10 de noviembre 2016    /   DIGITAL
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¿Se acerca la muerte de Facebook?

10 de noviembre 2016    /   DIGITAL     por          
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Mientras cientos de millones de usuarios como tú siguen actualizando imperturbablemente sus muros, este mes las acciones de Facebook han comenzado a caer con fuerza y algunos analistas esperan que se desplomen un mareante 30%. Wall Street ya no descarta que el ocaso de la principal red social del mundo arranque el año que viene.

Las cosas se han vuelto cada vez más tensas para Mark Zuckerberg en las últimas dos semanas. Imagínate que fueras inversor de su multinacional, que hubieras puesto el dinero porque esperabas enormes cifras de crecimiento… y que te dijeran de repente: oye, puedes perder casi un tercio de lo que valen tus acciones, pero no pasa nada porque somos guays y vamos a encontrar una forma de solucionarlo. ¿Vamos a encontrar una forma?, les dirías. YA LA ESTÁIS ENCONTRANDO.

En Facebook fueron astutos. Soltaron la bomba que ha motivado que pensemos en su ocaso al mismo tiempo que publicaban unos resultados trimestrales fantásticos. No sólo batieron las previsiones ingresando 7.000 millones de dólares, sino que también rozaron los 1.800 millones de usuarios, de los cuales casi 1.200 millones son usuarios activos. Todo eran burbujitas azules y champán… hasta que habló el director financiero y el confeti se tiñó de negro.

Dave Wehner vino a decir, en lenguaje de la calle, una obviedad y una noticia desconcertante. La obviedad era que Facebook vivía sobre todo de los anuncios digitales, que representan más de la mitad de su facturación, y que si la publicidad sufría, ellos sufrirían con ella.

La noticia desconcertante: la facturación dejará de dispararse como un misil todos los trimestres a partir de mediados del año que viene. ¿Por qué? Porque el número de anuncios que publican en el newsfeed —es decir, donde aparecen la inmensa mayoría— apenas crecerá. ¿Por qué, Dave? Porque temen que, si inundan a los usuarios con mucha más publicidad, los usuarios se harten de ellos y busquen consuelo en la competencia.

Las cuentas de cualquier inversor con dos dedos de frente parecían sencillas. Si la facturación perdía fuelle, las acciones dejarían de ser tan valiosas rápidamente y había que empezar a pensar en vender. Si además ese inversor era un tipo de Wall Street al que le preguntan todas las semanas si ha ganado o perdido… para saber si tienen que darle un bonus o regalarle una bonita caja de cartón para que recoja su cosas… entonces la situación se volvía urgente. Así es cómo las acciones de la red social empezaron a caerse de las temblorosas manos de los gestores de Manhattan.  ¡Vende, James! ¡Vende!

 

No juegues con las armas

La desconfianza o el escepticismo de Wall Street es una de esas armas cargadas de futuro con las que conviene no jugar, especialmente si uno se encuentra en el sector tecnológico. Los economistas suelen decir que el mercado anticipa las tendencias, pero olvidan que, otras muchas veces, sencillamente las provoca.

Dicho más claramente: dejar de confiar en Facebook podría suponer la caída en desgracia de Facebook aunque sus resultados fuesen buenos y los usuarios estuviesen contentos. Twitter sigue creciendo, ingresando millonadas y alegrando y amargando la vida a sus usuarios… pero sus acciones se han desplomado a lo bruto desde el año pasado, no ha sido capaz de entrar en beneficios y, aunque su fundador ha querido venderla desde el verano, nadie ha querido comprarla.  Van a echar al 9% de la plantilla.

Estas situaciones —el nacimiento y ocaso de los imperios a toda velocidad— se producen con especial virulencia en el sector tecnológico. El motivo es que sus títulos son los típicos activos que la gente utiliza, sobre todo, para especular. Hablamos de modelos de negocio, con poquísimos precedentes si es que tienen alguno, que prometen sobre el papel cifras asombrosas de crecimiento a corto plazo. Los que ponen el dinero, simplemente, hacen un ejercicio de fe en los gestores y de profunda avaricia. Creerán en ellos o, mejor dicho, creerán que pueden hacerse ricos con ellos hasta que el mercado y el Excel les demuestren lo contrario.

En el momento en el que esa confianza se quiebre, reaccionarán como una monja de clausura a la que acaban de explicarle fehacientemente que Dios no existe. O harán las maletas con furia e inmediatamente para recuperar el tiempo perdido (Twitter), o negarán esa afirmación mientras el escepticismo bulle y araña su cuerpo por dentro (Facebook), o dudarán un poco, rechazarán cualquier cuestionamiento e intentarán olvidar lo ocurrido hasta el próximo susto (Apple).

