14 de marzo 2017    /   CIENCIA
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La guerra de las corrientes eléctricas que dio como fruto la silla eléctrica

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Descansa en Alabama, donde trabajó toda su vida. Jubilada aunque aún disponible si la llaman, Yellow Mamma cumple noventa años en estos días, y aunque a este lado del océano nos parezca increíble, estuvo en activo hasta hace quince, se jubiló con setenta y cinco, nada menos. Su historia comienza con la lucha entre dos de los mayores inventores del siglo XIX y en ella aparecen una elefanta, un asesino con hacha y una madre amante de la ópera que rechazó su última cena. Yellow Mamma es la silla eléctrica, pintada de brillante amarillo, del sistema penitenciario de Alabama.

Que la silla eléctrica la inventara un dentista se le hace a uno de alguna manera apropiado. No se me ofendan los estomatólogos, pero es que a veces la historia tiene estas pequeñas ironías a las que cuesta sustraerse. Empecemos por el principio, la historia es bien conocida. En las últimas décadas del siglo XIX, el bueno de Thomas Alva Edison y el no menos bueno de George Westinghouse se embarcaron en la guerra de las corrientes (eléctricas), que es como se conocieron las escaramuzas que ambos magnates realizaron en torno a la introducción de la electricidad como fuente de energía en casas y fábricas, un negocio que prometía un futuro brillante.

Fue una guerra entre la corriente alterna (AC) de Tesla, bajo dominio de Westinghouse, y la corriente continua (DC) de Edison. A finales de los 1880, AC se imponía a DC, más potente, más barata, más eficiente. Westinghouse estaba radiante y Edison echaba chispas. Pero Thomas Alva no era tonto, ni dócil, ni se iba a dejar vencer tan fácilmente. Plantó batalla usando el arma más poderosa que el mundo ha conocido: el miedo.

La corriente alterna había provocado diversos accidentes y Edison se embarcó en una campaña de descrédito de su rival haciendo ver que el invento de Tesla introducía la muerte en los sagrados hogares americanos a través de esos malditos cables eléctricos de la compañía de Westinghouse.

Se sucedieron las electrocuciones de animales por todo el país, la más sonada de todas, la de Topsy, la elefanta de nuestra historia, que fue envenenada, ahorcada y electrocutada qué habría hecho el animalillo. Topsy murió por la electrocución, que fue diligentemente filmada por las cámaras de Edison. Si tienen curiosidad, morbo y pocos escrúpulos, pueden ver la película, todavía circula por ahí.

He de confesar que yo no la he visto, mi afán de documentación tiene ciertos límites. Sea como fuere, el que parecía no tenerlos era Edison tratando de asociar corriente alterna, muerte y peligro. Ya diez años antes de la muerte de Topsy, Edison se las ingenió para que el primer uso del invento del dentista llevara Westinghouse inside.

La primera ejecución con silla eléctrica (rocambolesca, accidentada y chamuscante) se llevó a cabo con un generador marca Westinghouse. William Kemmler, que mató a su esposa con un hacha, tuvo el triste honor de ser el primer ejecutado en una silla eléctrica.

La última hasta el momento fue Lynda Block, hace quince años. Un ama de casa, amante de la ópera, condenada por la muerte de un agente de la ley. No dijo una palabra, no mostró emociones y rechazó su última cena antes de encontrarse con Yellow Mamma.

La guerra de las corrientes terminó con la victoria aplastante de AC y con un nuevo instrumento para ese fracaso que es la pena de muerte. Más de un siglo después, con las sillas eléctricas por fin en desuso y la corriente continua alimentando nuestros ordenadores (no fue vencida del todo), descansa en Belgrado una esfera dorada en un pedestal de mármol que contiene las cenizas de uno de los creadores del mundo actual: el irrepetible Nikola Tesla. Se dice que hay adoradores de Satán que ofician sus ceremonias ante esas cenizas. Quizá mientras lo hacen escuchan discos de AC/DC al revés.

Imagen de portada: By George Eastman House [Public domain], via Wikimedia Commons

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Que la silla eléctrica la inventara un dentista se le hace a uno de alguna manera apropiado. No se me ofendan los estomatólogos, pero es que a veces la historia tiene estas pequeñas ironías a las que cuesta sustraerse. Empecemos por el principio, la historia es bien conocida. En las últimas décadas del siglo XIX, el bueno de Thomas Alva Edison y el no menos bueno de George Westinghouse se embarcaron en la guerra de las corrientes (eléctricas), que es como se conocieron las escaramuzas que ambos magnates realizaron en torno a la introducción de la electricidad como fuente de energía en casas y fábricas, un negocio que prometía un futuro brillante.

Fue una guerra entre la corriente alterna (AC) de Tesla, bajo dominio de Westinghouse, y la corriente continua (DC) de Edison. A finales de los 1880, AC se imponía a DC, más potente, más barata, más eficiente. Westinghouse estaba radiante y Edison echaba chispas. Pero Thomas Alva no era tonto, ni dócil, ni se iba a dejar vencer tan fácilmente. Plantó batalla usando el arma más poderosa que el mundo ha conocido: el miedo.

La corriente alterna había provocado diversos accidentes y Edison se embarcó en una campaña de descrédito de su rival haciendo ver que el invento de Tesla introducía la muerte en los sagrados hogares americanos a través de esos malditos cables eléctricos de la compañía de Westinghouse.

Se sucedieron las electrocuciones de animales por todo el país, la más sonada de todas, la de Topsy, la elefanta de nuestra historia, que fue envenenada, ahorcada y electrocutada qué habría hecho el animalillo. Topsy murió por la electrocución, que fue diligentemente filmada por las cámaras de Edison. Si tienen curiosidad, morbo y pocos escrúpulos, pueden ver la película, todavía circula por ahí.

He de confesar que yo no la he visto, mi afán de documentación tiene ciertos límites. Sea como fuere, el que parecía no tenerlos era Edison tratando de asociar corriente alterna, muerte y peligro. Ya diez años antes de la muerte de Topsy, Edison se las ingenió para que el primer uso del invento del dentista llevara Westinghouse inside.

La primera ejecución con silla eléctrica (rocambolesca, accidentada y chamuscante) se llevó a cabo con un generador marca Westinghouse. William Kemmler, que mató a su esposa con un hacha, tuvo el triste honor de ser el primer ejecutado en una silla eléctrica.

La última hasta el momento fue Lynda Block, hace quince años. Un ama de casa, amante de la ópera, condenada por la muerte de un agente de la ley. No dijo una palabra, no mostró emociones y rechazó su última cena antes de encontrarse con Yellow Mamma.

La guerra de las corrientes terminó con la victoria aplastante de AC y con un nuevo instrumento para ese fracaso que es la pena de muerte. Más de un siglo después, con las sillas eléctricas por fin en desuso y la corriente continua alimentando nuestros ordenadores (no fue vencida del todo), descansa en Belgrado una esfera dorada en un pedestal de mármol que contiene las cenizas de uno de los creadores del mundo actual: el irrepetible Nikola Tesla. Se dice que hay adoradores de Satán que ofician sus ceremonias ante esas cenizas. Quizá mientras lo hacen escuchan discos de AC/DC al revés.

Imagen de portada: By George Eastman House [Public domain], via Wikimedia Commons

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