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20 de mayo 2014    /   BUSINESS
por
 

Los últimos serán los primeros en el reino de los fértiles

20 de mayo 2014    /   BUSINESS     por          
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Parecía utópico, pero ha ocurrido. Dos ejecutivas de recursos humanos, Cali Ressler y Jody Thompson, se han detenido a observar qué sobrevenía al personal que iban encajonando dentro de la compañía donde trabajaban. ¿Y qué han visto? Algo que se ve frecuentemente en las oficinas: un clima empresarial deteriorado y, a veces, intolerable, que liquida productividad y satisfacción a partes iguales.
Tras un primer libro, Por qué el trabajo chupa y cómo solucionarlo, y un segundo título no menos revelador, Por qué la dirección chupa y cómo solucionarlo, han elaborado el código ROWE (Ambiente Laboral Orientado a los Resultados). En él detallan la que sería su fabulosa (aunque quimérica) legislación laboral:
Artículo primero: Permisos de albedrío
Trabaja como te dé la gana. Tu jefe se dedicará a otros menesteres que no incluyan el control exhaustivo de lo que haces. No llamará media hora antes de que finiquite tu jornada para asegurarse de que tú, vasallo ojeroso y descolorido, sigues ahí, tecleando en busca de una salida, imaginando que el graznido mecánico de la impresora es el de tu coche de regreso a casa. El jerarca te conferirá el 100 % de autonomía y confiará en tus resultados 100% de vuelta. En serio. Basta de métodos ajenos. Serás feliz y próspero utilizando tu propio procedimiento de trabajo y deleitándote por ti mismo al conseguir tus metas.
Artículo segundo: Ausencia de la oficina sin motivos o excusas

Trabaja desde tu escritorio porque diluvia, porque no te agrada salir de casa, porque tienes el periodo o porque un orzuelo monumental te asemeja a Quasimodo. No invertirás ocho horas de tu escasa energía en un mismo lugar, escuchando perogrulladas ajenas. Puedes ir a la oficina cuatro horas y trabajar otras cuatro en casa, puedes ir dos o puedes no pisarla. Eso sí, maneja con cuidado tu ubicuidad. Es pólvora y puede explotar. Huye con tu ordenador a las Islas Cíes, a las Maldivas o a la Cuenca del Jarama, pero cumple tu labor. Como efecto colateral de esta modificación, desaparecen conceptos tan estimados como el absentismo laboral justificado, el injustificado, el permiso retribuido por enfermedad o ese cúmulo de jornadas hábiles en las que no querías ir al despacho, pero fuiste por miedo a un despido más que procedente.
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Artículo tercero: Suspensión de la asistencia a reuniones
He aquí la mayor provocación contra la descabellada pérdida de tiempo en la oficina. A partir de ahora, esas convocatorias extremadamente sumidas en lo prescindible son opcionales.
Artículo cuarto: Reconquista del resto de tu vida

