12 de noviembre 2013    /   ENTRETENIMIENTO
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El origen de los dichos: ¡Se va a armar la gorda!

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Podría ser una amenaza más o menos real a juzgar por la que nos está cayendo desde hace tiempo. Pero para tranquilidad de los señores y señoras del Gobierno, si es que alguna vez se han sentido inquietos por lo que pudiera pasar cuando nos hartemos todos de tragar hiel, la frase no es ningún un augurio.

Lo vemos venir. Se masca en el ambiente: hay nervios, ánimos soliviantados, a menudo –incluso- alcohol de por medio. Que si me has mirado mal, que si no me gusta tu cara, que ya verás como te comes una yoya, ¡a que no hay huev…! ¡Y ya está montado el lío! Unos contra otros a mamporros y ya tenemos montada la gorda. Efectivamente, empleamos la frasecita cuando se barruntan tortas como panes o cualquier otra manifestación violenta a nuestro alrededor.

Pero lo cierto es que “armarse la gorda” es sinónimo de “armarse la revolución”. Revolución de revuelta, de levantamiento armado contra el poder. Y La Gorda es como se llamaba en Sevilla a la revolución que se estaba cociendo en septiembre de 1868 contra la reina Isabel II, con el general Prim como líder de los progresistas antiisabelinos a la cabeza.

Cuenta el escritor Luis Montoto en su libro autobiográfico En aquel tiempo. Vida y milagros del magnífico caballero Don Nadie (1929), que entre los meses de julio y septiembre de 1868 ya se olía el tufillo de la revuelta y que los sevillanos en particular ya esperaban La Gorda.

“Esperábamos a La Gorda. En cafés y tabernas, en las plazas y en las calles, sin miedo a la policía, se preguntaba: ¿Cuándo se va a armar?…”

Esta revolución, después más conocida en el resto de España como La Gloriosa o La Septembrina por haberse producido en este mes, pretendía el establecimiento de la I República y acabó con la reina –de la que desconocemos si estaba en su peso o entrada en carnes, aunque es más probable lo segundo- saliendo de España rumbo a Francia. Así que mientras buena parte de los ciudadanos liberales esperaban con ansia que se produjera la “gorda”, la madre de todas las revoluciones, la definitiva, por otra, los conservadores temían que con el estallido de esta llegara el Apocalipsis al país y los alborotos sociales fueran la tónica dominante. La revuelta estalló, sí, pero mucho más delgada de lo que se preveía.

La frase “armarse la gorda”, sin embargo, quedó para siempre en nuestro idioma como augurio o constatación de una buena trifulca.

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Lo vemos venir. Se masca en el ambiente: hay nervios, ánimos soliviantados, a menudo –incluso- alcohol de por medio. Que si me has mirado mal, que si no me gusta tu cara, que ya verás como te comes una yoya, ¡a que no hay huev…! ¡Y ya está montado el lío! Unos contra otros a mamporros y ya tenemos montada la gorda. Efectivamente, empleamos la frasecita cuando se barruntan tortas como panes o cualquier otra manifestación violenta a nuestro alrededor.

Pero lo cierto es que “armarse la gorda” es sinónimo de “armarse la revolución”. Revolución de revuelta, de levantamiento armado contra el poder. Y La Gorda es como se llamaba en Sevilla a la revolución que se estaba cociendo en septiembre de 1868 contra la reina Isabel II, con el general Prim como líder de los progresistas antiisabelinos a la cabeza.

Cuenta el escritor Luis Montoto en su libro autobiográfico En aquel tiempo. Vida y milagros del magnífico caballero Don Nadie (1929), que entre los meses de julio y septiembre de 1868 ya se olía el tufillo de la revuelta y que los sevillanos en particular ya esperaban La Gorda.

“Esperábamos a La Gorda. En cafés y tabernas, en las plazas y en las calles, sin miedo a la policía, se preguntaba: ¿Cuándo se va a armar?…”

Esta revolución, después más conocida en el resto de España como La Gloriosa o La Septembrina por haberse producido en este mes, pretendía el establecimiento de la I República y acabó con la reina –de la que desconocemos si estaba en su peso o entrada en carnes, aunque es más probable lo segundo- saliendo de España rumbo a Francia. Así que mientras buena parte de los ciudadanos liberales esperaban con ansia que se produjera la “gorda”, la madre de todas las revoluciones, la definitiva, por otra, los conservadores temían que con el estallido de esta llegara el Apocalipsis al país y los alborotos sociales fueran la tónica dominante. La revuelta estalló, sí, pero mucho más delgada de lo que se preveía.

La frase “armarse la gorda”, sin embargo, quedó para siempre en nuestro idioma como augurio o constatación de una buena trifulca.

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