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1 de junio 2015    /   BUSINESS
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Silicon Valley: anatomía de un fracaso

1 de junio 2015    /   BUSINESS     por          
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Vinod Khosla (Delhi, 1955) es mucho más que un milmillonario de origen indio de los que pueblan con sonrisas relajadas, piel de bronce y dientes blanquísimos las listas de Forbes. Su vida trasciende como la de esos emprendedores alucinantes que brotan o echan raíces en la tierra, removida por el viento salado y la niebla, de la bahía de San Francisco. Khosla es el espejo en el que se miran los últimos cuarenta años de Silicon Valley, sus contradicciones, sus utopías, sus éxitos y también sus fracasos con dinero público. Fue él quien abrió y presidió Sun Microsystems con solo 27 años, quien se convirtió en una de las estrellas del rock del capital riesgo desde su despacho de Kleiner Perkins Caufield & Byers y quien fundó en 2004, en plena resaca tras el estallido de la burbuja de las puntocom, Khosla Ventures, una firma con la que esperaba, entre otras cosas, provocar una revolución en el mundo de las energías renovables.
El legendario inversor había estudiado ingeniería eléctrica en Delhi, en uno de esos institutos tecnológicos donde los procesos de selección habrían hecho las delicias de un amante de las guillotinas. Después llegó el máster en ingeniería biomédica en la Universidad Carnegie Mellon, cofundada por Andrew Carnegie, santo patrón de los empresarios filántropos y generosos en Estados Unidos y homo antecessor de los que se pasaron de sapiens décadas después en Palo Alto o Cupertino. Por fin, completó el círculo de su formación académica con un MBA en Stanford, donde conocería a dos de los tres socios con los que lanzaría Sun Microsystems. Sun no significaba sol; era el acrónimo de Stanford University Network.
Habían llegado los ochenta, una época en la que no solo merece atención la lucha a brazo partido por el ordenador personal entre Apple e IBM (spoiler: se lo partieron a Apple) o el nacimiento de Microsoft. En realidad, estaba ocurriendo algo todavía más importante: muchas de las piezas de la identidad del Valle de Silicio (la forma en la que sus miembros se percibían a sí mismos como los príncipes de un reino electrónico donde no se pondría el sol) empezaban a encajar como solo lo hacen las caras de un cubo de Rubik en buenas manos.
La primera pieza la aportó Marshall McLuhan, teórico de la comunicación y filósofo canadiense, con su concepto de la ‘aldea global’, un espacio común que compartíamos cientos de millones de seres humanos enchufados a la permanente aspersión de información, ficción y escándalo de los medios de comunicación de masas. Esa aldea no tardaría en adquirir los tintes románticos de Stewart Brand, creador de la legendaria comunidad virtual The WELL en 1985, y la televisión, los periódicos o las radios de la fórmula original fueron reemplazados gradualmente por pequeños vecindarios digitales que luego convergerían en el océano de internet. Algún día, todos llegaríamos a estar interconectados y nuestra inteligencia colectiva crearía un mundo mejor.
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La rebeldía, la arrogancia
No confundieron ese sentimiento de comunidad e interconexión con el colectivismo soviético, porque en gran medida el fantasma de Ayn Rand, la expatriada rusa que se crió y falleció en Nueva York en 1982, estaba allí para recordárselo con tres de los valores que los moradores del valle escogieron de entre todas sus ideas. Según la novelista, los creadores e inventores especialmente originales eran revolucionarios y «benefactores de la humanidad» y merecían una valoración superior a la de la masa (manipulada por lo general para defender el statu quo). También decía que el capitalismo con la menor intervención pública posible era el mejor garante de la libertad y que la defensa exclusiva del interés individual, aunque aplastase por el camino los intereses de los demás, era tan noble como cualquier forma voluntaria de altruismo.
Mientras la mezcla de las ideas de McLuhan, Brand y Rand tomaba consistencia en el fuego lento de las décadas, los jipis, que habían alcanzado la mayoría de edad en los sesenta, superaban la barrera de los treinta años y se acercaban a la primera baliza que los señalaría como carcas en los noventa: iban a ser tan cuarentones como los padres contra los que se habían rebelado exhibiéndoles mandalas y porros mientras les echaban agua bendita y los sometían a sesiones continuas de Frank Sinatra. Por suerte para ellos, estos treintañeros tardíos y cuarentones llegaron a la conclusión de que podían seguir viviendo su rebeldía quizás no en las calles o en muchas de sus oficinas, pero sí ganando dinero en las nuevas avenidas digitales que prometía internet.  Aquí es donde aparece la figura de John Perry Barlow.
