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10 de septiembre 2013    /   BUSINESS
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¿Es la sharing economy la única economía posible?

10 de septiembre 2013    /   BUSINESS     por          
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«The world is a vampire». O más que el mundo, quienes lo habitan, que no dudan – o al menos no dudaban- en exprimirlo como si el jugo fuera ilimitado. Sabíamos que no era así y, aun sabiéndolo, los procesos de producción y los patrones de consumo se mantuvieron en estándares insostenibles. Algo ha cambiado a causa de la inevitable conjunción entre las circunstancias, que dictan que quizás hayamos superado un punto de no retorno, y la tecnología que permite que sean los propios ciudadanos los impulsores del cambio.

Los tiempos del gran supermercado planetario, en los que los recursos estaban ahí para sacar partido de ellos, han acabado. O deberían. La realidad dicta a golpe de garrotazo que hay que rellenar los almacenes a la vez que se esquilman o, en su defecto, reaprovechar lo que ya se ha creado y producido.

La buena noticia es que no se necesita más que una buena idea para que el impulso del cambio se materialice en algo concreto. La sharing economy ha existido casi desde que el hombre es hombre y compartía sus recursos con el vecino más cercano. Sin embargo, la coyuntura en la que nos hallamos se ha convertido en el manto perfecto para que se instale como tendencia económica masiva.

El planteamiento afecta a la concepción de propiedad privada que amplía su naturaleza. Como explicó Jonathon Porritt en la pasada Campus Party Europe, celebrada en Londres la pasada semana, «nos estamos moviendo de una economía de propiedad a una de compartir». Porritt, que hace su trabajo en Forum for the Future, lleva unos cuantos años tratando de hacer que las compañías se muevan hacia patrones más sostenibles.

«Se está produciendo un decrecimiento en la disponibilidad de recursos y un aumento en la demanda de los mismos», señaló el ecologista. «La tecnología hace posibles modelos de negocio más sostenibles mediante la ubicuidad del acceso a internet y el crecimiento exponencial de la potencia de procesamiento». Más buenas noticias.

El objetivo de los ciudadanos de los países en desarrollo es consumir como los del primer mundo

El problema parte de la misma esencia del capitalismo. Las economías desarrolladas venden como modelo aspiracional el suyo, claro, basado en el consumismo y en el ideal de que la propiedad es el vehículo a la felicidad.  El objetivo de los ciudadanos de los países en desarrollo es consumir como los del primer mundo. «En el caso de que consiguieran su meta, estaríamos ante un serio problema», dijo el británico. El caso es que tienen tanto derecho como los habitantes de países del primer mundo a poseer y consumir lo que deseen y, por descontado, quienes disfrutamos de los privilegios mostraríamos serias reticencias para deshacernos de la posición dominante. «Necesitamos alternativas».

El paradigma propuesto por Forum for the Future se basa en un mantra tan sencillo como poderoso: «El acceso es tan importante como la propiedad». Debemos encaminarnos a un mundo en el que todo se alquile y en el que sean los propios ciudadanos los que se encarguen de gestionar esa actividad que, además, produciría un rendimiento económico más allá de un aprovechamiento mucho más racional de los recursos.

El ejemplo más célebre que encontramos en la red es AirBnB, la plataforma de gestión de alquiler de viviendas peer-to-peer. No es, sin embargo, la única muestra de que hay mucho que rascar en esta tendencia de compartir lo que tenemos. Landshare se ocupa de poner en contacto a personas que quieren cultivar la tierra, ya sea por placer o por necesidad, con aquellos que tienen un pedazo de terreno sin trabajar.

Foodtrade es la gran amenaza de las redes de distribución de alimentación que inflan y marcan precios en todos los vendedores. La plataforma se ocupa de poner en contacto a productores y compradores. Ellos se definen como «un ‘lugar de citas’ que te ayuda a encontrar los socios perfectos». La propia naturaleza del servicio confecciona redes en las que se puede saber la reputación de cada proveedor o información en tiempo real acerca de cada actividad que se genera.

