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11 de diciembre 2018    /   IDEAS
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Si quieres hablar bien en público… aprende a callarte

11 de diciembre 2018    /   IDEAS     por          
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Elige un texto, el que quieras, y dáselo a leer a cinco personas diferentes. Enseguida descubrirás que no parece el mismo texto.

¿Cómo es eso posible? Son exactamente las mismas palabras, pero en un caso sonarán convincentes, en otro aburridas, en otro sensuales, en otro atropelladas y en otro sublimes.

Y lo que marcará la diferencia no será el tono de la voz, ni la presencia del lector, ni la gestualidad de cada uno. Lo que realmente la marcará será, sobre todo, el poder de sus silencios.

La palabra escrita no tiene silencios. Es un continuo en el papel o en la pantalla apenas detenido por unos cuantos signos gramaticales: la coma, el punto, los puntos suspensivos… Eso le da una pista al lector para poder leerla en voz alta. Pero no resuelve lo esencial. Porque lo esencial no nace del texto ni de la palabra. Lo esencial nace de la utilización del silencio.

Con la música resulta más fácil. Porque en ese caso, el intérprete cuenta con la relación entre el movimiento versus estar parado, o con la posibilidad de sostener una nota. Pero al final, también en este caso, será la ejecución personal de la partitura la que establecerá la diferencia entre la mediocridad y la excelencia.

El silencio es el hablar callado. El que consigue que el alma del texto o del discurso penetre en el corazón de los oyentes. Por eso, si se quiere hablar bien es imprescindible dominarlo.

Para ello, hay que tener muy claro en qué consiste su poder: el silencio enfatiza el pasado y crea expectación sobre el futuro. Su duración, según se prolongue en cada pausa, le permite al auditorio meditar sobre lo dicho, asumir su importancia o prepararse emocionalmente para lo que va a escuchar.

El mayor problema, cuando alguien habla en público, es que por lo general se siente cohibido. Especialmente en un país, como el nuestro, en el que no se nos ha enseñado a hacerlo. Y esa es la razón por la que deseamos terminar cuanto antes. Pero como las palabras no se pueden acortar, entonces lo que hacemos es acortar los silencios. Y ahí es donde todo se va al garete.

Uno de los casos más claros es cuando escuchamos a los políticos hablar en el Parlamento. Como tienen asignado un tiempo determinado, intentan hablar sin pausas para poder decir más cosas. Pero en la oratoria, decir más es decir menos, y esa es la razón por la que sus discursos suelen sonar muy a menudo como una palabrería insulsa.

En el otro extremo están los grandes discursos de la historia. Uno de ellos, el de Patrick Henry tiene especial interés. Tuvo lugar en 1774 ante la convención de Virginia y su monólogo consiguió, gracias a su inmensa carga emocional, que el pueblo norteamericano se levantara en armas contra los británicos. Pero lo curioso es que al final del mismo, casi nadie recordaba sus palabras. Mas aún, el propio Jefferson, que estaba presente, escribió más adelante:

«Aunque fue difícil entender lo que Henry decía en el momento en el que habló, mientras hablaba, todo parecía correcto. Cuando habló en contra de mi opinión, produjo un gran efecto, y yo mismo me sentí emocionado y alegre. Desde entonces, me he preguntado en muchas ocasiones: “¿Qué diablos ha dicho?”. Y nunca he sido capaz de responder a esa pregunta».

Y por mucho que se lo preguntara, jamás encontraría la respuesta correcta. Porque la cuestión no era qué diablos había dicho. La verdadera cuestión era, entre dicho y dicho, cuánto tiempo había callado.

Elige un texto, el que quieras, y dáselo a leer a cinco personas diferentes. Enseguida descubrirás que no parece el mismo texto.

¿Cómo es eso posible? Son exactamente las mismas palabras, pero en un caso sonarán convincentes, en otro aburridas, en otro sensuales, en otro atropelladas y en otro sublimes.

Y lo que marcará la diferencia no será el tono de la voz, ni la presencia del lector, ni la gestualidad de cada uno. Lo que realmente la marcará será, sobre todo, el poder de sus silencios.

La palabra escrita no tiene silencios. Es un continuo en el papel o en la pantalla apenas detenido por unos cuantos signos gramaticales: la coma, el punto, los puntos suspensivos… Eso le da una pista al lector para poder leerla en voz alta. Pero no resuelve lo esencial. Porque lo esencial no nace del texto ni de la palabra. Lo esencial nace de la utilización del silencio.

Con la música resulta más fácil. Porque en ese caso, el intérprete cuenta con la relación entre el movimiento versus estar parado, o con la posibilidad de sostener una nota. Pero al final, también en este caso, será la ejecución personal de la partitura la que establecerá la diferencia entre la mediocridad y la excelencia.

El silencio es el hablar callado. El que consigue que el alma del texto o del discurso penetre en el corazón de los oyentes. Por eso, si se quiere hablar bien es imprescindible dominarlo.

Para ello, hay que tener muy claro en qué consiste su poder: el silencio enfatiza el pasado y crea expectación sobre el futuro. Su duración, según se prolongue en cada pausa, le permite al auditorio meditar sobre lo dicho, asumir su importancia o prepararse emocionalmente para lo que va a escuchar.

El mayor problema, cuando alguien habla en público, es que por lo general se siente cohibido. Especialmente en un país, como el nuestro, en el que no se nos ha enseñado a hacerlo. Y esa es la razón por la que deseamos terminar cuanto antes. Pero como las palabras no se pueden acortar, entonces lo que hacemos es acortar los silencios. Y ahí es donde todo se va al garete.

Uno de los casos más claros es cuando escuchamos a los políticos hablar en el Parlamento. Como tienen asignado un tiempo determinado, intentan hablar sin pausas para poder decir más cosas. Pero en la oratoria, decir más es decir menos, y esa es la razón por la que sus discursos suelen sonar muy a menudo como una palabrería insulsa.

En el otro extremo están los grandes discursos de la historia. Uno de ellos, el de Patrick Henry tiene especial interés. Tuvo lugar en 1774 ante la convención de Virginia y su monólogo consiguió, gracias a su inmensa carga emocional, que el pueblo norteamericano se levantara en armas contra los británicos. Pero lo curioso es que al final del mismo, casi nadie recordaba sus palabras. Mas aún, el propio Jefferson, que estaba presente, escribió más adelante:

«Aunque fue difícil entender lo que Henry decía en el momento en el que habló, mientras hablaba, todo parecía correcto. Cuando habló en contra de mi opinión, produjo un gran efecto, y yo mismo me sentí emocionado y alegre. Desde entonces, me he preguntado en muchas ocasiones: “¿Qué diablos ha dicho?”. Y nunca he sido capaz de responder a esa pregunta».

Y por mucho que se lo preguntara, jamás encontraría la respuesta correcta. Porque la cuestión no era qué diablos había dicho. La verdadera cuestión era, entre dicho y dicho, cuánto tiempo había callado.

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