una asamblea de la ONU, y otra para dirigirse al Desayuno de oración (ese al que también acudió Zapatero una vez como invitado).

En cualquier caso, la fama de Wicker trasciende su postura con el cambio climático: él fue el responsable de tensar las relaciones con Rusia hace unos meses, que llevó al presidente Putin a revisar el programa de adopción de niños rusos por parte de ciudadanos estadounidenses. Al final él también contribuye, a su manera, al calentamiento (diplomático) global.

Roger Wicker tiene apariencia de señor normal, pero sabe algo que nosotros no. Según su opinión, el cambio climático no existe. Y es cierto que hay muchos que creen como él, pero nadie de su rango. Es el único senador que votó en contra de una histórica resolución que se pronunciaba, por primera vez, al respecto, aceptando lo que gran parte del planeta asume como probado desde hace años: que las temperaturas están subiendo.
Ocurría hace un par de semanas, cuando 98 senadores del Partido Demócrata y el Partido Republicano aceptaban, mediante un voto, la postura científica. Sólo hubo una voz discordante, la de Wicker, y una que no se pronunció al estar ausente. Según aseguró, porque el texto propuesto tenía una «clara intencionalidad política».
La cuestión es más llamativa de lo que parece porque entre quienes apoyaron la resolución estaba el senador Jim Inhofe, posiblemente el mayor negacionista del cambio climático, y eso es mucho decir. Entre las citas de Inhofe negando que nos estemos cargando el planeta abundan las referencias a la Biblia y al hecho de que el hombre no es tan poderoso como para alterar la voluntad divina, por lo que quienes dicen lo contrario son poco menos que herejes. El bueno de Inhofe no sólo descargaba sus argumentos contra el calentamiento global, sino que fue uno de los que votó en contra de la prohibición de la tortura y presume de que en su familia nunca ha habido homosexuales o divorciados.
Hasta él votó a favor.
Claro, que guardan similitudes. Wicker, además de su postura de consumado negacionista, ha votado en contra del matrimonio homosexual, de cualquier tipo de regulación del aborto o a favor de que los pasajeros de trenes interurbanos llevaran armas a bordo.
Pero, exactamente, ¿qué se votaba? El sujeto de la elección era un controvertido oleoducto que recorre el país desde el norte, con origen en los pozos petrolíferos canadienses, hasta el sur, hasta Texas. La votación tenía varias partes; esta, de mínimos, donde se debatía la aceptación o no del calentamiento global, y una segunda en la que se vinculaba el calentamiento global a la acción del hombre. Esta segunda parte, sin embargo, no se aprobó: hubo 49 votos a favor y 50 en contra.
Wicker fue el único que votó que no a ambas cosas. ¿Y qué clase de conocimientos científicos tiene Wicker para decir tal cosa? Científicos, ninguno. Su experiencia profesional gira sobre su rango de teniente coronel del Ejército de EE UU, en el que sirvió durante 28 años, y sus casi tres décadas con cargo público, primero como senador estatal, luego como congresista y, actualmente, como senador nacional. Además, es diácono de una congregación baptista en la pequeña localidad donde vive, Tupelo, de menos de 40.000 habitantes (toda una metrópolis, si se compara con la diminuta Pontotoc, de apenas 6.000, donde nació).
En realidad, el argumento de Wicker para defender su postura viene de un numeroso grupo de científicos (más de 30.000 firmantes) que suscribió un documento cuestionando la validez de la postura mayoritaria de la comunidad científica. El problema era que ese grupo, coordinado por el Instituto de Ciencia y Medicina de Oregón, no era de expertos climáticos, precisamente: hasta zoólogos integraban la nómina de supuestos ambientalistas contra la evidencia científica del cambio climático.
El problema del ‘Global warming petition project’, que así se llama (ojo a la web), es que el instigador es un viejo conocido del mundo del lobby: Frederick Seitz, un físico que se embolsó unos 35 millones de euros de las compañías tabaqueras por poner en marcha una serie de informes científicos en los que se ponían en cuestión los efectos negativos del tabaco. De la misma forma hay compañías como BP auspiciando las campañas de no pocos miembros del Tea Party, la escisión ultraconservadora de los republicanos en EE UU.
De hecho, la cuestión del cambio climático tiene más fundamentos ideológicos que científicos. Un sondeo señalaba que, en el partido de Wicker, obviando los representantes del Tea Party, apenas un 13 % de miembros dudaba en realidad de la existencia del cambio climático.
Wicker es único, pero Wickers hay muchos. Los hay en Australia, donde algunos ven una «medida socialista» lo de gravar con impuestos las emisiones de carbono, y los hay en Europa, como Nigel Farage, el líder del emergente UKIP británico

Pese a todo lo anterior, Wicker ha sido elegido varias veces por Obama. Una, por ejemplo, para ejercer de representante de EE UU en una asamblea de la ONU, y otra para dirigirse al Desayuno de oración (ese al que también acudió Zapatero una vez como invitado).

En cualquier caso, la fama de Wicker trasciende su postura con el cambio climático: él fue el responsable de tensar las relaciones con Rusia hace unos meses, que llevó al presidente Putin a revisar el programa de adopción de niños rusos por parte de ciudadanos estadounidenses. Al final él también contribuye, a su manera, al calentamiento (diplomático) global.

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