Barlow publicó el 8 de febrero de 1996 la Declaración de independencia del ciberespacio, un manifiesto que removió la tierra de California como solo sabe hacerlo la Falla de San Andrés. El texto dejaba claro que los gobiernos nunca tendrían la capacidad de imponer sus normas al reino digital, una aldea global de la mente que utilizaría ese enorme caudal de inteligencia colectiva para construir un mundo mejor. La rotundidad escondía una realidad mucho más frustrante: sabía que las infraestructuras que hacían posible internet se lo debían todo en sus inicios al dinero público de una institución tan abiertamente estatal y nacionalista como el Departamento de Defensa de Estados Unidos y que el acceso de la gente a la Red dependía en último término de la voluntad de cada país.
Si la declaración del orgulloso firmante encarnaba muchas de las contradicciones que pueden encontrarse hoy en el runrún de la Bahía de San Francisco o en los libros que han escrito emperadores de Silicon Valley como Peter Thiel o Eric Schmidt, las circunstancias del propio Barlow tampoco se quedaban atrás. Para empezar, publicó su manifiesto en el Foro Económico Mundial de Davos, donde había tenido que ir para intentar seducir a los mismos líderes políticos a los que había expulsado de su reino. En segundo lugar, uno de los orígenes de su ira tenía que ver con la aprobación de una ley, la Telecommunications Act, que podía poner internet en manos de grandes multinacionales como el gigante de la energía Westinghouse. En tercer lugar, él había cofundado Electronic Frontier Foundation, un lobby dedicado a defender y presionar al estado para que no se pusieran en peligro los derechos civiles del ciberespacio.
Amar la política
En 2013, Vinod Khosla, nacionalizado estadounidense, se había convertido en un lobista mucho más influyente que Barlow. A sus éxitos y fracasos legendarios como inversor de capital riesgo se unía un olfato especial para embelesar a los políticos y pasarles después el cepillo de los subsidios y las ayudas. En 2012, financió Priorities USA Action, uno de los tentáculos de la propaganda que intentaba garantizar la reelección de Barack Obama, al mismo tiempo que fichaba a tres ex altos cargos de la administración Bush como asesores de sus empresas: Condoleezza Rice (secretaria de Estado), Robert Gates (secretario de Defensa también con Obama) y Stephen Hadley (consejero de Seguridad Nacional). Un año después celebró un evento para recaudar dinero para la campaña del primer presidente negro que cobró a cada uno de los invitados 32.400 dólares por sentarse a la mesa.

John Perry Barlow publicó el 8 de febrero de 1996 la Declaración de independencia del ciberespacio. El texto dejaba claro que los gobiernos nunca tendrían la capacidad de imponer sus normas al reino digital, una aldea global de la mente que utilizaría ese enorme caudal de inteligencia colectiva para construir un mundo mejor


Se había convertido en el puente de oro que conectaba a los gigantes verdes de la energía (bondadosos por naturaleza frente a los gigantes negros del petróleo), a Silicon Valley y Washington, y había decidido que iba a salvar el mundo capitaneando una revolución de energías verdes y a ganar muchísimo dinero con ella. Fusionaba así los sueños de los ecologistas jipis, las ansias de forrarse haciendo el bien que albergaban algunos yuppies y los especuladores de las puntocom, y la demostración de un compromiso con esa ciudadanía interconectada del siglo XXI que alguien había llamado ‘aldea global’. Utilizaría el poder de Khosla Ventures, una firma de capital riesgo que había fundado en 2004 y que poseía un músculo financiero tremendo de más de 4.000 millones de dólares para hacer realidad sus ambiciones.
