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10 de julio 2019    /   IDEAS
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Sexualidad fluida: sexo y amor que escapan de las convenciones

10 de julio 2019    /   IDEAS     por          
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Hay quien ve su sexualidad atada a una viga de acero toda la vida. Inmutable, inalterable: «Me gusta esto, y es esto, y solo esto. Hetero y figura hasta la sepultura».
Hay quien, en su etiqueta, no tiene problema en vestir otra chaqueta. Pongamos un hombre homosexual que un día se acuesta con una mujer o una chica hetero que se enamora de una amiga. Ni uno ni otro son bisexuales; a ninguno les gustan los dos géneros. Ella no deja de identificarse como hetero ni él deja de sentirse gay. Lo que ocurre es que su sexualidad es plástica, es fluida.

La psicóloga especializada en orientación sexual Lisa Diamond dice que muchas mujeres que se consideran heterosexuales, en algún momento de su vida, se han enamorado de otra mujer. Esto no las hace bisexuales porque no sienten atracción por más mujeres. Incluso puede tratarse de un amor romántico que no implique deseo sexual.

A la sociedad le cuesta encajar emociones distintas a las que se sienten por un amigo, por la familia y por la pareja. Por eso la mayoría de estas relaciones intermedias ni siquiera han tenido nombre. Quizá alguna, alguna vez, como ocurrió en la Inglaterra del XVIII y XIX, cuando hablaban de un tipo de enamoramiento inocente entre dos mujeres al que llamaban «amistad romántica».

La sexualidad plástica ya se veía en las cartas que dejaron escritas muchas de aquellas aristócratas. Hoy, además de un asunto literario, es de interés de la ciencia. La investigadora de la Universidad Politécnica de Virginia (EEUU) Christine Kaestle ha esperado 15 años para analizar la evolución sexual de casi 7.000 personas y ahora, con las conclusiones en la mano, asegura que «la orientación sexual envuelve muchos aspectos de la vida: quién nos atrae, con quién queremos tener relaciones sexuales y cómo nos identificamos. Hasta hace muy poco, los investigadores tendían a enfocarse solo en uno de estos aspectos para categorizar a las personas. Pero esto puede ser una gran simplificación porque hay individuos que, por ejemplo, se identifican como heterosexuales pero tienen relaciones con personas del mismo género». sexualidad plástica

De boloñesa a carbonara

La sexóloga Claudia Kösler explica la sexualidad plástica con este paralelismo: «Es tan sencillo como si antes te gustaban los espaguetis a la boloñesa y ahora te gustan a la carbonara. O te gusta el vino, pero un día pides una cerveza». Y lo explica con esta comparación: «Igual que a lo largo de la vida se produce un desarrollo intelectual, hay una evolución sexual».

Es un cambio de apetencias que no responde a patrones. Es pura flexibilidad. «Algunas personas pasan mucho tiempo con deseo de probar algo distinto y a otras les surge de pronto». Además, «hay muchos tipos de atracción: sexual, afectiva, intelectual… La gente es cada vez más libre y va experimentando sin necesidad de ponerse etiquetas. Y quien se las quiera poner, que se las ponga con libertad».

En la sexualidad plástica no es tan fácil establecer etiquetas porque la de hoy puede caducar mañana. «Muchas personas dicen que son hetero, pero que les gusta acostarse con individuos de su mismo género. También son frecuentes las fantasías: muchos fantasean con personas de su sexo aunque no son capaces de llevarlo a la práctica». Puede ser por decisión propia o porque «todavía quedan muchos condicionantes sociales».

Kösler recalca que no hay que olvidar que «la gente sigue cuchicheando» y que fuera de los núcleos urbanos de Occidente, hay una gran represión. «Muchas personas se tienen que ir de los pueblos porque ahí no pueden vivir su sexualidad con libertad».

En el empeño de buscar etiquetas, a menudo, el lío viene de «confundir dos cosas muy distintas: de quién me enamoro y con quién me acuesto», explica Kösler. En los últimos años, en su consulta ha ido viendo más mujeres que dicen que les apetece probar cosas nuevas. En cambio, a los hombres les cuesta más: «Siguen cuestionándose su virilidad. La mayoría sigue teniendo miedo y me preguntan si estos deseos son un problema. No nos educan para experimentar».

«Muchos prefieren criticar lo que desconocen»

La historia guarda infinitas formas de expresar la sexualidad. «Hay homosexuales puros y heterosexuales puros, pero, además, hay muchos rangos intermedios», indica la sexóloga Aída Vallés. «No se habla de ello por el peso cultural. La forma en la que concebimos las relaciones es aprendida. Es algo social, religioso y de educación. Y las personas intentan adaptarse a la norma para estar integradas».

