fbpx
23 de mayo 2016    /   IDEAS
por
 

El ciclista que disputaba las sombras a los camellos

23 de mayo 2016    /   IDEAS     por          
Compártelo twitter facebook whatsapp
thumb image

Primero se preocupó un poco: pedaleaba en solitario por el desierto de Túnez, no sabía muy bien hacia dónde tirar y siguió una pista. Luego se agobió: la pista se colaba entre unas montañas áridas y se fue desvaneciendo, hasta que desapareció. Luego se asustó: se le echó la noche encima, acampó bajo las estrellas, siguió perdido por las montañas un día más, se le terminó la bebida, se le terminó la comida, se le echó encima una segunda noche, siguió arrastrando la bici un día más, se le echó encima una tercera noche de sed pedregosa. Al tercer día se emocionó: consiguió situarse por fin en el mapa, salió a un oasis y encontró a un hombre que le ofreció un té. El hombre le indicó el camino para llegar hasta una aldea. Allí Sergio Fernández Tolosa se hartó de beber, comer y dormir. La experiencia había sido terrible, así que decidió repetirla.

Y se puso a cruzar los mayores desiertos del mundo en bicicleta, siempre solo.

«Siempre solo» es lo que pensamos los demás: él habla de la compañía de las moscas y los camellos, habla incluso de la compañía que le hizo el viento, y habla en serio. Atravesó los desiertos de Australia, Atacama, Mojave, Namib, Kalahari, Gobi y Sáhara, casi 30.000 kilómetros, y recogió la experiencia en los textos y las fotos de un libro espectacular: Siete desiertos con un par de ruedas (Saga Editorial). En él desgrana sus aprendizajes: cómo se enfrentaba a las leyes de la naturaleza más hostil, cómo acabó obedeciéndolas y cómo volvió a casa admirado por las personas que saben habitar los desiertos.

«Desde chaval me ha gustado ponerme a prueba, buscar situaciones en las que debo espabilarme y salir adelante por mis propios medios», dice Fernández Tolosa, este chico muy alto, muy delgado, con melenas y barbas de color cerveza, que tiene 20 años desde hace ya 22. Ahora está en Barcelona, su ciudad natal: en los últimos tiempos ha cruzado Islandia, el Atlas, los Pirineos y los Alpes en bici con su compañera Amelia Herrero, y ahora, caminando de noche desde el barrio del Raval hasta el barrio de Gracia, se desorienta y se pierde.

sergio fernandez tolosa

A pesar de eso, cree que el escenario ideal para ponerse a prueba no es Barcelona sino el desierto: «Son espacios vacíos, con condiciones muy difíciles para la vida, donde resulta casi imposible encontrar ayuda. Quería comprobar si era capaz de atravesarlos por mi cuenta».

 También tenía claro que los viajes serían en bicicleta: es la extensión de su cuerpo. La utiliza para ir a la compra, para pasear un domingo por la sierra de Collserola o para atravesar un continente: «Disfruto con el pedaleo. En los viajes me siento muy cerca de la naturaleza y de la gente, tengo independencia para ir donde quiera y pararme cuando me apetezca. El ritmo lento, el cansancio o un pinchazo te hacen parar, por ejemplo, en una aldea namibia donde los turistas pasan en todoterreno pero no se detienen. Los niños de aquel pueblo nunca habían visto a un hombre blanco. Yo estuve con los vecinos, jugando a una especie de ajedrez, charlando, comiendo… El viaje se hace mucho más humano».

«Y si vas solo, te acogen mejor. Te ven más vulnerable, tú necesitas comunicarte, al final te acabas acercando fácil a la gente». ¿Pero no da miedo ir solo, sin nadie que te pueda ayudar? En el barrio de Gracia, al menos, hemos encontrado a una señora que nos ha explicado cómo llegar a la plaza que buscamos. «Bueno, oye, yo en Barcelona me pierdo porque no me fijo mucho, porque voy relajado, pero en el desierto siempre eres más cauto. Allí cualquier error o cualquier accidente puede resultar fatal. De todas maneras, perderse tiene su gracia. Yo viajé con mapas y brújulas, pero en Mongolia usé el GPS: el Ger Positioning System. El ger es la tienda tradicional de los nómadas, en la llanura se ve desde lejos. Consiste en ir de un ger al otro, y preguntar por el siguiente. Donde hay un ger hay una familia, hay agua, hay comida, hay información».

c2

A veces la soledad pesa mucho. En el desierto australiano, Sergio acabó agradeciendo la compañía de una mosca

A veces la soledad pesa mucho. En el desierto australiano, Fernández Tolosa acabó agradeciendo la compañía de una mosca: «Sí, y le hablaba. También le hablaba al viento. Fue un proceso de adaptación al medio. Me adapté físicamente (fui aprendiendo a soportar el calor, a dosificar la bebida, sabía a qué horas convenía avanzar, a qué horas ir más lento, cuándo parar…) y también me adapté mentalmente.

