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2 de abril 2014    /   DIGITAL
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Se busca (buen) periodista deportivo para hablar de videojuegos

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Antes de contarte qué pasó en la primera edición de The International, un torneo del videojuego DOTA 2 que reunió a los mejores equipos del mundo para competir por un primer premio de un millón dólares, el documental Free To Play te da unos cuantos datos para que te hagas a la idea de lo grande que es la escena del deporte electrónico.
Lo hace porque sabe que es difícil de digerir. Incluso los que jugamos a diario y leemos la prensa especializada necesitamos que nos cuenten que los mejores jugadores chinos de DOTA 2 tienen hordas de fans que siguen sus partidas en directo; necesitamos que el base de los Houston Rockets, Jeremy Lin, nos confiese que es fan del juego y que nos lo compare con el baloncesto; y necesitamos que un experto en la materia nos recuerde que la selección surcoreana de fútbol utilizó a estrellas del Starcraft para motivar a sus jugadores en el Mundial.
Es difícil procesarlo, porque los e-Sports llevan ya unos años creciendo a un ritmo loco sin que el resto del mundo le preste demasiada atención. Hace unos meses, en una mesa redonda sobre periodismo y jueguicos en el Fun and Serious Game Festival de Bilbao, alguien del público le echó en cara a los ponentes que la prensa especializada apenas le diera cobertura a a un fenómeno tan importante como el videojuego competitivo. En parte, tiene razón: la parte competitiva de juegos como DOTA 2, Starcraft II, League of Legends, Street Fighter, Call of Duty o Counter Strike es realmente potente y apenas tiene espacio en la mayoría de las revistas y webs del sector.
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Sin embargo, tras ver la película Free To Play, creo que este oyente iracundo no disparó su enfado contra el objetivo correcto. Los e-Sports no necesitan que la prensa del videojuego informe sobre ellos: necesitan y merecen tener su propia prensa. El periodista cultural no tiene nada que hacer ante una narración o una crónica de un torneo de e-Sports porque, por mucho que comprenda el juego, no tiene (y posiblemente tampoco quiere tener) la especialización suficiente para entender y poner en valor las jugadas, las estrategias y las decisiones de un equipo de primera fila. El videojuego competitivo necesita un periodista deportivo que sepa leer el juego, que lo cuente con épica y que trate al videojuego como se merece (hay valores del videojuego que permanecen intactos en la competición, como la capacidad de convertir al jugador en un poderoso mago o en un golem de seis toneladas).
Sin-título-1
DOTA 2 (siglas de Defense of the Ancient) es un juego complejo que requiere mucha destreza, buenos reflejos, trabajo en equipo y mucha estrategia. La idea es la siguiente: dos equipos de cinco jugadores compiten para destruir la base del otro; al principio del choque, cada jugador escoge un héroe de un catálogo de más de 100 personajes y lo modela a su gusto a lo largo de la partida eligiendo en qué orden aprende sus habilidades y equipándole diferentes objetos.
Esos son los cimientos, pero las tácticas y los estilos de juego de los propios jugadores han generado una cultura propia y una amplia jerga que trasciende las propias reglas del juego. Igual que en el baloncesto hay aleros, pívots, escoltas y bases, en DOTA 2 se juega de ‘support’, ‘ganker’,  ‘carry’, ‘jungler’ o ‘pusher’, por ejemplo. Estos términos son solo un ejemplo de la tonelada de neologismos que han parido los e-Sports, pero nos sirven para dejar clara la diferencia fundamental entre el periodista de videojuegos y el periodista de e-Sports: el primero se especializa en el videojuego, el segundo se especializa en un videojuego.
Manolo Lama (lama ding dong) tampoco nos vale. Free To Play nos demuestra que las historias a las que nos tiene acostumbrados la prensa deportiva no tienen mucho que ver con las del videojuego competitivo. El documental hurga en el lado humano de los finalistas del torneo The International y nos enseña las vidas de mierda que llevan muchos de ellos.
Aunque los competidores chinos de DOTA 2 tienen fama y patrocinadores, otros jugadores lo tienen bastante más difícil. El jugador de Singapur Benedict ‘hyhy’ Lim Han Yong, por ejemplo, sacrifica sus estudios por su carrera en el videojuego competitivo mientras su madre y su tía le fustigan por pasar demasiadas horas delante del ordenador.
El ucraniano Danil ‘Dendi’ Ishutin empezó a dedicarse al juego cuando su padre murió de cáncer; mientras que Clinton ‘Fear’ Loomis creció en Oregón sin una figura paterna y su madre terminó echándolo de casa porque le dedicaba demasiadas horas al DOTA.
Nada que ver con los astros del fútbol o los campeones del mundo de motociclismo de la actualidad. Nada de padres obsesionados con que su hijo sea el nuevo Cristiano Ronaldo, nada de ojeadores en los barrios obreros de Río de Janeiro, solo horas y horas de entrenamiento.
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Free To Play es un buen documental que nos enseña un lado del videojuego y del deporte que muchos desconocíamos, pero también es una jugada redonda de Valve, el ‘publisher’ de DOTA 2. Valve compró los derechos de DOTA (antes de que hicieran la secuela, tan solo era un escenario personalizado de Warcraft III), lo convirtió en un juego nuevo e independiente, le dio impulso organizando un torneo internacional con premios en metálico de muchas cifras y ahora le pone cara e historias a la gente que hay detrás de esa competición con un documental que puede verse gratuitamente en la misma plataforma en la que se juega (también gratis) al DOTA 2. Al final, da igual si el torneo se lo lleva un chino, un yanqui o un ucraniano: gana Valve.

