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5 de abril 2018    /   IDEAS
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Sexo en público: sí para mí, no para los demás

5 de abril 2018    /   IDEAS     por          
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En cuanto llega el buen tiempo, además de las flores, aparecen las parejas que comienzan a retozar en los parques. Más allá de la revolución hormonal de la primavera, el calor es un aliciente para practicar sexo en público, bien porque no hay un lugar donde hacerlo en privado o bien porque hacen falta nuevas herramientas para avivar la chispa.

De hecho, parece que dejarse llevar por la pasión en parques, playas, baños públicos o partes traseras de un coche que no tenga los cristales tintados es una recomendación habitual para las parejas que necesitan salir de la rutina de la convivencia.

Pero lo que está bien para uno no siempre está igual de bien para el vecino. Porque una cosa es decidir tener una sesión de sexo en público y echarse unas risas, y otra pillar a un desconocido (o conocido) con las manos en la masa y montar un escándalo. ¿Hay una doble moral también para esto?

«Ver a alguien practicar sexo nos puede traer dos respuestas», explica la sexóloga Elena Crespi. La primera es que «nos incomoda ver su intimidad», pero también puede ocurrir que paralelamente «nos excitemos, porque queramos o no, el cuerpo inicia la respuesta sexual». Es precisamente ese choque entre esas dos respuestas el que nos descoloca «porque no sabemos cómo integrar esos dos pensamientos que parecen contrarios».

Lo socialmente aceptable

A esta reacción hay que sumarle «la educación represiva que hemos vivido sobre la sexualidad», por lo que la sexóloga insiste en que eso supone que «aún a día de hoy no vivimos la sexualidad con naturalidad. Esa es otra posible explicación de por qué cuando nos encontramos con alguna situación de este tipo no sabemos cómo reaccionar.

Sin embargo, también es cierto que no todo vale, y que en la sexualidad, como en cualquier otra área de la vida, el límite de la libertad de cada persona termina donde empieza la del otro. Ya no solo por el hecho de que podría ser un poco chocante que las calles se llenasen de escenas sexuales (que también harían perder el morbo al asunto). Crespi defiende que hay otro límite importante: «también es bueno guardar un poco de intimidad para cada uno».

Otra cuestión a tener en cuenta es el lugar que se elija para tener el escarceo, o incluso la hora y la cantidad de gente que haya, obviamente. «Es cierto que si unos niños o niñas se encuentran con una situación así, aún no tienen la capacidad de comprensión para discriminar lo que está sucediendo y quizás confundan muchas cosas. Precisamente, porque nuestra educación afectiva y sexual aún deja mucho que desear».

De hecho, gran parte del trasfondo es que, como insiste Crespi «seguimos viendo el sexo como algo muy tabú. El mundo se ha sexualizado, hay mucha información sobre sexo pero no hemos aprendido a integrarlo con nuestra vida y a naturalizar que forma parte de nosotras y que es algo inherente al ser humano. La educación será la clave para ir cambiando eso». Porque hay que reconocer que escandaliza más que unos niños vean a una pareja un poco efusiva, a que vean una pelea por la calle que muestra una dosis importante de violencia.

shutterstock_698681044

¿Pero realmente es positivo?

Más allá de la reacción que provoque ver a otras personas dándole a lo suyo, queda plantearse si realmente es cierto que el riesgo del sexo en público merece la pena. «Los beneficios pueden existir si a la persona le excita la idea de tener sexo en lugares públicos y quiere llevar a cabo esa fantasía. El morbo de que te vean puede ser excitante si quien practica sexo en público conoce su parte exhibicionista», aporta Elena Crespi.

Aunque antes de lanzarse es importante diferenciar «entre la fantasía de imaginarse en un lugar público y realizar esa fantasía. Hay quien con el hecho de imaginarlo ya tiene suficiente y quien realmente desea llevarla a cabo».

Además, otra cuestión es el error de traducir sexo en público por tener un coito, cuando es un concepto mucho más amplio. «Hacer juegos en público que sean de seducción, de complicidad, para excitarse y excitar al otro puede ser algo que haga arder la pasión si la persona o personas lo disfrutan. Y, además, es mucho más fácil poder masturbar a alguien en un lugar público que practicar un coito. Pero eso ya depende de si se desea ser pillado…».

