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27 de diciembre 2013    /   DIGITAL
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Amor, Whatsapp y otras drogas tecnológicas

27 de diciembre 2013    /   DIGITAL     por          
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A pocos días de que acabe el año, hay a mi alrededor parejas que pasan por los rescoldos de una ruptura sentimental. ¿Acaso hay una epidemia que lleva a las parejas a romper en estas fechas? ¿O quizá las redes sociales ponen de manifiesto lo que décadas atrás era un asunto ‘manejado’ por unos pocos? Porque antes de que aparecieran los móviles e Internet, sabías que una pareja conocida había acabado por cotilleos de conocidos comunes o encuentros casuales con algún miembro de la pareja. Y casi siempre de manera tardía.

Cuando las madres filtraban las llamadas

Quizá un día cualquiera en el centro te topabas con Fulanito, le preguntabas por la familia y luego por Menganita y te soltaba:

—Hace seis meses que lo dejamos.
—No puede ser.

Y Fulanito contaba por qué se había llegado a la ruptura, a veces con detalles, otras de manera discreta. Finalmente, si Menganito era un amigo íntimo y tenías constancia de que la relación con Menganita había sido un ‘rollo prolongado’ preguntabas sin reparo:

—¿Te importa si llamo a Menganita un día…?
—Sin problema —respondía Fulanito—. Yo paso de Menganita.

Durante esos seis meses, Fulanito y Menganita pasaron por un protocolo de ruptura que comenzó con las llamadas al teléfono de la que había sido la suegra sin matrimonio por una temporada:

—Mi hija o mi hijo no está —decía la madre de la persona requerida.
—Mira, no llames más, porque mi hija (o mi hijo) no quiere saber de ti —decía la madre después de una docena de llamadas.

Las madres ejercían como perfectos filtros. Aunque, por lo general, las llamadas acababan con un grito pelado del padre del que llamaba:

—¿Tú sabes lo que hemos pagado de teléfono este mes? —las tarifas planas no existían—. Como sigas llamando a Menganita te voy a dar una ostia que te va doler hasta el cielo de la boca.

Cuando las cartas se “extraviaban”

Fulanito o Menganita escribía cartas que nunca eran respondidas.

—El correo tarda —decía el amante desesperado después de dos semanas.

Y trataba de recordar que alguna vez llegó a casa una carta con un mes de retraso.

—La madre se queda las cartas, seguro —era la respuesta cuando la semana se convirtió en un mes.

Las madres no se quedaban las cartas. Fulanito o Menganita las quemaba, si no las devolvía.

—Me las ha devuelto, no las ha roto —era un pensamiento esperanzador que duraba lo que una estación del año.

Fulanito salía con su amigote de fútbol de los domingos a tomar cervezas y a intentar pillar cacho con unas francesas con las que se había topado en el centro, y Menganita iba con dos amigas a bailar Lesson in Love de Level 42 o Venus de Bananarama en una discoteca donde todo el mundo se conocía o hacían cola para ver Indiana Jones con James Bond. No había más distracciones en los 80 y principios de los 90 que la música y el cine, y a ratos, la televisión.

Con el teléfono filtrado y el correo ‘de toda la vida’, el desapego por la otra persona se cultivaba a fuego lento, decrecía sin altibajos. El resto de armamento para salir de la ruptura lo ponía uno o dos amigos los fines de semana con su “tienes que salir más”.

Cuando romper las fotos era como hacer vudú

El punto álgido de la ruptura en el siglo pasado llegaba cuando Menganita o Fulanito rompía las fotos por la mitad. El acto simbólico suponía un antes y un después: no más llamadas ni cartas ni esperar a la salida de la universidad o de la fábrica de maquinillas de afeitar.

Romper las fotos era un acto poderoso, casi mágico.

—Qué gustazo daba coger la foto y partirla por la mitad —me confesó hace poco una amiga mirando su móvil—. Ahora le das a un botón y borras las fotos. No es lo mismo.

Poco después de las fotos rotas llegaba el intercambio de regalos. Devuélveme los patines, devuélveme el libro, no quiero tu jersey, se rompieron tus gafas… Ahora se cortan los lazos en el Candy Crush Saga y dejan de compartirse canciones en Youtube.

Cuando el correo electrónico eludió el filtro de las madres

La aparición de internet, primero, y la telefonía móvil abrieron nuevas posibilidades a Fulanito y Menganita. Las madres seguían filtrando llamadas de teléfono en los 90, pero el correo electrónico sustituyó al cartero.

En el presente de alguna manera hemos convenido que un correo electrónico no tiene por qué ser respondido de inmediato, pero en los primeros años, un mensaje no respondido al poco de enviarlo era considerado una tragedia.

