24 de octubre 2016    /   ENTRETENIMIENTO
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‘Satellite of love’: La canción de Lou Reed que le enemistó con Bowie

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Primavera de 1970, Nueva York. Una limusina cruza Manhattan. En la parte de atrás viajan Lou Reed, Doug Yule y Steve Sesnick. Sesnick es el manager de la Velvet Underground. Lo es desde que el grupo rompió relaciones con Andy Warhol tras el fracaso del primer álbum, el del plátano en la portada. Sesnick llevaba un club en Boston cuando conoció al grupo y se ofreció a llevarles los asuntos. Fue él quien apretó a Lou Reed para que echase de forma unilateral a John Cale, fundador de la banda con Reed y responsable de la faceta más ruidista de la Velvet.

El sonido y la actitud de Cale no eran los indicados si se querían vender discos, como habían demostrado las pésimas cifras de su segundo álbum, White Light, White Heat. En lugar del músico galés, Sesnick recomendó incorporar a Doug Yule, un joven neoyorquino de voz dulce y mucho más manejable que Cale.

Yule, Reed y Sesnick iban en esa limusina. Sesnick les hablaba de lo importante que era hacer canciones con gancho comercial, que fueran fáciles de pinchar en la radio. El tercer disco que había sacado la Velvet era mucho más calmado y elegante que los dos anteriores, pero tampoco había obtenido el menor éxito. Reed le contestó que estaba trabajando en algo, una canción sobre un satélite. En esos días, los satélites y la carrera espacial aparecían continuamente en las noticias y estaban en boca de todos.

A Sesnick le sonó bien; «¡Eso es lo que necesitamos!». La Velvet Underground grabaría una maqueta de Satellite of love, pero esa canción no llegó al cuarto y último disco de la banda, el álbum Loaded. Lou Reed tampoco. Estaba cansado de los fracasos y del escaso apoyo de la discográfica, pero especialmente de Sesnick, de su falso apoyo moral y de cómo le había manejado. Lou Reed también quería vender discos, pero no a cualquier precio.

Dos años después Lou Reed se encuentra perdido y sin rumbo. Su primer disco en solitario había sido otro fiasco. Ahí fue cuando David Bowie llegó al rescate. Bowie era un gran admirador de Reed le había dedicado la canción Queen bitch y las cosas le iban bien. El disco Ziggy Stardust le había convertido en una estrella y era el momento de echar una mano al ídolo en desgracia. Así nació Transformer, un canto del cisne que supo explotar el lirismo afilado de Reed en unas canciones inmediatas, pegadizas y capaces de llegar al oído medio a pesar de algunas temáticas sórdidas. Walk on the wild side y Perfect day se volverían sus piezas más célebres.

Pero a nivel compositivo, el punto álgido estaba en este Satélite del amor. En su letra, la ironía habitual de Reed se desvanece en favor de lo mundano y lo cotidiano. Un tipo observa el lanzamiento de un satélite al espacio. Le gusta ver esas cosas por la tele. Se asombra pensando en el progreso alcanzado y se imagina que no tardarán en colonizar Marte y llenarlo de coches. De repente, le cambia el chip y se pone celoso. Y le cuenta a su novia, que tal vez esté allí viendo la tele con él, un chivatazo que le acaba de llegar: que ella se lo está montando de lunes a jueves con Harry, Mark y John.

Es una letra sencilla, pero va envuelta en una música de la que emana un aura amorosa, hermosa y altamente emocional. Los arreglos son perfectos. Hay detalles de tuba y de trompeta. Mick Ronson está sublime al piano. Pero el broche de oro lo ponen los coros de David Bowie y el trío de coristas femeninas The Thunder Thighs, cuyas voces nos conducen hacia un apoteósico final.

Algo debió ocurrir en el estudio; Reed y Bowie salieron de allí enemistados y tardarían muchos años en reconciliarse. Lo que está claro es que este disco marcaría el salto a la fama del neoyorquino, y cierto es que, a pesar de firmar muchas otras grandes canciones hasta su muerte, siempre se vio perseguido por la sombra de Transformer.

