15 de enero 2017    /   CREATIVIDAD
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Rutu Modan: «La autoedición es un test para tu trabajo, no necesariamente agradable»

15 de enero 2017    /   CREATIVIDAD     por          
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Durante una cena familiar, molesta por sus malas maneras en la mesa, Rutu Modan le preguntó a su hija: «¿Qué harías si la reina te invitara a cenar en su palacio?». La niña respondió: «Pues resulta que la reina es muy amiga mía y me ha dicho que como perfectamente».

Esta anécdota es el origen de La cena con la reina, editado por Fulgencio Pimentel. Además de ser el título más reciente de Rutu Modan, muestra una faceta desconocida de la ilustradora israelí: su talento para hacer libros infantiles.

«Para mí no es tan sorprendente. Al mismo tiempo que desarrollaba mi trabajo como dibujante de cómics he ilustrado libros para niños. De hecho, para mí es lo mismo. Todo está conectado. No cambio la forma de dibujar o de escribir. La única diferencia es que el público son los niños».

El libro ha sido un éxito en Israel. Su personaje principal, Maya, tiene la suficiente entidad como para ser la protagonista de una serie de álbumes. Algo que Rutu no descarta, pero sobre lo que tampoco muestra demasiada ilusión.

«Tengo la suerte de trabajar en aquellos proyectos que me apetecen en cada momento y ahora tengo otros trabajos en mente», cuenta. «Tal vez dentro de un par de años lo retome».

Modan está ahora mismo inmersa en un nuevo álbum de cómics que no cree que acabe antes de ese plazo. La razón, que no encuentra un final. «Si tienes uno, por favor, dímelo», reclama. Además, considera que ha puesto el listón de la historia demasiado alto. «En este libro Maya ha ido a ver a la reina de Inglaterra. ¿A quién podría ir a ver ahora?». Tal vez a Donald Trump y enseñarle algunas cosas. Desde comer en la mesa a cómo evitar una tercera guerra mundial. La ilustradora se ríe y no lo descarta.

Como sucede con Maya ante la reina de Inglaterra, Modan no es una persona que se amilane ante las situaciones difíciles. Como mujer ha conseguido hacerse un hueco en un mundo predominantemente masculino. Como ilustradora, ha sabido superar todos los problemas de la industria editorial de su país y dar a conocer su trabajo.

«Hasta que vine a Europa, nunca fui consciente de que en este mundo hubiera más hombres que mujeres. Por eso, ser mujer e ilustradora nunca fue un problema. Sencillamente porque no se me pasó por la cabeza que pudiera serlo. En cuanto a la autoedición, creo que es la mejor forma de que los jóvenes den a conocer su trabajo».

Durante los años 90, Modan formó parte del colectivo Actus Tragicus, a través del cual publicaba sus propios trabajos. Algunos de ellos han sido recopilados en el volumen Jamilti, editado por Astiberri.

«Lo más importante de la autoedición es que no dependes de nadie para empezar un proyecto. Dibujas, escribes, lo haces tú mismo y vas mejorando como autor. Además, te permite conocer cómo es la industria. Es muy importante saber cuánto cuesta hacer un libro para que si un editor te dice que el libro es muy caro, que no se lo pueden permitir, sepas si te está mintiendo o si es cierto».

La autoedición es también una estupenda vía para conocer quién es el público de un autor. Algo que ahora parece más sencillo con las redes sociales, pero con lo que Rutu Modan no está muy de acuerdo.

«Es también muy importante saber qué gente pagaría por tu trabajo», indica. «No estoy hablando de cambiar tu estilo para gustar a la gente, sino encontrar a ese público siendo tú mismo. Para ello es imprescindible salir a la calle y conocer gente porque Facebook no es una forma de darse a conocer. La gente piensa que si tienes 3.000 likes, tienes 3.000 compradores. No. Eso lo único que significa es que, por diferentes razones, 3.000 personas han apretado un botón. No te han puesto ni un solo euro en el bolsillo. La autoedición es un test para tu trabajo, no necesariamente agradable, pero que me alegro haber desarrollado. A mí me sirvió como persona y como artista».