¿Pero cuáles son las dudas que albergan los inversores y cómo parece que va a intentar despejarlas la principal red social del planeta?

Las dudas se pueden reducir, sobre todo, a dos puntos muy básicos. El primero es que los inversores no saben si Zuckerberg y su equipo van a ser capaces de encontrar en tiempo récord una fuente de ingresos tan poderosa como el número de anuncios. Y el segundo consiste, básicamente, en que no tienen nada claro que la red social más importante del planeta vaya a seguir trabajando, como hasta ahora, primero para ellos y después, mucho después, para sus usuarios. ¿Qué quiere decir eso de que no los quieren inundar con publicidad? ¿Acaso no hemos venido a este mundo para ganar un pastón a corto plazo hasta que el pozo se seque? Wall Street impone ordeñar a las vacas hasta que se queden sin ubres.

Por desgracia para Zuckerberg, todo eso se suma a un ambiente crecientemente hostil por parte de los reguladores, que han empezado a investigar y mirar con sospecha a la multinacional por la transfusión de datos que está llevando a cabo desde WhatsApp, por los mensajes de odio que a veces aparecen en la plataforma y no se eliminan inmediatamente, por su moral relajada a la hora de pagar impuestos y por la creciente sensación de que nos encontramos ante un monopolio que utiliza su poder para excluir a la competencia.

En estas circunstancias, los ejecutivos de la multinacional californiana han empezado a deslizar en qué están trabajando para suplir lo que ya han anunciado que ocurrirá el año que viene. Esencialmente, se están planteando subir los precios de los anuncios digitales, incentivar con más energía a las empresas a promocionar sus posts (no está sobre la mesa ahora pero nadie descarta que, a largo plazo, todas las empresas puedan terminar pagando por sus espacios), apostar más por el vídeo y menos por el texto en la publicidad, insertar anuncios como los de YouTube en los vídeos que se difundan mediante Facebook, lanzarse en tromba a por los mercados emergentes y diseñar servicios para empresas dentro de Instagram o WhatsApp.

Si esa artillería no funciona, entonces nos encontramos un paso mucho más cerca de la muerte de una de las plataformas que más han marcado nuestras vidas.

Mientras cientos de millones de usuarios como tú siguen actualizando imperturbablemente sus muros, este mes las acciones de Facebook han comenzado a caer con fuerza y algunos analistas esperan que se desplomen un mareante 30%. Wall Street ya no descarta que el ocaso de la principal red social del mundo arranque el año que viene.

Las cosas se han vuelto cada vez más tensas para Mark Zuckerberg en las últimas dos semanas. Imagínate que fueras inversor de su multinacional, que hubieras puesto el dinero porque esperabas enormes cifras de crecimiento… y que te dijeran de repente: oye, puedes perder casi un tercio de lo que valen tus acciones, pero no pasa nada porque somos guays y vamos a encontrar una forma de solucionarlo. ¿Vamos a encontrar una forma?, les dirías. YA LA ESTÁIS ENCONTRANDO.

En Facebook fueron astutos. Soltaron la bomba que ha motivado que pensemos en su ocaso al mismo tiempo que publicaban unos resultados trimestrales fantásticos. No sólo batieron las previsiones ingresando 7.000 millones de dólares, sino que también rozaron los 1.800 millones de usuarios, de los cuales casi 1.200 millones son usuarios activos. Todo eran burbujitas azules y champán… hasta que habló el director financiero y el confeti se tiñó de negro.

Dave Wehner vino a decir, en lenguaje de la calle, una obviedad y una noticia desconcertante. La obviedad era que Facebook vivía sobre todo de los anuncios digitales, que representan más de la mitad de su facturación, y que si la publicidad sufría, ellos sufrirían con ella.

La noticia desconcertante: la facturación dejará de dispararse como un misil todos los trimestres a partir de mediados del año que viene. ¿Por qué? Porque el número de anuncios que publican en el newsfeed —es decir, donde aparecen la inmensa mayoría— apenas crecerá. ¿Por qué, Dave? Porque temen que, si inundan a los usuarios con mucha más publicidad, los usuarios se harten de ellos y busquen consuelo en la competencia.

Las cuentas de cualquier inversor con dos dedos de frente parecían sencillas. Si la facturación perdía fuelle, las acciones dejarían de ser tan valiosas rápidamente y había que empezar a pensar en vender. Si además ese inversor era un tipo de Wall Street al que le preguntan todas las semanas si ha ganado o perdido… para saber si tienen que darle un bonus o regalarle una bonita caja de cartón para que recoja su cosas… entonces la situación se volvía urgente. Así es cómo las acciones de la red social empezaron a caerse de las temblorosas manos de los gestores de Manhattan.  ¡Vende, James! ¡Vende!

