9 de noviembre 2011    /   CREATIVIDAD
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Shaka, cuando el arte sobrepasa sus límites

9 de noviembre 2011    /   CREATIVIDAD     por          
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Dice Marchal Mithouard, un artista del sur parisino conocido como Shaka, que su inspiración sale de “estilos como el graffiti, la pintura clásica, las ilustraciones o el arte abstracto”. También dice que sus referencias salen de las obras de maestros como “Caravaggio, Le Tintoret, Veronese, Rembrandt, Poussin, Cézanne, DuBuffet, Van Gogh, Goya, Picasso o Manet”.

Pero el observador nota que sus dibujos, de donde realmente salen, son de otra parte. Eso no lo dice Shaka. Eso ya se ve. Colores que abandonan las paredes para pasar a formar parte de la dimensión humana. Formas que se confunden en el plano y trazos que invaden el límite físicamente establecido. Shaka ha conseguido doblegar, a su puro antojo, la difícil técnica de pintar en 3D.

Niega ser un graffitero. Ese es un estilo que admira, que le inspira, que “hace progresar a los artistas” y que mamó durante una larga etapa tras cumplir los 16 años. En aquella época de “rude boy” en la que le cogió el gusto a firmar por las paredes contra el racismo y en la que le puso tono a los muros de las autovías.

Cuando inspirado por el “electro-choc” que le produjo el arte urbano de los túneles del Metro de París, se ganó más de un disgusto con la policía por andar las madrugadas de aquí para allá a cuestas con los botes de colores y a una banda de pintores, la DKP (Da Kamo Pshit). “Sí, es vandalismo”, reconoce sin sonrojo reivindicando la necesaria esencia clandestina de este estilo de arte urbano. “Lo llamábamos la fiebre del graffiti nocturno”, recuerda con adolescente nostalgia.

Pero aquello fue antes de estudiar “arte” en la Universidad, y antes de crear junto a su amigo Nosbé el grupo PPA (Petite peinture entre amis) para compartir horas de experiencia y aerosol. También fue después del óleo y las pinturas acrílicas que comenzó a usar a los 10 años. Y de la primera obra por la que le pagaron, “un retrato” que hizo con 15. Por eso ahora, a sus 35, no esconde que ha cambiado de tercio y que hace tiempo que dejó de pintar y correr.

“El graffiti tiene su esencia vandálica, un espíritu de calle, y así debe de ser. Pero yo ahora hago pinturas, no graffitis. Expongo en una galería y he hecho de mi pasión mi medio de vida”, esclarece o decepciona Shaka a los ortodoxos de su antigua afición.

Ahora Mithouard hace “pinturas y esculturas en lonas, no en muros”, aclara. Define su estilo actual como “el resultado de toda su experiencia vital. Una expresividad que se lleva bajo la piel. El trabajo descarnado que revela la mentalidad de las personas”, alega.

Con el arte tridimensional comenzó en 2007. “Tenía que encontrar un modo de explicar el movimiento, quería personajes saliendo de las lonas para morder al visitante, al hombre que estuviera mirando la pieza”, explica.

Cuenta que para conseguir eso los colores son elementos fundamentales: “Son una manera sencilla de comunicación, pero debe existir una vibración entre ellos”. Por eso juega a dividir a sus personajes en formas geométricas abstractas delineadas de negro que, según el artista, esos mismo colores consiguen despertar. “Son ellos los que realmente hablan del movimiento, de lo que los rostros quieren decir”, concluye Shaka. Su favorito es el rojo. “Por expresivo”.

Se puede decir que ese énfasis del autor por traspasar la esfera desde la que mira el observador brotó desde su primera pieza en 3D. Se llamó “Stress”. El propio Mithouard la define como una obra “violenta” en la que “los personajes te quieren coger, quieren pelear contra ti”. Expone que en esa pieza quería expresar una reacción a la masiva forma de control que los medios ejercen sobre la población. “Me gusta pintar sobre el comportamiento humano, la violencia, la locura…”, enumera.

Para él su arte no es nada menos que la “prueba de que sigue vivo”. Con el deje del artista urbano que lleva dentro contesta que si tuviera que decorar un edifico emblemático a base de espray elegiría los “grandes muros” de las prisiones francesas.

“Serían el lugar perfecto para inundarlos de mensajes. Personalmente, pintaría el muro de la prisión Fleury-Merogis”, medio bromea hablando de la cárcel de los suburbios del sur parisino en los que creció. Sin duda una paradoja que el artista cuyos personajes abandonan las paredes piense en dibujar sobre la tapia blindada de una prisión. “¿Qué pintarías?, “No sé”, responde el exgraffitero, “preguntaría qué podría pintar”, añade sin especificar a quién.

