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22 de marzo 2018    /   BUSINESS
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Salvador Dalí: la relación con los periodistas del artista más entrevistado de la historia

22 de marzo 2018    /   BUSINESS     por          
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«El secreto de mi éxito es saber proporcionarle a la mosca adecuada la miel adecuada en el momento y lugar oportunos». Salvador Dalí

«Si no organizara estos espectáculos y dijera estos disparates, interesaría mucho menos como pintor. Y es porque mi pintura es una parte infinitesimal de mi expresión». Salvador Dalí

 «Que se hable de Dalí, aunque se hable bien». Dalí

«Dalí es capaz de robarle la alcancía al cieguito para salir retratado en los periódicos». Vicente Cubillas Jr., El Mundo (La Habana), 16 de octubre de 1955

«Mucha gente aún no ha entendido que la obra más importante de Dalí es el personaje. Y este personaje vive, interactúa y se comunica con personas que a alguien le pueden parecer frívolas y que originan anécdotas que también pueden parecer frívolas, pero que son muy reveladoras de la gran construcción del personaje. Con Dalí no se puede ignorar la anécdota». Ricard Mas, historiador y crítico de arte barcelonés

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Toni Rodríguez Pujol tenía 27 años cuando estaba de aprendiz en El Correo Catalán y lo mandaron a una rueda de prensa de Salvador Dalí en el Teatro-Museo Dalí de Figueres. El padre del joven periodista había muerto poco tiempo antes y él había heredado el R10 con el que, junto a su novia de entonces, se encaminó hacia el Empordà desde Barcelona. Pero era el año 1974 y el GPS aún no existía para salvar a los desorientados. Se perdieron. Llegaron tarde.

Tan tarde, ya de noche, que Rodríguez Pujol decidió no acudir a la rueda de prensa y dirigirse directamente a la casa de Dalí en Portlligat. Les abrió «una muchacha impecablemente uniformada de empleada del hogar a la antigua usanza» que les invitó a pasar a la piscina de la casa, donde había un grupo de personas andróginas mostrándose –desnudas o medio desnudas– mientras Gala y Dalí las observaban aburridos, bostezando.

Rodríguez Pujol se presentó al artista y conversaron durante más de dos horas. «Me encontré con un Dalí normal. En ningún momento hizo el payaso como le había visto hacer en la televisión y así se lo dije. Contestó que, a veces, no era necesario», me explicó el periodista 43 años después en un despacho de la agencia de comunicación InterMèdia GdC de la que es propietario y socio director.

Mientras tanto, el resto de periodistas estaban cenando en el restaurante Can Duran de Figueres con la sensación de tener el trabajo hecho. Allí llegó Rodríguez Pujol, muy tarde, sin explicar su hazaña. Tampoco explicó que Dalí le había ordenado a Enric Sabater, uno de los ayudantes, que lo acompañase en un tour de noche por el Museo-Teatro sin nadie más.

«No me podía creer todo lo que me estaba pasando», admitió. En un primer momento tampoco se lo creyeron sus jefes de El Correo Catalán. La entrevista salió publicada el 16 de septiembre de 1973 con el titular Salvador Dalí contra el mundo y en la conversación el pintor dejó perlas como «desde la Revolución francesa hasta hoy todos los intelectuales han sido de izquierdas y yo soy de derechas», y enfatizó su admiración por el dictador rumano Ceaucescu.

A partir de ese día Rodríguez Pujol tuvo contrato fijo en el diario.

Dalí daba a los periodistas lo que consideraba que se merecían. Por eso mismo hasta tres días después no dejó entrar en su casa de Portlligat a un fotógrafo francés que, al abrirle la puerta él mismo, le preguntó si estaba el señor Dalí. «No supo aceptar, ni en broma, que en su propia casa se jugase a no conocerlo», explicó una vez Jimmy Giménez-Arnau, el periodista que acompañaba al fotógrafo.

Precisamente por méritos Pedro Madueño, fotógrafo de La Vanguardia –y actual director adjunto– consiguió hacerle en marzo de 1986 una fotografía a Dalí en plena decrepitud –hacía dos años que no se le veía en público– durante la visita de Jordi Pujol, el presidente de la Generalitat de Catalunya de entonces, con motivo de la primera reunión de la Fundació Gala-Dalí de Figueres.

Madueño, me relató en una de las salas de reuniones del centenario diario barcelonés, tenía 23 años la primera vez que se presentó en el castillo de Púbol ante Antoni Pitxot –pintor de Cadaqués que fue una de las personas esenciales del entorno daliniano– para pedir una cita con Dalí y obtuvo como respuesta que no estaba en disposición de recibirlo.

Pocos días después cogió coche y bocadillo y volvió a subir a Púbol. La puerta de hierro esta vez ni se abrió. Repitió el ritual dos o tres veces por semana durante meses. Algunos días lo dejaron entrar sin llegar a ver a Dalí, pero en alguna ocasión llegó a escuchar su voz.

El día que el creador de El gran masturbador cumplió 82 años, Madueño le trajo un pastel en forma de serpiente hecho por el famoso pastelero Antonio Escrivà. «Se lo tiré por la ventana», me dijo el fotógrafo mientras reía.

La vida avanzó y Pitxot llamó a La Vanguardia porque el periodista Josep Piqué había publicado unos misales ilustrados con obra de Dalí que cuando este los vio provocaron que quisiera hablar con el redactor.

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«Acompañé a Piqué a la Torre Galatea. Allí dentro había una aureola especial. Puse el flash, de la tensión no podía coger la cámara. Dalí tenía una mirada angustiada y apagada, pero iba vestido de manera coqueta, con el escudo del marquesado de Púbol bordado en su ropa y zapatillas. Empecé a acariciarle la mano y le gustó mi gesto. Piqué le regaló los dos misales y se puso contento», relató Madueño.

El encuentro duró media hora y el fotógrafo consiguió hacerle después de dos años la tan ansiada fotografía a Dalí, quien aparece con una sonda nasal y visiblemente debilitado. De regreso a Barcelona se paró en un bar de carretera para comunicar a sus jefes la exclusiva que había conseguido.

Como a Rodríguez Pujol, en un principio nadie le creyó. Una vez sus jefes hubieron asimilado la noticia, se paró la edición del domingo para adaptarla a lo que tenían entre manos. Y esa fotografía fue portada del 29 de diciembre de 1985.

Ya hemos dicho que Jordi Pujol visitó a Dalí en la Torre Galatea en 1986. Al presidente le interesaba que los fotógrafos inmortalizaran ese encuentro, por eso los llamó una vez terminada la breve conversación que tuvo con el pintor. Pero entonces Dalí anunció: «que solo entre Pedro». Pujol preguntó el motivo y Pitxot y el mismo Madueño se lo explicaron.

La primera aparición del artista en un medio de comunicación con mucha probabilidad fue en 1918, con 15 años, en Empordà Federal, una publicación regional con sede en Figueres. El crítico de arte y editor de la publicación, Josep Puig Pujades, le pronosticó un gran futuro después de que Dalí expusiese oficialmente por primera vez, junto a otros artistas del Empordà.

Meses más tarde Dalí fundó con cuatro amigos del instituto una revista de izquierdas llamada Studium. Durante los inicios de su juventud leía La Publicitat de Barcelona y El Sol de Madrid. También los semanarios madrileños Mundo Gráfico y Blanco y Negro y las revistas francesas L’Humanité y l’Esprit Noveau, con los que le gustaba pasearse bajo el brazo para que los viandantes se embriagaran con el aurea de intelectualidad que pretendía aparentar.

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Con 24 años dijo tener la costumbre de ojear los periódicos al revés –no de la contraportada a la portada, sino directamente girados 180 grados respecto a su posición natural– y que la sección que más le interesaba era la de sucesos. «A veces veo trozos de diario que contienen tesoros estéticos dignos de Fidias. Haré cuantificar estos diarios, ampliados desmesuradamente, con cacas de moscas… Esta idea se me ocurrió después de observar la belleza de algunos diarios encolados, amarillentos y un poco cagados por las moscas en obras de Pablo Picasso y Georges Braque».

Pero la primera entrevista a Dalí propiamente dicha no sería publicada hasta el 17 de marzo de 1928 en el vespertino La Nau, una publicación de marcado catalanismo que tuvo cinco años de vida. El entrevistador fue el mismo Puig Pujades.

Aunque el primer acontecimiento que le hizo aparecer ampliamente en la prensa fue la exposición en la prestigiosa galería Dalmau de Barcelona en 1926. Hubo tantas reseñas sobre Dalí que su padre, notario y también llamado Salvador, decidió inaugurar un cuaderno en el que se dispuso –y lo cumplió hasta que echó de casa a su hijo– a recoger todo lo que a partir de entonces se dijese de su hijo en la prensa.

Poco después también la hermana del artista, Anna María, empezaría a coleccionar, durante 40 años, todo lo que encontrase en la prensa sobre su hermano.