En un viaje así, durante muchas horas no ocurre absolutamente nada, el paisaje es monótono y el pedaleo se convierte en una especie de meditación. Al final consigues un ritmo interior, una concentración con la que alcanzas momentos de clarividencia, incluso eres capaz de resolver problemas de tu vida que arrastras desde hace años. En otros momentos el cerebro crea fantasías.

En un tramo de Australia llevaba los brazos cubiertos por una nube de moscas y hacía un calor horroroso, pero entonces empecé a pensar que las moscas también estarían sofocadas y dije ‘bueno, que se beban mi sudor, que aprovechen lo que puedan’. Te acabas solidarizando hasta con las moscas.

En el fondo es un entretenimiento mental para distraerte del calor, el cansancio y el aburrimiento. Y una estrategia: si no puedes con las moscas, alíate con ellas. Cuando empezaba a soplar el viento en contra, yo le saludaba: ‘Hombre, ya estás por aquí, has venido otra vez a joderme, ¿eh?’, y me reía. Los problemas te molestan cada vez menos. La otra opción es desesperarse. Y hace falta mucha serenidad para atravesar el desierto».

cparallax2

Con el paso de las semanas y los meses, Fernández Tolosa se fue transformando en animal: se peleó con unos caballos por una fuente, rechazó el ataque de una cobra, le disputó una sombra a un camello. «Fue en el desierto del Gobi. Me senté debajo del único árbol en cientos de kilómetros, un arbolito esmirriado. Y enseguida vino un camello a quitarme el sitio. Resistí. Entonces el camello se meó en mi bici y se fue».

Al final, dice Fernández Tolosa, en el desierto todos los seres vivos compiten por lo mismo: sombra y agua. La única diferencia es que los humanos cargamos con ropa, agua y comida. Él carga con muy poca.

«Cuando no tienes asegurada la supervivencia más básica, las demás necesidades se simplifican o desaparecen: a mí ya me daba igual comer arroz todos los días, me echaba a dormir en cualquier lado, no me importaba llevar siempre la misma ropa. Sólo obedecía a la ley principal: ahorrar esfuerzos. Como los animales. Y dentro de esa sencillez, cualquier detalle añadido es un lujo. En una aldea africana conseguí una zanahoria, y la comida de ese día ya fue especial, porque el arroz sabía un poco distinto. Un día echaba al café más azúcar de lo normal, otro día no le echaba nada, y esos cambios eran todo un acontecimiento».

c12

Quizá por eso Fernández Tolosa camina con aires de náufrago por la ciudad: parece que le abruma. Hay tantas cosas: tantas zanahorias para el arroz. En casa cocina lujos como una crema de patata, calabacín, cebolla y zanahoria, y moja pan del día anterior. A veces echa de menos vivir solo con una mochila, sin más preocupaciones que seguir el camino, y entonces se escapa de casa y cruza pedaleando alguna cordillera o alguna isla volcánica.

«Los viajes por el desierto me han hecho más austero, sí. Relativizo los problemas, tengo menos necesidades, y en eso mis maestros fueron los habitantes del desierto, que tienen poquísimas cosas y se apañan con ellas. Por supuesto que les gustaría disponer de frigoríficos, latas y agua embotellada, pero no pueden. A una familia de nómadas mongoles le basta con el pasto, el ganado y agua. Se alimentan con té, leche, pan, queso, carne y poco más. Solo consumen lo que tienen a mano, en la naturaleza, y eso puede ser más incómodo pero también más equilibrado. El único residuo que vi en la llanura de Mongolia fue una botella de vodka. Y eso me choca con la vida que llevamos nosotros, con miles de camiones transportando productos de una punta a otra, con tantos envases sobrantes».

cportada

¿Es cierta la hospitalidad de las gentes del desierto o es un mito romántico? ¿Qué hace una familia mongola cuando llega a su casa un extraterrestre barbudo dando pedales? «Me invitaron a sus casas, me ofrecieron comida y techo, me aconsejaron. Incluso me cuidaron en momentos de apuro, cuando sufrí un golpe de calor en Mauritania o durante una tormenta en Mongolia.