Pero a sus anhelos no les sentaban bien las críticas. Cuando un reportaje realizado por la CBS cuestionó su capacidad para cumplir sus objetivos recordando que muchas de sus empresas de biocombustibles habían perdido un 80% de su valor en Bolsa, les contestó en una carta abierta que no entendían nada del negocio y los acusó de practicar un periodismo bastardo y sensacionalista. Parecía cumplirse la maldición que Ayn Rand había dibujado en la novela y posterior película de El manantial: los grandes genios y creadores tienen que pagar su grandeza enfrentándose a los mediocres de su época y, muy especialmente, a la prensa sensacionalista que utilizan para echarles a las masas encima.
Khosla Ventures abrió en 2010 una planta experimental que iba a procesar trozos de madera convirtiéndolos en un tipo de hidrocarburo que podría utilizarse, por ejemplo, como combustible para cualquier vehículo. Aseguraron que estaban dispuestos a instalar plantas parecidas por todo el país, pero que necesitaban un estado que les diera facilidades para construir la primera con vocación comercial. Después de prometer una inversión de 500 millones de dólares y la creación de 1.000 puestos de trabajo para diciembre de 2015, Mississippi, con un gobernador republicano muy próximo a la firma de capital riesgo, le concedió un crédito de 75 millones de dólares a veinte años sin intereses que se sumaron a los subsidios federales y a los recursos que el propio inversor puso sobre la mesa.
El pasado 10 de noviembre la sociedad que gestionaba la planta, KiOR, se declaró en quiebra y más de 2.000 acreedores, Bill Gates entre ellos, se quedaron sin su dinero. Algunos accionistas han acudido a los tribunales, porque aseguran que les vendieron humo y que la planta ni siquiera estaba bien diseñada. Vinod Khosla había reconocido en su carta abierta a la CBS pocos meses antes que ni sabía demasiado de energía ni lo creía necesario para revolucionar el sector, aunque en 2011 y 2012 había fracasado con dos empresas de biocombustibles embadurnadas previamente con más de 300 millones de dólares en ayudas públicas. Dijo que había cosechado un triunfo memorable con Sun Microsystems sin formación previa en computación y que a otros muchos en Silicon Valley como Google o Amazon les había pasado algo parecido. Tenía derecho a seguir experimentando. Era, como ellos, un benefactor de la humanidad.
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Ilustraciones: Rocío Cañero

Vinod Khosla (Delhi, 1955) es mucho más que un milmillonario de origen indio de los que pueblan con sonrisas relajadas, piel de bronce y dientes blanquísimos las listas de Forbes. Su vida trasciende como la de esos emprendedores alucinantes que brotan o echan raíces en la tierra, removida por el viento salado y la niebla, de la bahía de San Francisco. Khosla es el espejo en el que se miran los últimos cuarenta años de Silicon Valley, sus contradicciones, sus utopías, sus éxitos y también sus fracasos con dinero público. Fue él quien abrió y presidió Sun Microsystems con solo 27 años, quien se convirtió en una de las estrellas del rock del capital riesgo desde su despacho de Kleiner Perkins Caufield & Byers y quien fundó en 2004, en plena resaca tras el estallido de la burbuja de las puntocom, Khosla Ventures, una firma con la que esperaba, entre otras cosas, provocar una revolución en el mundo de las energías renovables.
El legendario inversor había estudiado ingeniería eléctrica en Delhi, en uno de esos institutos tecnológicos donde los procesos de selección habrían hecho las delicias de un amante de las guillotinas. Después llegó el máster en ingeniería biomédica en la Universidad Carnegie Mellon, cofundada por Andrew Carnegie, santo patrón de los empresarios filántropos y generosos en Estados Unidos y homo antecessor de los que se pasaron de sapiens décadas después en Palo Alto o Cupertino. Por fin, completó el círculo de su formación académica con un MBA en Stanford, donde conocería a dos de los tres socios con los que lanzaría Sun Microsystems. Sun no significaba sol; era el acrónimo de Stanford University Network.
Habían llegado los ochenta, una época en la que no solo merece atención la lucha a brazo partido por el ordenador personal entre Apple e IBM (spoiler: se lo partieron a Apple) o el nacimiento de Microsoft. En realidad, estaba ocurriendo algo todavía más importante: muchas de las piezas de la identidad del Valle de Silicio (la forma en la que sus miembros se percibían a sí mismos como los príncipes de un reino electrónico donde no se pondría el sol) empezaban a encajar como solo lo hacen las caras de un cubo de Rubik en buenas manos.