«Dalí fue un hombre público con manifiesta voluntad política. Esto es, de ser y manifestarse en el ágora, el foro, la ciudad. No me estoy refiriendo, por tanto, a las ideas políticas de Dalí, que fueron muy cambiantes, y, sobre todo, tras la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial produjeron un notable escándalo entre las gentes biempensantes, sino, al margen de cuál fuera circunstancialmente su contenido, al imperioso deseo por parte del artista de darse a conocer y de imponer su ideario […] cuya promoción pública inicial coincide con el comienzo del llamado star’s system de la industria cinematográfica, que se produjo, sobre todo, a partir de la década de 1920».

«[…] Dalí niega siempre ser quien sus interlocutores previamente determinan. […] Para Dalí la entrevista era el escenario concreto donde negociaba, en cada momento, su posición y su imagen, lo que transformaba el circunstancial diálogo con su interlocutor en un acto dramático, cuyo serio patetismo él trataba de destrozar mediante el infalible recurso del humor o, mejor, de la irrisión».

«[…] En la entrevista hipotéticamente surrealista, aunque finalmente solo daliniana, no hay una interpelación de opiniones lógicas o, mejor, “logísticas”, estratégicas, sino una auténtica oposición, no entre los interlocutores, sino de ambos con lo real para que emerja lo surreal, el sublogos o supralogos: las sombras».

«[…] Lo que quiero subrayar es que el género de la entrevista fue, gracias a Dalí, una de las prácticas surrealistas más estimulantes y revolucionarias, por, en primer lugar, partir de la vida, ese anhelo incumplido por la escritura automática y la difusa apelación a los estados de inconsciencia; y, en segundo, por sustraerse al didactismo».

« […] Las entrevistas son los contrapuntos imprescindibles, como aclaraciones y/o puntos de fuga de su obra», escribe Francisco Calvo Serraller, historiador, ensayista y crítico de arte que fue director del Museo del Prado en el periodo 1993-94, en el prólogo del volumen VII de las Obras Completas de Salvador Dalí, dedicado a las entrevistas.

El fotógrafo Jordi Socías y el periodista José Luis Rubio de Cambio 16 fueron a Portlligat en la primavera de 1979 para hacerle una entrevista a Dalí. Pero no les atendió el día que llegaron, sino que los tuvo cuatro días hospedados en un hostal –como ven, gracias a Dalí los alojamientos de su entorno tenían unos ingresos añadidos– hasta que el artista tuviese ganas de hacerla.

Ese cuarto día consideró que había las condiciones idóneas de tramuntana –el viento agresivo y frío que sopla desde el norte en el Empordà y que acostumbra a convertir el cielo en un mar de azul puro– y luz y les dio permiso para hacer su trabajo.

«Tan solo me regaló unos diez minutos para hacer las fotos», me explica Socías cuatro décadas después en una soleada terraza madrileña. «Para mí fueron muy pocos comparado con lo que me gusta dedicar a los personajes».

La aparición de Sebastià Gasch, un crítico de arte que entonces principalmente trabajaba para L’Amic de les Arts –importante revista artística de Sitges–, fue importante en la vida de Dalí. Se conocieron en 1926 cuando el pintor escribió a Gasch una carta de agradecimiento con motivo de una crítica en la que comparaba su pintura con The Southern Syncopated Orchestra, una banda de jazz afroamericana.

A partir de entonces Gasch se convirtió en una persona esencial del entorno daliniano, especialmente porque informaba puntualmente en los medios de comunicación catalanes de todas las actividades del artista. Más tarde llegaría el manifiesto antiartístico de los dos junto a Lluís Montanyà, un experto en literatura francesa contemporánea, y un año después el trío, capitaneado por Dalí, elaboraría el último número de L’Amic de les Arts. Finalmente, Gasch se convirtió en un oponente del surrealismo y la amistad se rompió.

Otro amigo de Dalí que le ayudó a aparecer en los medios de comunicación catalanes fue Josep Vicenç Foix, poeta, ensayista, novelista, crítico y periodista que tenía mucha repercusión en el periódico barcelonés La Publicitat.

De hecho, fue el máximo valedor de Dalí en la prensa barcelonesa durante sus primeros años de vida pública. Porque el artista no lo tuvo nada fácil para llamar la atención de los periodistas y críticos españoles. Según Ricard Mas, historiador y crítico de arte que ha escrito diferentes libros sobre Dalí –como Univers Dalí o el último de ellos, Dalí y Barcelona–, «la imagen frívola de él que proyectó el NO-DO le hizo mucho daño en España».

En una entrevista publicada el 1 de agosto de 1948 en La Vanguardia por Juan Felipe Vila San Juan, Dalí se quejaba de la conspiración del silencio que en España había tenido lugar alrededor de su personalidad, como así lo explicaba el periodista: «Un americano le dijo hace poco que a medida que se iba acercando a la cuna del pintor, más desconocimiento de sus obras notaba, hasta el extremo de que al visitar un museo de Barcelona preguntó si había alguna obra de Dalí y le respondió el encargado que no conocía a ningún Dalí; que debía referirse a Galí».

Una de las primeras veces –quizá la primera– que Dalí usó la expresión los brunets para referirse a los periodistas que sistemáticamente lo criticaban fue cuando Rafael Santos Torroella lo entrevistó en septiembre de 1951 para el Correo Literario.

«Ya estoy acostumbrado a que dondequiera que voy me salgan al paso los brunets. En la época en la que andaba con García Lorca, eran los que llamábamos los putrefactos, a los que caricaturizábamos en nuestras cartas. Ahora son los brunets, a los que voy a hacer salir hasta en unas cajas de cerillas que estoy haciendo».

Poco después siguió ahondando en el asunto ante Manuel del Arco, quien tuvo diferentes entrevistas con el pintor que formaron el libro Dalí al desnudo. «Bajo el punto de vista de la más elemental corrección periodística, mi posición estaba justificada, porque –Brunet– se había negado a la rectificación de datos cronológicos y estrictamente objetivos que falseaban de una manera fundamental mi carrera artística», explicaba Dalí.

«Realmente, personificar en Brunet al personaje Brunet corresponde a una vieja tradición daliniana de crear tipos genéricos que me han servido siempre de contraste; y el antecedente más claro es el de que nosotros, con García Lorca, ya hablamos de los putrefactos, lo cual correspondía a los brunets de ahora y, antes, a los Guimerà […], a quien llamé ‘el gran putrefacto peludo», añadió.

Brunet, importante periodista de la revista Destino, era amigo del padre y de la hermana de Dalí, con los que el artista se fue enemistando. Por eso consideraba que Brunet había ayudado a su hermana Anna María a escribir el, para él, mentiroso Salvador Dalí visto por su hermana.

Casi dos años más tarde el escritor y periodista Miquel Utrillo, uno de los principales cronistas de Dalí en Madrid, publicó un pequeño libro, Salvador Dalí y sus enemigos, donde no solo apoyaba al artista frente a Brunet, sino que también afirmaba que en realidad era este quien había escrito el libro de Anna María.

Jacobo Zabludovsky es el autor de una de las entrevistas a Dalí más esperpénticas que se pueden ver en Youtube. El periodista mexicano, el único de su país que entrevistó al empurdanés en toda su vida, se trasladó hasta la casa del artista en 1971. «Dalí era una empresa mercantil de gran importancia», me explicó por teléfono en 2015, poco tiempo antes de fallecer.

«Dalí estaba tan cuerdo que se hacía el loco. Nadie que lo ha entrevistado ha hecho una mala entrevista», siguió sentenciando. Aunque algunos dicen que en Portlligat el joven Zabludovsky hizo un mal papel como entrevistador, él se defendió con que «era un juego, un diálogo teatral en el que Dalí colaboró plenamente. Yo en mis entrevistas acostumbro a hacer alguna pregunta torpe o tonta porque la importancia está en la respuesta. Hay que provocar la respuesta».

Igualmente admitió que estaba muy nervioso. Años después Zabludovsky volvió entrevistar a Dalí en el hotel Saint Regis de Nueva York. «Fue muy complicado conseguir la entrevista, pero muy fácil hacerla», me dijo quien, entre otros personajes históricos, entrevistó al Che Guevara durante la Revolución Cubana en enero de 1959. «Sinceramente, la entrevista de Dalí en Portlligat es de la que más orgulloso estoy de todas las que he hecho durante mi vida. Y me consta que él también quedó muy contento con el resultado».

Dalí tuvo dos ayudantes procedentes del mundo del periodismo: Robert Descharnes, estudioso de arte y fotógrafo, y Enric Sabater, un gran fotógrafo, piloto y exjugador de fútbol semiprofesional –jugó en el juvenil del Girona y en la segunda división suiza–.

