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16 de octubre 2017    /   CINE/TV
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¿Qué contenido prefieres, Shakespeare o Belén Esteban?

16 de octubre 2017    /   CINE/TV     por          
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No hay nada más literal que la vida. Naces, creces, te reproduces (no siempre) y mueres. Por eso creamos las emociones, para sobrevolar dicha literalidad. Y una vez desarrolladas, nos encontramos con otro problema: cómo expresarlas y compartirlas.

El paso inicial fue la música. No es casualidad que las primeras composiciones nacieran imitando el ritmo del corazón, pues se supone que es el órgano responsable de nuestros sentimientos.

Después vino la poesía, que es la música narrada gracias a la métrica y la rima. Y  finalmente, la imagen. Porque si bien esta se conoce desde la prehistoria, le llevó bastantes siglos encontrar su poder mistificador y retórico.

Con el paso del tiempo, los grandes poderes descubrieron la eficacia de todas estas herramientas para transmitir sentimientos y emociones que les resultaran útiles a sus intereses. A partir de ahí la música creó, por ejemplo, el himno; la poesía, la plegaria y la pintura, el éxtasis.

Las cosas siguieron evolucionando y la poesía se expandió gracias a la imprenta, la música por el gramófono y la imagen con la fotografía.

El clímax se alcanzó cuando las tres consiguieron fusionarse en una sola pantalla. Entonces la aceptación fue tal que no ya los poderosos, sino el propio mercado se interesó por el negocio de las emociones.

Pero cuando todo se convirtió en una una screen universal gracias a la tecnología digital, ese mismo mercado se encontró con un problema: ¿cómo comparar el valor de La Odisea de Homero con Sálvame Naranja? Entonces fue cuando se creó un nuevo concepto que permitía hacerlo: el contenido.

La paradoja está en que el contenido es la forma actual de cuantificar el precio de las diferentes creaciones emocionales de la humanidad, pero para ello tiene en cuenta un montón de variables excepto la fundamental. Es decir, el propio contenido.

Una película de pay per view vale más o menos en función de la cantidad de clientes que la compran en alguna de las plataformas dedicadas a comercializarlas. Y esa es también la fórmula con la que se compara un monólogo de Shakespeare con otro de Belén Esteban.

El resultado es que un programa de televisión vergonzosamente hortera puede terminar valiendo más que otro de elevado nivel tan solo porque más gente se emociona con el primero que con el segundo.

Esto sucedió en el pasado con otra clase de productos. Entonces, la forma de intercambiarlos en el mercado era el trueque. Por eso tuvo que inventarse el dinero (la llamada mercancía suprema, ya que puede sustituir a todas las demás) para medir de una forma rápida y efectiva el valor de las cosas.

Por eso, con el desarrollo de la mercantilización de las emociones (un concierto, una película, un programa de televisión…) se tuvo que crear una nueva mercancía suprema que permitiera comparar unas con otras. Eso son precisamente los contenidos, que le permiten a la publicidad, por ejemplo, invertir contando con unos criterios de evaluación uniforme que lo iguale a todo.

El problema reside en que al equiparar los contenidos y medirlos a partir de la audiencia de los mismos, el apoyo que reciben no tiene nada que ver con su calidad, sino con la rentabilidad que proporcionan. Y entonces entramos en una espiral descendente. Porque si los que funcionan mejor son los de un nivel más bajo, serán ellos los que se beneficien de las futuras inversiones que apoyarán de nuevo contenidos de peor calidad.

El mercado creó el dinero. Ahora ha creado el contenido para facilitar la comercialización nuestras emociones. El problema es que al no diferenciarlas por su valor intrínseco sino por su rentabilidad, está favoreciendo un mundo de sentimientos low cost que permite que muchas más personas puedan acceder a ellos. Pero al precio de abaratar, de paso, el nivel cultural de las mismas.

No hay nada más literal que la vida. Naces, creces, te reproduces (no siempre) y mueres. Por eso creamos las emociones, para sobrevolar dicha literalidad. Y una vez desarrolladas, nos encontramos con otro problema: cómo expresarlas y compartirlas.

El paso inicial fue la música. No es casualidad que las primeras composiciones nacieran imitando el ritmo del corazón, pues se supone que es el órgano responsable de nuestros sentimientos.

Después vino la poesía, que es la música narrada gracias a la métrica y la rima. Y  finalmente, la imagen. Porque si bien esta se conoce desde la prehistoria, le llevó bastantes siglos encontrar su poder mistificador y retórico.

Con el paso del tiempo, los grandes poderes descubrieron la eficacia de todas estas herramientas para transmitir sentimientos y emociones que les resultaran útiles a sus intereses. A partir de ahí la música creó, por ejemplo, el himno; la poesía, la plegaria y la pintura, el éxtasis.

Las cosas siguieron evolucionando y la poesía se expandió gracias a la imprenta, la música por el gramófono y la imagen con la fotografía.

El clímax se alcanzó cuando las tres consiguieron fusionarse en una sola pantalla. Entonces la aceptación fue tal que no ya los poderosos, sino el propio mercado se interesó por el negocio de las emociones.

Pero cuando todo se convirtió en una una screen universal gracias a la tecnología digital, ese mismo mercado se encontró con un problema: ¿cómo comparar el valor de La Odisea de Homero con Sálvame Naranja? Entonces fue cuando se creó un nuevo concepto que permitía hacerlo: el contenido.

La paradoja está en que el contenido es la forma actual de cuantificar el precio de las diferentes creaciones emocionales de la humanidad, pero para ello tiene en cuenta un montón de variables excepto la fundamental. Es decir, el propio contenido.

Una película de pay per view vale más o menos en función de la cantidad de clientes que la compran en alguna de las plataformas dedicadas a comercializarlas. Y esa es también la fórmula con la que se compara un monólogo de Shakespeare con otro de Belén Esteban.

El resultado es que un programa de televisión vergonzosamente hortera puede terminar valiendo más que otro de elevado nivel tan solo porque más gente se emociona con el primero que con el segundo.

Esto sucedió en el pasado con otra clase de productos. Entonces, la forma de intercambiarlos en el mercado era el trueque. Por eso tuvo que inventarse el dinero (la llamada mercancía suprema, ya que puede sustituir a todas las demás) para medir de una forma rápida y efectiva el valor de las cosas.

Por eso, con el desarrollo de la mercantilización de las emociones (un concierto, una película, un programa de televisión…) se tuvo que crear una nueva mercancía suprema que permitiera comparar unas con otras. Eso son precisamente los contenidos, que le permiten a la publicidad, por ejemplo, invertir contando con unos criterios de evaluación uniforme que lo iguale a todo.

El problema reside en que al equiparar los contenidos y medirlos a partir de la audiencia de los mismos, el apoyo que reciben no tiene nada que ver con su calidad, sino con la rentabilidad que proporcionan. Y entonces entramos en una espiral descendente. Porque si los que funcionan mejor son los de un nivel más bajo, serán ellos los que se beneficien de las futuras inversiones que apoyarán de nuevo contenidos de peor calidad.

El mercado creó el dinero. Ahora ha creado el contenido para facilitar la comercialización nuestras emociones. El problema es que al no diferenciarlas por su valor intrínseco sino por su rentabilidad, está favoreciendo un mundo de sentimientos low cost que permite que muchas más personas puedan acceder a ellos. Pero al precio de abaratar, de paso, el nivel cultural de las mismas.

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