También solía ser un intercambio. No porque quisieran mi dinero —eso me ocurrió pocas veces— sino porque tenían mucha curiosidad por mí y les apetecía acogerme. En sitios tan solitarios la llegada de un extranjero es una gran novedad. Pero en sitios más frecuentados no ocurre lo mismo.

Durante las primeras etapas por Marruecos dormí siempre en hostales, hasta que llegué a una aldea donde unos albañiles me invitaron a dormir en su casa y me prepararon un cuscús con verduras y carne. Me di cuenta de que ya había dejado atrás las rutas turísticas, de que ya había empezado el viaje verdadero».

c9

Parece, por tanto, que existen diferencias entre el turista y el viajero. «Sí, pero la marcan ellos, no tú. Depende de cómo te reciba la gente del lugar: si solo quieren venderte una alfombra, eres un turista; si te acogen en su casa, te preguntan por tu vida y tu país, entonces eres un viajero aunque vayas en un viaje organizado. Ellos definen lo que eres. Pero lo más importante no es ser turista o ser viajero, sino actuar de una manera responsable. Debemos ser muy respetuosos y entrar con mucho tacto en las vidas de los demás».

Fernández Tolosa es lento. Cruza continentes a quince kilómetros por hora y pasa varios días en los pueblos remotos donde los turistas solo se quedan una noche. «Quizá haya viajeros más extrovertidos, más lanzados, pero yo necesito tiempo. Paseaba por las calles y sacaba fotos, pero no se las hacía directamente a las personas, por respeto. No me gusta robar fotos. En Walata, un pueblo legendario del desierto mauritano, pasé una semana y al final me conocía el panadero, la señora que me servía el desayuno, el de la tienda de la esquina… Me saludaban, charlábamos, se iba creando confianza. Al final fueron ellos quienes me pidieron que les sacara fotos, me invitaron a sus casas y conocí un poco de sus vidas. Esas imágenes son las más valiosas para mí, porque sé que con esas personas compartí algo más que una foto».

c8

c10

sergio fernandez tolosa

c5

c1

c4

sergio fernandez tolosa

c6

c7

Primero se preocupó un poco: pedaleaba en solitario por el desierto de Túnez, no sabía muy bien hacia dónde tirar y siguió una pista. Luego se agobió: la pista se colaba entre unas montañas áridas y se fue desvaneciendo, hasta que desapareció. Luego se asustó: se le echó la noche encima, acampó bajo las estrellas, siguió perdido por las montañas un día más, se le terminó la bebida, se le terminó la comida, se le echó encima una segunda noche, siguió arrastrando la bici un día más, se le echó encima una tercera noche de sed pedregosa. Al tercer día se emocionó: consiguió situarse por fin en el mapa, salió a un oasis y encontró a un hombre que le ofreció un té. El hombre le indicó el camino para llegar hasta una aldea. Allí Sergio Fernández Tolosa se hartó de beber, comer y dormir. La experiencia había sido terrible, así que decidió repetirla.

Y se puso a cruzar los mayores desiertos del mundo en bicicleta, siempre solo.

«Siempre solo» es lo que pensamos los demás: él habla de la compañía de las moscas y los camellos, habla incluso de la compañía que le hizo el viento, y habla en serio. Atravesó los desiertos de Australia, Atacama, Mojave, Namib, Kalahari, Gobi y Sáhara, casi 30.000 kilómetros, y recogió la experiencia en los textos y las fotos de un libro espectacular: Siete desiertos con un par de ruedas (Saga Editorial). En él desgrana sus aprendizajes: cómo se enfrentaba a las leyes de la naturaleza más hostil, cómo acabó obedeciéndolas y cómo volvió a casa admirado por las personas que saben habitar los desiertos.

«Desde chaval me ha gustado ponerme a prueba, buscar situaciones en las que debo espabilarme y salir adelante por mis propios medios», dice Fernández Tolosa, este chico muy alto, muy delgado, con melenas y barbas de color cerveza, que tiene 20 años desde hace ya 22. Ahora está en Barcelona, su ciudad natal: en los últimos tiempos ha cruzado Islandia, el Atlas, los Pirineos y los Alpes en bici con su compañera Amelia Herrero, y ahora, caminando de noche desde el barrio del Raval hasta el barrio de Gracia, se desorienta y se pierde.

sergio fernandez tolosa

A pesar de eso, cree que el escenario ideal para ponerse a prueba no es Barcelona sino el desierto: «Son espacios vacíos, con condiciones muy difíciles para la vida, donde resulta casi imposible encontrar ayuda. Quería comprobar si era capaz de atravesarlos por mi cuenta».

