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21 de febrero 2018    /   CREATIVIDAD
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Cómo el ruido ambiente mejora la creatividad

21 de febrero 2018    /   CREATIVIDAD     por          
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Cuando era pequeño, había dos momentos que me relajaban particularmente. El primero era el «tric-tric», «chap-chap» y «fru-frú» que se oía cuando me cortaban el pelo en la barbería. El segundo, la contemplación hipnótica de la típica tienda de barrio, por ejemplo una mercería, justo cuando el dependiente envolvía minuciosamente lo adquirido por mi madre. Un pliegue aquí, un pliegue más pequeño acá, una doblez por acullá, «risss», el celo y de fondo, el crepitar de todo ese papel de embalar siendo manipulado arriba y abajo.

Ambas situaciones guardaban relación con la manipulación de objetos, pero también con el «tric-tric» o el «risss», es decir, los sonidos.

Tiempo más tarde descubrí que ese embeleso rayano en el placer, que incluso me hacía sentir un ligero hormigueo en la nuca, no era un fenómeno aislado, y que incluso tenía nombre: ASMR. El acrónimo se lee como Autonomous Sensory Meridian Response (Respuesta Sensorial Meridiana Autónoma). Todavía carecemos de la evidencia científica de cómo se produce este fenómeno, pero parece que es algo real que le sucede a mucha gente, como señala Tom Stafford, profesor de Psicología y Ciencias Cognitivas de la Universidad de Sheffield: «Es como la sinestesia, que durante años ha sido un mito hasta que en los años 90 apareció una manera fiable de medirla».

Actualmente, son muchos otros sonidos los que consiguen sumirme en esa mezcla de relax y regocijo. En YouTube, si buscáis ASMR, también descubriréis miles de vídeos donde se trata de provocar esos efectos con mayor o menor éxito. Incluso hay simuladores de barbería, con sus «chap-chap» y sus «fru-frú». La mayoría de estos vídeos, no obstante, están monopolizados por chicas de voces susurrantes y babosas (al parecer, el «clic» mínimo de la saliva en la lengua y las encías relaja a mucha gente), que no consiguen ni de lejos los mismos efectos que yo persigo.

Al parecer, el ASMR es algo muy personal. Así que, a riesgo de parecer un poco friki, voy a confesaros algunos de los sonidos que me provocan ASMR y que probablemente sean más minoritarios. Ahí va. Además de la típica tormenta en la lejanía, me relajo con voces jadeantes que normalmente explican cosas que no me interesan o me resultan bobas, como es el caso del estilista Lluis Longueras, o las críticas cinematográficas del youtuber James Wallenstein.

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Lugar de trabajo

Cuando inicio mi jornada laboral, pues, me gusta ahogar los ruidos estridentes del exterior con esta clase de sonidos. O el traqueteo de un tren. O incluso el crepitar de una hoguera. También consigo concentrarme en las cafeterías. Estos lugares son particularmente peligrosos porque el runrún de los parroquianos puede mecerte tanto como el arrullo del tren, pero también puede elevarse el tono vocinglero hasta el punto de que te apetece pisar más de una glotis o invocar a Herodes, según la edad de la fuente de sonido.

El ambiente también puede ser estéticamente acorde a lo que consideramos profundo, reflexivo o creativo, según lo que necesitemos invocar. Cuando escribo novela, por ejemplo, prefiero los lugares vintage porque tienen aire de recogimiento monacal, de escritura a la antigua usanza e, incluso, de cierta tristeza, como decía Sally al justificar por qué le gustaban tanto las casas antiguas en uno de los mejores episodios de Doctor Who, ‘Parpadeo’:

—Me hacen sentir triste.

—¿Qué tiene de bueno lo triste?

—Es alegría para la gente profunda.

Las cafeterías estilo decimonónico, pues, pueden ser propicias para quienes cultivan un arte semejante a los escritores decimonónicos arquetípicos, los que pueden pasarse diez minutos dudando ante un adjetivo o el cierre de un párrafo o aspiran a que su música verbal sea tan embaucadora como el canto de sirenas.

Pero ¿por qué preferir todos estos sonidos, sean ASMR o no? ¿Acaso el silencio absoluto no es la mejor forma de concentrarse y trabajar? Al parecer, no. O no, al menos, si lo que perseguimos es la creatividad.

