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11 de septiembre 2018    /   ENTRETENIMIENTO
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Historia de una palabra: cuando lo romántico no tenía que ver con el amor

11 de septiembre 2018    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Muchos profesores de historia, literatura o arte inician su lección sobre el Romanticismo a adolescentes pidiéndoles que busquen qué les evoca la palabra. Aparecen corazones, flechas de Cupido, bombones, ramos de flores, parejas besándose. Y es tarea de los docentes ir de ahí al siglo XIX, al cuadro de Friedrich El caminante sobre el mar de nubes, a Bécquer, a Lord Byron, a Poe.

El experimento de estos profesores, que no es muy experimento porque saben perfectamente qué contestarán los alumnos, muestra cuál es el primer significado que la mayoría de la gente asocia con las palabras romanticismo, romance o romántico. Todo lo relacionado con el amor está en primer lugar y solo se piensa en lo relativo al XIX, en los poemas que se llamaban romances o en las lenguas latinas si el contexto nos lleva ahí.

Y, sin embargo, la RAE difiere. En la voz romántico-a, el perfil de soñador, que cree en el amor de las películas y en las señales del destino, no aparece hasta la tercera acepción: «sentimental, generoso y soñador». Los románticos son para la Academia, en primera instancia, pertenecientes a o seguidores del Romanticismo. ¿Una comedia romántica? Tendremos que creer que es la típica comedia del XIX.

Ocurre lo mismo si acudimos a la palabra raíz, al romance. Esa «relación amorosa pasajera» está en la definición, pero solo en la cuarta acepción. Antes, quizá por deformación profesional de los académicos, están las lenguas romances: derivadas del latín; el español. Luego, sí, ya llega el amor. Tarde, porque fue el último en llegar. Los adolescentes de hace cien años no habrían llenado la pizarra de corazones.

Una palabra viajera

Casi haciendo honor a uno de sus significados, la palabra romántico se ha pasado la vida viajando. Del romance al romanticismo, ha recorrido Europa y dejado una versión de sí misma en cada rincón, como un amante que aparece y desaparece y nunca es el mismo.

Hay tres pilares: por el sur, donde nació, se la recuerda aún como era en su infancia, relacionada con los romanos y lo derivado del latín. En Alemania se quedan con un período histórico, el Romanticismo. Los ingleses incorporaron el amor a principios del siglo XX y lo han llevado a lo más alto de sus diccionarios (para ellos sí es la primera acepción).

Pero estos viajes por Francia, Alemania e Inglaterra son difíciles de rastrear. Joan Corominas la sigue en su diccionario etimológico partiendo del francés roman o romant, que por el siglo XVI era novela (aún lo es) –venía, sí, del latín romanice, que era el habla de los romanos–; de ahí los ingleses crearon romantic probablemente a principios del XVII.

A los franceses parece que les gustó esa creación y la adaptaron en romantique (novelesco) allá por el XIX, significado que llegó al castellano por esa época. Los alemanes también tomaron prestado el término inglés y crearon romantisch, en su caso para referirse en el XVIII a «ciertas tendencias literarias opuestas a las clásicas». Los franceses añadieron esta acepción a su palabra y, de ahí, pasó al castellano también.

Pero ¿y el amor?

¿Cuándo aparece? ¿Por qué? La primera respuesta es sencilla. No hay más que echar un vistazo al Mapa de diccionarios de la RAE: esa cuarta acepción de romántico, «sentimental, generoso, soñador» (que no dice nada del amor, pero aceptaremos pulpo), se añade en 1925, aunque ahí en vez de soñador es fántástico.

Con el romance hubo que esperar más: la relación amorosa pasajera no apareció hasta la edición del DRAE de 1992 y como séptima acepción (no subió al cuarto puesto hasta 2006).

El porqué es un juego de relaciones: lo romántico era lo novelesco, lo pintoresco. Los románticos eran modernos (contra lo clásico), extravagantes y sentimentales. Y el Webster’s Dictionary de 1828 da una pista en su definición de romance, que define como una historia de aventuras extraordinarias, normalmente de amor o guerra. Y aclara: «un romance difiere de la novela, ya que trata de grandes acciones y aventuras extraordinarias». Cuando la historia es de amor, solo podemos esperar grandes pasiones y gestos.

De todo esto se extrae también la necesidad de una lectura distinta cuando nos enfrentamos a un texto de antes del siglo XX (e incluso de principios de ese siglo). Lo romántico no era entonces lo que es ahora: por ejemplo, las famosas amistades románticas de los siglos XVIII y XIX, así llamadas en la época, que tantos ríos de tinta han provocado, no aludían al sexo. Eran amistades pintorescas, extravagantes, sentimentales, y nada más. Al menos de cara a la galería.

Muchos profesores de historia, literatura o arte inician su lección sobre el Romanticismo a adolescentes pidiéndoles que busquen qué les evoca la palabra. Aparecen corazones, flechas de Cupido, bombones, ramos de flores, parejas besándose. Y es tarea de los docentes ir de ahí al siglo XIX, al cuadro de Friedrich El caminante sobre el mar de nubes, a Bécquer, a Lord Byron, a Poe.

El experimento de estos profesores, que no es muy experimento porque saben perfectamente qué contestarán los alumnos, muestra cuál es el primer significado que la mayoría de la gente asocia con las palabras romanticismo, romance o romántico. Todo lo relacionado con el amor está en primer lugar y solo se piensa en lo relativo al XIX, en los poemas que se llamaban romances o en las lenguas latinas si el contexto nos lleva ahí.

Y, sin embargo, la RAE difiere. En la voz romántico-a, el perfil de soñador, que cree en el amor de las películas y en las señales del destino, no aparece hasta la tercera acepción: «sentimental, generoso y soñador». Los románticos son para la Academia, en primera instancia, pertenecientes a o seguidores del Romanticismo. ¿Una comedia romántica? Tendremos que creer que es la típica comedia del XIX.

Ocurre lo mismo si acudimos a la palabra raíz, al romance. Esa «relación amorosa pasajera» está en la definición, pero solo en la cuarta acepción. Antes, quizá por deformación profesional de los académicos, están las lenguas romances: derivadas del latín; el español. Luego, sí, ya llega el amor. Tarde, porque fue el último en llegar. Los adolescentes de hace cien años no habrían llenado la pizarra de corazones.

Una palabra viajera

Casi haciendo honor a uno de sus significados, la palabra romántico se ha pasado la vida viajando. Del romance al romanticismo, ha recorrido Europa y dejado una versión de sí misma en cada rincón, como un amante que aparece y desaparece y nunca es el mismo.

Hay tres pilares: por el sur, donde nació, se la recuerda aún como era en su infancia, relacionada con los romanos y lo derivado del latín. En Alemania se quedan con un período histórico, el Romanticismo. Los ingleses incorporaron el amor a principios del siglo XX y lo han llevado a lo más alto de sus diccionarios (para ellos sí es la primera acepción).

Pero estos viajes por Francia, Alemania e Inglaterra son difíciles de rastrear. Joan Corominas la sigue en su diccionario etimológico partiendo del francés roman o romant, que por el siglo XVI era novela (aún lo es) –venía, sí, del latín romanice, que era el habla de los romanos–; de ahí los ingleses crearon romantic probablemente a principios del XVII.

A los franceses parece que les gustó esa creación y la adaptaron en romantique (novelesco) allá por el XIX, significado que llegó al castellano por esa época. Los alemanes también tomaron prestado el término inglés y crearon romantisch, en su caso para referirse en el XVIII a «ciertas tendencias literarias opuestas a las clásicas». Los franceses añadieron esta acepción a su palabra y, de ahí, pasó al castellano también.

Pero ¿y el amor?

¿Cuándo aparece? ¿Por qué? La primera respuesta es sencilla. No hay más que echar un vistazo al Mapa de diccionarios de la RAE: esa cuarta acepción de romántico, «sentimental, generoso, soñador» (que no dice nada del amor, pero aceptaremos pulpo), se añade en 1925, aunque ahí en vez de soñador es fántástico.

Con el romance hubo que esperar más: la relación amorosa pasajera no apareció hasta la edición del DRAE de 1992 y como séptima acepción (no subió al cuarto puesto hasta 2006).

El porqué es un juego de relaciones: lo romántico era lo novelesco, lo pintoresco. Los románticos eran modernos (contra lo clásico), extravagantes y sentimentales. Y el Webster’s Dictionary de 1828 da una pista en su definición de romance, que define como una historia de aventuras extraordinarias, normalmente de amor o guerra. Y aclara: «un romance difiere de la novela, ya que trata de grandes acciones y aventuras extraordinarias». Cuando la historia es de amor, solo podemos esperar grandes pasiones y gestos.

De todo esto se extrae también la necesidad de una lectura distinta cuando nos enfrentamos a un texto de antes del siglo XX (e incluso de principios de ese siglo). Lo romántico no era entonces lo que es ahora: por ejemplo, las famosas amistades románticas de los siglos XVIII y XIX, así llamadas en la época, que tantos ríos de tinta han provocado, no aludían al sexo. Eran amistades pintorescas, extravagantes, sentimentales, y nada más. Al menos de cara a la galería.

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Opiniones 2
  • Se puede echar gran parte de culpa del colonianismo y de las dos guerras mundiales a esta acepción que el siglo XIX i principios del XX damos a lo que significa entonces romanticismo; aventura, sueños de sociedades idílicas, guerra como sinónimo de peripecia novelesca aventurera. Formación de grandes imperios… sobretodo la vinculación de romanticismo a épica i aventura. Da para otro buen articula sobre el palabro. Al ver el titular me he lanzado a su lectura. Siempre me impresionó con que facilidad se alistaba la juventud de naciones como Alemania a participar en guerras brutales con una frivolidad i un entusiasmo enfermizo.

  • En su libro «We: comprender la psicología del amor romántico», Robert Johnson realiza un análisis de base Jungiana sobre el concepto de amor romántico. Según él, se iinicia con el mito de «Tristán e Isolda». Recomiendo su lectura.

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