A pesar de su estilo colorista y su optimismo, la obra de Rutu Modan aborda temas dramáticos, estrechamente relacionados con la realidad el país en el que vive. Por ejemplo, el conflicto entre palestinos e israelíes. En su caso, lo hace desde el punto de vista diferente al de obras como Palestina de Joe Sacco.

«Lo cierto es que no he tenido muchos problemas con los aspectos políticos de mi trabajo. En una ocasión expuse en una universidad norteamericana y los estudiantes palestinos destrozaron la muestra. No lo entendí como una reacción contra mi trabajo, sino contra Israel. Lo más extraño fue la actitud de la Universidad. No sabían qué hacer y, al final, no hicieron nada. Salvo excepciones, normalmente la gente sabe distinguir entre mi obra y la política de mi país. Me considero una persona de izquierdas y en ciertos aspectos yo también apoyo a los palestinos. En otros no, pero como con otras muchas cosas en la vida».

Lo más sorprendente es que, en ocasiones, esa crítica que sufren algunos autores israelíes en el exterior, también se da en su propio país. Una situación injusta y reduccionista que los coloca entre dos fuegos.

«La gente no entiende que el de los artistas es un colectivo muy cuestionado en Israel. Si bien no es un Estado que los encarcele, la actitud hacia los artistas es de que son sospechosos. En ocasiones se les censura o se les priva de subvenciones para desarrollar su obra. Estamos en mitad del problema y es algo que no tiene ningún sentido porque los artistas son las personas que menos poder tienen en Israel. Por eso estoy completamente en contra de la censura o los boicots. Creo que es una forma de activismo muy simplista. Prefiero tener contacto con la gente, intercambiar opiniones. Creo que hay que preocuparse más por si un trabajo es más o menos bueno que por lo que piensa o deja de pensar su autor».

Durante una cena familiar, molesta por sus malas maneras en la mesa, Rutu Modan le preguntó a su hija: «¿Qué harías si la reina te invitara a cenar en su palacio?». La niña respondió: «Pues resulta que la reina es muy amiga mía y me ha dicho que como perfectamente».

Esta anécdota es el origen de La cena con la reina, editado por Fulgencio Pimentel. Además de ser el título más reciente de Rutu Modan, muestra una faceta desconocida de la ilustradora israelí: su talento para hacer libros infantiles.

«Para mí no es tan sorprendente. Al mismo tiempo que desarrollaba mi trabajo como dibujante de cómics he ilustrado libros para niños. De hecho, para mí es lo mismo. Todo está conectado. No cambio la forma de dibujar o de escribir. La única diferencia es que el público son los niños».

El libro ha sido un éxito en Israel. Su personaje principal, Maya, tiene la suficiente entidad como para ser la protagonista de una serie de álbumes. Algo que Rutu no descarta, pero sobre lo que tampoco muestra demasiada ilusión.

«Tengo la suerte de trabajar en aquellos proyectos que me apetecen en cada momento y ahora tengo otros trabajos en mente», cuenta. «Tal vez dentro de un par de años lo retome».

Modan está ahora mismo inmersa en un nuevo álbum de cómics que no cree que acabe antes de ese plazo. La razón, que no encuentra un final. «Si tienes uno, por favor, dímelo», reclama. Además, considera que ha puesto el listón de la historia demasiado alto. «En este libro Maya ha ido a ver a la reina de Inglaterra. ¿A quién podría ir a ver ahora?». Tal vez a Donald Trump y enseñarle algunas cosas. Desde comer en la mesa a cómo evitar una tercera guerra mundial. La ilustradora se ríe y no lo descarta.

Como sucede con Maya ante la reina de Inglaterra, Modan no es una persona que se amilane ante las situaciones difíciles. Como mujer ha conseguido hacerse un hueco en un mundo predominantemente masculino. Como ilustradora, ha sabido superar todos los problemas de la industria editorial de su país y dar a conocer su trabajo.

