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21 de febrero 2019    /   CREATIVIDAD
por
ilustracion  Cranio Dsgn

Sergio C. Fanjul: «La vida freelance es un combate contra las propias perezas y la propia soledad»

21 de febrero 2019    /   CREATIVIDAD     por        ilustracion  Cranio Dsgn
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Hay poetas que van de poetas y, para hablar, quedan en cafés literarios y aparecen tarde, con cierto halo de estar en la inopia y un libro bajo el brazo. Sergio C. Fanjul no es de esos. A este «astrofísico de formación y poeta de vocación» le parece bien, muy bien, hacer esta entrevista en la cafetería cutre del Carrefour de la plaza de Lavapiés de Madrid.

Lo raro sería que hubiese declinado la propuesta porque el periodista y escritor va a menudo a este supermercado en busca de inspiración. «A veces, cuando no sé qué escribir, bajo al Carrefour y miro. Digo: “A ver”. Aquí se ven reflejadas todas las cosas que pasan. Por ejemplo, el otro día escribí sobre los plásticos. Mira, aquí no se ve comida. Solo se ven cajas. Tengo unas amigas argelinas que preguntaban dónde estaba la comida porque todo es plástico y cartón», cuenta el poeta.

Este Carrefour, una de sus obsesiones literarias, le queda a tiro de ventana. A menudo se asoma al balcón de su casa y ve el supermercado, y la plaza, y los cientos de personas que pasan por aquí. Y si es verano, se asoma en calzoncillos, porque en este barrio ni los pijamas, ni los chándales, ni la ropa interior asustan.

Aquí, en esa plazuela que mezcla manolería y migración, está gran parte del universo literario de este astrofísico que dejó la ciencia para dedicarse al periodismo. Y al costumbrismo: de ahí surgen una colección de artículos que ha publicado en La vida instantánea, de la editorial Círculo de tiza.

Pero el origen no fue el papel. Antes de acabar orbitando en esta obra, los textos fueron posts de Facebook. Era una especie de diario electrónico en el que hablaba, y sigue hablando, de la vida del autónomo: «La vida freelance es un continuo combate contra las propias perezas y contra la propia soledad».

Del supermercado: «La fila del Carrefour de Lavapiés, el sábado a medianoche, es una hilera de hormigas que se pierde en el tatuaje de la reponedora más triste. Tú tendrías que estar roneando en la discoteca, yo he venido a por dos bolsas de palomitas Top Corn Frit Ravich (saladas), y a por una razón para vivir».

Del amor: «Oh, Liliana, los skinheads te traen ramos de flores y tú flotas sobre las aceras chocolateadas: cuando te ven llegar, los cajeros del súper se ponen contentos y les importan una mierda sus condiciones laborales. Generas tanto bienestar que resultas contrarrevolucionaria, los niños antilloran a tu paso».

Queda Lavapiés detrás de este ventanal del Carrefour. Al lado, tomando un café, hay un latino con gafas naranjas que trabaja con una tableta digital. Atrás, en otra mesa, hay dos hombres de pelo bruno, de los que no les gustan a los de ultraderecha. Por aquí suelen parar trabajadores sin corbata ni ínfulas de ningún tipo. Lo más sofisticado es una bufanda: la que lleva Sergio C. Fanjul en este día de frío que pela.

Reivindicas el post de Facebook como género literario.

Sí. Hay asuntos de los que no podía hablar en los medios porque no tenían interés público. Eran temas personales y pensé: «Si tengo aquí el Facebook, ¿por qué no lo voy a utilizar para estas cosas?». Comencé a escribir posts más largos y me decían: «La gente no los va a leer si pasas de las dos frases». Me dio igual. Empecé a escribir largo y resulta que gustaba más. Me ponían mogollón de likes y dije: «Esto a la gente le gusta». Y quería dignificar también el medio. Las redes sociales están tan degeneradas ahora: es todo bronca y tal… También me di cuenta de que era un medio perfecto porque hay mucha gente cautiva. Si yo quiero que me lean, ¿por qué no se lo voy a colocar delante de los ojos?

Empecé a hacer un uso menos banal del Facebook. Yo antes ponía mis chistes, compartía cosas… pero, de repente, me planteé hacer un proyecto. Algo, por ejemplo, como sacar un libro después. O… me salieron curros por esto: la columna que tengo ahora en la sección de Madrid de El País y los artículos del Paseador de la villa. Ha sido superseminal.