 También tenía claro que los viajes serían en bicicleta: es la extensión de su cuerpo. La utiliza para ir a la compra, para pasear un domingo por la sierra de Collserola o para atravesar un continente: «Disfruto con el pedaleo. En los viajes me siento muy cerca de la naturaleza y de la gente, tengo independencia para ir donde quiera y pararme cuando me apetezca. El ritmo lento, el cansancio o un pinchazo te hacen parar, por ejemplo, en una aldea namibia donde los turistas pasan en todoterreno pero no se detienen. Los niños de aquel pueblo nunca habían visto a un hombre blanco. Yo estuve con los vecinos, jugando a una especie de ajedrez, charlando, comiendo… El viaje se hace mucho más humano».

«Y si vas solo, te acogen mejor. Te ven más vulnerable, tú necesitas comunicarte, al final te acabas acercando fácil a la gente». ¿Pero no da miedo ir solo, sin nadie que te pueda ayudar? En el barrio de Gracia, al menos, hemos encontrado a una señora que nos ha explicado cómo llegar a la plaza que buscamos. «Bueno, oye, yo en Barcelona me pierdo porque no me fijo mucho, porque voy relajado, pero en el desierto siempre eres más cauto. Allí cualquier error o cualquier accidente puede resultar fatal. De todas maneras, perderse tiene su gracia. Yo viajé con mapas y brújulas, pero en Mongolia usé el GPS: el Ger Positioning System. El ger es la tienda tradicional de los nómadas, en la llanura se ve desde lejos. Consiste en ir de un ger al otro, y preguntar por el siguiente. Donde hay un ger hay una familia, hay agua, hay comida, hay información».

c2

A veces la soledad pesa mucho. En el desierto australiano, Sergio acabó agradeciendo la compañía de una mosca

A veces la soledad pesa mucho. En el desierto australiano, Fernández Tolosa acabó agradeciendo la compañía de una mosca: «Sí, y le hablaba. También le hablaba al viento. Fue un proceso de adaptación al medio. Me adapté físicamente (fui aprendiendo a soportar el calor, a dosificar la bebida, sabía a qué horas convenía avanzar, a qué horas ir más lento, cuándo parar…) y también me adapté mentalmente.

En un viaje así, durante muchas horas no ocurre absolutamente nada, el paisaje es monótono y el pedaleo se convierte en una especie de meditación. Al final consigues un ritmo interior, una concentración con la que alcanzas momentos de clarividencia, incluso eres capaz de resolver problemas de tu vida que arrastras desde hace años. En otros momentos el cerebro crea fantasías.

En un tramo de Australia llevaba los brazos cubiertos por una nube de moscas y hacía un calor horroroso, pero entonces empecé a pensar que las moscas también estarían sofocadas y dije ‘bueno, que se beban mi sudor, que aprovechen lo que puedan’. Te acabas solidarizando hasta con las moscas.

En el fondo es un entretenimiento mental para distraerte del calor, el cansancio y el aburrimiento. Y una estrategia: si no puedes con las moscas, alíate con ellas. Cuando empezaba a soplar el viento en contra, yo le saludaba: ‘Hombre, ya estás por aquí, has venido otra vez a joderme, ¿eh?’, y me reía. Los problemas te molestan cada vez menos. La otra opción es desesperarse. Y hace falta mucha serenidad para atravesar el desierto».

cparallax2

Con el paso de las semanas y los meses, Fernández Tolosa se fue transformando en animal: se peleó con unos caballos por una fuente, rechazó el ataque de una cobra, le disputó una sombra a un camello. «Fue en el desierto del Gobi. Me senté debajo del único árbol en cientos de kilómetros, un arbolito esmirriado. Y enseguida vino un camello a quitarme el sitio. Resistí. Entonces el camello se meó en mi bici y se fue».

Al final, dice Fernández Tolosa, en el desierto todos los seres vivos compiten por lo mismo: sombra y agua. La única diferencia es que los humanos cargamos con ropa, agua y comida. Él carga con muy poca.

