14 de septiembre 2020    /   ENTRETENIMIENTO
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¿Recuerdas cuando el coche era el lugar más a mano para el sexo?

Felar a 130 y otros microrrelatos sobre experiencias sexuales motorizadas

14 de septiembre 2020    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Tras un anuncio de coches siempre hay una cama, aunque no se vea. La publicidad utiliza metalenguajes que nos aproximan a la lujuria, a la sofisticación, al placer, a la dulzura. El contacto fácil con el asfalto, la metrópolis entera a tu disposición, el brillo de las carrocerías o la inmensidad del trayecto.

Todo es aventura amable, agresividad persuasiva. Sumergirse en el placer absoluto. Saben bien lo que venden. Tu primer coche suele ponerte en relación erótica con la vida. Casi siempre llega antes que tu casa. Pierdes relación con la adolescencia cronológica y vas haciéndote persona.

Explotas de deseo, de búsqueda. Quieres más. Cuando por fin tienes tu coche se abren puertas. Trasladarte, sí. Pero también compartir, prolongar el radio de movimientos y usar tu propio tiempo de forma libre y autónoma. Nadie mejor que Inhunamos retrató el momento con su Simca mil. Difícil pero imprescindible. Así lo vivió Pablo, de Sevilla, con sus asientos de respaldo fijo.

«Todos lo recordamos con cariño, pero siempre me ha parecido el fracaso de la sociedad, la falta de normalización del sexo. Las familias no entienden que deben proporcionar a sus vástagos lugares dignos para eso. El coche no es una victoria. Son reminiscencias de la huida hacia una discreción mal entendida».Es lo que piensa Alf, un reflexivo y crítico ser humano de amplia mirada.

«En verano es maravilloso follar en la naturaleza, en acantilados, en la playa, en una pradera o en un bosque, pero el coche es un fracaso». Luis nos habla de su aventura tripeira cuando le pillaron en un bosque cercano a Oporto dos amables policías de la GNR, en los 80, y les convencieron de ir a un hostal, donde estarían más cómodos.

De encuentros con la Policía también sabe Ángel. Quedó un sábado al amanecer con su colega a medio camino. Vivían a 300 km. Se postraron entre sus coches, sobre el suelo blando de un bosque de playa. Al rato dos guardias civiles bajaban de su 4×4, a unos 100 metros. Sorprendidos, ellos trataron de vestirse. Al percatarse de la escena, los agentes pidieron disculpas desde lejos y volvieron a su trabajo con indiferencia.

También a Eugenio, de Sevilla, le llamaron a la ventanilla porque se habían metido en una finca privada. Y Susana resume perfectamente el momento coche: «Cuando lo hice es porque llegamos al momento ese de o echo un polvo o echo un polvo».

Pero la policía no pilló a las miles de personas que disfrutan mientras conducen. Las felaciones a bordo y en carretera son más frecuentes de lo que creemos. Pregunten a su alrededor y compruébenlo. Ana se la tragaba por Majadahonda, entrando en Madrid después de semana santa «supongo que desde los autobuses nos veían, pero nos daba un poco igual, que disfruten».

Efectivamente. La falocracia es muy de estas situaciones. El binomio felatio-driver es puro machotismo, puro poder patriarcal. Nacho sentía el calor de su verga excitada mientras aceleraba a 140 por la A5, cerca ya de Extremadura. «Mientras te la comen no pierdes el control; es un subidón fantástico, eres el puto rey del mundo; quizá no debas prolongarlo mucho, y tienes que mantener los mil sentidos en la carretera, por supuesto», dice al preguntarle por la sensación de seguridad.

Suponemos que en la DGT no piensan lo mismo. Además sabemos que no tienen estadísticas al respecto, por eso no se las hemos pedido, pero sí ciertos indicios de práctica sexual con resultado de accidente grave, incluso con víctimas mortales.

La incomodidad es el lugar común, pero la gente disfruta en su memoria de esos momentos. Jaime recuerda desolado el techo marcado con los tacones de la víspera, que además había tenido que cambiar tres veces de ubicación. En Joy Club hicieron una encuesta sobre el dónde: asientos traseros, capó y asientos delanteros, los tres preferidos.

Que se lo digan a David, cuyo Opel Corsa estaba más veces en la Casa de Campo que en cualquier otro lugar. Yolanda, una periodista que ligaba diciendo que era celadora de hospital para que los tíos no se retrajesen y aceptasen frungir en su Ibiza. Luismi valora mucho el sudor: «que gotees o que te goteen es ».

A Manu, algunos colegas le llaman metrofucker porque iba generando un mapa de Google con los lugares donde había follado con aquella renombrada bioquímica. Daniel prefiere en el capó y Pilar recuerda con nostalgia la «villa cariño» de Santander, pero también la vez que les pilló la marea con el coche en la arena de la playa y no pudieron sacarlo hasta que las aguas bajaron.

A César le ponía mucho el hecho de que le pudiesen ver desde fuera, y soñaba con que en algún momento alguien más llamase a la ventanilla para apuntarse a la fiesta. Román recuerda la noche en que una colega y él casi se quedan fuera del coche, desnudos y con las llaves dentro tras disfrutar del maletero de su SUV; eran adolescentes, colegas y nadie conocía sus encuentros.

