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25 de abril 2017    /   CINE/TV
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Cómo reírse en la cara de Silicon Valley

25 de abril 2017    /   CINE/TV     por          
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La fiebre del oro moderna está en Silicon Valley. Y en torno a ella se ha creado toda una mitología de emprendedores audaces, start-ups con mesas de ping-pong en las oficinas y dinero fácil. Un mundo de fábula donde las empresas afirman estar comprometidas no solo con su trabajo, sino con fines altruistas —«hacer del mundo un lugar mejor» o «cambiar el mundo» son eslóganes voceados por las culturas corporativas de este universo—. De esto y de muchas otras cosas se burla la serie creada por Mike Judge, que fue bautizada en honor al mundo que parodia: Silicon Valley.

Mike Judge, creador de las sátiras animadas Beavis and Butt-Head y King of the Hill, propuso como ingredientes de Silicon Valley el humor ácido, lo absurdo, la hipérbole y el peculiar costumbrismo que se respira en el valle del silicio. Se acaba de estrenar la cuarta temporada en HBO, que como viene siendo habitual ha comenzado con un golpe a la trama.

Desde que se emitiera por primera vez en 2014, la serie ha trazado varios giros de guion como si ella misma fuera una start-up en lucha por la supervivencia. Pero, sobre todo, ha escarbado en los clichés de este mundo, destruyendo capítulo a capítulo su idiosincrasia fabulosa.

Tanto es así que al parecer los departamentos de comunicación de algunas grandes compañías habrían pedido a sus empleados que dejaran de decir que están «haciendo del mundo un lugar mejor». El motivo se encuentra en un episodio de la primera temporada de la serie. Aquí un puñado de start-ups presentan su producto ante una audiencia de inversores. Se escucha una batería de frases del estilo «estamos haciendo del mundo un lugar mejor con centros de datos definidos por software» o «un mundo mejor a través de bases de datos escalables, distribuidas…». Y así hasta llevar el marketing a la cuadratura de lo absurdo.

NOTA: sí, hay algunos spoilers, aunque nada como para echarse las manos a la cabeza.

Silicon Valley narra las desventuras de Richard, un emprendedor por sorpresa, y su grupo de fieles por casualidad. De pronto se encuentran en sus manos con un algoritmo de compresión que es un diamante en bruto. Un fondo de inversión les financia y, a partir de ahí, empieza una carrera de obstáculos en la que les pasa de todo.

Por el camino, Silicon Valley pinta un universo salpicado de oportunistas y egos hipertrofiados a base de adulaciones. Los lugares comunes abundan para triturarlos con deleite. Pero el humor de la serie también recurre a las estridencias. ¿Todos los inversores son de cálculo templado? Desde luego no es el caso de Ross Hanneman, un personaje que entra en depresión porque ha perdido la categoría de milmillonario. Solo tiene unos pocos millones menos de los 1.000 requeridos para llamarse billionaire, pero está desesperado.

Las situaciones se moldean hasta alcanzar el ridículo. En este registro se mueve como pez en el agua la serie, jugando con el lenguaje cinematográfico. Como en esa ocasión en que parece que el equipo está en un aprieto y la escena comienza a mudar su ambiente. Los personajes van a tener una idea brillante, algo grande de verdad que les saque del callejón sin salida y los haga despegar. Alguien dice algo, otro replica. Todos los personajes entran en la conversación tímidamente, con desapego. Pero han tenido una idea y uno de ellos se da cuenta de la genialidad.

Entonces la escena comienza a rodar. Todos aportan a la idea sin saber que están creando algo grande. Hay cálculos, confusiones, problemas a resolver, soluciones a esos problemas. El trabajo en equipo se dispara. La escena se vuelve vibrante. La música y el montaje aderezan el entusiasmo del espectador. Los personajes llenan una pizarra de números, notas y gráficos. Todo parece la obra de un genio inspirado, como cuando un científico supertalentoso se pone a trabajar de forma absorbente en una película.

Solo que en esta escena los cálculos de la pizarra, el trabajo en equipo y las contribuciones brillantes tienen un objetivo poco convencional: estimar cómo una sola persona podría masturbar a una audiencia de 800 individuos en diez minutos.

Uno de los entretenimientos es detectar la burla en los detalles, de los cuales está llena la serie. Como cuando Erlich —un personaje excéntrico con un aprecio superlativo por su propia persona—, en un momento de rabia, coge un muñeco de Steve Jobs y lo golpea, como lo haría con cualquier objeto a mano: el ratón de un ordenador, un cuaderno o una botella de agua.

Pero no. Lo hace con toda la iconografía de Silicon Valley consagrada en una miniatura: el emprendedor por excelencia, ejemplo a seguir por todos, a veces hasta en lo malo. Steve Jobs, que fundó Apple compitiendo contra el gigante IBM, al que despidieron de su propia compañía y que volvió a empezar para transitar por un camino de éxito que lo llevó de vuelta a Apple, a la que hizo resurgir de forma milagrosa, con el resultado de inventar el iPhone y de verdad haber cambiado el mundo con esto. Steve Jobs, convertido en un monigote al que agarran con el puño y golpean contra una mesa.

La burla también dirige sus dardos hacia la omnipresencia tecnológica. Una muestra es la secuencia en la que uno de los personajesse monta en un coche autónomo. Pero ¿y si el coche se equivoca? Si toda la tecnología es autónoma, no hay nadie a quien pedir ayuda. Porque un robot no escucha más allá de su propia cantinela, que es lo que con frecuencia le ocurre a la gente de Silicon Valley. No a los de la serie.