Dalí conoció en 1968 a Sabater porque este quería hacerle una entrevista. «Pues serán 15.000 pesetas», dijo el artista. Como el periodista no las tenía, se citaron dos días después –algo parecido le pasó a M. Brousse, el director de L’Indépendant, un diario de Perpinyà cuando le pidió a Dalí por qué no le dibujaba una portada para su periódico. El artista le respondió que con mucho gusto, que solo tendría que pagarle cinco mil dólares. Brousse se olvidó rápidamente de la propuesta–.

Sabater era un periodista de Los Sitios especializado en las crónicas sobre la vida de la gente famosa en la Costa Brava. A partir de la entrevista que le hizo a Dalí se cayeron bien y fueron asiduos hasta el punto de que, aprovechando que también era piloto, sobrevoló toda la Costa Brava para descubrir el castillo de Púbol, el castillo que Dalí prometió a Gala.

Más tarde, durante la etapa de senectud del artista, se acusaría públicamente a Sabater de querer aprovecharse económicamente de Dalí –teoría apoyada por Descharnes y el capitán Moore, otro de los ayudantes, para desplazar a Sabater de su puesto privilegiado respecto al artista–. A Descharnes Dalí lo había conocido en 1954 y rodaron juntos el filme La prodigiosa historia de la hilandera y el rinoceronte.

Quien reencontró al escritor y periodista Josep Pla con Dalí fue Sabater. Era setiembre de 1970 cuando Sabater acompañó al artista al mas Pla de Llofriu, lo que significó el reencuentro de los dos empurdaneses después de muchos años sin verse.

De ese encuentro nació un libro de coleccionista, Obres de museu, que saldría publicado diez años más tarde con textos de Pla e ilustraciones de Dalí. Durante las décadas anteriores los dos creadores habían coincidido en diferentes ocasiones y hasta llegaron a cartearse habitualmente.

Pla había escrito numerosos artículos sobre Dalí, incluso defendiéndolo en momentos en los que la opinión pública e intelectual española atacaba mayoritariamente al de Portlligat, como así sucedió después de la conferencia en la Sala Parés en 1928.

Pla también le dedicó un extenso perfil en su famosa serie Homenots y en 1946 escribió un artículo en la revista Destino cuando en Estados Unidos no se paraba de hablar de Dalí y en la española prácticamente pasaba desapercibido. El artículo se tituló Salvador Dalí desde Cadaqués y Pla lo firmó con el pseudónimo de Tristán.

Dalí y Man Ray
Dalí y Man Ray

«En España se ha tramado una conspiración del silencio miserablemente provinciana alrededor del nombre de Dalí», explicaba. Dalí quedó encantado con el texto y le dio las gracias al de Palafrugell.

Lluís Permanyer, el cronista oficial de Barcelona e histórico periodista de La Vanguardia, explica en su libro Dalí parlat –Dalí hablado– que «todos los detalles me demostraban que quería facilitarme una buena entrevista. Es cierto que el hecho de publicar en Destino le interesaba: no solo porque era la revista más importante de España, sino que también debía recordar que no le había estado demasiado favorable y que a menudo recibía algún golpetazo, como los épicos que le habían administrado en su momento Ignasi Agustí y sobre todo Manuel Brunet».

Se refiere a la primera entrevista de las tres que le hizo, la de otoño de 1962. Tras transcribir la entrevista se la envió a Dalí antes de que se publicase. «Me la devolvió con algunas correcciones añadidas que mejoraban el contenido de la misma», me explicó más de medio siglo después en uno de los despachos de La Vanguardia.

En diciembre de 1936 Salvador Dalí fue portada de la prestigiosa revista Time fotografiado por Man Ray. Esta fue la confirmación final de su gigante triunfo mediático en Estados Unidos. Su primera visita había sido en 1934, acompañado de Gala.

Caresse Crosby, la diseñadora de los primeros sujetadores y editora de Dial Press, les organizó una rueda de prensa en la misma cabina donde durmió la pareja tal como el barco, el S.S. Champlain, llegó al muelle de Manhattan la mañana del 14 de noviembre.

Allí Dalí presentó a los periodistas su óleo Retrato de Gala con dos costillas de cordero en equilibrio sobre la espalda. Los americanos quedaron muy sorprendidos con esa obra. También hubo una conferencia de prensa en la suite del hotel Saint Regis en la que intentó explicar, sin demasiado éxito entonces en esas latitudes, en qué consistía el surrealismo.

Años después, 1939, rompió –más o menos sin querer– el escaparate de Bonwit Teller en la Quinta Avenida que él mismo había diseñado a causa de que los responsables de la tienda habían modificado su obra –cambiaron un maniquí viejo por uno de nuevo–.

Por ese motivo fue detenido y gracias a ello al día siguiente todos los periódicos hablaron de él. Este hecho fue clave para que Dalí se diese cuenta del poder que tenían sus actuaciones estrafalarias y las potenció al máximo. En esta empresa contó con la ayuda de tres personajes muy influyentes en la sociedad americana: Caresse Crosby –sobre todo la polifacética Caresse Crosby–, el galerista Julien Levy y Edward James, quien acabó convirtiéndose en uno de sus grandes coleccionistas, más allá de ser poeta.

La fama de Dalí en Nueva York se confirmó durante su tercera visita, con motivo de la Exposición Universal. Tanta era la repercusión que allí tenía lo que hacía Dalí que Gala y él acabaron suscribiéndose a una agencia de prensa para tener constancia de todo lo que de ellos se decía. Tan solo les importaba la largada y la posición de los recortes, no el contenido.

En este sentido, seguían las directrices de Andy Warhol, quien dijo que «no hagas caso a lo que digan de ti, solo mídelo en centímetros». Dalí consiguió salir cada día en la prensa de Nueva York durante treinta años –Mas ha comprobado con los 20.000 recortes de prensa en posesión de la Fundació Gala-Dalí que en la prensa de allí cada día apareció la palabra Dalí o dalinesco en el periodo 1940-70–. Además, sus actividades y declaraciones eran tan transversales que tanto podía aparecer en la sección de cultura como en las de sociedad, política o ciencia.

Hacía prácticamente dos años –los que van desde abril de 1983 hasta febrero de 1985– que Salvador Dalí no concedía una entrevista a causa de su delicado estado de salud cuando Montserrat Casals, periodista fallecida en 2015, la consiguió para El País. La entrevista tuvo lugar en la Torre Galatea mientras mezclaban el catalán y el castellano con el francés –idiomas que los dos interlocutores dominaban a la perfección– y con la presencia de Antoni Pitxot.

Como anécdota, Casals me contó en su piso de Barcelona que a media entrevista Dalí le pidió a Pitxot que le leyera a ella las Alabanzas de la moneda de Quevedo. «Quiero que salga en la entrevista porque mucha gente no debe conocerlo», le dijo Dalí a la periodista. Días antes una secretaria del pintor, María Teresa Brugués, le había pedido a Casals que leyera el libro de Sigmund Freud sobre la infancia de Leonardo da Vinci.

Durante la entrevista Dalí de repente dijo: «La libertad es el desorden y la inquisición, el orden» sin que Casals le hubiese preguntado nada relacionado con el asunto. Ella consideró que esa frase la llevaba preparada. «Ponía a prueba a los periodistas. Y según tu respuesta, te decía una cosa con brillantez en los ojos o no».

La de Casals fue la penúltima entrevista que dio Dalí. La última tuvo el honor de hacerla el historiador hispanista Ian Gibson –este invitó a Permanyer a que le acompañara, pero rechazó la propuesta para no estropearle la exclusiva y porque no le apetecía tener una última imagen de Dalí tan depauperado–.

Fue en enero de 1986. Gibson había publicado el primer volumen de su biografía de García Lorca y había enviado un ejemplar a Dalí, a quien le gustó mucho el contenido, porque en él se habla ampliamente de la relación entre los dos genios. La consecuencia fue que Pitxot –meses antes Gibson le había pedido la posibilidad de una entrevista– llamara una mañana de enero al hispanista y le dijera: «El señor Dalí te quiere ver hoy. Si no vienes hoy, puede que cambie de opinión».

Gibson se encontraba en Madrid y el artista, en la Torre Galatea del Museo-Teatro de Figueres, pero no se lo pensó dos veces. Cogió el primer avión hacia Barcelona y allí alquiló un coche potente para llegar lo más rápido posible al Empordà.

Durante su estada en la clínica Quirón de Barcelona poco tiempo antes de morir, Dalí pidió que le instalaran un televisor y un aparato de radio en su habitación porque quería controlar toda la información que se decía sobre su estado de salud.

Una vez este mejoró, tal como explicó el alcalde de Figueres Marià Lorca, dejó de prestar atención a la televisión y a la radio. «Centenares de periodistas querían fotografiar la decrepitud de Dalí. El monstruo que él había creado se le giró en su contra durante la etapa final de su vida», me explicó Mas en una cafetería cercana a la plaza Real barcelonesa.