Rafa recuerda aquella sesión con un marine de Rota volviendo de los Caños. También militar es el testimonio de Quim, «fue en verano y sin aire acondicionado, menuda sauna». Toño habla del medio polvo en Samil con un ultra del Celta, homófobo, que iba de macho alfa pero eyaculó rapidísimo al verle desnudo.

Dan, bilbaíno, dice que follar en el coche es de pobres y Jose Ramón, que solo lo hizo una vez y acabó molido, aunque también es vasco y esas cosas pasan. A Franco le evoca un capítulo de Las Chicas de Oro, cuando Blanch presumía de haber empañado los cristales de un descapotable, pero le pone más la cabina de un camión. «Lo importante son las ganas, no el sitio», dice Gabriel, y eso es un lugar común, ya que el morbo .

Pero hay gente preocupada por las manchas en la tapicería, como Iván, que se define como TOC. Ana recuerda los viejos GS con el freno de mano en el salpicadero, que no molestaba, y Jordi se autocompadece: mide más de 1,85 y eso es un problema añadido. Al contrario que Seve: «Dentro del coche, fuera, sobre el capó, mitad dentro, mitad fuera… nada como ser bajito y manejable».

El carsharing ha traído una nueva dimensión. Siempre hay un coche cerca para pillarlo por minutos y ahí está la generación Z al acecho, dispuesta a la acción: pillas el coche, seleccionas compañía, disfrutáis y lo aparcas cerca de casa… por un módico precio, noche resuelta y coche feliz, por ser testigo de tanto placer.

Maite recuerda sus coches de los 80 y 90 como «mega camas» y Mabi recurre al «aquí te pillo» para evocar sus momentos carsex de hace años. Antonio adora el olor a sexo que queda en el coche y Coe lo recuerda de tiempo atrás: «ahora, menuda pereza».

Luis evoca el momento en que tuvo que llevar en el coche al hermano de la chica con la que había follado la noche anterior: «Fue algo violento, si, pero soportable». Pedro describe su larguísima mamada desde la ventanilla a un tipo que se le acercó insinuante. Y Santi dice que prefiere la autocaravana.

Tras acercarle a casa, Fran le dice a su colega de trabajo: «Llevo todo el trayecto con ganas de metértela en la boca mientras conducía». Él responde: «haberlo hecho, me gusta recibir ese tipo de órdenes; ser copi es muy aburrido”. No lo prueben, dicen en la GCT, porque hay sentencias duras como los seis meses de cárcel para una pareja que pillaron en Segovia.

Tras un anuncio de coches siempre hay una cama, aunque no se vea. La publicidad utiliza metalenguajes que nos aproximan a la lujuria, a la sofisticación, al placer, a la dulzura. El contacto fácil con el asfalto, la metrópolis entera a tu disposición, el brillo de las carrocerías o la inmensidad del trayecto.

Todo es aventura amable, agresividad persuasiva. Sumergirse en el placer absoluto. Saben bien lo que venden. Tu primer coche suele ponerte en relación erótica con la vida. Casi siempre llega antes que tu casa. Pierdes relación con la adolescencia cronológica y vas haciéndote persona.

Explotas de deseo, de búsqueda. Quieres más. Cuando por fin tienes tu coche se abren puertas. Trasladarte, sí. Pero también compartir, prolongar el radio de movimientos y usar tu propio tiempo de forma libre y autónoma. Nadie mejor que Inhunamos retrató el momento con su Simca mil. Difícil pero imprescindible. Así lo vivió Pablo, de Sevilla, con sus asientos de respaldo fijo.

«Todos lo recordamos con cariño, pero siempre me ha parecido el fracaso de la sociedad, la falta de normalización del sexo. Las familias no entienden que deben proporcionar a sus vástagos lugares dignos para eso. El coche no es una victoria. Son reminiscencias de la huida hacia una discreción mal entendida».Es lo que piensa Alf, un reflexivo y crítico ser humano de amplia mirada.

«En verano es maravilloso follar en la naturaleza, en acantilados, en la playa, en una pradera o en un bosque, pero el coche es un fracaso». Luis nos habla de su aventura tripeira cuando le pillaron en un bosque cercano a Oporto dos amables policías de la GNR, en los 80, y les convencieron de ir a un hostal, donde estarían más cómodos.

De encuentros con la Policía también sabe Ángel. Quedó un sábado al amanecer con su colega a medio camino. Vivían a 300 km. Se postraron entre sus coches, sobre el suelo blando de un bosque de playa. Al rato dos guardias civiles bajaban de su 4×4, a unos 100 metros. Sorprendidos, ellos trataron de vestirse. Al percatarse de la escena, los agentes pidieron disculpas desde lejos y volvieron a su trabajo con indiferencia.

También a Eugenio, de Sevilla, le llamaron a la ventanilla porque se habían metido en una finca privada. Y Susana resume perfectamente el momento coche: «Cuando lo hice es porque llegamos al momento ese de o echo un polvo o echo un polvo».

