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6 de marzo 2017    /   CIENCIA
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Gracias a ‘Sálvame’ somos homo sapiens

6 de marzo 2017    /   CIENCIA     por          
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Telecinco, la cadena estrella de Mediaset, lleva desde 1995 apostando básicamente por el mundo del cotilleo y el periodismo del corazón. Ese año nacía ¡Qué me dices!, en el que Belinda Washington y José Antonio Botella, más conocido como el Chapis, daban un repaso al famoseo y farándula del momento. Luego vinieron Aquí hay tomate, Salsa Rosa, A tu lado… para llegar a la cúspide en 2009 con Sálvame. Hoy, en sus diferentes ediciones, ocupa gran parte de la parrilla y lidera las audiencias. Pero no todos ven con malos ojos eso que los biempensantes llaman despectivamente cotilleo. El antropólogo de la Universidad de Oxford Robin Dunbar considera que el cotilleo es un elemento absolutamente clave de la evolución humana.

«Por motivos que no están claros, el cotilleo ha adquirido mala reputación. Es visto como algo malicioso, destructivo y completamente reprobable. Describir a una persona como una vieja chismosa implica que tiene demasiado tiempo libre y que no sabe qué hacer con él», escribe Dunbar en Gossip in Evolutionary Perspective. «Yo quiero, por el contrario, centrarme en la naturaleza más amplia del cotilleo y argumentar que es el núcleo de las relaciones sociales humanas. Sin él, no habría sociedad. Resumiendo, es el cotilleo lo que hace posible la sociedad humana como la conocemos».

Para apoyar su tesis, Dunbar estudia las sociedades de monos del Antiguo Mundo, a las que pertenecemos los homo sapiens, y en las que se sacrifican los objetivos personales en el corto plazo por el bien común. Esa vida en sociedad también tiene sus inconvenientes, como sabe cualquiera que no se considere un anacoreta. En el caso de los primates menos evolucionados, son las peleas por el dominio del grupo, los desplazamientos en el orden social o las dificultades en la coordinación de esfuerzos.

¿Cómo solucionan los primates estos conflictos? Creando alianzas. Y no hay mejor forma de afianzarlas que la entretenida tarea de limpiarse unos a otros. Tú me quitas los piojos a mí y yo te los quito a ti. Con esta actividad, se dispara la secreción de endorfinas, las hormonas de la felicidad. Pero entre los homo sapiens la cosa ya no era tan simple. A medida que estas sociedades iban creciendo más y más, hubo que crear un sistema más eficiente que el de limpieza social, al que los monos dedican un 20% de su día. Y la solución llegó con el lenguaje.

Frente al acicalado social, que hay que realizarlo en pareja y con total dedicación, en una conversación pueden intervenir múltiples individuos y además es posible mantenerla mientras se trabaja. Según Dunbar, en los grandes grupos humanos, el lenguaje puede contribuir a la cohesión del grupo de cuatro formas principales: Buscar consejo o soluciones a situaciones hipotéticas, amonestar a los que se saltan las convenciones formales e informales del grupo, hablar bien de uno mismo para posicionarse como posible amigo o pareja, y hablar con los demás para manipularlos. Por supuesto, el lenguaje también es lo que ha permitido a los homo sapiens desarrollar la tecnología.

«Este punto de vista tecnológico o económico del lenguaje ha calado tan a fondo en nuestra percepción que nos ha hecho pensar que cualquier otra función es trivial y está motivada por el aburrimiento y la idiotez», escribe Dunbar. «El auténtico asunto aquí es cuál fue el huevo y cuál fue la gallina». Dunbar quiere saber si el lenguaje evolucionó para permitirnos crecer intelectualmente o para facilitar el intercambio de información social.

Para responder a esta pregunta, él y sus ayudantes espiaron sistemáticamente conversaciones ajenas en espacios públicos. Y observaron que un 65% de las escuchas entraban dentro de la categoría de cotilleo. Según el británico, esto prueba que el cotilleo tiene una importancia capital para la cohesión de las sociedades humanas.

Entonces, ¿de dónde viene la mala fama del cotilleo? Según Dunbar, de llevar al exceso la amonestación a las personas que se saltan las convenciones sociales. Aunque estos intercambios de información resultan imprescindibles en sociedades humanas amplias, intensifican el interés que tenemos por los demás; sin embargo, llevados a extremos, se pueden convertir en un problema.

«Esto no debe distraernos del tema central de que el cotilleo es la base en la que se apoya la sociabilidad humana», concluye Dunbar. «En realidad, la demanda cognitiva que supone cotillear es la razón principal por la que evolución agrandó nuestros cerebros». Así pues, Sálvame, Dios nos libre, nos hizo homo sapiens.