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El artista empurdanés murió el 23 de enero de 1989 en Figueres, su ciudad natal. Tres de sus deseos no se cumplieron, según Artur Caminada: que el rostro se mantuviese ocultado durante la capilla ardiente, que no hubiese flores y que no se hiciesen fotografías de su cadáver.

Dalí también ejerció como periodista. Hasta creó un periódico de cuatro páginas, el Dalí News, para informar de sus hazañas en 1945 y 1947 antes de dos exposiciones en los Estados Unidos. Más allá de las revistas que fundó con sus amigos durante su juventud y de colaborar –mayormente en forma de ensayo o manifiesto– en publicaciones como la revista L’Amic de les Arts, su primer gran trabajo como periodista fue en 1929 para La Publicitat con su serie de seis reportajes sobre París titulada París-Documental-1929, los cuales hablaban de la capital francesa de una manera muy poco convencional.

«Convencido como estaba, con Freud, de que los detalles que normalmente pasan por insignificantes son, en realidad, los de mayor relevancia, Dalí se centra en tan aparentes banalidades como los bigotes y los esmóquines de moda en la capital francesa; informa sobres sucesos escogidos supuestamente al azar en los periódicos (incluidos el tiempo que hace y el número de nacimientos y óbitos registrados en la metrópolis); y capta con precisión lo que ve sobre las mesas de los cafés La Coupoule, el Perruquet o el Select Américain, apuntando, entre otras nimiedades, las recetas de los cócteles entonces más populares», explica Ian Gibson en Dalí joven, Dalí genial.

Once años más tarde la prestigiosa revista Vogue, aprovechando la condición de Dalí de español más conocido en los Estados Unidos, le encargó un reportaje sobre los lugares que él consideraba imprescindibles durante una visita a España.

Se tituló A España, guiados por Dalí y el recorrido ideado –de 15 días de duración– empezaba en Barcelona para recorrer la Costa Brava, bajar a Montserrat, dirigirse a Madrid, después a Toledo, a El Escorial y a Ávila para finalmente terminar en Andalucía.

En julio de 1969 participó en un reportaje para París Match titulado Dalí reporter en el cual recomendaba diferentes lugares de Barcelona y de París. El texto lo escribió Guillaume Hanoteau y salió publicado acompañado de las fotografías que Patrice Habans le hizo a Dalí. «Soy un cronista de brillante estilo, de lo cual soy perfectamente capaz cuando me lo propongo», sentenció un día el de Portlligat.

Antoni Bernad es un fotógrafo barcelonés que en los años 70, entre otras publicaciones, trabajaba para la italiana Uomo Vogue. El director artístico Alberto Nodolini le pidió que hiciese algún trabajo con Dalí para publicarlo en la revista. «Los italianos no entendían ni entienden el humor de Dalí», me explicó Bernad en su bonita casa de Vallvidrera, situada en la montaña del Tibidabo de Barcelona.

Cuando le propuso la idea a Dalí durante el año 1974 en París, este le contestó que aceptaba a cambio de que él fuese la portada. Bernad se lo explicó a Nodolini y el director no aceptó la propuesta porque el artista no estaba dispuesto a aparecer portando ningún objeto de una marca conocida, práctica habitual en las portadas de Vogue. De todas maneras, le pidió que engañase al de Portlligat asegurándole que sería la portada.

Al final salieron publicadas en otras revistas. Dalí seguro que ni se enteró», me relató. En ellas lleva oro en su característico bigote y aparece acompañado de varios modelos masculinos, a los que nombraba sebastianes. «Muchas veces fui con Dalí al Teatre Romea a ver zarzuela. A él le entusiasmaba Tania Doris. Otras veces fuimos a La Scala. Una de estas ocasiones fue el día de su inauguración –2 de junio de 1973– e hicieron un espectáculo de magia. El mago, llamado Bora, bajó a la platea durante uno de los números con la intención de buscar un voluntario».

«Reconoció a Dalí y lo eligió a él. Entonces en voz baja Dalí me fue repitiendo que, por favor, yo vigilara que el mago no le robara un broche muy caro que llevaba puesto en un dedo. Recuerdo que el mago le quitó todos los objetos –gafas, reloj, corbata…– menos la joya».

«Para mí lo fascinante fue observar cómo Dalí estaba desorientado en una situación en la que otra persona consiguió acaparar más atención que él. De todas formas, le encantó la actuación del mago e iba diciendo “bravo, bravo”», me contó Bernad con una sonrisa nostálgica.

Hablando de fotógrafos, Melitó Casals, Meli, fue el fotógrafo –trabajaba en Los Sitios– preferido de Salvador Dalí. Residía en Figueres, donde tenía una tienda de material fotográfico, y el pintor lo llamaba cuando quería hacerse unas fotografías para enviar a las agencias de prensa internacionales –especialmente a France Press, su preferida–.

De hecho, fue él quien hizo la fotografía oficial de la boda de Gala y Dalí el día después de la ceremonia. Ningún fotógrafo ni periodista tuvo permiso para acudir al acto. El archivo fotográfico de Meli sobre Dalí es el más extenso que existe sobre el pintor.

La intensa relación de Dalí con los medios de comunicación hasta lo llevó a pintarse con La Publicitat en Autorretrato con La Publicitat. El trozo de la primera plana del diario barcelonés integrado como collage corresponde al 24 de diciembre de 1923, asegura Gibson. También La batalla de Tetuán fue inspirada por un recorte de prensa de una crítica de ópera de La Vanguardia.

«El día más fantásticamente feliz de mi vida fue cuando dos fotógrafos de Paris Match vinieron a verme a Londres. Quieren fotografiar un día completo de Dalí en detalle. Al día siguiente empezamos. Incluso mientras estoy comiendo en un restaurante toman fotos. Me llevo un pequeño trozo de camembert a la boca y la cámara hace pop. Cada momento es absolutamente extraordinario».

«Pero el día siguiente es mil veces mejor. Cuando me dan los contactos, me paso el día mirándolos y vuelvo a vivir exactamente cada momento de ese día. Es como Proust cuando escribe su autobiografía. Mi vida es como millones de personas viéndome por la televisión, cada momento, cada segundo. Es algo de lo más divino», explicó Dalí en una entrevista para Playboy en 1964.

'Dali Atomicus', por Philippe Halsman (1948)
‘Dali Atomicus’, por Philippe Halsman (1948)

No hay que ser muy astuto para darse cuenta de que el de Portlligat estaba adelantándose a algo tan habitual en nuestros tiempos: los reality shows. Las Kardashian no hacen nada más que normalizar algo que Dalí ya probó a hacer medio siglo antes. La televisión había sustituido a la conferencia, obsoleta, como arma de persuasión masiva para el artista empurdanés, según Mas.

«La generalización de la televisión todavía expandirá más la imagen de un artista cada vez más performático, más discursivo y apto para todos los públicos», añade el crítico de arte en Dalí i Barcelona.

Aun así, Dalí detestaba la televisión como espectador. «Todos los programas que se graban con antelación están muertos», «la televisión es para las masas. No me gustan las masas. Solo me gustan las minorías. Las masas nunca son cultives, nunca tienen buen gusto. La televisión debería estar para escandalizar a las masas. Para obligarlas a pensar. Pero nunca para divertirlas. Los aristócratas deberían enseñarles lo que no entienden».

«La televisión no debería ser controlada por seres humanos. Necesita cerebros que no sean humanos, cerebros cibernéticos. Muy superiores a los humanos», «los programadores actuales tienen miedo a perder el trabajo. Muy burócratas. No tienen iniciativa. La iniciativa se ha perdido por completo. Demasiado interesados en agradar a las masas», dijo, por ejemplo, en una entrevista de Edith Efron para Tv Guide en 1968.

«¡Televisión, gran fuente de cretinización de los hombres! Todo en ella está muerto. Si subsiste la televisión es porque sirve a programas informativos o de divulgación científica. Pero, como forma de arte, está reducida al cero».

«Completamente nula. ¡Hay qué ver las que se les ocurren a los de televisión! Todo lo interesante que hice para ella lo he tenido que dirigir yo muy personalmente, por cierto. No tienen imaginación ni ganas de trabajar, y sabido es, porque Dalí lo ha dicho, que no existe obra maestra perezosa», añadió en una entrevista de Antonio D. Olano para Cine en siete días en 1972.

De todas maneras, el artista no paraba de aparecer en este medio de comunicación. Especialmente destacadas son sus entrevistas en Televisión Española con Joaquín Soler Serrano y Paloma Chamorro durante la década de los 70.

Salvador Dalí fue entrevistado de 1928 a 1985 y su predisposición a aceptar casi cualquier tipo de propuesta lo convierten seguramente en el artista más entrevistado del siglo XX y, por consiguiente, de la Historia. «Siempre digo que soy la mayor prostituta de mi época», dijo Dalí una vez que fue entrevistado por Miguel Utrillo.