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Estimulando la creatividad

El ruido, en tiempos modernos, es una epidemia. La contaminación acústica es fuente de estrés. Como afirma Nate Silver en su libro La señal y el ruido, «la señal es la verdad. El ruido es lo que nos distrae de la verdad». Sin embargo, según las circunstancias, la adición de la cantidad adecuada de ruido ambiente intensifica la señal.

Es lo que se llama «resonancia escolástica», el ruido que en un sistema lineal conduce al sistema a responder mejor que si el ruido estuviera ausente. La «resonancia escolástica», de hecho, puede ser fundamental para nuestro cerebro, como explica Andrew J. Smart en su libro El arte y la ciencia de no hacer nada:

En sistemas dinámicos no lineales, como el cerebro, la presencia de ruido puede propiciar el comportamiento más ordenado del sistema. También puede amplificar señales internas o externas débiles de modo tal que nuestros órganos sensoriales e incluso nuestra conciencia los detecten.

¿Cómo puede traducirse esto a román paladino? Básicamente que si tenemos una idea creativa, necesitamos disponer de la capacidad de suspender nuestro generador de ideas para concentrarnos más en dicha idea. El ruido, en ese contexto, ayudaría a mejorar nuestra capacidad de concentración.

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Diversos estudios refrendan esta idea, como el publicado por Ravi Mehta y Amar Cheema en el Journal of Consumer Research. Los resultados de la investigación sugieren que un nivel moderado de ruido ambiental mejora el desempeño en la Prueba de Asociación Remota, un test empleado a menudo en psicología para medir el pensamiento creativo.

El ruido ambiente agradable, como el llamado ruido blanco (sin estridencias, zumbante, como el que genera un ventilador), incluso modula la sincronización neuronal, algo que ha sido verificado en experimentos por Lawrence Ward, un neurocientífico de la Universidad de Columbia Británica en un influyente estudio sobre la resonancia.

Esta clase de trabajos todavía constituyen la punta del iceberg en lo tocante a cómo el ruido ambiental y el ruido dentro del cerebro realza las habilidades cognitivas y aumenta la creatividad. No parece que todas las personas se beneficien de un plus de creatividad, originalidad o pensamiento divergente cuando oyen ruido ambiental, solo un porcentaje significativo de ellas. Con todo, ahora me siento un poco menos raro cuando reproduzco una tormenta de fondo y escribo este artículo que ahora leéis.

Cuando era pequeño, había dos momentos que me relajaban particularmente. El primero era el «tric-tric», «chap-chap» y «fru-frú» que se oía cuando me cortaban el pelo en la barbería. El segundo, la contemplación hipnótica de la típica tienda de barrio, por ejemplo una mercería, justo cuando el dependiente envolvía minuciosamente lo adquirido por mi madre. Un pliegue aquí, un pliegue más pequeño acá, una doblez por acullá, «risss», el celo y de fondo, el crepitar de todo ese papel de embalar siendo manipulado arriba y abajo.

Ambas situaciones guardaban relación con la manipulación de objetos, pero también con el «tric-tric» o el «risss», es decir, los sonidos.

Tiempo más tarde descubrí que ese embeleso rayano en el placer, que incluso me hacía sentir un ligero hormigueo en la nuca, no era un fenómeno aislado, y que incluso tenía nombre: ASMR. El acrónimo se lee como Autonomous Sensory Meridian Response (Respuesta Sensorial Meridiana Autónoma). Todavía carecemos de la evidencia científica de cómo se produce este fenómeno, pero parece que es algo real que le sucede a mucha gente, como señala Tom Stafford, profesor de Psicología y Ciencias Cognitivas de la Universidad de Sheffield: «Es como la sinestesia, que durante años ha sido un mito hasta que en los años 90 apareció una manera fiable de medirla».

Actualmente, son muchos otros sonidos los que consiguen sumirme en esa mezcla de relax y regocijo. En YouTube, si buscáis ASMR, también descubriréis miles de vídeos donde se trata de provocar esos efectos con mayor o menor éxito. Incluso hay simuladores de barbería, con sus «chap-chap» y sus «fru-frú». La mayoría de estos vídeos, no obstante, están monopolizados por chicas de voces susurrantes y babosas (al parecer, el «clic» mínimo de la saliva en la lengua y las encías relaja a mucha gente), que no consiguen ni de lejos los mismos efectos que yo persigo.