 

Foto de portada: Michal Durinik / Shutterstock.com

Primavera de 1970, Nueva York. Una limusina cruza Manhattan. En la parte de atrás viajan Lou Reed, Doug Yule y Steve Sesnick. Sesnick es el manager de la Velvet Underground. Lo es desde que el grupo rompió relaciones con Andy Warhol tras el fracaso del primer álbum, el del plátano en la portada. Sesnick llevaba un club en Boston cuando conoció al grupo y se ofreció a llevarles los asuntos. Fue él quien apretó a Lou Reed para que echase de forma unilateral a John Cale, fundador de la banda con Reed y responsable de la faceta más ruidista de la Velvet.

El sonido y la actitud de Cale no eran los indicados si se querían vender discos, como habían demostrado las pésimas cifras de su segundo álbum, White Light, White Heat. En lugar del músico galés, Sesnick recomendó incorporar a Doug Yule, un joven neoyorquino de voz dulce y mucho más manejable que Cale.

Yule, Reed y Sesnick iban en esa limusina. Sesnick les hablaba de lo importante que era hacer canciones con gancho comercial, que fueran fáciles de pinchar en la radio. El tercer disco que había sacado la Velvet era mucho más calmado y elegante que los dos anteriores, pero tampoco había obtenido el menor éxito. Reed le contestó que estaba trabajando en algo, una canción sobre un satélite. En esos días, los satélites y la carrera espacial aparecían continuamente en las noticias y estaban en boca de todos.

A Sesnick le sonó bien; «¡Eso es lo que necesitamos!». La Velvet Underground grabaría una maqueta de Satellite of love, pero esa canción no llegó al cuarto y último disco de la banda, el álbum Loaded. Lou Reed tampoco. Estaba cansado de los fracasos y del escaso apoyo de la discográfica, pero especialmente de Sesnick, de su falso apoyo moral y de cómo le había manejado. Lou Reed también quería vender discos, pero no a cualquier precio.

Dos años después Lou Reed se encuentra perdido y sin rumbo. Su primer disco en solitario había sido otro fiasco. Ahí fue cuando David Bowie llegó al rescate. Bowie era un gran admirador de Reed le había dedicado la canción Queen bitch y las cosas le iban bien. El disco Ziggy Stardust le había convertido en una estrella y era el momento de echar una mano al ídolo en desgracia. Así nació Transformer, un canto del cisne que supo explotar el lirismo afilado de Reed en unas canciones inmediatas, pegadizas y capaces de llegar al oído medio a pesar de algunas temáticas sórdidas. Walk on the wild side y Perfect day se volverían sus piezas más célebres.

Pero a nivel compositivo, el punto álgido estaba en este Satélite del amor. En su letra, la ironía habitual de Reed se desvanece en favor de lo mundano y lo cotidiano. Un tipo observa el lanzamiento de un satélite al espacio. Le gusta ver esas cosas por la tele. Se asombra pensando en el progreso alcanzado y se imagina que no tardarán en colonizar Marte y llenarlo de coches. De repente, le cambia el chip y se pone celoso. Y le cuenta a su novia, que tal vez esté allí viendo la tele con él, un chivatazo que le acaba de llegar: que ella se lo está montando de lunes a jueves con Harry, Mark y John.

Es una letra sencilla, pero va envuelta en una música de la que emana un aura amorosa, hermosa y altamente emocional. Los arreglos son perfectos. Hay detalles de tuba y de trompeta. Mick Ronson está sublime al piano. Pero el broche de oro lo ponen los coros de David Bowie y el trío de coristas femeninas The Thunder Thighs, cuyas voces nos conducen hacia un apoteósico final.

Algo debió ocurrir en el estudio; Reed y Bowie salieron de allí enemistados y tardarían muchos años en reconciliarse. Lo que está claro es que este disco marcaría el salto a la fama del neoyorquino, y cierto es que, a pesar de firmar muchas otras grandes canciones hasta su muerte, siempre se vio perseguido por la sombra de Transformer.

 

Foto de portada: Michal Durinik / Shutterstock.com

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