13 de julio 2012    /   IDEAS
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Salvados por el skate

13 de julio 2012    /   IDEAS     por          
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Ser un chaval en Afganistán no es tarea fácil. De sus casi 30 millones de habitantes, un 43% tiene 14 años o menos, según los datos de la CIA. Para llegar a la pubertad en este antiguo protectorado británico —tablero de lo que Rudyard Kipling llamó el ‘Great Game’ entre Occidente y Rusia— hay que sortear la estadística: 121,63, de cada 1.000 bebés que nacen, terminan muriendo durante el primer año de vida.

Afganistán es el líder mundial en este tipo de mortalidad. Luego hay que convivir con el hecho de que el 32% de los menores de cinco años pesan menos de lo que deberían y solo pasan nueve años en la escuela. Esta situación es el resultado de que el país, desde 1978, ha sido escenario continuo de conflictos bélicos entre comunistas rusos, talibanes, muyahidines, capitalistas estadounidenses y agentes de la OTAN.

En este contexto se mueve Skateistan, una ONG creada en Afganistán que usa el skate como gancho para llegar a los chavales afganos y educarles tanto en valores como en conocimientos. Cofundada por dos australianos, Oliver Percovich y Sharna Nolan, el éxito de la idea ha sido tal que han abierto sucursales en Pakistán y Camboya.

Todo comenzó cuando estos dos skaters llegaron a Kabul. Mientras practicaban con su monopatín por las calles de la capital afgana, los chavales de la zona se les acercaban para tratar de aprender eso tan raro que hacían sobre una tabla y cuatro ruedas. Usando como skatepark una antigua fuente rusa y con tres tablas prestadas por skaters locales, Percovich y Nolan comenzaron a dar clases improvisadas de monopatín a los adolescentes de Kabul.

“Cuando vieron lo popular que eran las lecciones de monopatín, especialmente entre las niñas y los chavales de la calle”, explica una de las instructoras, Rhianon Bader, desde Kabul “se dieron cuenta de que un proyecto con el skate en Afganistán podría funcionar realmente bien”. Así, paso a paso, fueron oficializando el asunto. Tras dos años de trabajo recaudando fondos y habiendo logrado el apoyo de las embajadas de Noruega, Dinamarca, Canadá y Alemania, Skateistan abría en 2009 un skatepark bajo techo en Kabul, siendo este uno de los pocos espacios recreativos para niñas y mujeres jóvenes en Afganistán.

Bader dice que “una gran motivación” para construir este skatepark bajo techo fue que “las chicas se pudieran unir a Skateistan”. Aunque el régimen islamista ultraortodoxo de los talibanes, que dominó Afganistán entre 1996 y 2001, fecha de la invasión de EE UU y Reino Unido, prohibió la práctica de cualquier deporte, ya “había reglas culturales mucho más antiguas [en el país] que prevenían contra la idea de que las niñas tomaran parte tanto en deportes como en la sociedad civil”. De hecho, solo tres mujeres han representado al país en los Juegos Olímpicos, las dos primeras en Atenas 2004.

Como el skate es una actividad nueva y, según Bader, “mucha gente lo ve más como un juguete que como un deporte”, los padres dejan que tanto niños como niñas monten en monopatín. Pero al llegar a la pubertad, que las adolescentes estén en público supone un problema. Esto llevó a Skateistan a construir ese polideportivo con skate park bajo techo donde dan clases a las niñas: un 40% de sus cerca de 400 alumnos, con un profesorado completamente femenino y alejadas de las miradas indiscretas. “Esto nos convierte”, comenta la instructora, orgullosa, “en una de las organizaciones de deporte femenino más grandes de Afganistán”.

Otro de los aspectos que más satisfacen a Bader es de que su ONG ayuda a crear lazos de confianza entre estudiantes de diferentes etnias. En un país donde el 42% de la población son pastunes; el 27%, tayikos; el 9%, de hazaras; otro tanto, de uzbekos; y así hasta llegar a ocho etnias principales, supone una gran división de grupos sociales que entraña uno de los grandes lastres para el desarrollo de la sociedad civil afgana. “Debemos conectar con la juventud ahora mismo”, reflexiona Bader, “o encarar problemas muchos mayores en el futuro del país”.

“Afganistán es una montaña rusa emocional”, apostilla la trabajadora. “Hay tantos desafíos todos los días: la falta de seguridad, la corrupción, ser testigos de la pobreza y los hogares donde viven los estudiantes jóvenes…”, y concluye, “pero la infancia, esté donde esté, necesita divertirse”. Y ahí entra el gancho de Skateistan.