«Hasta que vine a Europa, nunca fui consciente de que en este mundo hubiera más hombres que mujeres. Por eso, ser mujer e ilustradora nunca fue un problema. Sencillamente porque no se me pasó por la cabeza que pudiera serlo. En cuanto a la autoedición, creo que es la mejor forma de que los jóvenes den a conocer su trabajo».

Durante los años 90, Modan formó parte del colectivo Actus Tragicus, a través del cual publicaba sus propios trabajos. Algunos de ellos han sido recopilados en el volumen Jamilti, editado por Astiberri.

«Lo más importante de la autoedición es que no dependes de nadie para empezar un proyecto. Dibujas, escribes, lo haces tú mismo y vas mejorando como autor. Además, te permite conocer cómo es la industria. Es muy importante saber cuánto cuesta hacer un libro para que si un editor te dice que el libro es muy caro, que no se lo pueden permitir, sepas si te está mintiendo o si es cierto».

La autoedición es también una estupenda vía para conocer quién es el público de un autor. Algo que ahora parece más sencillo con las redes sociales, pero con lo que Rutu Modan no está muy de acuerdo.

«Es también muy importante saber qué gente pagaría por tu trabajo», indica. «No estoy hablando de cambiar tu estilo para gustar a la gente, sino encontrar a ese público siendo tú mismo. Para ello es imprescindible salir a la calle y conocer gente porque Facebook no es una forma de darse a conocer. La gente piensa que si tienes 3.000 likes, tienes 3.000 compradores. No. Eso lo único que significa es que, por diferentes razones, 3.000 personas han apretado un botón. No te han puesto ni un solo euro en el bolsillo. La autoedición es un test para tu trabajo, no necesariamente agradable, pero que me alegro haber desarrollado. A mí me sirvió como persona y como artista».

A pesar de su estilo colorista y su optimismo, la obra de Rutu Modan aborda temas dramáticos, estrechamente relacionados con la realidad el país en el que vive. Por ejemplo, el conflicto entre palestinos e israelíes. En su caso, lo hace desde el punto de vista diferente al de obras como Palestina de Joe Sacco.

«Lo cierto es que no he tenido muchos problemas con los aspectos políticos de mi trabajo. En una ocasión expuse en una universidad norteamericana y los estudiantes palestinos destrozaron la muestra. No lo entendí como una reacción contra mi trabajo, sino contra Israel. Lo más extraño fue la actitud de la Universidad. No sabían qué hacer y, al final, no hicieron nada. Salvo excepciones, normalmente la gente sabe distinguir entre mi obra y la política de mi país. Me considero una persona de izquierdas y en ciertos aspectos yo también apoyo a los palestinos. En otros no, pero como con otras muchas cosas en la vida».

Lo más sorprendente es que, en ocasiones, esa crítica que sufren algunos autores israelíes en el exterior, también se da en su propio país. Una situación injusta y reduccionista que los coloca entre dos fuegos.

«La gente no entiende que el de los artistas es un colectivo muy cuestionado en Israel. Si bien no es un Estado que los encarcele, la actitud hacia los artistas es de que son sospechosos. En ocasiones se les censura o se les priva de subvenciones para desarrollar su obra. Estamos en mitad del problema y es algo que no tiene ningún sentido porque los artistas son las personas que menos poder tienen en Israel. Por eso estoy completamente en contra de la censura o los boicots. Creo que es una forma de activismo muy simplista. Prefiero tener contacto con la gente, intercambiar opiniones. Creo que hay que preocuparse más por si un trabajo es más o menos bueno que por lo que piensa o deja de pensar su autor».

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Opiniones 1
  • Excelente perspectiva sobre la autoedición; supone más independencia para el artista, sí, pero también le obliga a complicarse con las vicisitudes de la industria. Como bien dice, las redes sociales están sobrevaloradas, hay que llegar al público de verdad.

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