¿Qué tiene este formato literario que no encuentras en otros?

Me invitaron a dar un curso de posts en FB y, como no sabía muy bien cuáles eran las características, me presenté ante los ocho alumnos –gente muy maja y muy entregada– y les dije: «Vamos a investigar entre todos qué se puede hacer». Creamos un grupo privado en FB y ahí hacíamos ejercicios: «Hoy vais a escribir de vuestro barrio, hoy vais a escribir una columna de opinión, vais a escribir un microrrelato…». Y vi que era un contenedor donde se podían meter un montón de géneros. Es un metagénero.

¿Qué tiene propio? La inmediatez (tienes feedback en tiempo real) y permite hacer cosas seriadas. Eso me gusta mucho. Como cuando yo hacía aquí los Encuentros con la cultura en el Carrefour de Lavapiés: hacía fotos y una pequeña entrevista a gente de la cultura que encontraba comprando. Pero eso lo dejé de hacer porque el barrio empezó a gentrificarse y me parecía que esto lo gentrificaba más aún.

[Se ríe].

Si escribes a menudo de algo, como yo del Carrefour de Lavapiés, vas creando una especie de familiaridad. Todo el mundo me pregunta por este supermercado: creas un espacio literario. También creas personajes: por ejemplo, Liliana siempre sale. O cosas reconocibles: el propio Lavapiés y los problemas que hay aquí. Al ser una cosa seriada, como una serie de Netflix, puedes ir generando tramas y personajes. Eso me parece superinteresante y no lo puedes hacer en un artículo suelto. La gente me lee con familiaridad: a mi madre, cuando aparece… [Vuelve a reír]. Es como un folletín. Es lo más parecido a una novela por entregas.

Tus posts son puro costumbrismo. Es la vida cotidiana en las escenas y las palabras exactas. Todo lo que cuentas está ahí, en nuestras narices, pero los demás lo vemos en una nebulosa y tú lo ves y lo cuentas con una claridad excepcional.

[Ríe mientras va escuchando estas frases]. Eso me lo dice mucha gente. [Cambia de voz, simulando que hablan otras personas]. «Eso yo lo pienso, pero tú lo expresaste mejor y tal», «parece que me lo has leído de la cabeza»… No sé, no sé… [Sigue riendo].

¿Tendrá algo que ver tu mirada de científico? ¿Cómo observas?

No lo sé. Desde hace años he tenido un blog y eso me ha ido afilando la mirada. Y el periodismo también me hace estar atento a las cosas. Pero el costumbrismo me gusta. Siempre me ha gustado leer a Francisco Umbral, a Julio Camba, a Larra, a los grandes articulistas costumbristas.

Aunque eso de fijarme en lo que me rodea lo veo como una falta de imaginación. Yo no puedo ponerme a fabular e inventarme una novela. Siempre me preguntan: «¿Cuándo vas a escribir una novela?». Es que a mí no se me ocurre. Yo salgo a la calle y escribo lo que veo. En realidad, es mucho más fácil. [Ríe].

Las redes sociales cambian mucho en muy poco tiempo. Facebook, por ejemplo, nació destinado a los jóvenes, pero ahora lo usan, sobre todo, las personas mayores. ¿Has notado algún cambio en el público de tus posts?

Facebook es como algo que se da por hecho. Tienes tu FB porque lo tienes que tener. ¿Qué empresa ahora no tiene FB? ¿Qué artista ahora no tiene FB? Es una cosa como tener váter en casa. Ya no es wow! Es como el microondas. Antes hacía ilusión cocinar ahí y ahora la gente lo usa para calentar la leche. Pues con el FB pasa igual.

Respecto a lo que yo hago, he notado que hay mucha más gente que escribe posts largos. Lea Vélez, Sabina Urraca… Ella ha creado también una narrativa de su vida y ha convertido a su perra en un personaje… Sergio del Molino… Se ha perdido el miedo a escribir cosas más largas.

En la introducción de La vida instantánea dices: «Donde más a gusto me he encontrado siempre juntando letras ha sido en la electrónica libertad de internet: es donde más he sido yo mismo, y donde una voz que reconozco como mía se ha ido formando bit a bit». ¿No te autocensuras en internet? Hoy la expresión campa con más libertad por la calle y en los papeles que en la red.