La primera pieza la aportó Marshall McLuhan, teórico de la comunicación y filósofo canadiense, con su concepto de la ‘aldea global’, un espacio común que compartíamos cientos de millones de seres humanos enchufados a la permanente aspersión de información, ficción y escándalo de los medios de comunicación de masas. Esa aldea no tardaría en adquirir los tintes románticos de Stewart Brand, creador de la legendaria comunidad virtual The WELL en 1985, y la televisión, los periódicos o las radios de la fórmula original fueron reemplazados gradualmente por pequeños vecindarios digitales que luego convergerían en el océano de internet. Algún día, todos llegaríamos a estar interconectados y nuestra inteligencia colectiva crearía un mundo mejor.
sillicon valley-pag02
La rebeldía, la arrogancia
No confundieron ese sentimiento de comunidad e interconexión con el colectivismo soviético, porque en gran medida el fantasma de Ayn Rand, la expatriada rusa que se crió y falleció en Nueva York en 1982, estaba allí para recordárselo con tres de los valores que los moradores del valle escogieron de entre todas sus ideas. Según la novelista, los creadores e inventores especialmente originales eran revolucionarios y «benefactores de la humanidad» y merecían una valoración superior a la de la masa (manipulada por lo general para defender el statu quo). También decía que el capitalismo con la menor intervención pública posible era el mejor garante de la libertad y que la defensa exclusiva del interés individual, aunque aplastase por el camino los intereses de los demás, era tan noble como cualquier forma voluntaria de altruismo.
Mientras la mezcla de las ideas de McLuhan, Brand y Rand tomaba consistencia en el fuego lento de las décadas, los jipis, que habían alcanzado la mayoría de edad en los sesenta, superaban la barrera de los treinta años y se acercaban a la primera baliza que los señalaría como carcas en los noventa: iban a ser tan cuarentones como los padres contra los que se habían rebelado exhibiéndoles mandalas y porros mientras les echaban agua bendita y los sometían a sesiones continuas de Frank Sinatra. Por suerte para ellos, estos treintañeros tardíos y cuarentones llegaron a la conclusión de que podían seguir viviendo su rebeldía quizás no en las calles o en muchas de sus oficinas, pero sí ganando dinero en las nuevas avenidas digitales que prometía internet.  Aquí es donde aparece la figura de John Perry Barlow.
Barlow publicó el 8 de febrero de 1996 la Declaración de independencia del ciberespacio, un manifiesto que removió la tierra de California como solo sabe hacerlo la Falla de San Andrés. El texto dejaba claro que los gobiernos nunca tendrían la capacidad de imponer sus normas al reino digital, una aldea global de la mente que utilizaría ese enorme caudal de inteligencia colectiva para construir un mundo mejor. La rotundidad escondía una realidad mucho más frustrante: sabía que las infraestructuras que hacían posible internet se lo debían todo en sus inicios al dinero público de una institución tan abiertamente estatal y nacionalista como el Departamento de Defensa de Estados Unidos y que el acceso de la gente a la Red dependía en último término de la voluntad de cada país.
Si la declaración del orgulloso firmante encarnaba muchas de las contradicciones que pueden encontrarse hoy en el runrún de la Bahía de San Francisco o en los libros que han escrito emperadores de Silicon Valley como Peter Thiel o Eric Schmidt, las circunstancias del propio Barlow tampoco se quedaban atrás. Para empezar, publicó su manifiesto en el Foro Económico Mundial de Davos, donde había tenido que ir para intentar seducir a los mismos líderes políticos a los que había expulsado de su reino. En segundo lugar, uno de los orígenes de su ira tenía que ver con la aprobación de una ley, la Telecommunications Act, que podía poner internet en manos de grandes multinacionales como el gigante de la energía Westinghouse. En tercer lugar, él había cofundado Electronic Frontier Foundation, un lobby dedicado a defender y presionar al estado para que no se pusieran en peligro los derechos civiles del ciberespacio.