«El secreto de mi éxito es saber proporcionarle a la mosca adecuada la miel adecuada en el momento y lugar oportunos». Salvador Dalí

«Si no organizara estos espectáculos y dijera estos disparates, interesaría mucho menos como pintor. Y es porque mi pintura es una parte infinitesimal de mi expresión». Salvador Dalí

 «Que se hable de Dalí, aunque se hable bien». Dalí

«Dalí es capaz de robarle la alcancía al cieguito para salir retratado en los periódicos». Vicente Cubillas Jr., El Mundo (La Habana), 16 de octubre de 1955

«Mucha gente aún no ha entendido que la obra más importante de Dalí es el personaje. Y este personaje vive, interactúa y se comunica con personas que a alguien le pueden parecer frívolas y que originan anécdotas que también pueden parecer frívolas, pero que son muy reveladoras de la gran construcción del personaje. Con Dalí no se puede ignorar la anécdota». Ricard Mas, historiador y crítico de arte barcelonés

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Toni Rodríguez Pujol tenía 27 años cuando estaba de aprendiz en El Correo Catalán y lo mandaron a una rueda de prensa de Salvador Dalí en el Teatro-Museo Dalí de Figueres. El padre del joven periodista había muerto poco tiempo antes y él había heredado el R10 con el que, junto a su novia de entonces, se encaminó hacia el Empordà desde Barcelona. Pero era el año 1974 y el GPS aún no existía para salvar a los desorientados. Se perdieron. Llegaron tarde.

Tan tarde, ya de noche, que Rodríguez Pujol decidió no acudir a la rueda de prensa y dirigirse directamente a la casa de Dalí en Portlligat. Les abrió «una muchacha impecablemente uniformada de empleada del hogar a la antigua usanza» que les invitó a pasar a la piscina de la casa, donde había un grupo de personas andróginas mostrándose –desnudas o medio desnudas– mientras Gala y Dalí las observaban aburridos, bostezando.

Rodríguez Pujol se presentó al artista y conversaron durante más de dos horas. «Me encontré con un Dalí normal. En ningún momento hizo el payaso como le había visto hacer en la televisión y así se lo dije. Contestó que, a veces, no era necesario», me explicó el periodista 43 años después en un despacho de la agencia de comunicación InterMèdia GdC de la que es propietario y socio director.

Mientras tanto, el resto de periodistas estaban cenando en el restaurante Can Duran de Figueres con la sensación de tener el trabajo hecho. Allí llegó Rodríguez Pujol, muy tarde, sin explicar su hazaña. Tampoco explicó que Dalí le había ordenado a Enric Sabater, uno de los ayudantes, que lo acompañase en un tour de noche por el Museo-Teatro sin nadie más.

«No me podía creer todo lo que me estaba pasando», admitió. En un primer momento tampoco se lo creyeron sus jefes de El Correo Catalán. La entrevista salió publicada el 16 de septiembre de 1973 con el titular Salvador Dalí contra el mundo y en la conversación el pintor dejó perlas como «desde la Revolución francesa hasta hoy todos los intelectuales han sido de izquierdas y yo soy de derechas», y enfatizó su admiración por el dictador rumano Ceaucescu.

A partir de ese día Rodríguez Pujol tuvo contrato fijo en el diario.

Dalí daba a los periodistas lo que consideraba que se merecían. Por eso mismo hasta tres días después no dejó entrar en su casa de Portlligat a un fotógrafo francés que, al abrirle la puerta él mismo, le preguntó si estaba el señor Dalí. «No supo aceptar, ni en broma, que en su propia casa se jugase a no conocerlo», explicó una vez Jimmy Giménez-Arnau, el periodista que acompañaba al fotógrafo.

Precisamente por méritos Pedro Madueño, fotógrafo de La Vanguardia –y actual director adjunto– consiguió hacerle en marzo de 1986 una fotografía a Dalí en plena decrepitud –hacía dos años que no se le veía en público– durante la visita de Jordi Pujol, el presidente de la Generalitat de Catalunya de entonces, con motivo de la primera reunión de la Fundació Gala-Dalí de Figueres.

Madueño, me relató en una de las salas de reuniones del centenario diario barcelonés, tenía 23 años la primera vez que se presentó en el castillo de Púbol ante Antoni Pitxot –pintor de Cadaqués que fue una de las personas esenciales del entorno daliniano– para pedir una cita con Dalí y obtuvo como respuesta que no estaba en disposición de recibirlo.

Pocos días después cogió coche y bocadillo y volvió a subir a Púbol. La puerta de hierro esta vez ni se abrió. Repitió el ritual dos o tres veces por semana durante meses. Algunos días lo dejaron entrar sin llegar a ver a Dalí, pero en alguna ocasión llegó a escuchar su voz.

El día que el creador de El gran masturbador cumplió 82 años, Madueño le trajo un pastel en forma de serpiente hecho por el famoso pastelero Antonio Escrivà. «Se lo tiré por la ventana», me dijo el fotógrafo mientras reía.

La vida avanzó y Pitxot llamó a La Vanguardia porque el periodista Josep Piqué había publicado unos misales ilustrados con obra de Dalí que cuando este los vio provocaron que quisiera hablar con el redactor.

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«Acompañé a Piqué a la Torre Galatea. Allí dentro había una aureola especial. Puse el flash, de la tensión no podía coger la cámara. Dalí tenía una mirada angustiada y apagada, pero iba vestido de manera coqueta, con el escudo del marquesado de Púbol bordado en su ropa y zapatillas. Empecé a acariciarle la mano y le gustó mi gesto. Piqué le regaló los dos misales y se puso contento», relató Madueño.

El encuentro duró media hora y el fotógrafo consiguió hacerle después de dos años la tan ansiada fotografía a Dalí, quien aparece con una sonda nasal y visiblemente debilitado. De regreso a Barcelona se paró en un bar de carretera para comunicar a sus jefes la exclusiva que había conseguido.

Como a Rodríguez Pujol, en un principio nadie le creyó. Una vez sus jefes hubieron asimilado la noticia, se paró la edición del domingo para adaptarla a lo que tenían entre manos. Y esa fotografía fue portada del 29 de diciembre de 1985.

Ya hemos dicho que Jordi Pujol visitó a Dalí en la Torre Galatea en 1986. Al presidente le interesaba que los fotógrafos inmortalizaran ese encuentro, por eso los llamó una vez terminada la breve conversación que tuvo con el pintor. Pero entonces Dalí anunció: «que solo entre Pedro». Pujol preguntó el motivo y Pitxot y el mismo Madueño se lo explicaron.

La primera aparición del artista en un medio de comunicación con mucha probabilidad fue en 1918, con 15 años, en Empordà Federal, una publicación regional con sede en Figueres. El crítico de arte y editor de la publicación, Josep Puig Pujades, le pronosticó un gran futuro después de que Dalí expusiese oficialmente por primera vez, junto a otros artistas del Empordà.

Meses más tarde Dalí fundó con cuatro amigos del instituto una revista de izquierdas llamada Studium. Durante los inicios de su juventud leía La Publicitat de Barcelona y El Sol de Madrid. También los semanarios madrileños Mundo Gráfico y Blanco y Negro y las revistas francesas L’Humanité y l’Esprit Noveau, con los que le gustaba pasearse bajo el brazo para que los viandantes se embriagaran con el aurea de intelectualidad que pretendía aparentar.

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Con 24 años dijo tener la costumbre de ojear los periódicos al revés –no de la contraportada a la portada, sino directamente girados 180 grados respecto a su posición natural– y que la sección que más le interesaba era la de sucesos. «A veces veo trozos de diario que contienen tesoros estéticos dignos de Fidias. Haré cuantificar estos diarios, ampliados desmesuradamente, con cacas de moscas… Esta idea se me ocurrió después de observar la belleza de algunos diarios encolados, amarillentos y un poco cagados por las moscas en obras de Pablo Picasso y Georges Braque».

Pero la primera entrevista a Dalí propiamente dicha no sería publicada hasta el 17 de marzo de 1928 en el vespertino La Nau, una publicación de marcado catalanismo que tuvo cinco años de vida. El entrevistador fue el mismo Puig Pujades.

Aunque el primer acontecimiento que le hizo aparecer ampliamente en la prensa fue la exposición en la prestigiosa galería Dalmau de Barcelona en 1926. Hubo tantas reseñas sobre Dalí que su padre, notario y también llamado Salvador, decidió inaugurar un cuaderno en el que se dispuso –y lo cumplió hasta que echó de casa a su hijo– a recoger todo lo que a partir de entonces se dijese de su hijo en la prensa.

Poco después también la hermana del artista, Anna María, empezaría a coleccionar, durante 40 años, todo lo que encontrase en la prensa sobre su hermano.

