28 de enero 2020    /   CINE/TV
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Tu patria ya no es tu patria: es tu serie favorita

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Si tu patria es aquello que te emociona, tu patria es House of Cards. O Juego de tronos, o Mad Men, o Walking Dead.

Las grandes plataformas tipo Netflix o HBO han configurado, con sus series globales, unas nuevas fronteras. No son fronteras geográficas, sino otras dibujadas por las series con las que cada uno se identifica.

Sus habitantes no viven en un mismo territorio, sino que residen en cualquier lugar del mundo, hablan idiomas diferentes y pertenecen a muchas razas.

Lo que tienen en común son los sentimientos que comparten frente a cada una de esas series, ya sea fascinación, miedo, euforia o simplemente entretenimiento.

Esa es la razón por la que un chino, un argentino y un holandés pueden compartir una conversación en la que cada uno descubra que tienen más en común entre ellos que lo que les une con su vecino de al lado.

Los nacionalismos, por mucho que algunos crean lo contrario, están de capa caída. En la actualidad siguen siendo fomentados por políticos locales que ven con preocupación cómo su control sobre la sociedad se difumina en este nuevo escenario. Por eso sus discursos se radicalizan.

Pero la realidad es que el control de esas emociones que antes cohesionaban a los pueblos está ahora en manos de otros. En la de esos altos ejecutivos de las plataformas digitales que deciden, cada vez que aprueban el presupuesto de una nueva serie, cómo se van a configurar las fronteras emocionales de la próxima temporada.

Analicémoslo recordando los contenidos de dichas series. El público de Foodie Love, el último trabajo de Isabel Coixet, abarca todo un arco sentimental que tan solo penetrará en las personas sensibles al mismo. Personas que nada tienen en común con los apasionados de Walking Dead.

Algunos políticos ya se han dado cuenta de ello. En las últimas elecciones en EEUU, el equipo de Donald Trump aumentó su inversión en las televisiones que emitían la serie de Walking Dead con spots que advertían sobre el peligro de que emigrantes mejicanos trajeran violencia y enfermedades a su país, como si de auténticos muertos vivientes se tratara.

Trump hablaba de la patria estadounidense en sus discursos políticos, pero utilizaba esas nuevas patrias emocionales en sus estrategias electorales.

Es un reconocimiento implícito al poder del relato a la hora de establecer conexiones sentimentales y, con ellas, cohesiones personales. Algo que ya nos explicó Yuval Noah Harari en su famoso libro Sapiens.

Lo cierto es que esas cohesiones, basadas en la educación, las experiencias vividas y el nivel económico ya existían antes de la llegada de las series televisivas. Los multimillonarios asistentes a la reunión de Davos, por ejemplo, tienen más en común entre sí que con los obreros de la construcción de sus propios países.

La diferencia es que con las plataformas digitales se han creado infinidad de nuevas tribus cuya camaradería ya no está basada tan solo en elementos objetivos, sino también, y sobre todo, en las complicidades narrativas.

Habitamos nuevas patrias, más líquidas e intangibles que las anteriores. Pero no por ello menos palpables. Y sus habitantes, desperdigados por todo el mundo, se emocionan ante el Main Theme de Juego de tronos como si de un himno se tratase. Se identifican con Daenerys Targaryen, Jon Nieve o Arya Stark como si fueran líderes políticos, y se angustian ante el final de la serie como si su propio país se desmoronase.

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Sus habitantes no viven en un mismo territorio, sino que residen en cualquier lugar del mundo, hablan idiomas diferentes y pertenecen a muchas razas.

Lo que tienen en común son los sentimientos que comparten frente a cada una de esas series, ya sea fascinación, miedo, euforia o simplemente entretenimiento.

Esa es la razón por la que un chino, un argentino y un holandés pueden compartir una conversación en la que cada uno descubra que tienen más en común entre ellos que lo que les une con su vecino de al lado.

Los nacionalismos, por mucho que algunos crean lo contrario, están de capa caída. En la actualidad siguen siendo fomentados por políticos locales que ven con preocupación cómo su control sobre la sociedad se difumina en este nuevo escenario. Por eso sus discursos se radicalizan.

Pero la realidad es que el control de esas emociones que antes cohesionaban a los pueblos está ahora en manos de otros. En la de esos altos ejecutivos de las plataformas digitales que deciden, cada vez que aprueban el presupuesto de una nueva serie, cómo se van a configurar las fronteras emocionales de la próxima temporada.

Analicémoslo recordando los contenidos de dichas series. El público de Foodie Love, el último trabajo de Isabel Coixet, abarca todo un arco sentimental que tan solo penetrará en las personas sensibles al mismo. Personas que nada tienen en común con los apasionados de Walking Dead.

Algunos políticos ya se han dado cuenta de ello. En las últimas elecciones en EEUU, el equipo de Donald Trump aumentó su inversión en las televisiones que emitían la serie de Walking Dead con spots que advertían sobre el peligro de que emigrantes mejicanos trajeran violencia y enfermedades a su país, como si de auténticos muertos vivientes se tratara.

Trump hablaba de la patria estadounidense en sus discursos políticos, pero utilizaba esas nuevas patrias emocionales en sus estrategias electorales.

Es un reconocimiento implícito al poder del relato a la hora de establecer conexiones sentimentales y, con ellas, cohesiones personales. Algo que ya nos explicó Yuval Noah Harari en su famoso libro Sapiens.

Lo cierto es que esas cohesiones, basadas en la educación, las experiencias vividas y el nivel económico ya existían antes de la llegada de las series televisivas. Los multimillonarios asistentes a la reunión de Davos, por ejemplo, tienen más en común entre sí que con los obreros de la construcción de sus propios países.

La diferencia es que con las plataformas digitales se han creado infinidad de nuevas tribus cuya camaradería ya no está basada tan solo en elementos objetivos, sino también, y sobre todo, en las complicidades narrativas.

Habitamos nuevas patrias, más líquidas e intangibles que las anteriores. Pero no por ello menos palpables. Y sus habitantes, desperdigados por todo el mundo, se emocionan ante el Main Theme de Juego de tronos como si de un himno se tratase. Se identifican con Daenerys Targaryen, Jon Nieve o Arya Stark como si fueran líderes políticos, y se angustian ante el final de la serie como si su propio país se desmoronase.

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