Al parecer, el ASMR es algo muy personal. Así que, a riesgo de parecer un poco friki, voy a confesaros algunos de los sonidos que me provocan ASMR y que probablemente sean más minoritarios. Ahí va. Además de la típica tormenta en la lejanía, me relajo con voces jadeantes que normalmente explican cosas que no me interesan o me resultan bobas, como es el caso del estilista Lluis Longueras, o las críticas cinematográficas del youtuber James Wallenstein.

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Lugar de trabajo

Cuando inicio mi jornada laboral, pues, me gusta ahogar los ruidos estridentes del exterior con esta clase de sonidos. O el traqueteo de un tren. O incluso el crepitar de una hoguera. También consigo concentrarme en las cafeterías. Estos lugares son particularmente peligrosos porque el runrún de los parroquianos puede mecerte tanto como el arrullo del tren, pero también puede elevarse el tono vocinglero hasta el punto de que te apetece pisar más de una glotis o invocar a Herodes, según la edad de la fuente de sonido.

El ambiente también puede ser estéticamente acorde a lo que consideramos profundo, reflexivo o creativo, según lo que necesitemos invocar. Cuando escribo novela, por ejemplo, prefiero los lugares vintage porque tienen aire de recogimiento monacal, de escritura a la antigua usanza e, incluso, de cierta tristeza, como decía Sally al justificar por qué le gustaban tanto las casas antiguas en uno de los mejores episodios de Doctor Who, ‘Parpadeo’:

—Me hacen sentir triste.

—¿Qué tiene de bueno lo triste?

—Es alegría para la gente profunda.

Las cafeterías estilo decimonónico, pues, pueden ser propicias para quienes cultivan un arte semejante a los escritores decimonónicos arquetípicos, los que pueden pasarse diez minutos dudando ante un adjetivo o el cierre de un párrafo o aspiran a que su música verbal sea tan embaucadora como el canto de sirenas.

Pero ¿por qué preferir todos estos sonidos, sean ASMR o no? ¿Acaso el silencio absoluto no es la mejor forma de concentrarse y trabajar? Al parecer, no. O no, al menos, si lo que perseguimos es la creatividad.

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Estimulando la creatividad

El ruido, en tiempos modernos, es una epidemia. La contaminación acústica es fuente de estrés. Como afirma Nate Silver en su libro La señal y el ruido, «la señal es la verdad. El ruido es lo que nos distrae de la verdad». Sin embargo, según las circunstancias, la adición de la cantidad adecuada de ruido ambiente intensifica la señal.

Es lo que se llama «resonancia escolástica», el ruido que en un sistema lineal conduce al sistema a responder mejor que si el ruido estuviera ausente. La «resonancia escolástica», de hecho, puede ser fundamental para nuestro cerebro, como explica Andrew J. Smart en su libro El arte y la ciencia de no hacer nada:

En sistemas dinámicos no lineales, como el cerebro, la presencia de ruido puede propiciar el comportamiento más ordenado del sistema. También puede amplificar señales internas o externas débiles de modo tal que nuestros órganos sensoriales e incluso nuestra conciencia los detecten.

¿Cómo puede traducirse esto a román paladino? Básicamente que si tenemos una idea creativa, necesitamos disponer de la capacidad de suspender nuestro generador de ideas para concentrarnos más en dicha idea. El ruido, en ese contexto, ayudaría a mejorar nuestra capacidad de concentración.

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Diversos estudios refrendan esta idea, como el publicado por Ravi Mehta y Amar Cheema en el Journal of Consumer Research. Los resultados de la investigación sugieren que un nivel moderado de ruido ambiental mejora el desempeño en la Prueba de Asociación Remota, un test empleado a menudo en psicología para medir el pensamiento creativo.

El ruido ambiente agradable, como el llamado ruido blanco (sin estridencias, zumbante, como el que genera un ventilador), incluso modula la sincronización neuronal, algo que ha sido verificado en experimentos por Lawrence Ward, un neurocientífico de la Universidad de Columbia Británica en un influyente estudio sobre la resonancia.

Esta clase de trabajos todavía constituyen la punta del iceberg en lo tocante a cómo el ruido ambiental y el ruido dentro del cerebro realza las habilidades cognitivas y aumenta la creatividad. No parece que todas las personas se beneficien de un plus de creatividad, originalidad o pensamiento divergente cuando oyen ruido ambiental, solo un porcentaje significativo de ellas. Con todo, ahora me siento un poco menos raro cuando reproduzco una tormenta de fondo y escribo este artículo que ahora leéis.

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