«Dalí fue un hombre público con manifiesta voluntad política. Esto es, de ser y manifestarse en el ágora, el foro, la ciudad. No me estoy refiriendo, por tanto, a las ideas políticas de Dalí, que fueron muy cambiantes, y, sobre todo, tras la Guerra Civil española y la Segunda Guerra Mundial produjeron un notable escándalo entre las gentes biempensantes, sino, al margen de cuál fuera circunstancialmente su contenido, al imperioso deseo por parte del artista de darse a conocer y de imponer su ideario […] cuya promoción pública inicial coincide con el comienzo del llamado star’s system de la industria cinematográfica, que se produjo, sobre todo, a partir de la década de 1920».

«[…] Dalí niega siempre ser quien sus interlocutores previamente determinan. […] Para Dalí la entrevista era el escenario concreto donde negociaba, en cada momento, su posición y su imagen, lo que transformaba el circunstancial diálogo con su interlocutor en un acto dramático, cuyo serio patetismo él trataba de destrozar mediante el infalible recurso del humor o, mejor, de la irrisión».

«[…] En la entrevista hipotéticamente surrealista, aunque finalmente solo daliniana, no hay una interpelación de opiniones lógicas o, mejor, “logísticas”, estratégicas, sino una auténtica oposición, no entre los interlocutores, sino de ambos con lo real para que emerja lo surreal, el sublogos o supralogos: las sombras».

«[…] Lo que quiero subrayar es que el género de la entrevista fue, gracias a Dalí, una de las prácticas surrealistas más estimulantes y revolucionarias, por, en primer lugar, partir de la vida, ese anhelo incumplido por la escritura automática y la difusa apelación a los estados de inconsciencia; y, en segundo, por sustraerse al didactismo».

« […] Las entrevistas son los contrapuntos imprescindibles, como aclaraciones y/o puntos de fuga de su obra», escribe Francisco Calvo Serraller, historiador, ensayista y crítico de arte que fue director del Museo del Prado en el periodo 1993-94, en el prólogo del volumen VII de las Obras Completas de Salvador Dalí, dedicado a las entrevistas.

El fotógrafo Jordi Socías y el periodista José Luis Rubio de Cambio 16 fueron a Portlligat en la primavera de 1979 para hacerle una entrevista a Dalí. Pero no les atendió el día que llegaron, sino que los tuvo cuatro días hospedados en un hostal –como ven, gracias a Dalí los alojamientos de su entorno tenían unos ingresos añadidos– hasta que el artista tuviese ganas de hacerla.

Ese cuarto día consideró que había las condiciones idóneas de tramuntana –el viento agresivo y frío que sopla desde el norte en el Empordà y que acostumbra a convertir el cielo en un mar de azul puro– y luz y les dio permiso para hacer su trabajo.

«Tan solo me regaló unos diez minutos para hacer las fotos», me explica Socías cuatro décadas después en una soleada terraza madrileña. «Para mí fueron muy pocos comparado con lo que me gusta dedicar a los personajes».

La aparición de Sebastià Gasch, un crítico de arte que entonces principalmente trabajaba para L’Amic de les Arts –importante revista artística de Sitges–, fue importante en la vida de Dalí. Se conocieron en 1926 cuando el pintor escribió a Gasch una carta de agradecimiento con motivo de una crítica en la que comparaba su pintura con The Southern Syncopated Orchestra, una banda de jazz afroamericana.

A partir de entonces Gasch se convirtió en una persona esencial del entorno daliniano, especialmente porque informaba puntualmente en los medios de comunicación catalanes de todas las actividades del artista. Más tarde llegaría el manifiesto antiartístico de los dos junto a Lluís Montanyà, un experto en literatura francesa contemporánea, y un año después el trío, capitaneado por Dalí, elaboraría el último número de L’Amic de les Arts. Finalmente, Gasch se convirtió en un oponente del surrealismo y la amistad se rompió.

Otro amigo de Dalí que le ayudó a aparecer en los medios de comunicación catalanes fue Josep Vicenç Foix, poeta, ensayista, novelista, crítico y periodista que tenía mucha repercusión en el periódico barcelonés La Publicitat.

De hecho, fue el máximo valedor de Dalí en la prensa barcelonesa durante sus primeros años de vida pública. Porque el artista no lo tuvo nada fácil para llamar la atención de los periodistas y críticos españoles. Según Ricard Mas, historiador y crítico de arte que ha escrito diferentes libros sobre Dalí –como Univers Dalí o el último de ellos, Dalí y Barcelona–, «la imagen frívola de él que proyectó el NO-DO le hizo mucho daño en España».

En una entrevista publicada el 1 de agosto de 1948 en La Vanguardia por Juan Felipe Vila San Juan, Dalí se quejaba de la conspiración del silencio que en España había tenido lugar alrededor de su personalidad, como así lo explicaba el periodista: «Un americano le dijo hace poco que a medida que se iba acercando a la cuna del pintor, más desconocimiento de sus obras notaba, hasta el extremo de que al visitar un museo de Barcelona preguntó si había alguna obra de Dalí y le respondió el encargado que no conocía a ningún Dalí; que debía referirse a Galí».

Una de las primeras veces –quizá la primera– que Dalí usó la expresión los brunets para referirse a los periodistas que sistemáticamente lo criticaban fue cuando Rafael Santos Torroella lo entrevistó en septiembre de 1951 para el Correo Literario.

«Ya estoy acostumbrado a que dondequiera que voy me salgan al paso los brunets. En la época en la que andaba con García Lorca, eran los que llamábamos los putrefactos, a los que caricaturizábamos en nuestras cartas. Ahora son los brunets, a los que voy a hacer salir hasta en unas cajas de cerillas que estoy haciendo».

Poco después siguió ahondando en el asunto ante Manuel del Arco, quien tuvo diferentes entrevistas con el pintor que formaron el libro Dalí al desnudo. «Bajo el punto de vista de la más elemental corrección periodística, mi posición estaba justificada, porque –Brunet– se había negado a la rectificación de datos cronológicos y estrictamente objetivos que falseaban de una manera fundamental mi carrera artística», explicaba Dalí.

«Realmente, personificar en Brunet al personaje Brunet corresponde a una vieja tradición daliniana de crear tipos genéricos que me han servido siempre de contraste; y el antecedente más claro es el de que nosotros, con García Lorca, ya hablamos de los putrefactos, lo cual correspondía a los brunets de ahora y, antes, a los Guimerà […], a quien llamé ‘el gran putrefacto peludo», añadió.

Brunet, importante periodista de la revista Destino, era amigo del padre y de la hermana de Dalí, con los que el artista se fue enemistando. Por eso consideraba que Brunet había ayudado a su hermana Anna María a escribir el, para él, mentiroso Salvador Dalí visto por su hermana.

Casi dos años más tarde el escritor y periodista Miquel Utrillo, uno de los principales cronistas de Dalí en Madrid, publicó un pequeño libro, Salvador Dalí y sus enemigos, donde no solo apoyaba al artista frente a Brunet, sino que también afirmaba que en realidad era este quien había escrito el libro de Anna María.

Jacobo Zabludovsky es el autor de una de las entrevistas a Dalí más esperpénticas que se pueden ver en Youtube. El periodista mexicano, el único de su país que entrevistó al empurdanés en toda su vida, se trasladó hasta la casa del artista en 1971. «Dalí era una empresa mercantil de gran importancia», me explicó por teléfono en 2015, poco tiempo antes de fallecer.

«Dalí estaba tan cuerdo que se hacía el loco. Nadie que lo ha entrevistado ha hecho una mala entrevista», siguió sentenciando. Aunque algunos dicen que en Portlligat el joven Zabludovsky hizo un mal papel como entrevistador, él se defendió con que «era un juego, un diálogo teatral en el que Dalí colaboró plenamente. Yo en mis entrevistas acostumbro a hacer alguna pregunta torpe o tonta porque la importancia está en la respuesta. Hay que provocar la respuesta».

Igualmente admitió que estaba muy nervioso. Años después Zabludovsky volvió entrevistar a Dalí en el hotel Saint Regis de Nueva York. «Fue muy complicado conseguir la entrevista, pero muy fácil hacerla», me dijo quien, entre otros personajes históricos, entrevistó al Che Guevara durante la Revolución Cubana en enero de 1959. «Sinceramente, la entrevista de Dalí en Portlligat es de la que más orgulloso estoy de todas las que he hecho durante mi vida. Y me consta que él también quedó muy contento con el resultado».

Dalí tuvo dos ayudantes procedentes del mundo del periodismo: Robert Descharnes, estudioso de arte y fotógrafo, y Enric Sabater, un gran fotógrafo, piloto y exjugador de fútbol semiprofesional –jugó en el juvenil del Girona y en la segunda división suiza–.

