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5 de diciembre 2018    /   IDEAS
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Por qué el sexo nunca debería ser un examen

5 de diciembre 2018    /   IDEAS     por          
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Sentir ansiedad ante las relaciones sexuales es algo que sufren cada vez más personas. Lo que debería ser apetecible es visto como un momento de presión, de angustia, de miedos y de inseguridades. El sexo se ha convertido en un examen y no hace falta una investigación muy exhaustiva para llegar a esa conclusión.

Eso es lo que se desprende, al menos, de lo que se ve en algunos medios de comunicación, libros o películas, cuya visión del sexo es poco realista, llena de números y estadísticas: cuántas veces a la semana, cuántos orgasmos, con cuántas personas, qué medidas, tallas, qué posturas… Pero pocas veces se tiene en cuenta con cuántas ganas.

Habría que empezar preguntándose qué es el sexo. Está claro que para una gran mayoría sexo se traduce por meterla. De ahí parte el problema. Se ha olvidado todo lo que es el sexo. Y por eso ha dejado de ser divertido.

Salud, felicidad, emociones

Para internet, sexo es pornografía; y una, además, que poco tiene que ver con la vida real. Para el cine erótico y romántico, el sexo es una luz tenue, con música de fondo y movimientos que parecen sacados de una coreografía. Nada o poco que ver con un polvo improvisado en el sofá.

Para la literatura erótica el sexo son cosas grandes, turgentes y húmedas, que se activan solas, como si tuvieran un mando a distancia. Para los padres es un tabú del que cuesta hablar. Y para los colegios, visto lo visto, el sexo es una barbaridad.

Lo que no se dice –o se dice poco– es que el sexo son momentos, caricias, miradas, sensaciones y también emociones: poder, miedo, morbo, sumisión, afecto… y, sobre todo, felicidad.

No es solo una frase hecha o algo que se constante cuando el compañero de oficina aparece con mejor cara tras el fin de semana. El sexo es felicidad porque, de hecho, es parte de su función biológica, (y no solo la reproductiva, como algunos piensan). Si no, qué sentido tendría que durante el orgasmo nuestro cuerpo segregase altas dosis de serotonina, responsable en parte de ese subidón.

El sexo también es salud. Hay estudios que hablan de que una vida sexual activa ayuda a la salud cardiovascular, al sistema inmune para prevenir infecciones, funciona como analgésico y ayuda a conciliar el sueño, entre otros beneficios.

Sin embargo, preferimos hablar de los riesgos y de las infecciones (que, por cierto, son provocados por la interacción de los genitales, no por todas las relaciones sexuales).

Tampoco se dice que el sexo es diversidad. Que por mucho que queramos que todo el mundo haga lo mismo, nadie sabe a ciencia cierta lo que pasa en la cama del vecino. Ni cómo, ni con quién, ni con cuántos. Porque si cada persona es un mundo, cada vida sexual es un universo.

Aunque el físico es importante, para los sapiosexuales es más relevante la inteligencia y para los demisexuales, la conexión emocional. Los vegasexuales, sin embargo, prefieren por encima de todo que su pareja no coma carne. Lo demás no es tan importante.

Hay personas que se bloquean en la cama porque necesitan que la otra persona les hable mientras se lo hacen; otras sienten ganas de llorar después de un orgasmo; y las hay que no son multiorgásmicas a solas, pero sí en pareja.

El saber en el sexo nos hará libres

Hay tantas expectativas, externas y autoimpuestas, que a veces resulta difícil recordar que esto del sexo era solo para pasar un buen rato. Que no hace falta ser el mejor amante del mundo ni tener orgasmos con squirting para ser felices en la cama. Debemos romper todas las partituras que nos vienen desde fuera, y escribir, para variar, nuestra propia melodía.

Parece fácil, pero no es así. Tenemos tanta información sobre sexualidad que al final estamos más bien desinformados. El primer paso es ponerse un poco al día. Porque no se puede ser libre si falta conocimiento.

Esa es la idea de Sexo para ser feliz, un libro que intenta ser no una imposición, sino un cuaderno de ideas. Apuntes a los que poner un tal vez o quién sabe, en otro momento (o con otra pareja), que pueden verse solo como curiosidad teórica o que pueden ayudarnos a disfrutar más de la práctica.