La cultura occidental impuso una idea del pura cepa que empieza a tambalearse y que ha encontrado un altavoz en la tecnología: «Las redes sociales están ayudando a que se conozca esta diversidad».

—En los últimos años se ha producido un salto mental gigante en la sexualidad. Sobre todo, en la generación más joven.

—Sí pero no —opina Vallés—. Yo voy a los colegios y veo que quedan muchos prejuicios. Estos niños están educados por la mentalidad de sus padres y sus abuelos. La sociedad sigue muy parada. Es muy vistoso un youtuber que habla libremente de su sexualidad, pero vete a los institutos: hacen mucho bullying. O mira esos dos millones y medio de votos a Vox. No nos permiten avanzar porque los moralistas necesitan etiquetas, necesitan catalogar. No dejan que las personas seamos libres y eso es peligroso.

—¿Por qué a muchos les molesta que haya personas distintas a ellos?

—Por ignorancia. No lo entienden. Hablan desde la incultura. Esto siempre ha sido así: hasta hace 50 años la homosexualidad se consideraba una patología. Hoy la transexualidad sigue apareciendo como patología en los libros de diagnóstico. Muchos prefieren criticar lo que desconocen a informarse y pensar.

sexualidad plástica

LA CHICA DE GATA:
«No me importaba el género. Me enamoré de una persona»

«Siempre sentí que tenía algo pendiente, aunque no se me iban los ojos detrás de las mujeres». A la Chica de Gata, de adolescente, le gustaban los hombres. Tuvo un novio varios años y cuando acabó con él, prestó atención a un cierto eco que le sonaba por dentro: «Quería probar, experimentar… Tuve dos relaciones pasajeras con dos mujeres. Quería reconocerme a mí misma».

Tuvo después una novia. «No me importaba el género. Me enamoré de una persona. Fue hace diez años y no he vuelto a estar con ninguna mujer». La Chica de Gata (prefiere no revelar su nombre porque lo que para ella es normal no lo es tanto para sus padres) se considera heterosexual y lo explica de una forma muy gráfica: «Porque a mí se me van los ojos detrás de los hombres». Aunque está convencida de que lo más importante no es el género: «Sin duda, te enamoras de la persona».

No piensa así la mayor parte de la sociedad. Pero ella cree que «la bisexualidad no es algo generalizado por la cultura a fuego que tenemos interiorizada. Es una cuestión de tapujos. Yo no me he sentido acomplejada por tener relaciones con mujeres y hombres porque no lo he visto como algo negativo. Soy de Bilbao y ahí, en los años 80 y 90, la sexualidad se veía de forma más natural que en otros lugares. Después me fui a vivir a Extremadura y me vi acosada por las miradas y los cuchicheos. Es una cuestión cultural».

ANDRÉS:
«Era una asignatura pendiente»

Andrés (llamémosle así) ve y siente la sexualidad plástica como una evolución. En la adolescencia le gustaban las chicas. Tuvo líos, historias, novias. Pero conforme se acercaban los veinte años empezó a pensar que tenía «una asignatura pendiente. Tenía fantasías con personas de mi sexo».

Pasados los 20, por fin, se atrevió. Tuvo una relación con un hombre, pero… se sintió culpable. La moral todavía pesaba como un plomo en aquellos años 80. Se casó, fue padre y si en ese momento le hubiesen preguntado (y hubiese podido ser sincero), habría dicho que era bisexual: «Disfrutaba del sexo con mujeres y con hombres».

Hace años se divorció y entonces le asaltó una duda: ¿Estaré dentro del armario? «No es tan fácil superar el armarismo con 56 años. Pesa la cultura, el estatus profesional… Si hubiese vivido en otra sociedad, ¿lo hubiese ocultado? Quizá no. Lo hice porque, por mi profesión, era recomendable ser hetero. Y no tengo tan claro que haya una línea que va de una orientación sexual a otra. Es más difuso. Hay momentos de impulsos más fuertes y de impulsos más tibios. De joven, hubiese dicho que era hetero. Hace 15 años me hubiese catalogado como bisexual y hoy diría que soy homosexual».

Andrés habla de las cadenas sociales, pero hace hincapié en que, a veces, la principal mordaza es el miedo propio: «El principal enemigo para mostrarte como eres puedes ser tú mismo. A mí nadie me pidió que me escondiese. Era yo. Yo me he puesto la barrera. Y lo que he descubierto es que la gente a mi alrededor no solo no me reprime. Es que ni siquiera le interesa. A la gente le da exactamente igual lo que yo haga. No cambian su relación contigo ni te excluyen de tu círculo social».