Me refiero a que puedo escribir de lo que me da la gana: cosas personales que no interesan en un periódico. Viajes, anécdotas… Yo me autocensuro mucho, pero por educación. [Ríe]. Y no me parece mal. Creo que hay que ser amable y diplomático y no decir lo primero que te pasa por la cabeza. Si pienso que puedo ser ofensivo, claro que me autocensuro. No quiero hacer daño sin quererlo. La diplomacia, que es lo que mantiene a la sociedad unida, es autocensura constante. Y la mentira piadosa. Tú no te encuentras a alguien por la calle y le dices: «Has cogido 20 kilos». Si no, el mundo sería las redes sociales. Porque nadie se calla. Todo el mundo insulta a los otros porque piensa que no tiene consecuencias. Pero en la vida real la gente no se dice a la cara lo que piensa. Si fuera así, sería la guerra.

Por supuesto. Hablo del librepensamiento. Antes no era tan arriesgado dar una opinión en las redes sociales. Ahora muchos se autocensuran. No tanto por miedo como por pereza porque, digas lo que digas, siempre hay alguien encantado de ladrarte.

Sí. Hay charcos que no me merecen la pena. En muchos temas políticos es mejor no meterse porque se pierden los matices, porque la gente está muy sensible… De todos modos, yo siempre he intentado acercarme a los asuntos políticos de forma lateral, haciendo bromas, yendo a cosas absurdas… Prefiero decir algo raro y aportar algo literario o sorprendente a repetir los argumentos que ya repiten otros.

Hablas mucho de la vida del freelance. De tu vida, de tus rutinas, de lo que vives como trabajador autónomo.

Me parece muy significativo de esta época: la precariedad en general. Es el tema de los repartidores de Glovo o Deliveroo… Parece que las empresas se están desentendiendo de esos trabajadores. Te piden lo mismo, pero nadie contrata, no te paga la seguridad social… Y creo que eso es el futuro. El sindicato pierde sentido porque la gente está currando en casa, en coworkings… Así no puede existir la lucha colectiva; no se puede llegar a un convenio. Esto es perfecto para los más poderosos.

La vida del freelance es muy literaria porque permite hacer cosas durante el día que no puede hacer el asalariado. Eso es lo bonito. Pero esa libertad a mí me genera mucha ansiedad porque tienes que dominarte a ti mismo. A veces es más fácil tener un jefe al que respetar y un horario que cumplir. Eso facilita las cosas. La libertad es muy dura. Lo cuento en el libro: la libertad de Spotify es muy dura porque no sabes qué poner.

Sí. Dices: «La libertad tiene muy buena prensa, pero es una cosa bien jodida».

Pues eso. En una columna de El País escribí sobre el «liberticidio». La derecha más neoliberal critica el proyecto de Madrid Central [destinado a reducir el número de coches por la zona centro] porque no permite que se conduzca por donde a uno le venga en gana. O cuando Aznar soltó que quién iba a decirle a él si podía tomar vino antes de conducir o la velocidad máxima a la que podía ir. Esa es la idea de la libertad que usa la derecha ahora: hacer lo que te dé la gana.

Para hablar de libertad tendríamos que preguntarnos: ¿para qué?, ¿para quién? y ¿contra quién? Porque la libertad, así, a palo seco, puede ser la libertad de explotar, de violar o de maltratar a niños. Parece que la palabra libertad está asociada siempre a lo bueno. [Cambia de voz, como si fuera otra persona]. «¡La libertad! ¿Quién puede estar en contra de la libertad?». [Vuelve a su voz y contesta a la otra voz ficticia]. ¡Yo puedo estar en contra de la libertad de muchas cosas! Casi, casi, estoy más en contra de la libertad que a favor. Porque la civilización se basa en prohibir cosas: prohibir que te roben, prohibir que te maten, prohibir que te exploten, prohibir que haya vertidos en el mar… La prohibición debería ser la bandera: ¡prohibirlo todo! y no «prohibido prohibir». [Se ríe]. ¡Prohibir más! Así que estoy a favor de prohibir. Eso lo puedes poner en el titular.

 

Y en la cumbre dramática de esta contestación, que casi se ha convertido en mitin, damos por concluida la conversación. El hombre de gafas naranjas que está a nuestro lado no ha parado de hacer llamadas de negocios. Por la puerta de cristal, siguen entrando personas con cara de frío y saliendo personas cargando bolsas con cerveza y arroz. Sergio C. Fanjul se lía la bufanda al cuello y nos vamos del Carrefour.