Dalí conoció en 1968 a Sabater porque este quería hacerle una entrevista. «Pues serán 15.000 pesetas», dijo el artista. Como el periodista no las tenía, se citaron dos días después –algo parecido le pasó a M. Brousse, el director de L’Indépendant, un diario de Perpinyà cuando le pidió a Dalí por qué no le dibujaba una portada para su periódico. El artista le respondió que con mucho gusto, que solo tendría que pagarle cinco mil dólares. Brousse se olvidó rápidamente de la propuesta–.

Sabater era un periodista de Los Sitios especializado en las crónicas sobre la vida de la gente famosa en la Costa Brava. A partir de la entrevista que le hizo a Dalí se cayeron bien y fueron asiduos hasta el punto de que, aprovechando que también era piloto, sobrevoló toda la Costa Brava para descubrir el castillo de Púbol, el castillo que Dalí prometió a Gala.

Más tarde, durante la etapa de senectud del artista, se acusaría públicamente a Sabater de querer aprovecharse económicamente de Dalí –teoría apoyada por Descharnes y el capitán Moore, otro de los ayudantes, para desplazar a Sabater de su puesto privilegiado respecto al artista–. A Descharnes Dalí lo había conocido en 1954 y rodaron juntos el filme La prodigiosa historia de la hilandera y el rinoceronte.

Quien reencontró al escritor y periodista Josep Pla con Dalí fue Sabater. Era setiembre de 1970 cuando Sabater acompañó al artista al mas Pla de Llofriu, lo que significó el reencuentro de los dos empurdaneses después de muchos años sin verse.

De ese encuentro nació un libro de coleccionista, Obres de museu, que saldría publicado diez años más tarde con textos de Pla e ilustraciones de Dalí. Durante las décadas anteriores los dos creadores habían coincidido en diferentes ocasiones y hasta llegaron a cartearse habitualmente.

Pla había escrito numerosos artículos sobre Dalí, incluso defendiéndolo en momentos en los que la opinión pública e intelectual española atacaba mayoritariamente al de Portlligat, como así sucedió después de la conferencia en la Sala Parés en 1928.

Pla también le dedicó un extenso perfil en su famosa serie Homenots y en 1946 escribió un artículo en la revista Destino cuando en Estados Unidos no se paraba de hablar de Dalí y en la española prácticamente pasaba desapercibido. El artículo se tituló Salvador Dalí desde Cadaqués y Pla lo firmó con el pseudónimo de Tristán.

Dalí y Man Ray
Dalí y Man Ray

«En España se ha tramado una conspiración del silencio miserablemente provinciana alrededor del nombre de Dalí», explicaba. Dalí quedó encantado con el texto y le dio las gracias al de Palafrugell.

Lluís Permanyer, el cronista oficial de Barcelona e histórico periodista de La Vanguardia, explica en su libro Dalí parlat –Dalí hablado– que «todos los detalles me demostraban que quería facilitarme una buena entrevista. Es cierto que el hecho de publicar en Destino le interesaba: no solo porque era la revista más importante de España, sino que también debía recordar que no le había estado demasiado favorable y que a menudo recibía algún golpetazo, como los épicos que le habían administrado en su momento Ignasi Agustí y sobre todo Manuel Brunet».

Se refiere a la primera entrevista de las tres que le hizo, la de otoño de 1962. Tras transcribir la entrevista se la envió a Dalí antes de que se publicase. «Me la devolvió con algunas correcciones añadidas que mejoraban el contenido de la misma», me explicó más de medio siglo después en uno de los despachos de La Vanguardia.

En diciembre de 1936 Salvador Dalí fue portada de la prestigiosa revista Time fotografiado por Man Ray. Esta fue la confirmación final de su gigante triunfo mediático en Estados Unidos. Su primera visita había sido en 1934, acompañado de Gala.

Caresse Crosby, la diseñadora de los primeros sujetadores y editora de Dial Press, les organizó una rueda de prensa en la misma cabina donde durmió la pareja tal como el barco, el S.S. Champlain, llegó al muelle de Manhattan la mañana del 14 de noviembre.

Allí Dalí presentó a los periodistas su óleo Retrato de Gala con dos costillas de cordero en equilibrio sobre la espalda. Los americanos quedaron muy sorprendidos con esa obra. También hubo una conferencia de prensa en la suite del hotel Saint Regis en la que intentó explicar, sin demasiado éxito entonces en esas latitudes, en qué consistía el surrealismo.

Años después, 1939, rompió –más o menos sin querer– el escaparate de Bonwit Teller en la Quinta Avenida que él mismo había diseñado a causa de que los responsables de la tienda habían modificado su obra –cambiaron un maniquí viejo por uno de nuevo–.

Por ese motivo fue detenido y gracias a ello al día siguiente todos los periódicos hablaron de él. Este hecho fue clave para que Dalí se diese cuenta del poder que tenían sus actuaciones estrafalarias y las potenció al máximo. En esta empresa contó con la ayuda de tres personajes muy influyentes en la sociedad americana: Caresse Crosby –sobre todo la polifacética Caresse Crosby–, el galerista Julien Levy y Edward James, quien acabó convirtiéndose en uno de sus grandes coleccionistas, más allá de ser poeta.

La fama de Dalí en Nueva York se confirmó durante su tercera visita, con motivo de la Exposición Universal. Tanta era la repercusión que allí tenía lo que hacía Dalí que Gala y él acabaron suscribiéndose a una agencia de prensa para tener constancia de todo lo que de ellos se decía. Tan solo les importaba la largada y la posición de los recortes, no el contenido.

En este sentido, seguían las directrices de Andy Warhol, quien dijo que «no hagas caso a lo que digan de ti, solo mídelo en centímetros». Dalí consiguió salir cada día en la prensa de Nueva York durante treinta años –Mas ha comprobado con los 20.000 recortes de prensa en posesión de la Fundació Gala-Dalí que en la prensa de allí cada día apareció la palabra Dalí o dalinesco en el periodo 1940-70–. Además, sus actividades y declaraciones eran tan transversales que tanto podía aparecer en la sección de cultura como en las de sociedad, política o ciencia.

Hacía prácticamente dos años –los que van desde abril de 1983 hasta febrero de 1985– que Salvador Dalí no concedía una entrevista a causa de su delicado estado de salud cuando Montserrat Casals, periodista fallecida en 2015, la consiguió para El País. La entrevista tuvo lugar en la Torre Galatea mientras mezclaban el catalán y el castellano con el francés –idiomas que los dos interlocutores dominaban a la perfección– y con la presencia de Antoni Pitxot.

Como anécdota, Casals me contó en su piso de Barcelona que a media entrevista Dalí le pidió a Pitxot que le leyera a ella las Alabanzas de la moneda de Quevedo. «Quiero que salga en la entrevista porque mucha gente no debe conocerlo», le dijo Dalí a la periodista. Días antes una secretaria del pintor, María Teresa Brugués, le había pedido a Casals que leyera el libro de Sigmund Freud sobre la infancia de Leonardo da Vinci.

Durante la entrevista Dalí de repente dijo: «La libertad es el desorden y la inquisición, el orden» sin que Casals le hubiese preguntado nada relacionado con el asunto. Ella consideró que esa frase la llevaba preparada. «Ponía a prueba a los periodistas. Y según tu respuesta, te decía una cosa con brillantez en los ojos o no».

La de Casals fue la penúltima entrevista que dio Dalí. La última tuvo el honor de hacerla el historiador hispanista Ian Gibson –este invitó a Permanyer a que le acompañara, pero rechazó la propuesta para no estropearle la exclusiva y porque no le apetecía tener una última imagen de Dalí tan depauperado–.

Fue en enero de 1986. Gibson había publicado el primer volumen de su biografía de García Lorca y había enviado un ejemplar a Dalí, a quien le gustó mucho el contenido, porque en él se habla ampliamente de la relación entre los dos genios. La consecuencia fue que Pitxot –meses antes Gibson le había pedido la posibilidad de una entrevista– llamara una mañana de enero al hispanista y le dijera: «El señor Dalí te quiere ver hoy. Si no vienes hoy, puede que cambie de opinión».

Gibson se encontraba en Madrid y el artista, en la Torre Galatea del Museo-Teatro de Figueres, pero no se lo pensó dos veces. Cogió el primer avión hacia Barcelona y allí alquiló un coche potente para llegar lo más rápido posible al Empordà.

Durante su estada en la clínica Quirón de Barcelona poco tiempo antes de morir, Dalí pidió que le instalaran un televisor y un aparato de radio en su habitación porque quería controlar toda la información que se decía sobre su estado de salud.

Una vez este mejoró, tal como explicó el alcalde de Figueres Marià Lorca, dejó de prestar atención a la televisión y a la radio. «Centenares de periodistas querían fotografiar la decrepitud de Dalí. El monstruo que él había creado se le giró en su contra durante la etapa final de su vida», me explicó Mas en una cafetería cercana a la plaza Real barcelonesa.