 

No juegues con las armas

La desconfianza o el escepticismo de Wall Street es una de esas armas cargadas de futuro con las que conviene no jugar, especialmente si uno se encuentra en el sector tecnológico. Los economistas suelen decir que el mercado anticipa las tendencias, pero olvidan que, otras muchas veces, sencillamente las provoca.

Dicho más claramente: dejar de confiar en Facebook podría suponer la caída en desgracia de Facebook aunque sus resultados fuesen buenos y los usuarios estuviesen contentos. Twitter sigue creciendo, ingresando millonadas y alegrando y amargando la vida a sus usuarios… pero sus acciones se han desplomado a lo bruto desde el año pasado, no ha sido capaz de entrar en beneficios y, aunque su fundador ha querido venderla desde el verano, nadie ha querido comprarla.  Van a echar al 9% de la plantilla.

Estas situaciones —el nacimiento y ocaso de los imperios a toda velocidad— se producen con especial virulencia en el sector tecnológico. El motivo es que sus títulos son los típicos activos que la gente utiliza, sobre todo, para especular. Hablamos de modelos de negocio, con poquísimos precedentes si es que tienen alguno, que prometen sobre el papel cifras asombrosas de crecimiento a corto plazo. Los que ponen el dinero, simplemente, hacen un ejercicio de fe en los gestores y de profunda avaricia. Creerán en ellos o, mejor dicho, creerán que pueden hacerse ricos con ellos hasta que el mercado y el Excel les demuestren lo contrario.

En el momento en el que esa confianza se quiebre, reaccionarán como una monja de clausura a la que acaban de explicarle fehacientemente que Dios no existe. O harán las maletas con furia e inmediatamente para recuperar el tiempo perdido (Twitter), o negarán esa afirmación mientras el escepticismo bulle y araña su cuerpo por dentro (Facebook), o dudarán un poco, rechazarán cualquier cuestionamiento e intentarán olvidar lo ocurrido hasta el próximo susto (Apple).

¿Pero cuáles son las dudas que albergan los inversores y cómo parece que va a intentar despejarlas la principal red social del planeta?

Las dudas se pueden reducir, sobre todo, a dos puntos muy básicos. El primero es que los inversores no saben si Zuckerberg y su equipo van a ser capaces de encontrar en tiempo récord una fuente de ingresos tan poderosa como el número de anuncios. Y el segundo consiste, básicamente, en que no tienen nada claro que la red social más importante del planeta vaya a seguir trabajando, como hasta ahora, primero para ellos y después, mucho después, para sus usuarios. ¿Qué quiere decir eso de que no los quieren inundar con publicidad? ¿Acaso no hemos venido a este mundo para ganar un pastón a corto plazo hasta que el pozo se seque? Wall Street impone ordeñar a las vacas hasta que se queden sin ubres.

Por desgracia para Zuckerberg, todo eso se suma a un ambiente crecientemente hostil por parte de los reguladores, que han empezado a investigar y mirar con sospecha a la multinacional por la transfusión de datos que está llevando a cabo desde WhatsApp, por los mensajes de odio que a veces aparecen en la plataforma y no se eliminan inmediatamente, por su moral relajada a la hora de pagar impuestos y por la creciente sensación de que nos encontramos ante un monopolio que utiliza su poder para excluir a la competencia.

En estas circunstancias, los ejecutivos de la multinacional californiana han empezado a deslizar en qué están trabajando para suplir lo que ya han anunciado que ocurrirá el año que viene. Esencialmente, se están planteando subir los precios de los anuncios digitales, incentivar con más energía a las empresas a promocionar sus posts (no está sobre la mesa ahora pero nadie descarta que, a largo plazo, todas las empresas puedan terminar pagando por sus espacios), apostar más por el vídeo y menos por el texto en la publicidad, insertar anuncios como los de YouTube en los vídeos que se difundan mediante Facebook, lanzarse en tromba a por los mercados emergentes y diseñar servicios para empresas dentro de Instagram o WhatsApp.

Si esa artillería no funciona, entonces nos encontramos un paso mucho más cerca de la muerte de una de las plataformas que más han marcado nuestras vidas.

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  • Me encantó el artículo, es claro y de muy grata lectura, creo que es una página que estaré visitando con frecuencia. (Igual el aviso de las cookies me hizo sonreír)

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