Hay quien ve su sexualidad atada a una viga de acero toda la vida. Inmutable, inalterable: «Me gusta esto, y es esto, y solo esto. Hetero y figura hasta la sepultura».
Hay quien, en su etiqueta, no tiene problema en vestir otra chaqueta. Pongamos un hombre homosexual que un día se acuesta con una mujer o una chica hetero que se enamora de una amiga. Ni uno ni otro son bisexuales; a ninguno les gustan los dos géneros. Ella no deja de identificarse como hetero ni él deja de sentirse gay. Lo que ocurre es que su sexualidad es plástica, es fluida.

La psicóloga especializada en orientación sexual Lisa Diamond dice que muchas mujeres que se consideran heterosexuales, en algún momento de su vida, se han enamorado de otra mujer. Esto no las hace bisexuales porque no sienten atracción por más mujeres. Incluso puede tratarse de un amor romántico que no implique deseo sexual.

A la sociedad le cuesta encajar emociones distintas a las que se sienten por un amigo, por la familia y por la pareja. Por eso la mayoría de estas relaciones intermedias ni siquiera han tenido nombre. Quizá alguna, alguna vez, como ocurrió en la Inglaterra del XVIII y XIX, cuando hablaban de un tipo de enamoramiento inocente entre dos mujeres al que llamaban «amistad romántica».

La sexualidad plástica ya se veía en las cartas que dejaron escritas muchas de aquellas aristócratas. Hoy, además de un asunto literario, es de interés de la ciencia. La investigadora de la Universidad Politécnica de Virginia (EEUU) Christine Kaestle ha esperado 15 años para analizar la evolución sexual de casi 7.000 personas y ahora, con las conclusiones en la mano, asegura que «la orientación sexual envuelve muchos aspectos de la vida: quién nos atrae, con quién queremos tener relaciones sexuales y cómo nos identificamos. Hasta hace muy poco, los investigadores tendían a enfocarse solo en uno de estos aspectos para categorizar a las personas. Pero esto puede ser una gran simplificación porque hay individuos que, por ejemplo, se identifican como heterosexuales pero tienen relaciones con personas del mismo género». sexualidad plástica

De boloñesa a carbonara

La sexóloga Claudia Kösler explica la sexualidad plástica con este paralelismo: «Es tan sencillo como si antes te gustaban los espaguetis a la boloñesa y ahora te gustan a la carbonara. O te gusta el vino, pero un día pides una cerveza». Y lo explica con esta comparación: «Igual que a lo largo de la vida se produce un desarrollo intelectual, hay una evolución sexual».

Es un cambio de apetencias que no responde a patrones. Es pura flexibilidad. «Algunas personas pasan mucho tiempo con deseo de probar algo distinto y a otras les surge de pronto». Además, «hay muchos tipos de atracción: sexual, afectiva, intelectual… La gente es cada vez más libre y va experimentando sin necesidad de ponerse etiquetas. Y quien se las quiera poner, que se las ponga con libertad».

En la sexualidad plástica no es tan fácil establecer etiquetas porque la de hoy puede caducar mañana. «Muchas personas dicen que son hetero, pero que les gusta acostarse con individuos de su mismo género. También son frecuentes las fantasías: muchos fantasean con personas de su sexo aunque no son capaces de llevarlo a la práctica». Puede ser por decisión propia o porque «todavía quedan muchos condicionantes sociales».

Kösler recalca que no hay que olvidar que «la gente sigue cuchicheando» y que fuera de los núcleos urbanos de Occidente, hay una gran represión. «Muchas personas se tienen que ir de los pueblos porque ahí no pueden vivir su sexualidad con libertad».

En el empeño de buscar etiquetas, a menudo, el lío viene de «confundir dos cosas muy distintas: de quién me enamoro y con quién me acuesto», explica Kösler. En los últimos años, en su consulta ha ido viendo más mujeres que dicen que les apetece probar cosas nuevas. En cambio, a los hombres les cuesta más: «Siguen cuestionándose su virilidad. La mayoría sigue teniendo miedo y me preguntan si estos deseos son un problema. No nos educan para experimentar».

«Muchos prefieren criticar lo que desconocen»

La historia guarda infinitas formas de expresar la sexualidad. «Hay homosexuales puros y heterosexuales puros, pero, además, hay muchos rangos intermedios», indica la sexóloga Aída Vallés. «No se habla de ello por el peso cultural. La forma en la que concebimos las relaciones es aprendida. Es algo social, religioso y de educación. Y las personas intentan adaptarse a la norma para estar integradas».