Telecinco, la cadena estrella de Mediaset, lleva desde 1995 apostando básicamente por el mundo del cotilleo y el periodismo del corazón. Ese año nacía ¡Qué me dices!, en el que Belinda Washington y José Antonio Botella, más conocido como el Chapis, daban un repaso al famoseo y farándula del momento. Luego vinieron Aquí hay tomate, Salsa Rosa, A tu lado… para llegar a la cúspide en 2009 con Sálvame. Hoy, en sus diferentes ediciones, ocupa gran parte de la parrilla y lidera las audiencias. Pero no todos ven con malos ojos eso que los biempensantes llaman despectivamente cotilleo. El antropólogo de la Universidad de Oxford Robin Dunbar considera que el cotilleo es un elemento absolutamente clave de la evolución humana.

«Por motivos que no están claros, el cotilleo ha adquirido mala reputación. Es visto como algo malicioso, destructivo y completamente reprobable. Describir a una persona como una vieja chismosa implica que tiene demasiado tiempo libre y que no sabe qué hacer con él», escribe Dunbar en Gossip in Evolutionary Perspective. «Yo quiero, por el contrario, centrarme en la naturaleza más amplia del cotilleo y argumentar que es el núcleo de las relaciones sociales humanas. Sin él, no habría sociedad. Resumiendo, es el cotilleo lo que hace posible la sociedad humana como la conocemos».

Para apoyar su tesis, Dunbar estudia las sociedades de monos del Antiguo Mundo, a las que pertenecemos los homo sapiens, y en las que se sacrifican los objetivos personales en el corto plazo por el bien común. Esa vida en sociedad también tiene sus inconvenientes, como sabe cualquiera que no se considere un anacoreta. En el caso de los primates menos evolucionados, son las peleas por el dominio del grupo, los desplazamientos en el orden social o las dificultades en la coordinación de esfuerzos.

¿Cómo solucionan los primates estos conflictos? Creando alianzas. Y no hay mejor forma de afianzarlas que la entretenida tarea de limpiarse unos a otros. Tú me quitas los piojos a mí y yo te los quito a ti. Con esta actividad, se dispara la secreción de endorfinas, las hormonas de la felicidad. Pero entre los homo sapiens la cosa ya no era tan simple. A medida que estas sociedades iban creciendo más y más, hubo que crear un sistema más eficiente que el de limpieza social, al que los monos dedican un 20% de su día. Y la solución llegó con el lenguaje.

Frente al acicalado social, que hay que realizarlo en pareja y con total dedicación, en una conversación pueden intervenir múltiples individuos y además es posible mantenerla mientras se trabaja. Según Dunbar, en los grandes grupos humanos, el lenguaje puede contribuir a la cohesión del grupo de cuatro formas principales: Buscar consejo o soluciones a situaciones hipotéticas, amonestar a los que se saltan las convenciones formales e informales del grupo, hablar bien de uno mismo para posicionarse como posible amigo o pareja, y hablar con los demás para manipularlos. Por supuesto, el lenguaje también es lo que ha permitido a los homo sapiens desarrollar la tecnología.

«Este punto de vista tecnológico o económico del lenguaje ha calado tan a fondo en nuestra percepción que nos ha hecho pensar que cualquier otra función es trivial y está motivada por el aburrimiento y la idiotez», escribe Dunbar. «El auténtico asunto aquí es cuál fue el huevo y cuál fue la gallina». Dunbar quiere saber si el lenguaje evolucionó para permitirnos crecer intelectualmente o para facilitar el intercambio de información social.

Para responder a esta pregunta, él y sus ayudantes espiaron sistemáticamente conversaciones ajenas en espacios públicos. Y observaron que un 65% de las escuchas entraban dentro de la categoría de cotilleo. Según el británico, esto prueba que el cotilleo tiene una importancia capital para la cohesión de las sociedades humanas.

Entonces, ¿de dónde viene la mala fama del cotilleo? Según Dunbar, de llevar al exceso la amonestación a las personas que se saltan las convenciones sociales. Aunque estos intercambios de información resultan imprescindibles en sociedades humanas amplias, intensifican el interés que tenemos por los demás; sin embargo, llevados a extremos, se pueden convertir en un problema.

«Esto no debe distraernos del tema central de que el cotilleo es la base en la que se apoya la sociabilidad humana», concluye Dunbar. «En realidad, la demanda cognitiva que supone cotillear es la razón principal por la que evolución agrandó nuestros cerebros». Así pues, Sálvame, Dios nos libre, nos hizo homo sapiens.

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