12 de octubre 2017    /   ENTRETENIMIENTO
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Alargar las palabras hasta el delirio no te hace más culto

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Era un tipo lleno de manías y difícil de soportar. Tenía por costumbre lavarse las manos, secarse en la toalla y volvérselas a lavar de nuevo. Hacía el amor con su novia de toda la vida (él no follaba, él era un romántico) usando preservativo a pesar de no existir riesgo de contraer ninguna enfermedad sexual y de tener certificada por varios médicos su esterilidad. Y bajaba semanalmente a la lavandería del barrio para lavar las sábanas, a pesar de haberlo hecho antes en la lavadora de su casa. Sus amigos y familia más cercana le habían aconsejado acudir a la consulta de un psicólogo. Sus manías compulsivas mejorarían, decían, con un tratamiento adecuado.

Harto de escucharles, decidió recurrir a un profesional. Hubiera bastado con un lugar donde un psicólogo le atendiera y prescribiera la terapia adecuada para liberarle de tanto acto innecesario, pero no. Él prefirió dar un rodeo y buscó antes una clínica donde le masajearon, le untaron el cuerpo con aceites y esencias, le enseñaron a meditar con un gurú hindú de largas barbas y cabellos blancos, y le dejaron la cuenta corriente más limpia que sus sábanas y manos. Cuando finalmente acudió a la consulta del psicólogo, la terapia no funcionó. No hay tratamiento que valga con alguien que no está enfermo. A nuestro protagonista lo que le sobraba, simplemente, era tiempo, mucho tiempo. Y mucho postureo.  

Si lo que hace nuestro amigo nos parece innecesario, ¿por qué entonces no somos coherentes con ese criterio y nos empeñamos en usar vocablos que no aportan ningún significado diferente? La respuesta es sencilla: porque nos parecen más prestigiosos, más de gente culta y cosmopolita, que la palabra que ya existía en nuestro idioma para definir la misma realidad. Y todo por el hecho de que son más largas. Ya se sabe, burra grande ande o no ande. A esto de alargar palabras se le conoce con el pomposo nombre de sesquipedalismo. Vayan unos cuantos ejemplos.

Nos encanta decir que alguien recepciona algo. Este neologismo se está imponiendo en el lenguaje técnico, administrativo y deportivo, pero seamos sinceros. ¿Qué matiz diferente aporta a nuestro recibir? Exigimos a los demás que clarifiquen su postura ante ciertos asuntos, pero ¿acaso eso no es aclarar? Nos culpabilizamos por ciertas situaciones, pero ¿nuestro arrepentimiento es más grande y nuestra penitencia más redentora que si nos culpamos?

¿Por qué inicializar cosas si basta con iniciarlas? ¿O para qué insistir en aclarar cuál será nuestro posicionamiento ante una causa, si podemos decir cuál es nuestra posición?

Ya son ganas de gastar saliva y de trabajar.

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Harto de escucharles, decidió recurrir a un profesional. Hubiera bastado con un lugar donde un psicólogo le atendiera y prescribiera la terapia adecuada para liberarle de tanto acto innecesario, pero no. Él prefirió dar un rodeo y buscó antes una clínica donde le masajearon, le untaron el cuerpo con aceites y esencias, le enseñaron a meditar con un gurú hindú de largas barbas y cabellos blancos, y le dejaron la cuenta corriente más limpia que sus sábanas y manos. Cuando finalmente acudió a la consulta del psicólogo, la terapia no funcionó. No hay tratamiento que valga con alguien que no está enfermo. A nuestro protagonista lo que le sobraba, simplemente, era tiempo, mucho tiempo. Y mucho postureo.  

Si lo que hace nuestro amigo nos parece innecesario, ¿por qué entonces no somos coherentes con ese criterio y nos empeñamos en usar vocablos que no aportan ningún significado diferente? La respuesta es sencilla: porque nos parecen más prestigiosos, más de gente culta y cosmopolita, que la palabra que ya existía en nuestro idioma para definir la misma realidad. Y todo por el hecho de que son más largas. Ya se sabe, burra grande ande o no ande. A esto de alargar palabras se le conoce con el pomposo nombre de sesquipedalismo. Vayan unos cuantos ejemplos.