Antes de contarte qué pasó en la primera edición de The International, un torneo del videojuego DOTA 2 que reunió a los mejores equipos del mundo para competir por un primer premio de un millón dólares, el documental Free To Play te da unos cuantos datos para que te hagas a la idea de lo grande que es la escena del deporte electrónico.
Lo hace porque sabe que es difícil de digerir. Incluso los que jugamos a diario y leemos la prensa especializada necesitamos que nos cuenten que los mejores jugadores chinos de DOTA 2 tienen hordas de fans que siguen sus partidas en directo; necesitamos que el base de los Houston Rockets, Jeremy Lin, nos confiese que es fan del juego y que nos lo compare con el baloncesto; y necesitamos que un experto en la materia nos recuerde que la selección surcoreana de fútbol utilizó a estrellas del Starcraft para motivar a sus jugadores en el Mundial.
Es difícil procesarlo, porque los e-Sports llevan ya unos años creciendo a un ritmo loco sin que el resto del mundo le preste demasiada atención. Hace unos meses, en una mesa redonda sobre periodismo y jueguicos en el Fun and Serious Game Festival de Bilbao, alguien del público le echó en cara a los ponentes que la prensa especializada apenas le diera cobertura a a un fenómeno tan importante como el videojuego competitivo. En parte, tiene razón: la parte competitiva de juegos como DOTA 2, Starcraft II, League of Legends, Street Fighter, Call of Duty o Counter Strike es realmente potente y apenas tiene espacio en la mayoría de las revistas y webs del sector.
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Sin embargo, tras ver la película Free To Play, creo que este oyente iracundo no disparó su enfado contra el objetivo correcto. Los e-Sports no necesitan que la prensa del videojuego informe sobre ellos: necesitan y merecen tener su propia prensa. El periodista cultural no tiene nada que hacer ante una narración o una crónica de un torneo de e-Sports porque, por mucho que comprenda el juego, no tiene (y posiblemente tampoco quiere tener) la especialización suficiente para entender y poner en valor las jugadas, las estrategias y las decisiones de un equipo de primera fila. El videojuego competitivo necesita un periodista deportivo que sepa leer el juego, que lo cuente con épica y que trate al videojuego como se merece (hay valores del videojuego que permanecen intactos en la competición, como la capacidad de convertir al jugador en un poderoso mago o en un golem de seis toneladas).
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DOTA 2 (siglas de Defense of the Ancient) es un juego complejo que requiere mucha destreza, buenos reflejos, trabajo en equipo y mucha estrategia. La idea es la siguiente: dos equipos de cinco jugadores compiten para destruir la base del otro; al principio del choque, cada jugador escoge un héroe de un catálogo de más de 100 personajes y lo modela a su gusto a lo largo de la partida eligiendo en qué orden aprende sus habilidades y equipándole diferentes objetos.
Esos son los cimientos, pero las tácticas y los estilos de juego de los propios jugadores han generado una cultura propia y una amplia jerga que trasciende las propias reglas del juego. Igual que en el baloncesto hay aleros, pívots, escoltas y bases, en DOTA 2 se juega de ‘support’, ‘ganker’,  ‘carry’, ‘jungler’ o ‘pusher’, por ejemplo. Estos términos son solo un ejemplo de la tonelada de neologismos que han parido los e-Sports, pero nos sirven para dejar clara la diferencia fundamental entre el periodista de videojuegos y el periodista de e-Sports: el primero se especializa en el videojuego, el segundo se especializa en un videojuego.
Manolo Lama (lama ding dong) tampoco nos vale. Free To Play nos demuestra que las historias a las que nos tiene acostumbrados la prensa deportiva no tienen mucho que ver con las del videojuego competitivo. El documental hurga en el lado humano de los finalistas del torneo The International y nos enseña las vidas de mierda que llevan muchos de ellos.
Aunque los competidores chinos de DOTA 2 tienen fama y patrocinadores, otros jugadores lo tienen bastante más difícil. El jugador de Singapur Benedict ‘hyhy’ Lim Han Yong, por ejemplo, sacrifica sus estudios por su carrera en el videojuego competitivo mientras su madre y su tía le fustigan por pasar demasiadas horas delante del ordenador.
El ucraniano Danil ‘Dendi’ Ishutin empezó a dedicarse al juego cuando su padre murió de cáncer; mientras que Clinton ‘Fear’ Loomis creció en Oregón sin una figura paterna y su madre terminó echándolo de casa porque le dedicaba demasiadas horas al DOTA.
Nada que ver con los astros del fútbol o los campeones del mundo de motociclismo de la actualidad. Nada de padres obsesionados con que su hijo sea el nuevo Cristiano Ronaldo, nada de ojeadores en los barrios obreros de Río de Janeiro, solo horas y horas de entrenamiento.
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Free To Play es un buen documental que nos enseña un lado del videojuego y del deporte que muchos desconocíamos, pero también es una jugada redonda de Valve, el ‘publisher’ de DOTA 2. Valve compró los derechos de DOTA (antes de que hicieran la secuela, tan solo era un escenario personalizado de Warcraft III), lo convirtió en un juego nuevo e independiente, le dio impulso organizando un torneo internacional con premios en metálico de muchas cifras y ahora le pone cara e historias a la gente que hay detrás de esa competición con un documental que puede verse gratuitamente en la misma plataforma en la que se juega (también gratis) al DOTA 2. Al final, da igual si el torneo se lo lleva un chino, un yanqui o un ucraniano: gana Valve.

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