—Se habrá quedado sin internet —pensaba Fulanito—. Se habrá perdido. Dicen que algunos mensaje se pierden.

Y reenviaba los correos electrónicos ‘por si acaso’, pero nunca llegaban las respuestas. Quien los recibía los eliminaba en cuanto llegaban.

—Lo odio —decía Menganita a su amiga—. Me llena el buzón hasta arriba, me lo bloquea. No quiero ver ni su nombre.

“No me escribas más. No quiero saber de ti”…

…era en más de una ocasión el único mensaje de correo que escribía la persona requerida para retomar la relación. Si la otra parte insistía, la persona agobiada creaba otra cuenta de correo en Yahoo o Lycos «solo para los amigos». (Ahora se crean nuevas cuentas de Facebook y Twitter para personas de confianza).

Con la llegada de los teléfonos móviles, las madres ya no filtran llamadas. Las rupturas se aceleran un poco más.

Cuando las redes sociales comenzaron a documentar las rupturas

Ya en el siglo XXI cada nueva tecnología es incorporada al arsenal que utilizan los amantes rotos. Una ruptura deja de ser el tema de unos pocos —los padres, los hermanos y el amigo de las cervezas— a convertirse en un tema de conocimiento público. Trescientas, cuatrocientas o más personas, unas más cercanas que otras, saben en el intervalo de unas pocas horas que Fulanito y Menganita rompieron, y a menudo por qué. Poco después, la comunidad es testigo del duelo de cada miembro de la pareja rota: fotos de antes y de ahora; comentarios de «me siento triste» con enlaces a música y videoclips; mensajes de dolor incrustados en fotografías; «perdón por no estar tan atento a vosotros». Quizá Fulanito y Menganita siguen en los mismos grupos. Si uno dice que le gusta la última película de J. J. Abraham, el otro también.

Otras veces, una pareja que rompe también rompe lazos virtuales. Igualmente documentan su dolor. Y los amigos y conocidos dan sus “me gusta” a las canciones de dolor de ella y de él.

Cuando la geolocalización, el etiquetado y el WhatsApp convirtió a los ex en criaturas realmente irritantes

En otros casos, la tecnología ayuda a los suplicantes y amarga a los reclamados. Los suplicantes envían veinticinco mensajes de Whatsapps de un vez. Es lo que trae lo gratis. WhatsApp significa “respóndeme ahora”. Quién envía mensaje no atiende a razones como “se acabó el saldo” o “no tengo tarifa plana de datos”. Localiza a su expareja gracias a servicios de geolocalización, a las fotos del muro de Facebook, a comentarios en Twitter de amigos más o menos “virtuales” comunes…

—¡Pero por qué no me responde Menganita! —dice Fulanito—. Si está con la amigas, que Zetanita acaba de etiquetarla en Instagram.

En ocasiones, la documentación de la ruptura puede conducir a una situación cercana al acoso. Los que reclaman atención parecen ignorar que, el alejamiento de la expareja aumenta proporcionalmente al número de mensajes de Whatsapp enviados. Esto, por suerte para los que quieren alejarse, provoca el aceleramiento de la ruptura.

La carta que tardaba cuatro o cinco días y que a veces extraviaba el cartero provocaba una ruptura lenta, aunque casi indolora. El WhatsApp, que viene sin excusas en las instrucciones, provoca la ira de quien envía —que desea una respuesta inmediata— y de quien recibe —que se siente asfixiado—. Por lo general, la situación concluye pasadas unas semanas, cuando quien reclama comprende que sin respuestas, no hay posibilidades.

Poco después, Fulanita y Menganito, cada uno por su cuenta, salen a cenar. Comida pre-año nuevo. Fulanito con un grupo de antiguos alumnos creado en Facebook (ha visto el perfil de una antigua compañera de clase y sabe que lleva seis meses divorciada). Menganita ha quedado con las amigas con las que bailaba Lesson in Love de Level 42 en los 80 o Freed from desire de Gala en los 90 o Feel this moment de Pitbull & Christina Aguilera en el siglo XXI. Ellas se saben estupendas. Realmente lo son, entre otras cosas porque las modas de los 80 y los 90 fueron nefastas.

Así Menganita y Fulanito empiezan un nuevo ciclo, con nuevas personas o redescubren las que estaban allí, las que daban a ‘Me gusta’ en los estados de Facebook. Un ciclo donde Twitter, WhatsApp, Instagram… de nuevo se convierten en inventos maravillosos.

A pocos días de que acabe el año, hay a mi alrededor parejas que pasan por los rescoldos de una ruptura sentimental. ¿Acaso hay una epidemia que lleva a las parejas a romper en estas fechas? ¿O quizá las redes sociales ponen de manifiesto lo que décadas atrás era un asunto ‘manejado’ por unos pocos? Porque antes de que aparecieran los móviles e Internet, sabías que una pareja conocida había acabado por cotilleos de conocidos comunes o encuentros casuales con algún miembro de la pareja. Y casi siempre de manera tardía.

