7 de enero 2021    /   CREATIVIDAD
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Si quieres aprender a hacer selfies, Lee Friedlander tiene algo que enseñarte

7 de enero 2021    /   CREATIVIDAD     por          
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El trozo de suelo desértico de un condado de Arizona como fondo y, como protagonista, la sombra del fotógrafo. Esa que siempre evitamos que se nos cuele en nuestras instantáneas.  Una idea así solo podía ocurrírsele a Lee Friedlander.

A ningún otro fotógrafo de su generación o de las anteriores se le hubiese pasado por la cabeza. Pero, por aquel entonces, Friedlander llevaba ya un par de décadas rompiendo moldes como para perder la ocasión de autorretratarse de esa guisa y jugar a combinar elementos del paisaje con su propia silueta.

Lee Friedlander, Cañón de Chelly, Arizona, 1983/ Imagen de plata en gelatina. 35,5 x 28 cm
Cortesía del artista y de Fraenkel Gallery, San Francisco © Lee Friedlander, cortesía de Fraenkel Gallery, San Francisco

La espontaneidad de la imagen no rebaja su complejidad. Solo un ojo privilegiado es capaz detectar un resultado tan exquisito. La imagen compila, además, muchos de los aspectos que caracterizan la fotografía made in Friedland. El sempiterno blanco y negro y el toque de humor son dos de ellos.

Otro, el que se ha conceptualizado como el ‘encuadre preciso’ al hablar de su obra  y que se contrapone al ‘instante decisivo’ de Cartier Bresson. Si este basa la genialidad de sus fotos en la fugacidad, Friedland prefiere poner el foco en los elementos que componen la escena. Todos y cada uno de ellos son esenciales. Si falta alguno de ellos, la foto no es la misma. Algo aplicable también a los autorretratos.

Por eso -entre otras muchas cosas- cualquier parecido de los del norteamericano con los que infestan Instagram son pura coincidencia. Los selfies de Lee Friedlander son 100% libres de narcisismo. Lo fueron los que realizó en los 70 con la Leica de 35 mm. Y lo son también los que sigue capturando con la Hasselblad que descubrió en los 90 y que alterna con la Leica.

Aunque entre aquellas y estas imágenes hay algunas diferencias. El propio Friedlander lo reconoce: las más modernas son un poco menos «traviesas».

«Sí, no es algo tan ingenioso. Es otra fase. Una especie de “quería ver qué aspecto tenía…”, darte cuenta de que estás más viejo aquí, y más autorreflexivo».

Nada de lo que Friedlander ha fotografiado en sus cerca de 60 años de carrera ha podido encasillarse en corriente alguna. Incluidos, también, sus autorretratos. En sus inicios, el norteamericano había tomado nota de las innovaciones conceptuales y técnicas de Walker Evans y Robert Frank, pero con su estilo la ruptura con los cánones de generaciones anteriores se consolidaba.

Lee Friedlander  Oregón, 1997 (Imagen de plata en gelatina, 51 x 40,5 cm. Cortesía del artista y de Fraenkel Gallery, San Francisco  © Lee Friedlander, cortesía de Fraenkel Gallery, San Francisco)

 

Poco le importaba a Lee la perfección técnica o la belleza entendidas desde el enfoque tradicional. «Abordaba una fotografía natural, directa, sin manipulación técnica, eliminando así la barrera entre lo bello y lo feo, lo importante y lo trivial», explica Carlos Gollonet, comisario de la exposición sobre Lee Friedlander en Fundación Mapfre en la que se repasa la carrera del genial fotógrafo a través de más de 350 fotos.

Una muestra que arranca con las fotografías realizadas en los 60 para las portadas de los discos de las estrellas del jazz del momento. Las únicas en color. Ya en esos años, el fotógrafo compaginaba sus encargos para discográficas y publicaciones con sus fotos personales. Y entre estas no faltan las escenas familiares. Ni, por supuestos, los autorretratos.

El precursor del antiselfie

En 1970, con la publicación de Self Portrait, su segundo libro y primera monografía, Friedlander deja claro lo que para él significa las autofotos: «Comenzaron como retratos directos, pero en seguida empecé a encontrarme a veces a mí mismo en el paisaje de mis fotografías. Podría decirse que soy un intruso».

Es esta otra de las razones por las que los selfies de Friedlander difieren tanto a los que hoy triunfan en redes. Aunque tampoco tienen nada que ver con los autorretratos de los clásicos de la historia de la pintura. Porque en los del fotógrafo norteamericano tan importante es el protagonista como el lugar en el que es tomada la imagen.

En muchas ocasiones es su sombra y no él la que se cuela en escenas cotidianas. Esas que al ser recogidas con su cámara le alzaron como el gran cronista del paisaje social de Estados Unidos.

Es precisamente esa capacidad para extraer del día a día momento memorables para la historia del arte la que indica que Friedlander es posiblemente uno de los fotógrafos que mejor entendió la esencia de la cultura pop. Aquel movimiento que no menosprecia, si no todo lo contrario, a los objetos y situaciones del día a día.