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El artista empurdanés murió el 23 de enero de 1989 en Figueres, su ciudad natal. Tres de sus deseos no se cumplieron, según Artur Caminada: que el rostro se mantuviese ocultado durante la capilla ardiente, que no hubiese flores y que no se hiciesen fotografías de su cadáver.

Dalí también ejerció como periodista. Hasta creó un periódico de cuatro páginas, el Dalí News, para informar de sus hazañas en 1945 y 1947 antes de dos exposiciones en los Estados Unidos. Más allá de las revistas que fundó con sus amigos durante su juventud y de colaborar –mayormente en forma de ensayo o manifiesto– en publicaciones como la revista L’Amic de les Arts, su primer gran trabajo como periodista fue en 1929 para La Publicitat con su serie de seis reportajes sobre París titulada París-Documental-1929, los cuales hablaban de la capital francesa de una manera muy poco convencional.

«Convencido como estaba, con Freud, de que los detalles que normalmente pasan por insignificantes son, en realidad, los de mayor relevancia, Dalí se centra en tan aparentes banalidades como los bigotes y los esmóquines de moda en la capital francesa; informa sobres sucesos escogidos supuestamente al azar en los periódicos (incluidos el tiempo que hace y el número de nacimientos y óbitos registrados en la metrópolis); y capta con precisión lo que ve sobre las mesas de los cafés La Coupoule, el Perruquet o el Select Américain, apuntando, entre otras nimiedades, las recetas de los cócteles entonces más populares», explica Ian Gibson en Dalí joven, Dalí genial.

Once años más tarde la prestigiosa revista Vogue, aprovechando la condición de Dalí de español más conocido en los Estados Unidos, le encargó un reportaje sobre los lugares que él consideraba imprescindibles durante una visita a España.

Se tituló A España, guiados por Dalí y el recorrido ideado –de 15 días de duración– empezaba en Barcelona para recorrer la Costa Brava, bajar a Montserrat, dirigirse a Madrid, después a Toledo, a El Escorial y a Ávila para finalmente terminar en Andalucía.

En julio de 1969 participó en un reportaje para París Match titulado Dalí reporter en el cual recomendaba diferentes lugares de Barcelona y de París. El texto lo escribió Guillaume Hanoteau y salió publicado acompañado de las fotografías que Patrice Habans le hizo a Dalí. «Soy un cronista de brillante estilo, de lo cual soy perfectamente capaz cuando me lo propongo», sentenció un día el de Portlligat.

Antoni Bernad es un fotógrafo barcelonés que en los años 70, entre otras publicaciones, trabajaba para la italiana Uomo Vogue. El director artístico Alberto Nodolini le pidió que hiciese algún trabajo con Dalí para publicarlo en la revista. «Los italianos no entendían ni entienden el humor de Dalí», me explicó Bernad en su bonita casa de Vallvidrera, situada en la montaña del Tibidabo de Barcelona.

Cuando le propuso la idea a Dalí durante el año 1974 en París, este le contestó que aceptaba a cambio de que él fuese la portada. Bernad se lo explicó a Nodolini y el director no aceptó la propuesta porque el artista no estaba dispuesto a aparecer portando ningún objeto de una marca conocida, práctica habitual en las portadas de Vogue. De todas maneras, le pidió que engañase al de Portlligat asegurándole que sería la portada.

Al final salieron publicadas en otras revistas. Dalí seguro que ni se enteró», me relató. En ellas lleva oro en su característico bigote y aparece acompañado de varios modelos masculinos, a los que nombraba sebastianes. «Muchas veces fui con Dalí al Teatre Romea a ver zarzuela. A él le entusiasmaba Tania Doris. Otras veces fuimos a La Scala. Una de estas ocasiones fue el día de su inauguración –2 de junio de 1973– e hicieron un espectáculo de magia. El mago, llamado Bora, bajó a la platea durante uno de los números con la intención de buscar un voluntario».

«Reconoció a Dalí y lo eligió a él. Entonces en voz baja Dalí me fue repitiendo que, por favor, yo vigilara que el mago no le robara un broche muy caro que llevaba puesto en un dedo. Recuerdo que el mago le quitó todos los objetos –gafas, reloj, corbata…– menos la joya».

«Para mí lo fascinante fue observar cómo Dalí estaba desorientado en una situación en la que otra persona consiguió acaparar más atención que él. De todas formas, le encantó la actuación del mago e iba diciendo “bravo, bravo”», me contó Bernad con una sonrisa nostálgica.

Hablando de fotógrafos, Melitó Casals, Meli, fue el fotógrafo –trabajaba en Los Sitios– preferido de Salvador Dalí. Residía en Figueres, donde tenía una tienda de material fotográfico, y el pintor lo llamaba cuando quería hacerse unas fotografías para enviar a las agencias de prensa internacionales –especialmente a France Press, su preferida–.

De hecho, fue él quien hizo la fotografía oficial de la boda de Gala y Dalí el día después de la ceremonia. Ningún fotógrafo ni periodista tuvo permiso para acudir al acto. El archivo fotográfico de Meli sobre Dalí es el más extenso que existe sobre el pintor.

La intensa relación de Dalí con los medios de comunicación hasta lo llevó a pintarse con La Publicitat en Autorretrato con La Publicitat. El trozo de la primera plana del diario barcelonés integrado como collage corresponde al 24 de diciembre de 1923, asegura Gibson. También La batalla de Tetuán fue inspirada por un recorte de prensa de una crítica de ópera de La Vanguardia.

«El día más fantásticamente feliz de mi vida fue cuando dos fotógrafos de Paris Match vinieron a verme a Londres. Quieren fotografiar un día completo de Dalí en detalle. Al día siguiente empezamos. Incluso mientras estoy comiendo en un restaurante toman fotos. Me llevo un pequeño trozo de camembert a la boca y la cámara hace pop. Cada momento es absolutamente extraordinario».

«Pero el día siguiente es mil veces mejor. Cuando me dan los contactos, me paso el día mirándolos y vuelvo a vivir exactamente cada momento de ese día. Es como Proust cuando escribe su autobiografía. Mi vida es como millones de personas viéndome por la televisión, cada momento, cada segundo. Es algo de lo más divino», explicó Dalí en una entrevista para Playboy en 1964.

'Dali Atomicus', por Philippe Halsman (1948)
‘Dali Atomicus’, por Philippe Halsman (1948)

No hay que ser muy astuto para darse cuenta de que el de Portlligat estaba adelantándose a algo tan habitual en nuestros tiempos: los reality shows. Las Kardashian no hacen nada más que normalizar algo que Dalí ya probó a hacer medio siglo antes. La televisión había sustituido a la conferencia, obsoleta, como arma de persuasión masiva para el artista empurdanés, según Mas.

«La generalización de la televisión todavía expandirá más la imagen de un artista cada vez más performático, más discursivo y apto para todos los públicos», añade el crítico de arte en Dalí i Barcelona.

Aun así, Dalí detestaba la televisión como espectador. «Todos los programas que se graban con antelación están muertos», «la televisión es para las masas. No me gustan las masas. Solo me gustan las minorías. Las masas nunca son cultives, nunca tienen buen gusto. La televisión debería estar para escandalizar a las masas. Para obligarlas a pensar. Pero nunca para divertirlas. Los aristócratas deberían enseñarles lo que no entienden».

«La televisión no debería ser controlada por seres humanos. Necesita cerebros que no sean humanos, cerebros cibernéticos. Muy superiores a los humanos», «los programadores actuales tienen miedo a perder el trabajo. Muy burócratas. No tienen iniciativa. La iniciativa se ha perdido por completo. Demasiado interesados en agradar a las masas», dijo, por ejemplo, en una entrevista de Edith Efron para Tv Guide en 1968.

«¡Televisión, gran fuente de cretinización de los hombres! Todo en ella está muerto. Si subsiste la televisión es porque sirve a programas informativos o de divulgación científica. Pero, como forma de arte, está reducida al cero».

«Completamente nula. ¡Hay qué ver las que se les ocurren a los de televisión! Todo lo interesante que hice para ella lo he tenido que dirigir yo muy personalmente, por cierto. No tienen imaginación ni ganas de trabajar, y sabido es, porque Dalí lo ha dicho, que no existe obra maestra perezosa», añadió en una entrevista de Antonio D. Olano para Cine en siete días en 1972.

De todas maneras, el artista no paraba de aparecer en este medio de comunicación. Especialmente destacadas son sus entrevistas en Televisión Española con Joaquín Soler Serrano y Paloma Chamorro durante la década de los 70.

Salvador Dalí fue entrevistado de 1928 a 1985 y su predisposición a aceptar casi cualquier tipo de propuesta lo convierten seguramente en el artista más entrevistado del siglo XX y, por consiguiente, de la Historia. «Siempre digo que soy la mayor prostituta de mi época», dijo Dalí una vez que fue entrevistado por Miguel Utrillo.

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