Hay poetas que van de poetas y, para hablar, quedan en cafés literarios y aparecen tarde, con cierto halo de estar en la inopia y un libro bajo el brazo. Sergio C. Fanjul no es de esos. A este «astrofísico de formación y poeta de vocación» le parece bien, muy bien, hacer esta entrevista en la cafetería cutre del Carrefour de la plaza de Lavapiés de Madrid.

Lo raro sería que hubiese declinado la propuesta porque el periodista y escritor va a menudo a este supermercado en busca de inspiración. «A veces, cuando no sé qué escribir, bajo al Carrefour y miro. Digo: “A ver”. Aquí se ven reflejadas todas las cosas que pasan. Por ejemplo, el otro día escribí sobre los plásticos. Mira, aquí no se ve comida. Solo se ven cajas. Tengo unas amigas argelinas que preguntaban dónde estaba la comida porque todo es plástico y cartón», cuenta el poeta.

Este Carrefour, una de sus obsesiones literarias, le queda a tiro de ventana. A menudo se asoma al balcón de su casa y ve el supermercado, y la plaza, y los cientos de personas que pasan por aquí. Y si es verano, se asoma en calzoncillos, porque en este barrio ni los pijamas, ni los chándales, ni la ropa interior asustan.

Aquí, en esa plazuela que mezcla manolería y migración, está gran parte del universo literario de este astrofísico que dejó la ciencia para dedicarse al periodismo. Y al costumbrismo: de ahí surgen una colección de artículos que ha publicado en La vida instantánea, de la editorial Círculo de tiza.

Pero el origen no fue el papel. Antes de acabar orbitando en esta obra, los textos fueron posts de Facebook. Era una especie de diario electrónico en el que hablaba, y sigue hablando, de la vida del autónomo: «La vida freelance es un continuo combate contra las propias perezas y contra la propia soledad».

Del supermercado: «La fila del Carrefour de Lavapiés, el sábado a medianoche, es una hilera de hormigas que se pierde en el tatuaje de la reponedora más triste. Tú tendrías que estar roneando en la discoteca, yo he venido a por dos bolsas de palomitas Top Corn Frit Ravich (saladas), y a por una razón para vivir».

Del amor: «Oh, Liliana, los skinheads te traen ramos de flores y tú flotas sobre las aceras chocolateadas: cuando te ven llegar, los cajeros del súper se ponen contentos y les importan una mierda sus condiciones laborales. Generas tanto bienestar que resultas contrarrevolucionaria, los niños antilloran a tu paso».

Queda Lavapiés detrás de este ventanal del Carrefour. Al lado, tomando un café, hay un latino con gafas naranjas que trabaja con una tableta digital. Atrás, en otra mesa, hay dos hombres de pelo bruno, de los que no les gustan a los de ultraderecha. Por aquí suelen parar trabajadores sin corbata ni ínfulas de ningún tipo. Lo más sofisticado es una bufanda: la que lleva Sergio C. Fanjul en este día de frío que pela.

Reivindicas el post de Facebook como género literario.

Sí. Hay asuntos de los que no podía hablar en los medios porque no tenían interés público. Eran temas personales y pensé: «Si tengo aquí el Facebook, ¿por qué no lo voy a utilizar para estas cosas?». Comencé a escribir posts más largos y me decían: «La gente no los va a leer si pasas de las dos frases». Me dio igual. Empecé a escribir largo y resulta que gustaba más. Me ponían mogollón de likes y dije: «Esto a la gente le gusta». Y quería dignificar también el medio. Las redes sociales están tan degeneradas ahora: es todo bronca y tal… También me di cuenta de que era un medio perfecto porque hay mucha gente cautiva. Si yo quiero que me lean, ¿por qué no se lo voy a colocar delante de los ojos?

Empecé a hacer un uso menos banal del Facebook. Yo antes ponía mis chistes, compartía cosas… pero, de repente, me planteé hacer un proyecto. Algo, por ejemplo, como sacar un libro después. O… me salieron curros por esto: la columna que tengo ahora en la sección de Madrid de El País y los artículos del Paseador de la villa. Ha sido superseminal.

¿Qué tiene este formato literario que no encuentras en otros?

