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8 de junio 2015    /   IDEAS
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Sexo en blanco y negro

8 de junio 2015    /   IDEAS     por          
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Créanme, resulta mucho más interesante. El color nos afea, muestra matices indeseados, nos vulgariza y nos hace dolorosamente contemporáneos.
La acromatopsia es una enfermedad, o quizá debiéramos decir peculiaridad, óptica que ofrece el mundo en blanco y negro a quienes la padecen, o disfrutan. Es una especie de daltonismo extremo en el que no hay colores, solo escalas de grises.
Es un placer admirar los viejos y, a la vez, tan modernos paisajes futuristas de la película Metrópolis, que rodara Fritz Lang allá por 1926, con esas autopistas elevadas, rascacielos que nos recuerdan a la Shanghái actual y pequeñas naves voladoras que después hemos visto en el cine hasta la saciedad. El futuro en blanco y negro es casi distópico, pues la escala de grises se asocia siempre a los primeros pasos de nuestra cultura audiovisual.
Nadie pintaba óleos en blanco y negro, ni existía el retrato en blanco y negro. Fueron los primeros pasos de la fotografía, que se basaba en la impresión de partículas de haluro de plata en placas, los que propiciaron esa curiosa forma de ver el mundo.
Hay grandes películas modernas que se han rodado en blanco y negro como elección estética. Lo ha probado Woody Allen (Zelig, Stardust Memories), George Clooney (Buenas noches y buena suerte), Steven Spielberg (La lista de Schindler), Darren Aronofsky (Pi), Francis F. Coppola (La ley de la calle, Tetro) o Pablo Berger (Blancanieves).
Por su parte, algunos de los más grandes fotógrafos de todos los tiempos solo utilizaron el blanco y negro, aun pudiendo emplear el color. Es el caso de Sebastiao Salgado o Henry Cartier-Bresson ¿Qué tiene de especial la ausencia de colores? Que todo resulta más elegante y nos obliga a focalizar la atención.
Volviendo a la germinal Metrópolis, en el Festival de Cannes de 1984 Giorgio Moroder redujo el metraje original, coloreó de un modo particular ciertas escenas y añadió una vibrante y ochentera banda sonora que incluía canciones de Bonnie Tyler, Freddie Mercury, Pat Benatar o Adam Ant, así como algunos efectos como chorros de vapor o sonidos industriales. Denostada por los puristas en su momento, lo cierto es que sirvió para que muchos descubriéramos que el futuro no siempre tenía que ser en color. Si alguien comercializara unas gafas para ver el mundo en blanco y negro, este cronista augura que sería un invento de gran éxito.
El porno en blanco y negro se asocia a viejas películas de comienzos del siglo pasado, como las que encargaba el rey Alfonso XIII, gran sátiro y pornógrafo, muchas de las cuales se han perdido. Pero observar el porno de los años 90 y las contorsiones de Rocco Siffredi en escala de grises resulta cuando menos inquietante.
Terminaré con un consejo: la próxima vez que disfrute de un filme para adultos, ajuste los controles de imagen de su pantalla para verla en blanco y negro… El semen luce mucho mejor.
———-
Imagen de portada: sakkmesterke / Shutterstock

Créanme, resulta mucho más interesante. El color nos afea, muestra matices indeseados, nos vulgariza y nos hace dolorosamente contemporáneos.
La acromatopsia es una enfermedad, o quizá debiéramos decir peculiaridad, óptica que ofrece el mundo en blanco y negro a quienes la padecen, o disfrutan. Es una especie de daltonismo extremo en el que no hay colores, solo escalas de grises.
Es un placer admirar los viejos y, a la vez, tan modernos paisajes futuristas de la película Metrópolis, que rodara Fritz Lang allá por 1926, con esas autopistas elevadas, rascacielos que nos recuerdan a la Shanghái actual y pequeñas naves voladoras que después hemos visto en el cine hasta la saciedad. El futuro en blanco y negro es casi distópico, pues la escala de grises se asocia siempre a los primeros pasos de nuestra cultura audiovisual.
Nadie pintaba óleos en blanco y negro, ni existía el retrato en blanco y negro. Fueron los primeros pasos de la fotografía, que se basaba en la impresión de partículas de haluro de plata en placas, los que propiciaron esa curiosa forma de ver el mundo.
Hay grandes películas modernas que se han rodado en blanco y negro como elección estética. Lo ha probado Woody Allen (Zelig, Stardust Memories), George Clooney (Buenas noches y buena suerte), Steven Spielberg (La lista de Schindler), Darren Aronofsky (Pi), Francis F. Coppola (La ley de la calle, Tetro) o Pablo Berger (Blancanieves).
Por su parte, algunos de los más grandes fotógrafos de todos los tiempos solo utilizaron el blanco y negro, aun pudiendo emplear el color. Es el caso de Sebastiao Salgado o Henry Cartier-Bresson ¿Qué tiene de especial la ausencia de colores? Que todo resulta más elegante y nos obliga a focalizar la atención.
Volviendo a la germinal Metrópolis, en el Festival de Cannes de 1984 Giorgio Moroder redujo el metraje original, coloreó de un modo particular ciertas escenas y añadió una vibrante y ochentera banda sonora que incluía canciones de Bonnie Tyler, Freddie Mercury, Pat Benatar o Adam Ant, así como algunos efectos como chorros de vapor o sonidos industriales. Denostada por los puristas en su momento, lo cierto es que sirvió para que muchos descubriéramos que el futuro no siempre tenía que ser en color. Si alguien comercializara unas gafas para ver el mundo en blanco y negro, este cronista augura que sería un invento de gran éxito.
El porno en blanco y negro se asocia a viejas películas de comienzos del siglo pasado, como las que encargaba el rey Alfonso XIII, gran sátiro y pornógrafo, muchas de las cuales se han perdido. Pero observar el porno de los años 90 y las contorsiones de Rocco Siffredi en escala de grises resulta cuando menos inquietante.
Terminaré con un consejo: la próxima vez que disfrute de un filme para adultos, ajuste los controles de imagen de su pantalla para verla en blanco y negro… El semen luce mucho mejor.
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Imagen de portada: sakkmesterke / Shutterstock

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