Foto de portada: Raticevic Nenac bajo licencia Creative Commons (Pexels).

En cuanto llega el buen tiempo, además de las flores, aparecen las parejas que comienzan a retozar en los parques. Más allá de la revolución hormonal de la primavera, el calor es un aliciente para practicar sexo en público, bien porque no hay un lugar donde hacerlo en privado o bien porque hacen falta nuevas herramientas para avivar la chispa.

De hecho, parece que dejarse llevar por la pasión en parques, playas, baños públicos o partes traseras de un coche que no tenga los cristales tintados es una recomendación habitual para las parejas que necesitan salir de la rutina de la convivencia.

Pero lo que está bien para uno no siempre está igual de bien para el vecino. Porque una cosa es decidir tener una sesión de sexo en público y echarse unas risas, y otra pillar a un desconocido (o conocido) con las manos en la masa y montar un escándalo. ¿Hay una doble moral también para esto?

«Ver a alguien practicar sexo nos puede traer dos respuestas», explica la sexóloga Elena Crespi. La primera es que «nos incomoda ver su intimidad», pero también puede ocurrir que paralelamente «nos excitemos, porque queramos o no, el cuerpo inicia la respuesta sexual». Es precisamente ese choque entre esas dos respuestas el que nos descoloca «porque no sabemos cómo integrar esos dos pensamientos que parecen contrarios».

Lo socialmente aceptable

A esta reacción hay que sumarle «la educación represiva que hemos vivido sobre la sexualidad», por lo que la sexóloga insiste en que eso supone que «aún a día de hoy no vivimos la sexualidad con naturalidad. Esa es otra posible explicación de por qué cuando nos encontramos con alguna situación de este tipo no sabemos cómo reaccionar.

Sin embargo, también es cierto que no todo vale, y que en la sexualidad, como en cualquier otra área de la vida, el límite de la libertad de cada persona termina donde empieza la del otro. Ya no solo por el hecho de que podría ser un poco chocante que las calles se llenasen de escenas sexuales (que también harían perder el morbo al asunto). Crespi defiende que hay otro límite importante: «también es bueno guardar un poco de intimidad para cada uno».

Otra cuestión a tener en cuenta es el lugar que se elija para tener el escarceo, o incluso la hora y la cantidad de gente que haya, obviamente. «Es cierto que si unos niños o niñas se encuentran con una situación así, aún no tienen la capacidad de comprensión para discriminar lo que está sucediendo y quizás confundan muchas cosas. Precisamente, porque nuestra educación afectiva y sexual aún deja mucho que desear».

De hecho, gran parte del trasfondo es que, como insiste Crespi «seguimos viendo el sexo como algo muy tabú. El mundo se ha sexualizado, hay mucha información sobre sexo pero no hemos aprendido a integrarlo con nuestra vida y a naturalizar que forma parte de nosotras y que es algo inherente al ser humano. La educación será la clave para ir cambiando eso». Porque hay que reconocer que escandaliza más que unos niños vean a una pareja un poco efusiva, a que vean una pelea por la calle que muestra una dosis importante de violencia.

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¿Pero realmente es positivo?

Más allá de la reacción que provoque ver a otras personas dándole a lo suyo, queda plantearse si realmente es cierto que el riesgo del sexo en público merece la pena. «Los beneficios pueden existir si a la persona le excita la idea de tener sexo en lugares públicos y quiere llevar a cabo esa fantasía. El morbo de que te vean puede ser excitante si quien practica sexo en público conoce su parte exhibicionista», aporta Elena Crespi.

Aunque antes de lanzarse es importante diferenciar «entre la fantasía de imaginarse en un lugar público y realizar esa fantasía. Hay quien con el hecho de imaginarlo ya tiene suficiente y quien realmente desea llevarla a cabo».

Además, otra cuestión es el error de traducir sexo en público por tener un coito, cuando es un concepto mucho más amplio. «Hacer juegos en público que sean de seducción, de complicidad, para excitarse y excitar al otro puede ser algo que haga arder la pasión si la persona o personas lo disfrutan. Y, además, es mucho más fácil poder masturbar a alguien en un lugar público que practicar un coito. Pero eso ya depende de si se desea ser pillado…».

Foto de portada: Raticevic Nenac bajo licencia Creative Commons (Pexels).

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