Me invitaron a dar un curso de posts en FB y, como no sabía muy bien cuáles eran las características, me presenté ante los ocho alumnos –gente muy maja y muy entregada– y les dije: «Vamos a investigar entre todos qué se puede hacer». Creamos un grupo privado en FB y ahí hacíamos ejercicios: «Hoy vais a escribir de vuestro barrio, hoy vais a escribir una columna de opinión, vais a escribir un microrrelato…». Y vi que era un contenedor donde se podían meter un montón de géneros. Es un metagénero.

¿Qué tiene propio? La inmediatez (tienes feedback en tiempo real) y permite hacer cosas seriadas. Eso me gusta mucho. Como cuando yo hacía aquí los Encuentros con la cultura en el Carrefour de Lavapiés: hacía fotos y una pequeña entrevista a gente de la cultura que encontraba comprando. Pero eso lo dejé de hacer porque el barrio empezó a gentrificarse y me parecía que esto lo gentrificaba más aún.

[Se ríe].

Si escribes a menudo de algo, como yo del Carrefour de Lavapiés, vas creando una especie de familiaridad. Todo el mundo me pregunta por este supermercado: creas un espacio literario. También creas personajes: por ejemplo, Liliana siempre sale. O cosas reconocibles: el propio Lavapiés y los problemas que hay aquí. Al ser una cosa seriada, como una serie de Netflix, puedes ir generando tramas y personajes. Eso me parece superinteresante y no lo puedes hacer en un artículo suelto. La gente me lee con familiaridad: a mi madre, cuando aparece… [Vuelve a reír]. Es como un folletín. Es lo más parecido a una novela por entregas.

Tus posts son puro costumbrismo. Es la vida cotidiana en las escenas y las palabras exactas. Todo lo que cuentas está ahí, en nuestras narices, pero los demás lo vemos en una nebulosa y tú lo ves y lo cuentas con una claridad excepcional.

[Ríe mientras va escuchando estas frases]. Eso me lo dice mucha gente. [Cambia de voz, simulando que hablan otras personas]. «Eso yo lo pienso, pero tú lo expresaste mejor y tal», «parece que me lo has leído de la cabeza»… No sé, no sé… [Sigue riendo].

¿Tendrá algo que ver tu mirada de científico? ¿Cómo observas?

No lo sé. Desde hace años he tenido un blog y eso me ha ido afilando la mirada. Y el periodismo también me hace estar atento a las cosas. Pero el costumbrismo me gusta. Siempre me ha gustado leer a Francisco Umbral, a Julio Camba, a Larra, a los grandes articulistas costumbristas.

Aunque eso de fijarme en lo que me rodea lo veo como una falta de imaginación. Yo no puedo ponerme a fabular e inventarme una novela. Siempre me preguntan: «¿Cuándo vas a escribir una novela?». Es que a mí no se me ocurre. Yo salgo a la calle y escribo lo que veo. En realidad, es mucho más fácil. [Ríe].

Las redes sociales cambian mucho en muy poco tiempo. Facebook, por ejemplo, nació destinado a los jóvenes, pero ahora lo usan, sobre todo, las personas mayores. ¿Has notado algún cambio en el público de tus posts?

Facebook es como algo que se da por hecho. Tienes tu FB porque lo tienes que tener. ¿Qué empresa ahora no tiene FB? ¿Qué artista ahora no tiene FB? Es una cosa como tener váter en casa. Ya no es wow! Es como el microondas. Antes hacía ilusión cocinar ahí y ahora la gente lo usa para calentar la leche. Pues con el FB pasa igual.

Respecto a lo que yo hago, he notado que hay mucha más gente que escribe posts largos. Lea Vélez, Sabina Urraca… Ella ha creado también una narrativa de su vida y ha convertido a su perra en un personaje… Sergio del Molino… Se ha perdido el miedo a escribir cosas más largas.

En la introducción de La vida instantánea dices: «Donde más a gusto me he encontrado siempre juntando letras ha sido en la electrónica libertad de internet: es donde más he sido yo mismo, y donde una voz que reconozco como mía se ha ido formando bit a bit». ¿No te autocensuras en internet? Hoy la expresión campa con más libertad por la calle y en los papeles que en la red.