Amar la política
En 2013, Vinod Khosla, nacionalizado estadounidense, se había convertido en un lobista mucho más influyente que Barlow. A sus éxitos y fracasos legendarios como inversor de capital riesgo se unía un olfato especial para embelesar a los políticos y pasarles después el cepillo de los subsidios y las ayudas. En 2012, financió Priorities USA Action, uno de los tentáculos de la propaganda que intentaba garantizar la reelección de Barack Obama, al mismo tiempo que fichaba a tres ex altos cargos de la administración Bush como asesores de sus empresas: Condoleezza Rice (secretaria de Estado), Robert Gates (secretario de Defensa también con Obama) y Stephen Hadley (consejero de Seguridad Nacional). Un año después celebró un evento para recaudar dinero para la campaña del primer presidente negro que cobró a cada uno de los invitados 32.400 dólares por sentarse a la mesa.

John Perry Barlow publicó el 8 de febrero de 1996 la Declaración de independencia del ciberespacio. El texto dejaba claro que los gobiernos nunca tendrían la capacidad de imponer sus normas al reino digital, una aldea global de la mente que utilizaría ese enorme caudal de inteligencia colectiva para construir un mundo mejor


Se había convertido en el puente de oro que conectaba a los gigantes verdes de la energía (bondadosos por naturaleza frente a los gigantes negros del petróleo), a Silicon Valley y Washington, y había decidido que iba a salvar el mundo capitaneando una revolución de energías verdes y a ganar muchísimo dinero con ella. Fusionaba así los sueños de los ecologistas jipis, las ansias de forrarse haciendo el bien que albergaban algunos yuppies y los especuladores de las puntocom, y la demostración de un compromiso con esa ciudadanía interconectada del siglo XXI que alguien había llamado ‘aldea global’. Utilizaría el poder de Khosla Ventures, una firma de capital riesgo que había fundado en 2004 y que poseía un músculo financiero tremendo de más de 4.000 millones de dólares para hacer realidad sus ambiciones.
Pero a sus anhelos no les sentaban bien las críticas. Cuando un reportaje realizado por la CBS cuestionó su capacidad para cumplir sus objetivos recordando que muchas de sus empresas de biocombustibles habían perdido un 80% de su valor en Bolsa, les contestó en una carta abierta que no entendían nada del negocio y los acusó de practicar un periodismo bastardo y sensacionalista. Parecía cumplirse la maldición que Ayn Rand había dibujado en la novela y posterior película de El manantial: los grandes genios y creadores tienen que pagar su grandeza enfrentándose a los mediocres de su época y, muy especialmente, a la prensa sensacionalista que utilizan para echarles a las masas encima.
Khosla Ventures abrió en 2010 una planta experimental que iba a procesar trozos de madera convirtiéndolos en un tipo de hidrocarburo que podría utilizarse, por ejemplo, como combustible para cualquier vehículo. Aseguraron que estaban dispuestos a instalar plantas parecidas por todo el país, pero que necesitaban un estado que les diera facilidades para construir la primera con vocación comercial. Después de prometer una inversión de 500 millones de dólares y la creación de 1.000 puestos de trabajo para diciembre de 2015, Mississippi, con un gobernador republicano muy próximo a la firma de capital riesgo, le concedió un crédito de 75 millones de dólares a veinte años sin intereses que se sumaron a los subsidios federales y a los recursos que el propio inversor puso sobre la mesa.
El pasado 10 de noviembre la sociedad que gestionaba la planta, KiOR, se declaró en quiebra y más de 2.000 acreedores, Bill Gates entre ellos, se quedaron sin su dinero. Algunos accionistas han acudido a los tribunales, porque aseguran que les vendieron humo y que la planta ni siquiera estaba bien diseñada. Vinod Khosla había reconocido en su carta abierta a la CBS pocos meses antes que ni sabía demasiado de energía ni lo creía necesario para revolucionar el sector, aunque en 2011 y 2012 había fracasado con dos empresas de biocombustibles embadurnadas previamente con más de 300 millones de dólares en ayudas públicas. Dijo que había cosechado un triunfo memorable con Sun Microsystems sin formación previa en computación y que a otros muchos en Silicon Valley como Google o Amazon les había pasado algo parecido. Tenía derecho a seguir experimentando. Era, como ellos, un benefactor de la humanidad.
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Ilustraciones: Rocío Cañero

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