 

Ser un chaval en Afganistán no es tarea fácil. De sus casi 30 millones de habitantes, un 43% tiene 14 años o menos, según los datos de la CIA. Para llegar a la pubertad en este antiguo protectorado británico —tablero de lo que Rudyard Kipling llamó el ‘Great Game’ entre Occidente y Rusia— hay que sortear la estadística: 121,63, de cada 1.000 bebés que nacen, terminan muriendo durante el primer año de vida.

Afganistán es el líder mundial en este tipo de mortalidad. Luego hay que convivir con el hecho de que el 32% de los menores de cinco años pesan menos de lo que deberían y solo pasan nueve años en la escuela. Esta situación es el resultado de que el país, desde 1978, ha sido escenario continuo de conflictos bélicos entre comunistas rusos, talibanes, muyahidines, capitalistas estadounidenses y agentes de la OTAN.

En este contexto se mueve Skateistan, una ONG creada en Afganistán que usa el skate como gancho para llegar a los chavales afganos y educarles tanto en valores como en conocimientos. Cofundada por dos australianos, Oliver Percovich y Sharna Nolan, el éxito de la idea ha sido tal que han abierto sucursales en Pakistán y Camboya.

Todo comenzó cuando estos dos skaters llegaron a Kabul. Mientras practicaban con su monopatín por las calles de la capital afgana, los chavales de la zona se les acercaban para tratar de aprender eso tan raro que hacían sobre una tabla y cuatro ruedas. Usando como skatepark una antigua fuente rusa y con tres tablas prestadas por skaters locales, Percovich y Nolan comenzaron a dar clases improvisadas de monopatín a los adolescentes de Kabul.

“Cuando vieron lo popular que eran las lecciones de monopatín, especialmente entre las niñas y los chavales de la calle”, explica una de las instructoras, Rhianon Bader, desde Kabul “se dieron cuenta de que un proyecto con el skate en Afganistán podría funcionar realmente bien”. Así, paso a paso, fueron oficializando el asunto. Tras dos años de trabajo recaudando fondos y habiendo logrado el apoyo de las embajadas de Noruega, Dinamarca, Canadá y Alemania, Skateistan abría en 2009 un skatepark bajo techo en Kabul, siendo este uno de los pocos espacios recreativos para niñas y mujeres jóvenes en Afganistán.

Bader dice que “una gran motivación” para construir este skatepark bajo techo fue que “las chicas se pudieran unir a Skateistan”. Aunque el régimen islamista ultraortodoxo de los talibanes, que dominó Afganistán entre 1996 y 2001, fecha de la invasión de EE UU y Reino Unido, prohibió la práctica de cualquier deporte, ya “había reglas culturales mucho más antiguas [en el país] que prevenían contra la idea de que las niñas tomaran parte tanto en deportes como en la sociedad civil”. De hecho, solo tres mujeres han representado al país en los Juegos Olímpicos, las dos primeras en Atenas 2004.

Como el skate es una actividad nueva y, según Bader, “mucha gente lo ve más como un juguete que como un deporte”, los padres dejan que tanto niños como niñas monten en monopatín. Pero al llegar a la pubertad, que las adolescentes estén en público supone un problema. Esto llevó a Skateistan a construir ese polideportivo con skate park bajo techo donde dan clases a las niñas: un 40% de sus cerca de 400 alumnos, con un profesorado completamente femenino y alejadas de las miradas indiscretas. “Esto nos convierte”, comenta la instructora, orgullosa, “en una de las organizaciones de deporte femenino más grandes de Afganistán”.

Otro de los aspectos que más satisfacen a Bader es de que su ONG ayuda a crear lazos de confianza entre estudiantes de diferentes etnias. En un país donde el 42% de la población son pastunes; el 27%, tayikos; el 9%, de hazaras; otro tanto, de uzbekos; y así hasta llegar a ocho etnias principales, supone una gran división de grupos sociales que entraña uno de los grandes lastres para el desarrollo de la sociedad civil afgana. “Debemos conectar con la juventud ahora mismo”, reflexiona Bader, “o encarar problemas muchos mayores en el futuro del país”.

“Afganistán es una montaña rusa emocional”, apostilla la trabajadora. “Hay tantos desafíos todos los días: la falta de seguridad, la corrupción, ser testigos de la pobreza y los hogares donde viven los estudiantes jóvenes…”, y concluye, “pero la infancia, esté donde esté, necesita divertirse”. Y ahí entra el gancho de Skateistan.

 

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Opiniones 4
  • ¡Pero cómo mola el artículo este! ¡Vaya fotazas! Y el nombre de Skatetistan…
    En los grandes medios no sacan estas cosas, no vaya a ser que la gente se piense que los afganos son personas normales.
    En fins…

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