Cuando las madres filtraban las llamadas

Quizá un día cualquiera en el centro te topabas con Fulanito, le preguntabas por la familia y luego por Menganita y te soltaba:

—Hace seis meses que lo dejamos.
—No puede ser.

Y Fulanito contaba por qué se había llegado a la ruptura, a veces con detalles, otras de manera discreta. Finalmente, si Menganito era un amigo íntimo y tenías constancia de que la relación con Menganita había sido un ‘rollo prolongado’ preguntabas sin reparo:

—¿Te importa si llamo a Menganita un día…?
—Sin problema —respondía Fulanito—. Yo paso de Menganita.

Durante esos seis meses, Fulanito y Menganita pasaron por un protocolo de ruptura que comenzó con las llamadas al teléfono de la que había sido la suegra sin matrimonio por una temporada:

—Mi hija o mi hijo no está —decía la madre de la persona requerida.
—Mira, no llames más, porque mi hija (o mi hijo) no quiere saber de ti —decía la madre después de una docena de llamadas.

Las madres ejercían como perfectos filtros. Aunque, por lo general, las llamadas acababan con un grito pelado del padre del que llamaba:

—¿Tú sabes lo que hemos pagado de teléfono este mes? —las tarifas planas no existían—. Como sigas llamando a Menganita te voy a dar una ostia que te va doler hasta el cielo de la boca.

Cuando las cartas se “extraviaban”

Fulanito o Menganita escribía cartas que nunca eran respondidas.

—El correo tarda —decía el amante desesperado después de dos semanas.

Y trataba de recordar que alguna vez llegó a casa una carta con un mes de retraso.

—La madre se queda las cartas, seguro —era la respuesta cuando la semana se convirtió en un mes.

Las madres no se quedaban las cartas. Fulanito o Menganita las quemaba, si no las devolvía.

—Me las ha devuelto, no las ha roto —era un pensamiento esperanzador que duraba lo que una estación del año.

Fulanito salía con su amigote de fútbol de los domingos a tomar cervezas y a intentar pillar cacho con unas francesas con las que se había topado en el centro, y Menganita iba con dos amigas a bailar Lesson in Love de Level 42 o Venus de Bananarama en una discoteca donde todo el mundo se conocía o hacían cola para ver Indiana Jones con James Bond. No había más distracciones en los 80 y principios de los 90 que la música y el cine, y a ratos, la televisión.

Con el teléfono filtrado y el correo ‘de toda la vida’, el desapego por la otra persona se cultivaba a fuego lento, decrecía sin altibajos. El resto de armamento para salir de la ruptura lo ponía uno o dos amigos los fines de semana con su “tienes que salir más”.

Cuando romper las fotos era como hacer vudú

El punto álgido de la ruptura en el siglo pasado llegaba cuando Menganita o Fulanito rompía las fotos por la mitad. El acto simbólico suponía un antes y un después: no más llamadas ni cartas ni esperar a la salida de la universidad o de la fábrica de maquinillas de afeitar.

Romper las fotos era un acto poderoso, casi mágico.

—Qué gustazo daba coger la foto y partirla por la mitad —me confesó hace poco una amiga mirando su móvil—. Ahora le das a un botón y borras las fotos. No es lo mismo.

Poco después de las fotos rotas llegaba el intercambio de regalos. Devuélveme los patines, devuélveme el libro, no quiero tu jersey, se rompieron tus gafas… Ahora se cortan los lazos en el Candy Crush Saga y dejan de compartirse canciones en Youtube.

Cuando el correo electrónico eludió el filtro de las madres

La aparición de internet, primero, y la telefonía móvil abrieron nuevas posibilidades a Fulanito y Menganita. Las madres seguían filtrando llamadas de teléfono en los 90, pero el correo electrónico sustituyó al cartero.

En el presente de alguna manera hemos convenido que un correo electrónico no tiene por qué ser respondido de inmediato, pero en los primeros años, un mensaje no respondido al poco de enviarlo era considerado una tragedia.

—Se habrá quedado sin internet —pensaba Fulanito—. Se habrá perdido. Dicen que algunos mensaje se pierden.

Y reenviaba los correos electrónicos ‘por si acaso’, pero nunca llegaban las respuestas. Quien los recibía los eliminaba en cuanto llegaban.

—Lo odio —decía Menganita a su amiga—. Me llena el buzón hasta arriba, me lo bloquea. No quiero ver ni su nombre.