Existen otros sitios indicados para obtener ayuda para tareas mundanas. Streetbank y Les Troc’Heures se han especializado en conectar a personas para compartir cosas como herramientas, material deportivo e incluso  trabajos específicos, es decir, lo que se conoce como bancos de tiempo. El producto ofertado no es solamente material sino que también pueden ser horas de trabajo como electricista a cambio de horas de trabajo de jardinería, por poner un ejemplo.

En España, como la mayor parte de veces, vamos un poco más despacio. Sin embargo, también surgen iniciativas que se ajustan a las premisas de la sharing economy. Obsso es una app móvil que ha visto la luz hoy mismo. Su idea es muy simple. Permite intercambiar con otros individuos objetos que ya no usas. Es decir, tu camiseta de New Kids on the Block por mi chándal de tactel rosa. O mi PS3 por tu Xbox 360. Se vacían así los polvorientos armarios de objetos inservibles a cambio de algo a lo que se le vuelve a dar un uso.

Los seres humanos siempre van a querer mejorar su estatus para tener mejores compañeros sexuales

Por su parte, Yoopies apela a la reputación social, en este caso a través de las redes y las opiniones de los usuarios para crear una plataforma de oferta y demanda de cuidado de niños. Al tratarse esta de una tarea específica de una sensibilidad tan particular, la valoración es una poderosa herramienta para escoger a una persona adecuada.

Más allá de la utilidad de cada ejemplo en particular, cualquiera de ellos es un perfecto catalizador de la independencia del consumidor de grandes monstruos corporativos de dudosas intenciones. Además, fomentan la proactividad, la creación de una comunidad fuerte y generosa y un aprovechamiento de recursos más racional. Como explica Jonathon Porritt, «los seres humanos siempre van a querer mejorar su estatus y lo harán porque eso les permite tener mejores compañeros sexuales». Según el escritor, esa meta no ha cambiado. Lo que cambiará es la posibilidad de alcanzarla por un camino más sostenible.

«The world is a vampire». O más que el mundo, quienes lo habitan, que no dudan – o al menos no dudaban- en exprimirlo como si el jugo fuera ilimitado. Sabíamos que no era así y, aun sabiéndolo, los procesos de producción y los patrones de consumo se mantuvieron en estándares insostenibles. Algo ha cambiado a causa de la inevitable conjunción entre las circunstancias, que dictan que quizás hayamos superado un punto de no retorno, y la tecnología que permite que sean los propios ciudadanos los impulsores del cambio.

Los tiempos del gran supermercado planetario, en los que los recursos estaban ahí para sacar partido de ellos, han acabado. O deberían. La realidad dicta a golpe de garrotazo que hay que rellenar los almacenes a la vez que se esquilman o, en su defecto, reaprovechar lo que ya se ha creado y producido.

La buena noticia es que no se necesita más que una buena idea para que el impulso del cambio se materialice en algo concreto. La sharing economy ha existido casi desde que el hombre es hombre y compartía sus recursos con el vecino más cercano. Sin embargo, la coyuntura en la que nos hallamos se ha convertido en el manto perfecto para que se instale como tendencia económica masiva.

El planteamiento afecta a la concepción de propiedad privada que amplía su naturaleza. Como explicó Jonathon Porritt en la pasada Campus Party Europe, celebrada en Londres la pasada semana, «nos estamos moviendo de una economía de propiedad a una de compartir». Porritt, que hace su trabajo en Forum for the Future, lleva unos cuantos años tratando de hacer que las compañías se muevan hacia patrones más sostenibles.

«Se está produciendo un decrecimiento en la disponibilidad de recursos y un aumento en la demanda de los mismos», señaló el ecologista. «La tecnología hace posibles modelos de negocio más sostenibles mediante la ubicuidad del acceso a internet y el crecimiento exponencial de la potencia de procesamiento». Más buenas noticias.

El objetivo de los ciudadanos de los países en desarrollo es consumir como los del primer mundo

El problema parte de la misma esencia del capitalismo. Las economías desarrolladas venden como modelo aspiracional el suyo, claro, basado en el consumismo y en el ideal de que la propiedad es el vehículo a la felicidad.  El objetivo de los ciudadanos de los países en desarrollo es consumir como los del primer mundo. «En el caso de que consiguieran su meta, estaríamos ante un serio problema», dijo el británico. El caso es que tienen tanto derecho como los habitantes de países del primer mundo a poseer y consumir lo que deseen y, por descontado, quienes disfrutamos de los privilegios mostraríamos serias reticencias para deshacernos de la posición dominante. «Necesitamos alternativas».