Una forma de entender el arte que enlaza, incluso, con el mismísimo Flaubert: 

 

«Basta mirar intensamente una cosa para que se vuelva interesante» Clic para tuitear

 

Mucho más que autorretratos

Entre las escapadas fotográficas de Friedlander, algunas de ellas en compañía de su familia, se encuentra las que realizó a España. Además de Madrid y Barcelona, el fotógrafo viajó también a Marbella y otros municipios andaluces. Allí no dejó pasar la oportunidad de seguir haciendo fotos al más puro estilo Friedlander, logrando hacer de cada foto un compendio entre la experimentación y proeza técnica y el retrato social.

Un ejemplo es la foto que tomó frente al escaparate de una agencia inmobiliaria en la Costa del Sol. Friedlander consigue que su imagen aparezca reflejada en el cristal, consiguiendo así un tres en uno: en una sola imagen visualizamos la calle, el interior del escaparate y al propio fotógrafo.

Pero no solo eso: la foto es un testimonio visual del bom del ladrillo que vivía nuestro país en aquellos años.

Sobre su capacidad para hacer de sus autorretratos mucho más que la inmortalización de la imagen del fotógrafo, Friedlander decía esto:

«La cámara no es simplemente una superficie reflectante y las fotografías no son exactamente el espejo, espejito mágico, que es algo muy simple y completo. El dedo mental aprieta el disparador de la máquina y detiene el tiempo y sujeta lo que sus mandíbulas pueden abarcar y lo que la luz manchará. Ese momento en el que el paisaje habla al observador».

 

Friedlander también aprovechó sus momentos más íntimos para realizar verdaderas metáforas visuales con sus autorretratos. Ocurre con el que realizó a su esposa María, en las Vegas. En aquella imagen de 1970 la sombra del fotógrafo se proyecta sobre el cuerpo desnudo de la modelo.

Lee Friedlander, Maria, Las Vegas, Nevada, 1970/ Imagen de plata en gelatina 28 x 35,5 cm. Cortesía del artista y de Fraenkel Gallery, San Francisco © Lee Friedlander, cortesía de Fraenkel Gallery, San Francisco

La cama desecha ratifica que lo que Friedlander pretende con aquella imagen queda muy lejos de los retratos que otros fotógrafos, algunos coetáneos, realizaron a sus parejas. María no es ninguna musa. Es solo una mujer real, la madre de sus hijos y su compañera.

 

*Imagen portada: Lee Friedlander Haverstraw, Nueva York,1966/ Imagen de plata en gelatina. 28 x 35,5 cm. Cortesía del artista y de Fraenkel Gallery, San Francisco © Lee Friedlander, cortesía de Fraenkel Gallery, San Francisco

El trozo de suelo desértico de un condado de Arizona como fondo y, como protagonista, la sombra del fotógrafo. Esa que siempre evitamos que se nos cuele en nuestras instantáneas.  Una idea así solo podía ocurrírsele a Lee Friedlander.

A ningún otro fotógrafo de su generación o de las anteriores se le hubiese pasado por la cabeza. Pero, por aquel entonces, Friedlander llevaba ya un par de décadas rompiendo moldes como para perder la ocasión de autorretratarse de esa guisa y jugar a combinar elementos del paisaje con su propia silueta.

Lee Friedlander, Cañón de Chelly, Arizona, 1983/ Imagen de plata en gelatina. 35,5 x 28 cm
Cortesía del artista y de Fraenkel Gallery, San Francisco © Lee Friedlander, cortesía de Fraenkel Gallery, San Francisco

La espontaneidad de la imagen no rebaja su complejidad. Solo un ojo privilegiado es capaz detectar un resultado tan exquisito. La imagen compila, además, muchos de los aspectos que caracterizan la fotografía made in Friedland. El sempiterno blanco y negro y el toque de humor son dos de ellos.

Otro, el que se ha conceptualizado como el ‘encuadre preciso’ al hablar de su obra  y que se contrapone al ‘instante decisivo’ de Cartier Bresson. Si este basa la genialidad de sus fotos en la fugacidad, Friedland prefiere poner el foco en los elementos que componen la escena. Todos y cada uno de ellos son esenciales. Si falta alguno de ellos, la foto no es la misma. Algo aplicable también a los autorretratos.

Por eso -entre otras muchas cosas- cualquier parecido de los del norteamericano con los que infestan Instagram son pura coincidencia. Los selfies de Lee Friedlander son 100% libres de narcisismo. Lo fueron los que realizó en los 70 con la Leica de 35 mm. Y lo son también los que sigue capturando con la Hasselblad que descubrió en los 90 y que alterna con la Leica.

Aunque entre aquellas y estas imágenes hay algunas diferencias. El propio Friedlander lo reconoce: las más modernas son un poco menos «traviesas».

«Sí, no es algo tan ingenioso. Es otra fase. Una especie de “quería ver qué aspecto tenía…”, darte cuenta de que estás más viejo aquí, y más autorreflexivo».