Me refiero a que puedo escribir de lo que me da la gana: cosas personales que no interesan en un periódico. Viajes, anécdotas… Yo me autocensuro mucho, pero por educación. [Ríe]. Y no me parece mal. Creo que hay que ser amable y diplomático y no decir lo primero que te pasa por la cabeza. Si pienso que puedo ser ofensivo, claro que me autocensuro. No quiero hacer daño sin quererlo. La diplomacia, que es lo que mantiene a la sociedad unida, es autocensura constante. Y la mentira piadosa. Tú no te encuentras a alguien por la calle y le dices: «Has cogido 20 kilos». Si no, el mundo sería las redes sociales. Porque nadie se calla. Todo el mundo insulta a los otros porque piensa que no tiene consecuencias. Pero en la vida real la gente no se dice a la cara lo que piensa. Si fuera así, sería la guerra.

Por supuesto. Hablo del librepensamiento. Antes no era tan arriesgado dar una opinión en las redes sociales. Ahora muchos se autocensuran. No tanto por miedo como por pereza porque, digas lo que digas, siempre hay alguien encantado de ladrarte.

Sí. Hay charcos que no me merecen la pena. En muchos temas políticos es mejor no meterse porque se pierden los matices, porque la gente está muy sensible… De todos modos, yo siempre he intentado acercarme a los asuntos políticos de forma lateral, haciendo bromas, yendo a cosas absurdas… Prefiero decir algo raro y aportar algo literario o sorprendente a repetir los argumentos que ya repiten otros.

Hablas mucho de la vida del freelance. De tu vida, de tus rutinas, de lo que vives como trabajador autónomo.

Me parece muy significativo de esta época: la precariedad en general. Es el tema de los repartidores de Glovo o Deliveroo… Parece que las empresas se están desentendiendo de esos trabajadores. Te piden lo mismo, pero nadie contrata, no te paga la seguridad social… Y creo que eso es el futuro. El sindicato pierde sentido porque la gente está currando en casa, en coworkings… Así no puede existir la lucha colectiva; no se puede llegar a un convenio. Esto es perfecto para los más poderosos.

La vida del freelance es muy literaria porque permite hacer cosas durante el día que no puede hacer el asalariado. Eso es lo bonito. Pero esa libertad a mí me genera mucha ansiedad porque tienes que dominarte a ti mismo. A veces es más fácil tener un jefe al que respetar y un horario que cumplir. Eso facilita las cosas. La libertad es muy dura. Lo cuento en el libro: la libertad de Spotify es muy dura porque no sabes qué poner.

Sí. Dices: «La libertad tiene muy buena prensa, pero es una cosa bien jodida».

Pues eso. En una columna de El País escribí sobre el «liberticidio». La derecha más neoliberal critica el proyecto de Madrid Central [destinado a reducir el número de coches por la zona centro] porque no permite que se conduzca por donde a uno le venga en gana. O cuando Aznar soltó que quién iba a decirle a él si podía tomar vino antes de conducir o la velocidad máxima a la que podía ir. Esa es la idea de la libertad que usa la derecha ahora: hacer lo que te dé la gana.

Para hablar de libertad tendríamos que preguntarnos: ¿para qué?, ¿para quién? y ¿contra quién? Porque la libertad, así, a palo seco, puede ser la libertad de explotar, de violar o de maltratar a niños. Parece que la palabra libertad está asociada siempre a lo bueno. [Cambia de voz, como si fuera otra persona]. «¡La libertad! ¿Quién puede estar en contra de la libertad?». [Vuelve a su voz y contesta a la otra voz ficticia]. ¡Yo puedo estar en contra de la libertad de muchas cosas! Casi, casi, estoy más en contra de la libertad que a favor. Porque la civilización se basa en prohibir cosas: prohibir que te roben, prohibir que te maten, prohibir que te exploten, prohibir que haya vertidos en el mar… La prohibición debería ser la bandera: ¡prohibirlo todo! y no «prohibido prohibir». [Se ríe]. ¡Prohibir más! Así que estoy a favor de prohibir. Eso lo puedes poner en el titular.

 

Y en la cumbre dramática de esta contestación, que casi se ha convertido en mitin, damos por concluida la conversación. El hombre de gafas naranjas que está a nuestro lado no ha parado de hacer llamadas de negocios. Por la puerta de cristal, siguen entrando personas con cara de frío y saliendo personas cargando bolsas con cerveza y arroz. Sergio C. Fanjul se lía la bufanda al cuello y nos vamos del Carrefour.

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