El problema parte de la misma esencia del capitalismo. Las economías desarrolladas venden como modelo aspiracional el suyo, claro, basado en el consumismo y en el ideal de que la propiedad es el vehículo a la felicidad.  El objetivo de los ciudadanos de los países en desarrollo es consumir como los del primer mundo. «En el caso de que consiguieran su meta, estaríamos ante un serio problema», dijo el británico. El caso es que tienen tanto derecho como los habitantes de países del primer mundo a poseer y consumir lo que deseen y, por descontado, quienes disfrutamos de los privilegios mostraríamos serias reticencias para deshacernos de la posición dominante. «Necesitamos alternativas».

El paradigma propuesto por Forum for the Future se basa en un mantra tan sencillo como poderoso: «El acceso es tan importante como la propiedad». Debemos encaminarnos a un mundo en el que todo se alquile y en el que sean los propios ciudadanos los que se encarguen de gestionar esa actividad que, además, produciría un rendimiento económico más allá de un aprovechamiento mucho más racional de los recursos.

El ejemplo más célebre que encontramos en la red es AirBnB, la plataforma de gestión de alquiler de viviendas peer-to-peer. No es, sin embargo, la única muestra de que hay mucho que rascar en esta tendencia de compartir lo que tenemos. Landshare se ocupa de poner en contacto a personas que quieren cultivar la tierra, ya sea por placer o por necesidad, con aquellos que tienen un pedazo de terreno sin trabajar.

Foodtrade es la gran amenaza de las redes de distribución de alimentación que inflan y marcan precios en todos los vendedores. La plataforma se ocupa de poner en contacto a productores y compradores. Ellos se definen como «un ‘lugar de citas’ que te ayuda a encontrar los socios perfectos». La propia naturaleza del servicio confecciona redes en las que se puede saber la reputación de cada proveedor o información en tiempo real acerca de cada actividad que se genera.

Existen otros sitios indicados para obtener ayuda para tareas mundanas. Streetbank y Les Troc’Heures se han especializado en conectar a personas para compartir cosas como herramientas, material deportivo e incluso  trabajos específicos, es decir, lo que se conoce como bancos de tiempo. El producto ofertado no es solamente material sino que también pueden ser horas de trabajo como electricista a cambio de horas de trabajo de jardinería, por poner un ejemplo.

En España, como la mayor parte de veces, vamos un poco más despacio. Sin embargo, también surgen iniciativas que se ajustan a las premisas de la sharing economy. Obsso es una app móvil que ha visto la luz hoy mismo. Su idea es muy simple. Permite intercambiar con otros individuos objetos que ya no usas. Es decir, tu camiseta de New Kids on the Block por mi chándal de tactel rosa. O mi PS3 por tu Xbox 360. Se vacían así los polvorientos armarios de objetos inservibles a cambio de algo a lo que se le vuelve a dar un uso.

Los seres humanos siempre van a querer mejorar su estatus para tener mejores compañeros sexuales

Por su parte, Yoopies apela a la reputación social, en este caso a través de las redes y las opiniones de los usuarios para crear una plataforma de oferta y demanda de cuidado de niños. Al tratarse esta de una tarea específica de una sensibilidad tan particular, la valoración es una poderosa herramienta para escoger a una persona adecuada.

Más allá de la utilidad de cada ejemplo en particular, cualquiera de ellos es un perfecto catalizador de la independencia del consumidor de grandes monstruos corporativos de dudosas intenciones. Además, fomentan la proactividad, la creación de una comunidad fuerte y generosa y un aprovechamiento de recursos más racional. Como explica Jonathon Porritt, «los seres humanos siempre van a querer mejorar su estatus y lo harán porque eso les permite tener mejores compañeros sexuales». Según el escritor, esa meta no ha cambiado. Lo que cambiará es la posibilidad de alcanzarla por un camino más sostenible.

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