Nada de lo que Friedlander ha fotografiado en sus cerca de 60 años de carrera ha podido encasillarse en corriente alguna. Incluidos, también, sus autorretratos. En sus inicios, el norteamericano había tomado nota de las innovaciones conceptuales y técnicas de Walker Evans y Robert Frank, pero con su estilo la ruptura con los cánones de generaciones anteriores se consolidaba.

Lee Friedlander  Oregón, 1997 (Imagen de plata en gelatina, 51 x 40,5 cm. Cortesía del artista y de Fraenkel Gallery, San Francisco  © Lee Friedlander, cortesía de Fraenkel Gallery, San Francisco)

 

Poco le importaba a Lee la perfección técnica o la belleza entendidas desde el enfoque tradicional. «Abordaba una fotografía natural, directa, sin manipulación técnica, eliminando así la barrera entre lo bello y lo feo, lo importante y lo trivial», explica Carlos Gollonet, comisario de la exposición sobre Lee Friedlander en Fundación Mapfre en la que se repasa la carrera del genial fotógrafo a través de más de 350 fotos.

Una muestra que arranca con las fotografías realizadas en los 60 para las portadas de los discos de las estrellas del jazz del momento. Las únicas en color. Ya en esos años, el fotógrafo compaginaba sus encargos para discográficas y publicaciones con sus fotos personales. Y entre estas no faltan las escenas familiares. Ni, por supuestos, los autorretratos.

El precursor del antiselfie

En 1970, con la publicación de Self Portrait, su segundo libro y primera monografía, Friedlander deja claro lo que para él significa las autofotos: «Comenzaron como retratos directos, pero en seguida empecé a encontrarme a veces a mí mismo en el paisaje de mis fotografías. Podría decirse que soy un intruso».

Es esta otra de las razones por las que los selfies de Friedlander difieren tanto a los que hoy triunfan en redes. Aunque tampoco tienen nada que ver con los autorretratos de los clásicos de la historia de la pintura. Porque en los del fotógrafo norteamericano tan importante es el protagonista como el lugar en el que es tomada la imagen.

En muchas ocasiones es su sombra y no él la que se cuela en escenas cotidianas. Esas que al ser recogidas con su cámara le alzaron como el gran cronista del paisaje social de Estados Unidos.

Es precisamente esa capacidad para extraer del día a día momento memorables para la historia del arte la que indica que Friedlander es posiblemente uno de los fotógrafos que mejor entendió la esencia de la cultura pop. Aquel movimiento que no menosprecia, si no todo lo contrario, a los objetos y situaciones del día a día.

Una forma de entender el arte que enlaza, incluso, con el mismísimo Flaubert: 

 

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Mucho más que autorretratos

Entre las escapadas fotográficas de Friedlander, algunas de ellas en compañía de su familia, se encuentra las que realizó a España. Además de Madrid y Barcelona, el fotógrafo viajó también a Marbella y otros municipios andaluces. Allí no dejó pasar la oportunidad de seguir haciendo fotos al más puro estilo Friedlander, logrando hacer de cada foto un compendio entre la experimentación y proeza técnica y el retrato social.

Un ejemplo es la foto que tomó frente al escaparate de una agencia inmobiliaria en la Costa del Sol. Friedlander consigue que su imagen aparezca reflejada en el cristal, consiguiendo así un tres en uno: en una sola imagen visualizamos la calle, el interior del escaparate y al propio fotógrafo.

Pero no solo eso: la foto es un testimonio visual del bom del ladrillo que vivía nuestro país en aquellos años.

Sobre su capacidad para hacer de sus autorretratos mucho más que la inmortalización de la imagen del fotógrafo, Friedlander decía esto:

«La cámara no es simplemente una superficie reflectante y las fotografías no son exactamente el espejo, espejito mágico, que es algo muy simple y completo. El dedo mental aprieta el disparador de la máquina y detiene el tiempo y sujeta lo que sus mandíbulas pueden abarcar y lo que la luz manchará. Ese momento en el que el paisaje habla al observador».

 

Friedlander también aprovechó sus momentos más íntimos para realizar verdaderas metáforas visuales con sus autorretratos. Ocurre con el que realizó a su esposa María, en las Vegas. En aquella imagen de 1970 la sombra del fotógrafo se proyecta sobre el cuerpo desnudo de la modelo.

Lee Friedlander, Maria, Las Vegas, Nevada, 1970/ Imagen de plata en gelatina 28 x 35,5 cm. Cortesía del artista y de Fraenkel Gallery, San Francisco © Lee Friedlander, cortesía de Fraenkel Gallery, San Francisco

La cama desecha ratifica que lo que Friedlander pretende con aquella imagen queda muy lejos de los retratos que otros fotógrafos, algunos coetáneos, realizaron a sus parejas. María no es ninguna musa. Es solo una mujer real, la madre de sus hijos y su compañera.

 

*Imagen portada: Lee Friedlander Haverstraw, Nueva York,1966/ Imagen de plata en gelatina. 28 x 35,5 cm. Cortesía del artista y de Fraenkel Gallery, San Francisco © Lee Friedlander, cortesía de Fraenkel Gallery, San Francisco

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