“No me escribas más. No quiero saber de ti”…

…era en más de una ocasión el único mensaje de correo que escribía la persona requerida para retomar la relación. Si la otra parte insistía, la persona agobiada creaba otra cuenta de correo en Yahoo o Lycos «solo para los amigos». (Ahora se crean nuevas cuentas de Facebook y Twitter para personas de confianza).

Con la llegada de los teléfonos móviles, las madres ya no filtran llamadas. Las rupturas se aceleran un poco más.

Cuando las redes sociales comenzaron a documentar las rupturas

Ya en el siglo XXI cada nueva tecnología es incorporada al arsenal que utilizan los amantes rotos. Una ruptura deja de ser el tema de unos pocos —los padres, los hermanos y el amigo de las cervezas— a convertirse en un tema de conocimiento público. Trescientas, cuatrocientas o más personas, unas más cercanas que otras, saben en el intervalo de unas pocas horas que Fulanito y Menganita rompieron, y a menudo por qué. Poco después, la comunidad es testigo del duelo de cada miembro de la pareja rota: fotos de antes y de ahora; comentarios de «me siento triste» con enlaces a música y videoclips; mensajes de dolor incrustados en fotografías; «perdón por no estar tan atento a vosotros». Quizá Fulanito y Menganita siguen en los mismos grupos. Si uno dice que le gusta la última película de J. J. Abraham, el otro también.

Otras veces, una pareja que rompe también rompe lazos virtuales. Igualmente documentan su dolor. Y los amigos y conocidos dan sus “me gusta” a las canciones de dolor de ella y de él.

Cuando la geolocalización, el etiquetado y el WhatsApp convirtió a los ex en criaturas realmente irritantes

En otros casos, la tecnología ayuda a los suplicantes y amarga a los reclamados. Los suplicantes envían veinticinco mensajes de Whatsapps de un vez. Es lo que trae lo gratis. WhatsApp significa “respóndeme ahora”. Quién envía mensaje no atiende a razones como “se acabó el saldo” o “no tengo tarifa plana de datos”. Localiza a su expareja gracias a servicios de geolocalización, a las fotos del muro de Facebook, a comentarios en Twitter de amigos más o menos “virtuales” comunes…

—¡Pero por qué no me responde Menganita! —dice Fulanito—. Si está con la amigas, que Zetanita acaba de etiquetarla en Instagram.

En ocasiones, la documentación de la ruptura puede conducir a una situación cercana al acoso. Los que reclaman atención parecen ignorar que, el alejamiento de la expareja aumenta proporcionalmente al número de mensajes de Whatsapp enviados. Esto, por suerte para los que quieren alejarse, provoca el aceleramiento de la ruptura.

La carta que tardaba cuatro o cinco días y que a veces extraviaba el cartero provocaba una ruptura lenta, aunque casi indolora. El WhatsApp, que viene sin excusas en las instrucciones, provoca la ira de quien envía —que desea una respuesta inmediata— y de quien recibe —que se siente asfixiado—. Por lo general, la situación concluye pasadas unas semanas, cuando quien reclama comprende que sin respuestas, no hay posibilidades.

Poco después, Fulanita y Menganito, cada uno por su cuenta, salen a cenar. Comida pre-año nuevo. Fulanito con un grupo de antiguos alumnos creado en Facebook (ha visto el perfil de una antigua compañera de clase y sabe que lleva seis meses divorciada). Menganita ha quedado con las amigas con las que bailaba Lesson in Love de Level 42 en los 80 o Freed from desire de Gala en los 90 o Feel this moment de Pitbull & Christina Aguilera en el siglo XXI. Ellas se saben estupendas. Realmente lo son, entre otras cosas porque las modas de los 80 y los 90 fueron nefastas.

Así Menganita y Fulanito empiezan un nuevo ciclo, con nuevas personas o redescubren las que estaban allí, las que daban a ‘Me gusta’ en los estados de Facebook. Un ciclo donde Twitter, WhatsApp, Instagram… de nuevo se convierten en inventos maravillosos.

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Opiniones 13
  • Es tal cual.

    Para una ruptura lo mejor es la amputación directamente. Cortar con todo de raiz. Eso, antes era fácil. Ahora es imposible y por eso las rupturas en vez de por amputación suelen ser por gangrena, más lento, más dolorosa y deja una cicatriz mucho más fea.

    Un desastre.

  • Tú, que eres guionista…¿No sería genial una nueva versión de «Alta fidelidad» la peli basada en el libro de Nick Hornby con las nuevas tecnologías? Creo que John Cusack acabaría suicidándose o siendo el amo de Meetic.

  • En mis tiempos ,romper las fotos era un acto poderoso, casi mágico, devolverse los regalos , las cartas ….todo era diferente 🙂

  • No hay nada mejor que salir a darlo todo en Nochevieja, para festejar una recién vuelta a la soltería, aunque luego se llore por los rincones el día 1 y el 2 y el 3…

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