«Cuando no tienes asegurada la supervivencia más básica, las demás necesidades se simplifican o desaparecen: a mí ya me daba igual comer arroz todos los días, me echaba a dormir en cualquier lado, no me importaba llevar siempre la misma ropa. Sólo obedecía a la ley principal: ahorrar esfuerzos. Como los animales. Y dentro de esa sencillez, cualquier detalle añadido es un lujo. En una aldea africana conseguí una zanahoria, y la comida de ese día ya fue especial, porque el arroz sabía un poco distinto. Un día echaba al café más azúcar de lo normal, otro día no le echaba nada, y esos cambios eran todo un acontecimiento».

c12

Quizá por eso Fernández Tolosa camina con aires de náufrago por la ciudad: parece que le abruma. Hay tantas cosas: tantas zanahorias para el arroz. En casa cocina lujos como una crema de patata, calabacín, cebolla y zanahoria, y moja pan del día anterior. A veces echa de menos vivir solo con una mochila, sin más preocupaciones que seguir el camino, y entonces se escapa de casa y cruza pedaleando alguna cordillera o alguna isla volcánica.

«Los viajes por el desierto me han hecho más austero, sí. Relativizo los problemas, tengo menos necesidades, y en eso mis maestros fueron los habitantes del desierto, que tienen poquísimas cosas y se apañan con ellas. Por supuesto que les gustaría disponer de frigoríficos, latas y agua embotellada, pero no pueden. A una familia de nómadas mongoles le basta con el pasto, el ganado y agua. Se alimentan con té, leche, pan, queso, carne y poco más. Solo consumen lo que tienen a mano, en la naturaleza, y eso puede ser más incómodo pero también más equilibrado. El único residuo que vi en la llanura de Mongolia fue una botella de vodka. Y eso me choca con la vida que llevamos nosotros, con miles de camiones transportando productos de una punta a otra, con tantos envases sobrantes».

cportada

¿Es cierta la hospitalidad de las gentes del desierto o es un mito romántico? ¿Qué hace una familia mongola cuando llega a su casa un extraterrestre barbudo dando pedales? «Me invitaron a sus casas, me ofrecieron comida y techo, me aconsejaron. Incluso me cuidaron en momentos de apuro, cuando sufrí un golpe de calor en Mauritania o durante una tormenta en Mongolia.

También solía ser un intercambio. No porque quisieran mi dinero —eso me ocurrió pocas veces— sino porque tenían mucha curiosidad por mí y les apetecía acogerme. En sitios tan solitarios la llegada de un extranjero es una gran novedad. Pero en sitios más frecuentados no ocurre lo mismo.

Durante las primeras etapas por Marruecos dormí siempre en hostales, hasta que llegué a una aldea donde unos albañiles me invitaron a dormir en su casa y me prepararon un cuscús con verduras y carne. Me di cuenta de que ya había dejado atrás las rutas turísticas, de que ya había empezado el viaje verdadero».

c9

Parece, por tanto, que existen diferencias entre el turista y el viajero. «Sí, pero la marcan ellos, no tú. Depende de cómo te reciba la gente del lugar: si solo quieren venderte una alfombra, eres un turista; si te acogen en su casa, te preguntan por tu vida y tu país, entonces eres un viajero aunque vayas en un viaje organizado. Ellos definen lo que eres. Pero lo más importante no es ser turista o ser viajero, sino actuar de una manera responsable. Debemos ser muy respetuosos y entrar con mucho tacto en las vidas de los demás».

Fernández Tolosa es lento. Cruza continentes a quince kilómetros por hora y pasa varios días en los pueblos remotos donde los turistas solo se quedan una noche. «Quizá haya viajeros más extrovertidos, más lanzados, pero yo necesito tiempo. Paseaba por las calles y sacaba fotos, pero no se las hacía directamente a las personas, por respeto. No me gusta robar fotos. En Walata, un pueblo legendario del desierto mauritano, pasé una semana y al final me conocía el panadero, la señora que me servía el desayuno, el de la tienda de la esquina… Me saludaban, charlábamos, se iba creando confianza. Al final fueron ellos quienes me pidieron que les sacara fotos, me invitaron a sus casas y conocí un poco de sus vidas. Esas imágenes son las más valiosas para mí, porque sé que con esas personas compartí algo más que una foto».

c8

c10

sergio fernandez tolosa

c5

c1

c4

sergio fernandez tolosa

c6

c7

Compártelo twitter facebook whatsapp
El pelo (no el velo) islámico
Tu opinión no es lo bastante objetiva
Andar por las ramas
Cuentos sensacionalistas para incentivar la lectura
 
Especiales
 
facebook twitter whatsapp

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *