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17 de noviembre 2017    /   ENTRETENIMIENTO
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Esos modelos a los que no invitarías al cocido del domingo en tu casa

17 de noviembre 2017    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Quiere romper a través de las imágenes el silencio y la opacidad de unas existencias insólitas o clandestinas que se dejan ver por el barrio del Raval, en Barcelona, y otros lugares. Busca visibilizar la invisibilidad y, de paso, llevar a cabo una fashion revolution. Sasha Asensio es un fotógrafo irreverente e irónico. Sin embargo, nunca pierde su mirada humanitaria a la hora de retratar a sus modelos.

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«Son personas que superan cada día lo que nosotros intentamos evitar a toda costa. Me parece admirable», señala este diseñador gráfico y publicista, que nació hace 47 años en Brasil, pero vive en España desde hace más de dos décadas. «Empecé a hacer fotos a los 17 años, en São Paulo. Soy hijo de asturianos emigrados a Brasil en los años 50. Mi padre, Eduardo Asensio, era abogado, pero en Brasil se hizo pintor y hoy su nombre es bastante reconocido en el mundo del arte. Pintó una serie de monjas picassianas, luego se metió en publicidad y acabó como directivo en la principal televisión del país. Seguramente el hecho de haber tenido a un padre artista en casa me ha influido».

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A pesar de pertenecer a una familia acomodada, el fotógrafo siempre sintió una fuerte fascinación por el otro lado de la sociedad, por aquellas personas que nadie en su sano juicio invitaría al cocido del domingo en su casa. «En Brasil ya tenía una gran curiosidad por conocer las favelas, que estaban cerca de casa. Era como un imán, me sentía muy atraído por este mundo paralelo. Siempre sentí la necesidad de conocer este otro mundo y nunca me sentí incómodo, al revés», revela Asensio.

En 1992 se mudó a España. Tenía 22 años. Tras vivir un tiempo en Asturias, optó por establecerse en Barcelona. «En Asturias echaba mucho de menos lo que había conocido en Brasil. Necesitaba una ciudad más grande y con más mestizaje. El Raval no es una imposición, fue una decisión. Es el barrio más cosmopolita de Barcelona y quizás de España», asegura.

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En estas calles donde extranjeros de las más diferentes nacionalidades se juntan a una tribu de sintechos, drogodependientes, enfermos y prostitutas, el fotógrafo encontró su gran laboratorio social en el que experimentar con su retratera fija, una 70 mm que alterna con una 80 mm. «Me fascina interactuar con ellos y camelarlos, seducirlos. Me encanta el aprendizaje que tengo con estas personas más allá del acto puramente fotográfico. Es como llevar a cabo un trabajo de antropología», afirma.

De sus fotos se desprende la intención de mostrar a estos personajes al borde del abismo con dignidad. «Intento sacar la belleza y el ego que en el fondo todos tenemos. Me gustan que saquen su hermosura, que miren a la cámara y que digan: ¡aquí estoy! Pueden ser usuarios o tener anticuerpos, pero no está todo perdido. Hay un ego, se sienten guapos, miran y enfrentan la cámara. Esto es muy bonito», señala Asensio.

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«Hace poco fotografié a una señora dominicana que conozco desde hace mucho tiempo. Se llama Eusebia y tiene 80 años. La señora no paraba de repetir que es tatarabuela. ¿Para qué me quieres hacer una foto?, me preguntó. Después de convencerla, se soltó el pelo y se puso coqueta. Me pareció fascinante. Es curioso, pero le pasa a todo el mundo. No hay nadie que no tenga ganas de aparecer bonito. Me gusta sacar este sentimiento en una foto», agrega.

Para conseguir sus retratos, Asensio dedica muchas atenciones a sus modelos improvisados. «El tiempo que empleo es inmenso. En cada retrato hay que conseguir que la persona esté cómoda y no frunza el ceño. Tiene que estar tranquila delante de la cámara y relajada. A muchos les veo a diario y conozco sus nombres y su vida. A otros, menos. Pero vivo en el Raval. Salgo por la puerta y voy saludando. Después de hacer mis fotos, mantengo el contacto con muchos de ellos», revela.

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Incluso suele llevar fotos impresas en el bolsillo para regalarlas a sus personajes. «Me encanta observar el momento en el que se reconocen en la foto. Me enternece verlos cuando se encuentran con ellos mismos», explica Asensio. «Intento mostrar un pedacito de la sociedad que no está en el circuito convencional, pero en un contexto digno y de belleza cuando es posible. La foto de un señor al que le faltan casi todos los dientes nunca va a resultar agradable, pero a lo mejor tiene una mirada bonita o una actitud interesante».

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Recientemente Asensio ha publicado Super Brands, su tercer libro, editado con Dos Pájaros y con una tirada de 1.500 ejemplares. En sus páginas, retratos que mezclan dureza y ternura llevan cabeceras de grandes revistas de moda o de famosas cadenas hoteleras. La combinación inesperada crea un contraste estridente, que no deja indiferente.

«He intentado jugar un poco, pero sin dramatismo y con humor. Mucha gente me pregunta de qué me estoy riendo. Me río de todos. También me dicen que es una falta de respecto. En todo caso, sería una falta de respecto hacia las marcas, pero tampoco los es. Ninguna marca se ha quejado jamás», asegura.

chanel

Asensio cuenta que alguna vez las cuidadoras de los toxicómanos no están de acuerdo con que les haga fotos. «Ellos quieren y ellas no. Yo les pregunto: ¿por qué no?, ¿acaso no son personas, no son aptos para ser retratados? Enseguida se acaba la discusión», relata.

Para este fotógrafo Super Brands es una especie de fotodenuncia. «Me parecía muy interesante el contraste entre la foto y la cabecera, sobre todo en una sociedad que impone ciertos cánones de belleza. Las revistas pueden crear mucha frustración social. No es real lo que muestran, no existe. Me gusta jugar a lo opuesto, colocar a personas reales publicitando las mismas marcas. Me gusta buscar la tensión emocional con mis fotos», indica.

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La fotografía para Asensio es un desahogo. Destaca que sus motivaciones están por encima de lo económico. También rechaza la palabra grotesco para definir a sus personajes, igual que la definición de friki, tan usada por uno de sus referente, la fotógrafa neoyorquina Diane Arbus. «Hoy día en la España contemporánea no estaría bien empleada, porque es peyorativa», destaca.

Su inquietud le ha llevado a retratar a los habitantes de algunos de los barrios más deprimidos de España, como las Tres Mil Viviendas en Sevilla, El Gallinero y la Cañada Real en Madrid, y La Mina en Barcelona. En un futuro próximo planea ir al barrio de El Príncipe en Ceuta, a La Palmita de Málaga y regresar a La Luz de Avilés. El objetivo final es realizar una serie en 10 barrios deprimidos diseminados por toda la geografía española.

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Quiere romper a través de las imágenes el silencio y la opacidad de unas existencias insólitas o clandestinas que se dejan ver por el barrio del Raval, en Barcelona, y otros lugares. Busca visibilizar la invisibilidad y, de paso, llevar a cabo una fashion revolution. Sasha Asensio es un fotógrafo irreverente e irónico. Sin embargo, nunca pierde su mirada humanitaria a la hora de retratar a sus modelos.

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«Son personas que superan cada día lo que nosotros intentamos evitar a toda costa. Me parece admirable», señala este diseñador gráfico y publicista, que nació hace 47 años en Brasil, pero vive en España desde hace más de dos décadas. «Empecé a hacer fotos a los 17 años, en São Paulo. Soy hijo de asturianos emigrados a Brasil en los años 50. Mi padre, Eduardo Asensio, era abogado, pero en Brasil se hizo pintor y hoy su nombre es bastante reconocido en el mundo del arte. Pintó una serie de monjas picassianas, luego se metió en publicidad y acabó como directivo en la principal televisión del país. Seguramente el hecho de haber tenido a un padre artista en casa me ha influido».

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A pesar de pertenecer a una familia acomodada, el fotógrafo siempre sintió una fuerte fascinación por el otro lado de la sociedad, por aquellas personas que nadie en su sano juicio invitaría al cocido del domingo en su casa. «En Brasil ya tenía una gran curiosidad por conocer las favelas, que estaban cerca de casa. Era como un imán, me sentía muy atraído por este mundo paralelo. Siempre sentí la necesidad de conocer este otro mundo y nunca me sentí incómodo, al revés», revela Asensio.

En 1992 se mudó a España. Tenía 22 años. Tras vivir un tiempo en Asturias, optó por establecerse en Barcelona. «En Asturias echaba mucho de menos lo que había conocido en Brasil. Necesitaba una ciudad más grande y con más mestizaje. El Raval no es una imposición, fue una decisión. Es el barrio más cosmopolita de Barcelona y quizás de España», asegura.

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En estas calles donde extranjeros de las más diferentes nacionalidades se juntan a una tribu de sintechos, drogodependientes, enfermos y prostitutas, el fotógrafo encontró su gran laboratorio social en el que experimentar con su retratera fija, una 70 mm que alterna con una 80 mm. «Me fascina interactuar con ellos y camelarlos, seducirlos. Me encanta el aprendizaje que tengo con estas personas más allá del acto puramente fotográfico. Es como llevar a cabo un trabajo de antropología», afirma.

De sus fotos se desprende la intención de mostrar a estos personajes al borde del abismo con dignidad. «Intento sacar la belleza y el ego que en el fondo todos tenemos. Me gustan que saquen su hermosura, que miren a la cámara y que digan: ¡aquí estoy! Pueden ser usuarios o tener anticuerpos, pero no está todo perdido. Hay un ego, se sienten guapos, miran y enfrentan la cámara. Esto es muy bonito», señala Asensio.

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«Hace poco fotografié a una señora dominicana que conozco desde hace mucho tiempo. Se llama Eusebia y tiene 80 años. La señora no paraba de repetir que es tatarabuela. ¿Para qué me quieres hacer una foto?, me preguntó. Después de convencerla, se soltó el pelo y se puso coqueta. Me pareció fascinante. Es curioso, pero le pasa a todo el mundo. No hay nadie que no tenga ganas de aparecer bonito. Me gusta sacar este sentimiento en una foto», agrega.

Para conseguir sus retratos, Asensio dedica muchas atenciones a sus modelos improvisados. «El tiempo que empleo es inmenso. En cada retrato hay que conseguir que la persona esté cómoda y no frunza el ceño. Tiene que estar tranquila delante de la cámara y relajada. A muchos les veo a diario y conozco sus nombres y su vida. A otros, menos. Pero vivo en el Raval. Salgo por la puerta y voy saludando. Después de hacer mis fotos, mantengo el contacto con muchos de ellos», revela.

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Incluso suele llevar fotos impresas en el bolsillo para regalarlas a sus personajes. «Me encanta observar el momento en el que se reconocen en la foto. Me enternece verlos cuando se encuentran con ellos mismos», explica Asensio. «Intento mostrar un pedacito de la sociedad que no está en el circuito convencional, pero en un contexto digno y de belleza cuando es posible. La foto de un señor al que le faltan casi todos los dientes nunca va a resultar agradable, pero a lo mejor tiene una mirada bonita o una actitud interesante».

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Recientemente Asensio ha publicado Super Brands, su tercer libro, editado con Dos Pájaros y con una tirada de 1.500 ejemplares. En sus páginas, retratos que mezclan dureza y ternura llevan cabeceras de grandes revistas de moda o de famosas cadenas hoteleras. La combinación inesperada crea un contraste estridente, que no deja indiferente.

«He intentado jugar un poco, pero sin dramatismo y con humor. Mucha gente me pregunta de qué me estoy riendo. Me río de todos. También me dicen que es una falta de respecto. En todo caso, sería una falta de respecto hacia las marcas, pero tampoco los es. Ninguna marca se ha quejado jamás», asegura.

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Asensio cuenta que alguna vez las cuidadoras de los toxicómanos no están de acuerdo con que les haga fotos. «Ellos quieren y ellas no. Yo les pregunto: ¿por qué no?, ¿acaso no son personas, no son aptos para ser retratados? Enseguida se acaba la discusión», relata.

Para este fotógrafo Super Brands es una especie de fotodenuncia. «Me parecía muy interesante el contraste entre la foto y la cabecera, sobre todo en una sociedad que impone ciertos cánones de belleza. Las revistas pueden crear mucha frustración social. No es real lo que muestran, no existe. Me gusta jugar a lo opuesto, colocar a personas reales publicitando las mismas marcas. Me gusta buscar la tensión emocional con mis fotos», indica.

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La fotografía para Asensio es un desahogo. Destaca que sus motivaciones están por encima de lo económico. También rechaza la palabra grotesco para definir a sus personajes, igual que la definición de friki, tan usada por uno de sus referente, la fotógrafa neoyorquina Diane Arbus. «Hoy día en la España contemporánea no estaría bien empleada, porque es peyorativa», destaca.

Su inquietud le ha llevado a retratar a los habitantes de algunos de los barrios más deprimidos de España, como las Tres Mil Viviendas en Sevilla, El Gallinero y la Cañada Real en Madrid, y La Mina en Barcelona. En un futuro próximo planea ir al barrio de El Príncipe en Ceuta, a La Palmita de Málaga y regresar a La Luz de Avilés. El objetivo final es realizar una serie en 10 barrios deprimidos diseminados por toda la geografía española.

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Opiniones 6
  • El artículo me parece bastante bueno pero el título es una estupidez. Esta recalcando la necesidad de igualdad y con un título así sólo consigue el rechazo…

    • A mí me parece que el titulo hace reflexionar sobre los prejuicios que todos, o la mayoría, tenemos. A mi, particularmente, me hizo pensar en que nos estamos perdiendo cuando miramos para otro lado. Creo que es un buen titulo para el artículo, Sasha Asensio no mira para el otro lado.

    • Perdona, yo no lo veo así. Creo que precisamente te enfrenta al rechazo que por lo general te suscita toda aquella persona que conviene con el abismo e inmerso en un mundo de marginalidad, pobreza y violencia. Es una realidad, el rechazo es la primera actitud que suscita en gente que vive una vida normalizada lejos de las inclemencias que día a día estos y estas protagonistas viven día a día. Creo que este proyecto busca que cambiemos nuestra mirada y entendamos que todos somos dignos de ser vistos y mirados desde otra perspectiva, ir más allá.

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