La cultura occidental impuso una idea del pura cepa que empieza a tambalearse y que ha encontrado un altavoz en la tecnología: «Las redes sociales están ayudando a que se conozca esta diversidad».

—En los últimos años se ha producido un salto mental gigante en la sexualidad. Sobre todo, en la generación más joven.

—Sí pero no —opina Vallés—. Yo voy a los colegios y veo que quedan muchos prejuicios. Estos niños están educados por la mentalidad de sus padres y sus abuelos. La sociedad sigue muy parada. Es muy vistoso un youtuber que habla libremente de su sexualidad, pero vete a los institutos: hacen mucho bullying. O mira esos dos millones y medio de votos a Vox. No nos permiten avanzar porque los moralistas necesitan etiquetas, necesitan catalogar. No dejan que las personas seamos libres y eso es peligroso.

—¿Por qué a muchos les molesta que haya personas distintas a ellos?

—Por ignorancia. No lo entienden. Hablan desde la incultura. Esto siempre ha sido así: hasta hace 50 años la homosexualidad se consideraba una patología. Hoy la transexualidad sigue apareciendo como patología en los libros de diagnóstico. Muchos prefieren criticar lo que desconocen a informarse y pensar.

sexualidad plástica

LA CHICA DE GATA:
«No me importaba el género. Me enamoré de una persona»

«Siempre sentí que tenía algo pendiente, aunque no se me iban los ojos detrás de las mujeres». A la Chica de Gata, de adolescente, le gustaban los hombres. Tuvo un novio varios años y cuando acabó con él, prestó atención a un cierto eco que le sonaba por dentro: «Quería probar, experimentar… Tuve dos relaciones pasajeras con dos mujeres. Quería reconocerme a mí misma».

Tuvo después una novia. «No me importaba el género. Me enamoré de una persona. Fue hace diez años y no he vuelto a estar con ninguna mujer». La Chica de Gata (prefiere no revelar su nombre porque lo que para ella es normal no lo es tanto para sus padres) se considera heterosexual y lo explica de una forma muy gráfica: «Porque a mí se me van los ojos detrás de los hombres». Aunque está convencida de que lo más importante no es el género: «Sin duda, te enamoras de la persona».

No piensa así la mayor parte de la sociedad. Pero ella cree que «la bisexualidad no es algo generalizado por la cultura a fuego que tenemos interiorizada. Es una cuestión de tapujos. Yo no me he sentido acomplejada por tener relaciones con mujeres y hombres porque no lo he visto como algo negativo. Soy de Bilbao y ahí, en los años 80 y 90, la sexualidad se veía de forma más natural que en otros lugares. Después me fui a vivir a Extremadura y me vi acosada por las miradas y los cuchicheos. Es una cuestión cultural».

ANDRÉS:
«Era una asignatura pendiente»

Andrés (llamémosle así) ve y siente la sexualidad plástica como una evolución. En la adolescencia le gustaban las chicas. Tuvo líos, historias, novias. Pero conforme se acercaban los veinte años empezó a pensar que tenía «una asignatura pendiente. Tenía fantasías con personas de mi sexo».

Pasados los 20, por fin, se atrevió. Tuvo una relación con un hombre, pero… se sintió culpable. La moral todavía pesaba como un plomo en aquellos años 80. Se casó, fue padre y si en ese momento le hubiesen preguntado (y hubiese podido ser sincero), habría dicho que era bisexual: «Disfrutaba del sexo con mujeres y con hombres».

Hace años se divorció y entonces le asaltó una duda: ¿Estaré dentro del armario? «No es tan fácil superar el armarismo con 56 años. Pesa la cultura, el estatus profesional… Si hubiese vivido en otra sociedad, ¿lo hubiese ocultado? Quizá no. Lo hice porque, por mi profesión, era recomendable ser hetero. Y no tengo tan claro que haya una línea que va de una orientación sexual a otra. Es más difuso. Hay momentos de impulsos más fuertes y de impulsos más tibios. De joven, hubiese dicho que era hetero. Hace 15 años me hubiese catalogado como bisexual y hoy diría que soy homosexual».

Andrés habla de las cadenas sociales, pero hace hincapié en que, a veces, la principal mordaza es el miedo propio: «El principal enemigo para mostrarte como eres puedes ser tú mismo. A mí nadie me pidió que me escondiese. Era yo. Yo me he puesto la barrera. Y lo que he descubierto es que la gente a mi alrededor no solo no me reprime. Es que ni siquiera le interesa. A la gente le da exactamente igual lo que yo haga. No cambian su relación contigo ni te excluyen de tu círculo social».

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