Imagen de portada: HBO

La fiebre del oro moderna está en Silicon Valley. Y en torno a ella se ha creado toda una mitología de emprendedores audaces, start-ups con mesas de ping-pong en las oficinas y dinero fácil. Un mundo de fábula donde las empresas afirman estar comprometidas no solo con su trabajo, sino con fines altruistas —«hacer del mundo un lugar mejor» o «cambiar el mundo» son eslóganes voceados por las culturas corporativas de este universo—. De esto y de muchas otras cosas se burla la serie creada por Mike Judge, que fue bautizada en honor al mundo que parodia: Silicon Valley.

Mike Judge, creador de las sátiras animadas Beavis and Butt-Head y King of the Hill, propuso como ingredientes de Silicon Valley el humor ácido, lo absurdo, la hipérbole y el peculiar costumbrismo que se respira en el valle del silicio. Se acaba de estrenar la cuarta temporada en HBO, que como viene siendo habitual ha comenzado con un golpe a la trama.

Desde que se emitiera por primera vez en 2014, la serie ha trazado varios giros de guion como si ella misma fuera una start-up en lucha por la supervivencia. Pero, sobre todo, ha escarbado en los clichés de este mundo, destruyendo capítulo a capítulo su idiosincrasia fabulosa.

Tanto es así que al parecer los departamentos de comunicación de algunas grandes compañías habrían pedido a sus empleados que dejaran de decir que están «haciendo del mundo un lugar mejor». El motivo se encuentra en un episodio de la primera temporada de la serie. Aquí un puñado de start-ups presentan su producto ante una audiencia de inversores. Se escucha una batería de frases del estilo «estamos haciendo del mundo un lugar mejor con centros de datos definidos por software» o «un mundo mejor a través de bases de datos escalables, distribuidas…». Y así hasta llevar el marketing a la cuadratura de lo absurdo.

NOTA: sí, hay algunos spoilers, aunque nada como para echarse las manos a la cabeza.

Silicon Valley narra las desventuras de Richard, un emprendedor por sorpresa, y su grupo de fieles por casualidad. De pronto se encuentran en sus manos con un algoritmo de compresión que es un diamante en bruto. Un fondo de inversión les financia y, a partir de ahí, empieza una carrera de obstáculos en la que les pasa de todo.

Por el camino, Silicon Valley pinta un universo salpicado de oportunistas y egos hipertrofiados a base de adulaciones. Los lugares comunes abundan para triturarlos con deleite. Pero el humor de la serie también recurre a las estridencias. ¿Todos los inversores son de cálculo templado? Desde luego no es el caso de Ross Hanneman, un personaje que entra en depresión porque ha perdido la categoría de milmillonario. Solo tiene unos pocos millones menos de los 1.000 requeridos para llamarse billionaire, pero está desesperado.

Las situaciones se moldean hasta alcanzar el ridículo. En este registro se mueve como pez en el agua la serie, jugando con el lenguaje cinematográfico. Como en esa ocasión en que parece que el equipo está en un aprieto y la escena comienza a mudar su ambiente. Los personajes van a tener una idea brillante, algo grande de verdad que les saque del callejón sin salida y los haga despegar. Alguien dice algo, otro replica. Todos los personajes entran en la conversación tímidamente, con desapego. Pero han tenido una idea y uno de ellos se da cuenta de la genialidad.

Entonces la escena comienza a rodar. Todos aportan a la idea sin saber que están creando algo grande. Hay cálculos, confusiones, problemas a resolver, soluciones a esos problemas. El trabajo en equipo se dispara. La escena se vuelve vibrante. La música y el montaje aderezan el entusiasmo del espectador. Los personajes llenan una pizarra de números, notas y gráficos. Todo parece la obra de un genio inspirado, como cuando un científico supertalentoso se pone a trabajar de forma absorbente en una película.

Solo que en esta escena los cálculos de la pizarra, el trabajo en equipo y las contribuciones brillantes tienen un objetivo poco convencional: estimar cómo una sola persona podría masturbar a una audiencia de 800 individuos en diez minutos.

Uno de los entretenimientos es detectar la burla en los detalles, de los cuales está llena la serie. Como cuando Erlich —un personaje excéntrico con un aprecio superlativo por su propia persona—, en un momento de rabia, coge un muñeco de Steve Jobs y lo golpea, como lo haría con cualquier objeto a mano: el ratón de un ordenador, un cuaderno o una botella de agua.

Pero no. Lo hace con toda la iconografía de Silicon Valley consagrada en una miniatura: el emprendedor por excelencia, ejemplo a seguir por todos, a veces hasta en lo malo. Steve Jobs, que fundó Apple compitiendo contra el gigante IBM, al que despidieron de su propia compañía y que volvió a empezar para transitar por un camino de éxito que lo llevó de vuelta a Apple, a la que hizo resurgir de forma milagrosa, con el resultado de inventar el iPhone y de verdad haber cambiado el mundo con esto. Steve Jobs, convertido en un monigote al que agarran con el puño y golpean contra una mesa.

La burla también dirige sus dardos hacia la omnipresencia tecnológica. Una muestra es la secuencia en la que uno de los personajesse monta en un coche autónomo. Pero ¿y si el coche se equivoca? Si toda la tecnología es autónoma, no hay nadie a quien pedir ayuda. Porque un robot no escucha más allá de su propia cantinela, que es lo que con frecuencia le ocurre a la gente de Silicon Valley. No a los de la serie.

Imagen de portada: HBO

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Opiniones 1
  • La serie es buena, divertida y sin pretensiones. triunfa porque no se ponen limites al humor.
    El articulo plagado de referencias q destruyen algunos puntos sublimes de la trama (vulho spoilers) es pretencioso y aburrido. Se puede hacer mejor o si no se sabe, no hacer nada.

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