Pero la policía no pilló a las miles de personas que disfrutan mientras conducen. Las felaciones a bordo y en carretera son más frecuentes de lo que creemos. Pregunten a su alrededor y compruébenlo. Ana se la tragaba por Majadahonda, entrando en Madrid después de semana santa «supongo que desde los autobuses nos veían, pero nos daba un poco igual, que disfruten».

Efectivamente. La falocracia es muy de estas situaciones. El binomio felatio-driver es puro machotismo, puro poder patriarcal. Nacho sentía el calor de su verga excitada mientras aceleraba a 140 por la A5, cerca ya de Extremadura. «Mientras te la comen no pierdes el control; es un subidón fantástico, eres el puto rey del mundo; quizá no debas prolongarlo mucho, y tienes que mantener los mil sentidos en la carretera, por supuesto», dice al preguntarle por la sensación de seguridad.

Suponemos que en la DGT no piensan lo mismo. Además sabemos que no tienen estadísticas al respecto, por eso no se las hemos pedido, pero sí ciertos indicios de práctica sexual con resultado de accidente grave, incluso con víctimas mortales.

La incomodidad es el lugar común, pero la gente disfruta en su memoria de esos momentos. Jaime recuerda desolado el techo marcado con los tacones de la víspera, que además había tenido que cambiar tres veces de ubicación. En Joy Club hicieron una encuesta sobre el dónde: asientos traseros, capó y asientos delanteros, los tres preferidos.

Que se lo digan a David, cuyo Opel Corsa estaba más veces en la Casa de Campo que en cualquier otro lugar. Yolanda, una periodista que ligaba diciendo que era celadora de hospital para que los tíos no se retrajesen y aceptasen frungir en su Ibiza. Luismi valora mucho el sudor: «que gotees o que te goteen es ».

A Manu, algunos colegas le llaman metrofucker porque iba generando un mapa de Google con los lugares donde había follado con aquella renombrada bioquímica. Daniel prefiere en el capó y Pilar recuerda con nostalgia la «villa cariño» de Santander, pero también la vez que les pilló la marea con el coche en la arena de la playa y no pudieron sacarlo hasta que las aguas bajaron.

A César le ponía mucho el hecho de que le pudiesen ver desde fuera, y soñaba con que en algún momento alguien más llamase a la ventanilla para apuntarse a la fiesta. Román recuerda la noche en que una colega y él casi se quedan fuera del coche, desnudos y con las llaves dentro tras disfrutar del maletero de su SUV; eran adolescentes, colegas y nadie conocía sus encuentros.

Rafa recuerda aquella sesión con un marine de Rota volviendo de los Caños. También militar es el testimonio de Quim, «fue en verano y sin aire acondicionado, menuda sauna». Toño habla del medio polvo en Samil con un ultra del Celta, homófobo, que iba de macho alfa pero eyaculó rapidísimo al verle desnudo.

Dan, bilbaíno, dice que follar en el coche es de pobres y Jose Ramón, que solo lo hizo una vez y acabó molido, aunque también es vasco y esas cosas pasan. A Franco le evoca un capítulo de Las Chicas de Oro, cuando Blanch presumía de haber empañado los cristales de un descapotable, pero le pone más la cabina de un camión. «Lo importante son las ganas, no el sitio», dice Gabriel, y eso es un lugar común, ya que el morbo .

Pero hay gente preocupada por las manchas en la tapicería, como Iván, que se define como TOC. Ana recuerda los viejos GS con el freno de mano en el salpicadero, que no molestaba, y Jordi se autocompadece: mide más de 1,85 y eso es un problema añadido. Al contrario que Seve: «Dentro del coche, fuera, sobre el capó, mitad dentro, mitad fuera… nada como ser bajito y manejable».

El carsharing ha traído una nueva dimensión. Siempre hay un coche cerca para pillarlo por minutos y ahí está la generación Z al acecho, dispuesta a la acción: pillas el coche, seleccionas compañía, disfrutáis y lo aparcas cerca de casa… por un módico precio, noche resuelta y coche feliz, por ser testigo de tanto placer.

Maite recuerda sus coches de los 80 y 90 como «mega camas» y Mabi recurre al «aquí te pillo» para evocar sus momentos carsex de hace años. Antonio adora el olor a sexo que queda en el coche y Coe lo recuerda de tiempo atrás: «ahora, menuda pereza».

Luis evoca el momento en que tuvo que llevar en el coche al hermano de la chica con la que había follado la noche anterior: «Fue algo violento, si, pero soportable». Pedro describe su larguísima mamada desde la ventanilla a un tipo que se le acercó insinuante. Y Santi dice que prefiere la autocaravana.

Tras acercarle a casa, Fran le dice a su colega de trabajo: «Llevo todo el trayecto con ganas de metértela en la boca mientras conducía». Él responde: «haberlo hecho, me gusta recibir ese tipo de órdenes; ser copi es muy aburrido”. No lo prueben, dicen en la GCT, porque hay sentencias duras como los seis meses de cárcel para una pareja que pillaron en Segovia.

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