Nos encanta decir que alguien recepciona algo. Este neologismo se está imponiendo en el lenguaje técnico, administrativo y deportivo, pero seamos sinceros. ¿Qué matiz diferente aporta a nuestro recibir? Exigimos a los demás que clarifiquen su postura ante ciertos asuntos, pero ¿acaso eso no es aclarar? Nos culpabilizamos por ciertas situaciones, pero ¿nuestro arrepentimiento es más grande y nuestra penitencia más redentora que si nos culpamos?

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Opiniones 9
  • En general de acuerdo con la postura, y con casi todas las palabras menos con inicializar.

    Por deformación profesional, no es lo mismo iniciar que inicializar. Tiene un ligero matiz distinto. La última se usa como «preparar algo para ser iniciado».

    Al menos en mi día a día no estoy rodeado de posturetas y es una palabra muy extendida. Por ejemplo, se usa en términos informáticos cuando se les da un valor inicial a unas variables siendo este valor irrelevante para el resultado funcional, sólo para asegurar tener la certeza de lo que apuntan en memoria (como el valor cero. Que luego no será relevante cuando se inicie el programa ni cuando les des el primer valor con sentido a las variables).

    Saludos!

    • Hablando de informática, «inicializar» es un término bien usado. De hecho, nadie dice que no sea correcto. Carlos, en el comentario de abajo, lo expresa muy bien. Pero fuera de esos contextos queda raro, como poco. ¿De verdad dirías, por ejemplo, que dos políticos «inicializan» conversaciones para llegar a acuerdos?

  • «Inicializar» es un calco del inglés «to initialize», que se tradujo tal cual y ahora se usa con el sentido que dices, y el DRAE lo ha aceptado. En lo personal, sólo lo uso con ese sentido, pero lo puedo evitar, lo hago, prefiero decir configurar los valores iniciales, como se decía antes, que usar la palabra » inicializar»
    DRAE: inicializar
    Del ing. to initialize.
    1. tr. Inform. Establecer los valores iniciales para la ejecución de un programa.

    • Esta serie comenzó siendo relatos ortográficos que servían para explicar eso, normas de ortografía. Ahora hemos ampliado el abanico a otros temas de escritura en general, pero hemos preferido mantener el título porque no abandonamos por completo la idea inicial. Hoy tocaba sesquipedalismo y su consecuencia, los archisílabos. El mes que viene… quién sabe.

  • Concuerdo completamente. Tanto con el artículo como con el primer comentario. En mi caso, no hay ejemplar más irritante para mí que «eximición».
    En general abunda entre periodistas -habitualmente despachando en vivo- y, curiosamente, policías, el uso de estas grasas lingüísticas. No es raro tampoco en el personaje humilde que, sin querer necesariamente aparentar, busca expresarse «elegantemente».
    Analizando las tres muestras que planteo, me parece que el comportamiento es atribuible simplemente al arrojo de la ignorancia.

  • ¡Hola! Soy un alumno de 2ºBACHILLER de Murcia. Mi profesora de lengua nos ha puesto este comentario para analizar. Acabo de leerlo y estoy con ese fervor que se tiene cuando acabas un libro y no tienes a nadie con quien comentar qué tal te ha parecido.

    Este artículo me parece una genialidad, propio de una persona «rebelde». Me ha hecho abrir los ojos hacia una realidad que, al menos para mí, iba vestida de seda. En mi día a día, no paro de escuchar sesquipedalismos como «crush» en vez de «amor platónico» o «señalizar» en los casos en los que se debe de decir «señalar».

    Me gustaría terminar mi comentario revelando que este tipo de artículos hacen que mi vocación por la profesión del articulista aumente exponencialmente.

    Un saludo.

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