Levantarte un martes a mediodía, ir el jueves a las cuatro al partido de tu hijo, leer una buena novela mientras haces la digestión. Pequeñas manifestaciones de que estás vivo. Ya sabemos que no querías grandes fortunas ni un amor inmortal, tan solo no sentir que dos horas de tu raquítica biografía se escapan en el metro sin remedio. También sabemos que pasear tu semblante todos los días por la oficina no equivale a un trabajo bien hecho. Y si no fíjate en tu compañero Jose, ese simplón y falto de inquietudes distintas a agradar al jefe. Todas las jornadas se presenta el primero, se tira allí más de media vida. Cada media hora, baja a tomar un café con Sara, la de diseño, un pincho con Pepe, el de producción o cuelga canciones deplorables en su tablón de Facebook. Soldando los minutos, curra como mucho 100 por cada 400 pero, por la mañana, las miradas inquisitivas apuntan hacia ti por llegar a y cuarto.
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ROWE es tu manera de sobrevivir a las presiones de este mundo arrollador, mientras respiras. Tu perro ya no te odia y te mira con lealtad desde que excreta dos veces al día, y tu comida es algo más que un tupper seboso. Tú, por tu parte, estás en ese punto en el que la finitud de tu existencia no te parece una tragedia tan grande, ni 24 horas, tan escasas. No detestas ya a la cabrona naturaleza por obligarte a buscar alimento y a dormir mínimo una tercera parte del día. Ya no te alarma el poco tiempo que tenías reservado para luchar contra la insuficiencia, desde que eres tú quien lo gestiona.
Luis Cernuda, en su poema El Tiempo, decía que, «a partir de cierta edad, nos vemos sujetos al tiempo y obligados a contar con él, como si alguna colérica visión con espada centelleante nos arrojara del paraíso primero. ¡Años de niñez en que el tiempo no existe!». A partir de ahora, el tiempo existirá, pero solo a veces. Si hay una cita con un cliente a la una, la una es valiosa. Pero si llegas a la oficina a las ocho y media, en lugar de a las ocho, y tu trabajo es intachable, las ocho y media son irrelevantes.
Artículo quinto: Alteración del cauce comunicativo
Ahora que corres libre como un unicornio y que tienes muy claras tus expectativas; ahora, que solo vas a calentar la silla cuando lo creas conveniente, tendrás que seguir comunicándote de algún modo con aquellos jetos estirados. El hecho de vivir en plena era digital paliará esta cuestión, así que dale duro al software colaborativo.
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Artículo sexto: Lucro de todos

Una vez que el jefe haya comprendido este nuevo orden mundial, reparará en sus propios beneficios. ROWE evitará sustituciones, aniquilará costes (como los informáticos) y polución. Además, proyectará una luz súbita sobre ángulos hasta ahora inexplorados, véase, una expansión geográfica de la empresa que ni en época de invasión colonial. La ecuación es obvia: menos gastos, más empleados.
La gente lo da todo cuando se siente valorada, independiente y satisfecha. Los actores de esta realidad capitalista funcionamos en base a incentivos, monetarios y no monetarios. A mayor aliciente, mayor rendimiento, contundencia o riesgos queremos asumir. «Si pagas cacahuetes, tendrás monos» dijo un día algún visionario. Cali y Jody están convencidas de que así es, pese a formar parte de uno de los departamentos (RR.HH.) vistos con más ojeriza en el mundo laboral. «Un horario flexible es una contradicción», aseguran las autoras. Por ello, en la nueva ley no habrá elasticidad, programas ni agendas diarias. Tu jefe evitará por todos los medios que te sientas como un convicto por tener, pongamos, cita en el urólogo a las dos. Estás plenamente emancipado.
En definitiva, nunca más te preocuparás por el proceso, sino solo y exclusivamente por tus resultados. Acaso vuelvas a escuchar aquella frase sarcástica e hiriente: «¡Hombre! ¡Buenos ojos te vean!», cuando apareces a deshora y jadeando en tu puesto de trabajo. Mas será solo en tus peores pesadillas, evocadoras de tiempos traumáticos que se han ido para no volver. Santa manía anticuada de vincular productividad con pupitre.
Si bien al principio hablábamos de quimera, la iniciativa ya no es utópica al menos en un lugar: la empresa de electrodomésticos estadounidense Best Buy, que la implementó en 2005. Sus empleados duermen más horas, pisan el médico cuando están enfermos, hacen más deporte y tienen la moral alta y poderosa de los señores, que diría Nietzsche.
Ahora ve, imprime este estatuto y pégalo al escritorio de tu compañero Jose. A la vera, un post-it, que rece: «Los últimos serán los primeros en el reino de los fértiles».
 

Parecía utópico, pero ha ocurrido. Dos ejecutivas de recursos humanos, Cali Ressler y Jody Thompson, se han detenido a observar qué sobrevenía al personal que iban encajonando dentro de la compañía donde trabajaban. ¿Y qué han visto? Algo que se ve frecuentemente en las oficinas: un clima empresarial deteriorado y, a veces, intolerable, que liquida productividad y satisfacción a partes iguales.
Tras un primer libro, Por qué el trabajo chupa y cómo solucionarlo, y un segundo título no menos revelador, Por qué la dirección chupa y cómo solucionarlo, han elaborado el código ROWE (Ambiente Laboral Orientado a los Resultados). En él detallan la que sería su fabulosa (aunque quimérica) legislación laboral:
Artículo primero: Permisos de albedrío
Trabaja como te dé la gana. Tu jefe se dedicará a otros menesteres que no incluyan el control exhaustivo de lo que haces. No llamará media hora antes de que finiquite tu jornada para asegurarse de que tú, vasallo ojeroso y descolorido, sigues ahí, tecleando en busca de una salida, imaginando que el graznido mecánico de la impresora es el de tu coche de regreso a casa. El jerarca te conferirá el 100 % de autonomía y confiará en tus resultados 100% de vuelta. En serio. Basta de métodos ajenos. Serás feliz y próspero utilizando tu propio procedimiento de trabajo y deleitándote por ti mismo al conseguir tus metas.
Artículo segundo: Ausencia de la oficina sin motivos o excusas

Trabaja desde tu escritorio porque diluvia, porque no te agrada salir de casa, porque tienes el periodo o porque un orzuelo monumental te asemeja a Quasimodo. No invertirás ocho horas de tu escasa energía en un mismo lugar, escuchando perogrulladas ajenas. Puedes ir a la oficina cuatro horas y trabajar otras cuatro en casa, puedes ir dos o puedes no pisarla. Eso sí, maneja con cuidado tu ubicuidad. Es pólvora y puede explotar. Huye con tu ordenador a las Islas Cíes, a las Maldivas o a la Cuenca del Jarama, pero cumple tu labor. Como efecto colateral de esta modificación, desaparecen conceptos tan estimados como el absentismo laboral justificado, el injustificado, el permiso retribuido por enfermedad o ese cúmulo de jornadas hábiles en las que no querías ir al despacho, pero fuiste por miedo a un despido más que procedente.
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Artículo tercero: Suspensión de la asistencia a reuniones
He aquí la mayor provocación contra la descabellada pérdida de tiempo en la oficina. A partir de ahora, esas convocatorias extremadamente sumidas en lo prescindible son opcionales.
Artículo cuarto: Reconquista del resto de tu vida

Levantarte un martes a mediodía, ir el jueves a las cuatro al partido de tu hijo, leer una buena novela mientras haces la digestión. Pequeñas manifestaciones de que estás vivo. Ya sabemos que no querías grandes fortunas ni un amor inmortal, tan solo no sentir que dos horas de tu raquítica biografía se escapan en el metro sin remedio. También sabemos que pasear tu semblante todos los días por la oficina no equivale a un trabajo bien hecho. Y si no fíjate en tu compañero Jose, ese simplón y falto de inquietudes distintas a agradar al jefe. Todas las jornadas se presenta el primero, se tira allí más de media vida. Cada media hora, baja a tomar un café con Sara, la de diseño, un pincho con Pepe, el de producción o cuelga canciones deplorables en su tablón de Facebook. Soldando los minutos, curra como mucho 100 por cada 400 pero, por la mañana, las miradas inquisitivas apuntan hacia ti por llegar a y cuarto.
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ROWE es tu manera de sobrevivir a las presiones de este mundo arrollador, mientras respiras. Tu perro ya no te odia y te mira con lealtad desde que excreta dos veces al día, y tu comida es algo más que un tupper seboso. Tú, por tu parte, estás en ese punto en el que la finitud de tu existencia no te parece una tragedia tan grande, ni 24 horas, tan escasas. No detestas ya a la cabrona naturaleza por obligarte a buscar alimento y a dormir mínimo una tercera parte del día. Ya no te alarma el poco tiempo que tenías reservado para luchar contra la insuficiencia, desde que eres tú quien lo gestiona.
Luis Cernuda, en su poema El Tiempo, decía que, «a partir de cierta edad, nos vemos sujetos al tiempo y obligados a contar con él, como si alguna colérica visión con espada centelleante nos arrojara del paraíso primero. ¡Años de niñez en que el tiempo no existe!». A partir de ahora, el tiempo existirá, pero solo a veces. Si hay una cita con un cliente a la una, la una es valiosa. Pero si llegas a la oficina a las ocho y media, en lugar de a las ocho, y tu trabajo es intachable, las ocho y media son irrelevantes.
Artículo quinto: Alteración del cauce comunicativo
Ahora que corres libre como un unicornio y que tienes muy claras tus expectativas; ahora, que solo vas a calentar la silla cuando lo creas conveniente, tendrás que seguir comunicándote de algún modo con aquellos jetos estirados. El hecho de vivir en plena era digital paliará esta cuestión, así que dale duro al software colaborativo.
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Artículo sexto: Lucro de todos

Una vez que el jefe haya comprendido este nuevo orden mundial, reparará en sus propios beneficios. ROWE evitará sustituciones, aniquilará costes (como los informáticos) y polución. Además, proyectará una luz súbita sobre ángulos hasta ahora inexplorados, véase, una expansión geográfica de la empresa que ni en época de invasión colonial. La ecuación es obvia: menos gastos, más empleados.
La gente lo da todo cuando se siente valorada, independiente y satisfecha. Los actores de esta realidad capitalista funcionamos en base a incentivos, monetarios y no monetarios. A mayor aliciente, mayor rendimiento, contundencia o riesgos queremos asumir. «Si pagas cacahuetes, tendrás monos» dijo un día algún visionario. Cali y Jody están convencidas de que así es, pese a formar parte de uno de los departamentos (RR.HH.) vistos con más ojeriza en el mundo laboral. «Un horario flexible es una contradicción», aseguran las autoras. Por ello, en la nueva ley no habrá elasticidad, programas ni agendas diarias. Tu jefe evitará por todos los medios que te sientas como un convicto por tener, pongamos, cita en el urólogo a las dos. Estás plenamente emancipado.
En definitiva, nunca más te preocuparás por el proceso, sino solo y exclusivamente por tus resultados. Acaso vuelvas a escuchar aquella frase sarcástica e hiriente: «¡Hombre! ¡Buenos ojos te vean!», cuando apareces a deshora y jadeando en tu puesto de trabajo. Mas será solo en tus peores pesadillas, evocadoras de tiempos traumáticos que se han ido para no volver. Santa manía anticuada de vincular productividad con pupitre.
Si bien al principio hablábamos de quimera, la iniciativa ya no es utópica al menos en un lugar: la empresa de electrodomésticos estadounidense Best Buy, que la implementó en 2005. Sus empleados duermen más horas, pisan el médico cuando están enfermos, hacen más deporte y tienen la moral alta y poderosa de los señores, que diría Nietzsche.
Ahora ve, imprime este estatuto y pégalo al escritorio de tu compañero Jose. A la vera, un post-it, que rece: «Los últimos serán los primeros en el reino de los fértiles».
 

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Opiniones 9
    • Interasante. Pero nunca he visto una traducción de «sucks» como chupa, siempre lo he visto como «apesta» u otro término que signifique que algo está mal.

      • Exacto, es un error de traducción.
        «To suck» significa literalmente «chupar» pero se usa también para expresar que algo «apesta» (no en el sentido de que «tenga mal olor», sino que de que algo es malo, cutre, ineficaz, etc 🙂

  • Yo trabajo así y puedo hacerlo porque tengo mi propia pequeña empresa, pero a veces tanto para mi como para mis empleados, necesito sostener cierta regularidad, y un horario ayuda (4 horas diarias, 3 días en la oficina y 2 desde sus casas no es tanto…). Para evaluar en base a resultados primero es necesario saber qué resultados son insuficientes, suficientes, buenos, destacados… Y ahí lo que a mi me ocurre es que definir y evaluar esos resultados es más trabajo para el jefe.

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