Dice Marchal Mithouard, un artista del sur parisino conocido como Shaka, que su inspiración sale de “estilos como el graffiti, la pintura clásica, las ilustraciones o el arte abstracto”. También dice que sus referencias salen de las obras de maestros como “Caravaggio, Le Tintoret, Veronese, Rembrandt, Poussin, Cézanne, DuBuffet, Van Gogh, Goya, Picasso o Manet”.

Pero el observador nota que sus dibujos, de donde realmente salen, son de otra parte. Eso no lo dice Shaka. Eso ya se ve. Colores que abandonan las paredes para pasar a formar parte de la dimensión humana. Formas que se confunden en el plano y trazos que invaden el límite físicamente establecido. Shaka ha conseguido doblegar, a su puro antojo, la difícil técnica de pintar en 3D.

Niega ser un graffitero. Ese es un estilo que admira, que le inspira, que “hace progresar a los artistas” y que mamó durante una larga etapa tras cumplir los 16 años. En aquella época de “rude boy” en la que le cogió el gusto a firmar por las paredes contra el racismo y en la que le puso tono a los muros de las autovías.

Cuando inspirado por el “electro-choc” que le produjo el arte urbano de los túneles del Metro de París, se ganó más de un disgusto con la policía por andar las madrugadas de aquí para allá a cuestas con los botes de colores y a una banda de pintores, la DKP (Da Kamo Pshit). “Sí, es vandalismo”, reconoce sin sonrojo reivindicando la necesaria esencia clandestina de este estilo de arte urbano. “Lo llamábamos la fiebre del graffiti nocturno”, recuerda con adolescente nostalgia.

Pero aquello fue antes de estudiar “arte” en la Universidad, y antes de crear junto a su amigo Nosbé el grupo PPA (Petite peinture entre amis) para compartir horas de experiencia y aerosol. También fue después del óleo y las pinturas acrílicas que comenzó a usar a los 10 años. Y de la primera obra por la que le pagaron, “un retrato” que hizo con 15. Por eso ahora, a sus 35, no esconde que ha cambiado de tercio y que hace tiempo que dejó de pintar y correr.

“El graffiti tiene su esencia vandálica, un espíritu de calle, y así debe de ser. Pero yo ahora hago pinturas, no graffitis. Expongo en una galería y he hecho de mi pasión mi medio de vida”, esclarece o decepciona Shaka a los ortodoxos de su antigua afición.

Ahora Mithouard hace “pinturas y esculturas en lonas, no en muros”, aclara. Define su estilo actual como “el resultado de toda su experiencia vital. Una expresividad que se lleva bajo la piel. El trabajo descarnado que revela la mentalidad de las personas”, alega.

Con el arte tridimensional comenzó en 2007. “Tenía que encontrar un modo de explicar el movimiento, quería personajes saliendo de las lonas para morder al visitante, al hombre que estuviera mirando la pieza”, explica.

Cuenta que para conseguir eso los colores son elementos fundamentales: “Son una manera sencilla de comunicación, pero debe existir una vibración entre ellos”. Por eso juega a dividir a sus personajes en formas geométricas abstractas delineadas de negro que, según el artista, esos mismo colores consiguen despertar. “Son ellos los que realmente hablan del movimiento, de lo que los rostros quieren decir”, concluye Shaka. Su favorito es el rojo. “Por expresivo”.

Se puede decir que ese énfasis del autor por traspasar la esfera desde la que mira el observador brotó desde su primera pieza en 3D. Se llamó “Stress”. El propio Mithouard la define como una obra “violenta” en la que “los personajes te quieren coger, quieren pelear contra ti”. Expone que en esa pieza quería expresar una reacción a la masiva forma de control que los medios ejercen sobre la población. “Me gusta pintar sobre el comportamiento humano, la violencia, la locura…”, enumera.

Para él su arte no es nada menos que la “prueba de que sigue vivo”. Con el deje del artista urbano que lleva dentro contesta que si tuviera que decorar un edifico emblemático a base de espray elegiría los “grandes muros” de las prisiones francesas.

“Serían el lugar perfecto para inundarlos de mensajes. Personalmente, pintaría el muro de la prisión Fleury-Merogis”, medio bromea hablando de la cárcel de los suburbios del sur parisino en los que creció. Sin duda una paradoja que el artista cuyos personajes abandonan las paredes piense en dibujar sobre la tapia blindada de una prisión. “¿Qué pintarías?, “No sé”, responde el exgraffitero, “preguntaría qué podría pintar”, añade sin especificar a quién.

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