La conclusión, en cualquier caso, es clara: el sexo nunca debe ser un examen, sino el motivo de una sonrisa.

Sentir ansiedad ante las relaciones sexuales es algo que sufren cada vez más personas. Lo que debería ser apetecible es visto como un momento de presión, de angustia, de miedos y de inseguridades. El sexo se ha convertido en un examen y no hace falta una investigación muy exhaustiva para llegar a esa conclusión.

Eso es lo que se desprende, al menos, de lo que se ve en algunos medios de comunicación, libros o películas, cuya visión del sexo es poco realista, llena de números y estadísticas: cuántas veces a la semana, cuántos orgasmos, con cuántas personas, qué medidas, tallas, qué posturas… Pero pocas veces se tiene en cuenta con cuántas ganas.

Habría que empezar preguntándose qué es el sexo. Está claro que para una gran mayoría sexo se traduce por meterla. De ahí parte el problema. Se ha olvidado todo lo que es el sexo. Y por eso ha dejado de ser divertido.

Salud, felicidad, emociones

Para internet, sexo es pornografía; y una, además, que poco tiene que ver con la vida real. Para el cine erótico y romántico, el sexo es una luz tenue, con música de fondo y movimientos que parecen sacados de una coreografía. Nada o poco que ver con un polvo improvisado en el sofá.

Para la literatura erótica el sexo son cosas grandes, turgentes y húmedas, que se activan solas, como si tuvieran un mando a distancia. Para los padres es un tabú del que cuesta hablar. Y para los colegios, visto lo visto, el sexo es una barbaridad.

Lo que no se dice –o se dice poco– es que el sexo son momentos, caricias, miradas, sensaciones y también emociones: poder, miedo, morbo, sumisión, afecto… y, sobre todo, felicidad.

No es solo una frase hecha o algo que se constante cuando el compañero de oficina aparece con mejor cara tras el fin de semana. El sexo es felicidad porque, de hecho, es parte de su función biológica, (y no solo la reproductiva, como algunos piensan). Si no, qué sentido tendría que durante el orgasmo nuestro cuerpo segregase altas dosis de serotonina, responsable en parte de ese subidón.

El sexo también es salud. Hay estudios que hablan de que una vida sexual activa ayuda a la salud cardiovascular, al sistema inmune para prevenir infecciones, funciona como analgésico y ayuda a conciliar el sueño, entre otros beneficios.

Sin embargo, preferimos hablar de los riesgos y de las infecciones (que, por cierto, son provocados por la interacción de los genitales, no por todas las relaciones sexuales).

Tampoco se dice que el sexo es diversidad. Que por mucho que queramos que todo el mundo haga lo mismo, nadie sabe a ciencia cierta lo que pasa en la cama del vecino. Ni cómo, ni con quién, ni con cuántos. Porque si cada persona es un mundo, cada vida sexual es un universo.

Aunque el físico es importante, para los sapiosexuales es más relevante la inteligencia y para los demisexuales, la conexión emocional. Los vegasexuales, sin embargo, prefieren por encima de todo que su pareja no coma carne. Lo demás no es tan importante.

Hay personas que se bloquean en la cama porque necesitan que la otra persona les hable mientras se lo hacen; otras sienten ganas de llorar después de un orgasmo; y las hay que no son multiorgásmicas a solas, pero sí en pareja.

El saber en el sexo nos hará libres

Hay tantas expectativas, externas y autoimpuestas, que a veces resulta difícil recordar que esto del sexo era solo para pasar un buen rato. Que no hace falta ser el mejor amante del mundo ni tener orgasmos con squirting para ser felices en la cama. Debemos romper todas las partituras que nos vienen desde fuera, y escribir, para variar, nuestra propia melodía.

Parece fácil, pero no es así. Tenemos tanta información sobre sexualidad que al final estamos más bien desinformados. El primer paso es ponerse un poco al día. Porque no se puede ser libre si falta conocimiento.

Esa es la idea de Sexo para ser feliz, un libro que intenta ser no una imposición, sino un cuaderno de ideas. Apuntes a los que poner un tal vez o quién sabe, en otro momento (o con otra pareja), que pueden verse solo como curiosidad teórica o que pueden ayudarnos a disfrutar más de la práctica.

La conclusión, en cualquier caso, es clara: el sexo nunca debe ser un examen, sino el motivo de una sonrisa.

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